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Recursos e inspiración

Las Hermanas de la Providencia ponen a su disposición algunas oraciones y les recomiendan algunas lecturas.

Oración a la Providencia

Providencia  de Dios, yo  creo en Ti.

Providencia  de Dios, yo  espero en Ti.

Providencia de Dios, yo te amo con todo mi corazón.

Providencia de Dios, muchas gracias te doy.

Reflexiones sobre el Evangelio del domingo

Espiritualidad Providencia

Este año 2018 celebramos el 175.o aniversario de la Congregación. Con el objetivo de disponer de una herramienta común de reflexión y desde un punto de vista de la espiritualidad propia a nuestra Congregación le presentamos la reflexión sobre el Evangelio del domingo.

Domingo, 22 de abril de 2018

El buen pastor da su vida. Juan 10, 11-18

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. No así el asalariado, que no es el pastor ni las ovejas son suyas. Cuan do ve venir al lobo, huye abandonando las ovejas, y el lobo las agarra y las dispersa. A él sólo le interesa su salario y no le importan nada las ovejas. Yo soy el Buen Pastor y conozco a los míos como los míos me conocen a mí, lo mismo que el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Y yo doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este corral. A esas también las llevaré; escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño con un solo pastor. El Padre me ama porque yo doy mi vida para retomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo mismo la entrego. En mis manos está el entregarla y el recobrarla: éste es el mandato que recibí de mi Padre. »

Reflexión

El buen pastor es el que permite a quienes le fueron confiados vivir plenamente. San Juan, en su Evangelio, hace hincapié en la individualidad de cada uno y la importancia que tenemos para Dios: «Yo soy el buen pastor, y conozco a [mis ovejas] y [mis ovejas] me conocen». Cuando alguien es importante para nosotros, conocemos su nombre, ya sea un miembro de nuestra familia, uno de nuestros amigos, un colega o las personas que nos rodean. Conocer a una persona me permite amarla y respetarla, por lo tanto Jesús se describe a sí mismo como el pastor que conoce a cada una de sus ovejas por su nombre. Todas escuchan su voz y la reconocen. No hay ningún marginado entre las ovejas de Jesús. Fuerte o débil, cada una recibirá la vida en abundancia, si es que lo desea.

Sí, Jesús nuestro pastor nos confía los unos a los otros. Como él, somos invitados a dejar nuestro corral para ir al encuentro de los demás, y no es fácil. La tentación de cerrar la puerta y quedarse bien cómodos en casa, es grande. La Buena Nueva del Evangelio debe ser anunciada a los pobres y a los marginados por el mundo entero, siguiendo el ejemplo de Emilia.

Este domingo del Buen Pastor, haznos reconocer tu voz, Señor, entre los ruidos del mundo.  Tu Palabra nos revela el camino que nos lleva hacia ti, concédenos la gracia de acogerla y aferrarnos a ella para que transforme nuestras vidas; y que podamos aprovechar el 175.o aniversario de la fundación de la Congregación de las Hermanas de la Providencia, para profundizar  nuestra reflexión acerca de la Palabra de Dios.

Hermana Françoise Paillé, sp.

 

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Domingo 15 de avril de 2018

Luc 24, 35-48
[Los apóstoles], por su parte, contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Mientras estaban hablando de todo esto, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: «Paz a ustedes.» Quedaron atónitos y asustados, pensando que veían algún espíritu, pero él les dijo: «¿Por qué se desconciertan? ¿Cómo se les ocurre pensar eso? Miren mis manos y mis pies: soy yo. Tóquenme y fíjense bien que un espíritu no tiene carne ni huesos, como ustedes ven que yo tengo.» Dicho esto les mostró las manos y los pies.Y como no acababan de creerlo por su gran alegría y seguían maravillados, les dijo: «¿Tienen aquí algo que comer?» Ellos, entonces, le ofrecieron un pedazo de pescado asado y una porción de miel; lo tomó y lo comió delante ellos. Jesús les dijo: «Todo esto se lo había dicho cuando estaba todavía con ustedes; tenía que cumplirse todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos referente a mí.» Entonces les abrió la mente para que entendieran las Escrituras. Les dijo: «Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Luego debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, y yendo después a todas las naciones, invitándolas a que se conviertan.
Ustedes son testigos de todo esto.»

Reflexión 

Nos corresponde a nosotros ser testigos

Nosotros, cristianos y cristianas, somos sin duda los testigos privilegiados de la resurrección de Cristo. Fiel a su promesa, el Padre lo resucitó de entre los muertos. El sufrimiento de Jesús es igual a la recompensa de la vida eterna, luz de vida y paz, y nosotros, como los discípulos de Emaús, somos de todo ello los testigos de primera mano.

Cristo Resucitado está presente y se encuentra en medio de nosotros; sin embargo, a pesar del testimonio de las mujeres y de los dos viajeros, los discípulos no pudieron creerlo antes de que Jesús apareciera ante ellos. Solo Jesús puede confirmar la experiencia y su sentido. Jesús prueba que su experiencia no es una broma. El creyente se encuentra con el Cristo Resucitado a través de sus sentidos. Los discípulos vieron, tocaron y oyeron al Cristo Resucitado. Hoy en día, vemos, oímos y tocamos a Cristo a través de los sacramentos, en el testimonio y el servicio de los demás.

La unión con Cristo no se establece únicamente  al compartir la copa y el pan partido; una unión más grande es establecida a través de este compartir y se trata de la unión entre todos los miembros de la comunidad cristiana. Por lo tanto, somos los testigos, pero también los herederos de la fe, y nos corresponde ahora compartir la Buena Nueva, porque hoy más que nunca se necesita una Iglesia que vaya al encuentro de las personas donde estén y como sean.

No obstante, ¿hasta dónde va mi compromiso en la continuación de mi testimonio? ¿Acaso Emilia, hace 175 años, se retiró o vaciló ante la magnitud de la tarea, ante la «pesadez» del legado?

Una Hermana de la Providencia

 

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Domingo de la divina misericordia, 8 de abril de 2018

Este año 2018 celebramos el 175.o aniversario de la Congregación. Con el objetivo de disponer de una herramienta común de reflexión y desde un punto de vista de la espiritualidad propia a nuestra Congregación le presentamos la reflexión sobre el Evangelio del segundo domingo de Pascuas de 2018, por Rosalie Locati, sp.

Evangelio según Juan 20, 19-31

Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor. Jesús les volvió a decir: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «Hemos visto al Señor.» Pero él contestó: «Hasta que no vea la marca de los clavos en sus manos, no meta mis dedos en el agujero de los clavos y no introduzca mi mano en la herida de su costado, no creeré.» Ocho días después, los discípulos de Jesús estaban otra vez en casa, y Tomás con ellos. Estando las puertas cerradas, Jesús vino y se puso en medio de ellos. Les dijo: «La paz esté con ustedes.» Después dijo a Tomás: «Pon aquí tu dedo y mira mis manos; extiende tu mano y métela en mi costado. Deja de negar y cree.» Tomás exclamó: «Tú eres mi Señor y mi Dios.» Jesús replicó: «Crees porque me has visto. ¡Felices los que no han visto, pero creen!»

Muchas otras señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Crean, y tendrán vida por su Nombre.

 

Reflexión 

Segundo domingo de Pascuas

Era el primer día después de la resurrección. En el amanecer, los apósteles abrumados por el miedo, la confusión, la ansiedad, la tristeza, y tal vez por cierta culpa, se encerraron en casa. Pronto María Magdalena, llega de angustia, vino a anunciar que el cuerpo de Jesús no se encontraba en el sepulcro. Pedro y el otro discípulo corrieron para ver con sus propios ojos, pero sus esperanzas se desvanecen cuando ven una tumba vacía. Luego, más tarde en el día, emocionada y sin aliento, María Magdalena regresó a contarles una buena noticia: «He visto al Señor».

¿Pueden ustedes imaginarse lo que los discípulos deben haber pensado y sentido al enterarse de esta noticia? ¿Sería realmente posible que creer y confiar en tan increíble noticia? Tal vez sintieron un torrente de emoción, ansiedad y esperanza, de que pudieran ellos mismos también ser testigos de esto. Y sin embargo, siguieron escondiéndose a puertas cerradas, paralizados por su propio miedo personal y comunitario.

Sin previo aviso, Jesús se puso en medio de ellos. La sorpresa los estremeció. El saludo de Jesús, sencillo, tranquilizante, relajante y cálido de: «La paz sea contigo», quitó sus miedos, terminó con su tristeza y ofreció una profunda sensación de bienestar, una liberación de la tensión y de toda duda. Mientras se regocijaban, Jesús los envía a su nuevo ministerio: «Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también». Ahora deben revelar el amor de Dios al mundo y ser el rostro humano (la presencia) de la Providencia de Dios. Ellos son enviados a dar a conocer la compasión, la misericordia y el amor del Padre. Jesús promete enviar al Espíritu Santo a enseñarles, recordales el misterio de la salvación y guiarlos durante los días difíciles por venir.

Hoy es también el domingo de la Divina Misericordia. Como discípulos en un mundo de realidades caóticas y desafiantes, somos enviadas por el Padre, en nombre de Jesús, a ser agentes de sanación y liberación para las personas pobres, oprimidas y vulnerables. Estamos llamadas a vivir y modelar vidas de misericordia, reconciliación y perdón. Como manifestación de la Providencia de Dios en nuestro mundo, nuestras comunidades y nuestros ministerios, somos invitadas, como lo dijo Jesús a los discípulos en el monte a ser: «compasivas, como es compasivo el Padre de ustedes» (Lc 6,36). A través de la gracia, debemos ser liberadas de nuestros miedos personales, tocadas por la misericordia de Dios e inspiradas por el Espíritu Santo para ser eficaces, vibrantes y valientes discípulos de Jesús.

¿Qué miedos o dudas nublan mi capacidad de reconocer y dar la bienvenida al Señor resucitado en mi vida hoy?

¿Qué me libera y me da valor para hablar y actuar con pasión a aquellos que son pobres y vulnerables en la sociedad?

¿Cómo manifiesto yo la Providencia y la misericordia de Dios en mis relaciones y la vida comunitaria?

Rosalie Locati, sp.

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Reflexión sobre el Evangelio del Domingo de Pascuas 1 de abril de 2018, por Isabel Cid, sp.

Evangelio según Lucas 24 13-35

Aquel mismo día dos discípulos se dirigían a un pueblecito llamado Emaús, que está a unos doce kilómetros de Jerusalén, e iban conversando sobre todo lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar con ellos, pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿De qué van discutiendo por el camino?» Se detuvieron, y parecían muy desanimados. Uno de ellos, llamado Cleofás, le contestó: «¿Cómo? ¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no está enterado de lo que ha pasado aquí estos días?» «¿Qué pasó?», les preguntó. Le contestaron: «¡Todo el asunto de Jesús Nazareno!» Era un profeta poderoso en obras y palabras, reconocido por Dios y por todo el pueblo. Pero nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes renegaron de él, lo hicieron condenar a muerte y clavar en la cruz. Nosotros pensábamos que él sería el que debía libertar a Israel. Sea lo que sea, ya van dos días desde que sucedieron estas cosas. En realidad, algunas mujeres de nuestro grupo nos han inquietado, pues fueron muy de mañana al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, volvieron hablando de una aparición de ángeles que decían que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y hallaron todo tal como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron.» Entonces él les dijo: «¡Qué poco entienden ustedes y qué lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No tenía que ser así y que el Mesías padeciera para entrar en su gloria?» Y les interpretó lo que se decía de él en todas las Escrituras, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas. Al llegar cerca del pueblo al que iban, hizo como que quisiera seguir adelante, pero ellos le insistieron diciendo: «Quédate con nosotros, ya está cayendo la tarde y se termina el día.» Entró, pues, para quedarse con ellos. Y mientras estaba en la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció. Entonces se dijeron el uno al otro: «¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» De inmediato se levantaron y volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a los de su grupo. Estos les dijeron: «Es verdad: el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón.» Ellos, por su parte, contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡JESÚS RESUCITO!

Lo encontramos en nuestro diario vivir.

¡Aleluya! ¡Aleluya!

¡Nuestra Comunidad está viva desde hace 175 años!

Hoy el Evangelio nos dice que en la ruta de Emaús, un desconocido se acerca a personas que caminan tristes, afligidas y sin esperanzas. Este hombre les conversa, las anima y las acompaña y las personas van sintiendo en sus corazones una fuerza transformadora. Al llegar a su casa comparten la comida con el forastero y cuando él parte el pan se dan cuenta que es el mismo Jesús que han visto morir en la cruz.

Ahora reconocen que ha resucitado. La alegría es tan grande que ya no cabe en sus corazones y se van a comunicarla.

Es esta misma alegría, fruto de una comunión realizada, que Emilia transmitió a las personas pobres, humilladas, abandonadas, enfermas y afligidas que encontró en su camino. Ella aprendió con María a vivir la compasión. Ahí vivió su Pascua, así recibió la vida nueva, así fue Providencia.

¡Cuántas pascuas se han vivido durante estos 175 años de nuestra Congregación!

¡Cuántas más podemos vivir a diario inspiradas por Cristo y Emilia!

Que nuestras celebraciones sean ecos vibrantes de gratitud por este privilegio de servir dando vida nueva en todas las situaciones que encontramos.

¡FELICES PASCUAS!

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Compartimos las reflexiones de hermana Grace (Mae) Valdez, sp., sobre el Evangelio del domingo 25 de marzo de 2018:

Evangelio según Marcos 14.1 – 15.47

En esta temporada del año, nos preparamos a contemplar el significado de la pasión del Señor en nuestro propio llamado al discipulado. Quisiera proponerles tres observaciones sobre el Evangelio de hoy. Primero, ¿Quién es Jesús? «¿Eres tú el Cristo, el Hijo de Dios Bendito?» Jesús contestó: «Yo soy, y un día verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios poderoso». El «Yo soy» de Jesús clarifica que Él es verdaderamente el Hijo de Dios, que vino a nosotros, fue entregado a los soldados y a la muchedumbre, y permitió que lo crucificaran para salvarnos.

En segundo lugar, la obediencia de Jesús en la entereza de su pasión, se manifestó en silencio. Tenía suficiente capacidad como para recibir y permitir los insultos, los comentarios negativos y los sufrimientos físicos. Fue obediente a la misión del Padre y asumió las consecuencias. Obedeció no por su propia gloria, sino para salvar a toda la humanidad; Jesús, en solidaridad con nosotros, abrazó a todos nuestros sufrimientos. Mirando a Jesús, vemos también cómo deberíamos ser.   Necesitamos el espíritu de servicio de Jesús para salvar nuestro mundo. Nos enfrentamos a todo tipo de sufrimiento cuando nos rehusamos a servir, haciéndonos más importantes que otros. En definitiva, el mundo sufre a causa de nuestra desobediencia a la voluntad de Dios.

Reflexión y desafío personal: Me sentí horrorizada y herida por Jesús cuando leí, «¡Crucifícalo!» Quería entrar en la escena y gritar «¡No! ¡No pueden hacerle esto!» Seríamos hipócritas si no admitimos que somos parte de la condena y muerte de Jesús, por las acciones  de nuestra vida cotidiana. Cuando insultamos a otros o hacemos comentarios negativos, ¿acaso no impedimos al espíritu de Dios que obre en nosotros?  Cuando no somos fieles a la gracia de Dios, ¿

no traicionamos la acción de Dios en nosotros? A menudo nuestro comportamiento y valores no reflejan lo que nos comprometimos a vivir, de acuerdo a nuestro estado en de vida. Cuando no somos capaces de responder a la gracia de Dios, ¿será porque no hemos puesto a Jesús en el centro de nuestra vida? ¿No habremos ofendido a Dios cuando estamos tan enfocados en nuestro ministerio y nos hemos olvidado de pasar tiempo de calidad con Él, Él, quien es la fuente principal de nuestros dones y cualidades? Ojalá constantemente nos acordemos de las palabras de Jesús: «Siempre tienen a los pobres con ustedes y en cualquier momento podrán ayudarlos, pero a mí no me tendrán siempre. En verdad les digo: dondequiera que se proclame el Evangelio, en todo el mundo, se contará también su gesto y será su gloria (Mc 14, 7 y 9).» Acordémonos aún más de las palabras de Jesús, cuando tomamos como un hábito el usar nuestro ministerio como una prioridad, tal vez con el fin de evitar las responsabilidades que pudieran aumentar nuestras zonas de confort.

La pasión de Cristo es un desafío para nosotras Mujeres Providencia.  Al ser fieles a nuestro modo de vivir, en escucha y diálogo contemplativo, elegimos y respondemos continuamente vivir en solidaridad con los demás y especialmente con las personas más desfavorecidas a quienes servimos.

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Compartimos las reflexiones de hermana Béatrice Bouchard, sp., sobre el Evangelio del domingo 18 de marzo de 2018:

Evangelio según Juan 12, 20-33

También un cierto número de griegos, de los que adoran a Dios, habían subido a Jerusalén para la fiesta. Algunos se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron: «Señor, quisiéramos ver a Jesús.» Felipe habló con Andrés, y los dos fueron a decírselo a Jesús. Entonces Jesús dijo: «Ha llegado la hora para que sea glorificado el Hijo del Hombre. En verdad les digo: Si el grano de trigo no cae en tierra y no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida la destruye; y el que desprecia su vida en este mundo, la conserva para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Y al que me sirve, el Padre le dará un puesto de honor. Ahora mi alma está turbada. ¿Diré acaso: “Padre, líbrame de esta hora”? ¡Si precisamente he llegado a esta hora para enfrentarme con todo esto! Padre, ¡da gloria a tu Nombre!» Entonces se oyó una voz que venía del cielo: «Lo he glorificado y lo volveré a glorificar.» Los que estaban allí y que escucharon la voz decían que había sido un trueno; otros decían: «Le ha hablado un ángel.» Entonces Jesús declaró: «Esta voz no ha venido por mí, sino por ustedes. Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera, y yo, cuando haya sido levantado de la tierra, atraeré todo.» Con estas palabras Jesús daba a entender de qué modo iba a morir.

El grano de trigo

¿Habrá alguien leyéndome en este momento y que algún día se encontró con una persona que le habló de un grano de trigo durante una tarde entera? Sorprendente, ¿cierto? Entonces, vayamos a ver a Jesús y él nos dirá:

Si el grano de trigo no muere, no dará fruto; queda solo y muere. De niña, mi padre era agricultor; sembraba la mitad de su campo con trigo, y la otra con avena.  Estoy convencida de que Jesús se dejaba inspirar por el campo, especialmente por las semillas y las cosechas, para ilustrar sus conversaciones con la muchedumbre. Mi padre también cuidaba su campo, quitaba la maleza, labraba la tierra y después de haber sembrado, pasaba un rodillo para asegurarse de que las semillas estuvieran bien hundidas y el suelo bien aplanado, si no las semillas no brotarían.

El Señor nos dio el ejemplo: hay que morir para vivir, porque todos esperamos la resurrección. El Señor nos enseñó el camino. No tengamos miedo de seguir a Jesús en la resurrección, en su reino.

Mi padre no cosechaba antes del mes de octubre, porque así estaba seguro de tener  una buena cosecha; de hecho, él plantaba bien sus granos y estos morían con el fin de producir en abundancia.

Preparémonos a la resurrección, es importante, tal como la vida nueva que resulta de ello. No nos gusta la muerte, ni la enfermedad, ni el sufrimiento, pero sigamos el ejemplo de Jesús y resucitemos el día de Pascua. Busquemos a Jesús, lo encontraremos en la persona del pobre, del que sufre, del excluido, porque no hay transformación sin muerte.

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Compartimos las reflexiones de hermana Claudette Chénier, sp., sobre el Evangelio del domingo 11 de marzo de 2018:

Evangelio según Juan 3, 14-21

Recuerden la serpiente que Moisés hizo levantar en el desierto: así también tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, y entonces todo el que crea en él tendrá por él vida eterna.  ¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió al Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve el mundo gracias a él. Para quien cree en él no hay juicio. En cambio, el que no cree ya se ha condenado, por el hecho de no creer en el Nombre del Hijo único de Dios. Esto requiere un juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Pues el que obra el mal odia la luz y no va a la luz, no sea que sus obras malas sean descubiertas y condenadas. Pero el que hace la verdad va a la luz, para que se vea que sus obras han sido hechas en Dios.

¡Qué regalos de Dios son la fe, su amor y su luz! ¡Ojalá me deje transformar por ellos!

En el versículo anterior del Evangelio de Juan, para este cuarto domingo de Cuaresma, Jesús dice que el Hijo del hombre que descendió del cielo, es la única revelación verdadera del Padre. Él ahora habla de que es «levantado» en la cruz y este gesto será para el creyente «el signo de salvación» y la vida a través de la muerte y la resurrección de Cristo. ¡Qué misterio!, pero el regalo de la fe que Dios me dio en el bautismo, me permite adherirme a esta verdad, y aún más, me lleva a la vida eterna. Sí, ¡qué misterio! Dios me salva y salva a toda la humanidad al morir en una cruz. ¿Por qué?, porque Dios ama con locura a cada ser humano, sea quien sea.

Uno podría pensar que en  la elevación de Jesús en la cruz, fue revelado el amor de Dios por la humanidad y que la humanidad recibió la salvación prometida a aquellos que creen en Dios, pero, es en realidad  toda la vida y la misión de Jesús lo que da testimonio del amor de Dios. Como dice el texto del Evangelio: «Dios no envió a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él».

Creemos que la salvación depende de si una persona opta  por Cristo o no. Cuando Dios envía a su Hijo al mundo, Dios le pide a la humanidad que crea en él. Creer o no creer, es la respuesta a la pregunta de Dios y es también la respuesta al amor de Dios, que se nos da a conocer en el don de su Hijo.

Dios respeta a sus creaturas, hasta el punto de dejarlos libres para elegir aceptar o rechazar la revelación de Cristo. Quienes se alejan de la luz de Cristo, no son capaces de ver que no obran correctamente. Pero aquellos que viven en la verdad (para Juan, aquellos que vienen en la luz), son capaces de expresar su atracción hacia el Padre y demostrar con sus obras que están en comunión con Él. En la presencia de la Luz de Cristo, la decisión de creer o no creer ilumina nuestras acciones pasadas y determina nuestras acciones futuras.

Jesús – Luz, ilumina mi camino para que siempre pueda caminar más cerca de ti, siguiéndote…

Tú que vives en mí, que permaneces en mí, ven a transformarme.

Aumenta mi fe, fortalece mi esperanza y aumenta mi amor por ti y por mi prójimo.

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Compartimos las reflexiones de hermana Mary kaye Nealen, sp., sobre el Evangelio del domingo 4 de marzo de 2018:

Juan 2, 13-25

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados detrás de sus mesas. Hizo un látigo con cuerdas y los echó a todos fuera del Templo junto con las ovejas y bueyes; derribó las mesas de los cambistas y desparramó el dinero por el suelo. A los que vendían palomas les dijo: «Saquen eso de aquí y no conviertan la Casa de mi Padre en un mercado.» Sus discípulos se acordaron de lo que dice la Escritura: «Me devora el celo por tu Casa.» Los judíos intervinieron: «¿Qué señal milagrosa nos muestras para justificar lo que haces?» Jesús respondió: «Destruyan este templo y yo lo reedificaré en tres días.» Ellos contestaron: «Han demorado ya cuarenta y seis años en la construcción de este templo, y ¿tú piensas reconstruirlo en tres días?» En realidad, Jesús hablaba de ese Templo que es su cuerpo. Solamente cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron de que lo había dicho y creyeron tanto en la Escritura como en lo que Jesús dijo. Jesús se quedó en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, y muchos creyeron en él al ver las señales milagrosas que hacía. Pero Jesús no se fiaba de ellos, pues los conocía a todos y no necesitaba pruebas sobre nadie, porque él conocía lo que había en la persona.

Este es el Jesús que se describe a sí mismo como aquel que levanta las cargas pesadas de la espalda de la gente y que da su vida por sus queridas ovejas. Pero aquí sus palabras y sus acciones son muy desconcertantes. Así también, si regresamos a las historias de la infancia, el joven Jesús le respondió a su madre con aparente dureza cuando se reunieron en el templo después de su separación de dos días. Y ¿qué decir del comentario durante su vida pública? «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?» (Mc 3, 33) Jesús compasivo no siempre parece tan tierno. ¿Por qué?

El versículo en la lectura de hoy: «Me devora el celo por tu Casa» nos puede dar una pista. Jesús quería que el templo fuera considerado como un lugar sagrado de culto. En el Evangelio de Lucas, el niño Jesús dice a sus padres en el templo «¿No saben que yo debo estar donde mi Padre?» (Lc 2, 49) En el pasaje sobre la madre y la familia, Jesús no se refiere al templo, pero hace hincapié en escuchar la palabra de Dios y cumplirla (Lc 8, 21).

Hemos pasado a estar muy familiarizados con los « rescatistas». Estas personas llegan al lugar del suceso con un solo objetivo en mente: el bienestar de la persona en peligro. No prestan atención a la loza sucia en el lavaplatos o a la ropa amontonada en el rincón. Durante toda su vida, Jesús tenía un objetivo en mente, conocer y seguir la voluntad del Dios que lo había enviado. Deseaba la meta que los discípulos lograron después de la resurrección, cuando «creyeron tanto en la Escritura como en lo que Jesús dijo». Estos días de Cuaresma nos ofrecen tiempo para dejar que Jesús nos enseñe lo que es central en nuestras vidas. ¿Para qué y para quienes somos los «rescatistas?»

2a reflexión por Una Hermana de la Providencia:

Una santa ira

Una santa ira, ¿habrá alguna expresión más paradójica? Especialmente si califica un acto de Jesús quien a veces invoca su propia dulzura y nos la recomienda, por lo que debe de haber algo anormal para que Jesús se enfurezca así.

En efecto, llega al Templo y lo encuentra desfigurado, transformado en una «cueva de ladrones», alejado de su  función principal: ser una casa de oración, un lugar de encuentro con Dios. La ambición comercial de los mercaderes los ha llevado a hacer un mal uso de su noble función: proporcionar a los fieles las ofrendas que necesitan para dar culto según las prescripciones de la Ley.

Por su… santa ira, su indignación, Jesús nos dice que no debemos perder de vista las motivaciones de nuestros actos, incluso los más nobles, y ser auténticos en nuestro actuar.

Este episodio me hizo tomar conciencia de la importancia de tener un lugar privilegiado – un espacio sagrado – en donde entro en una relación con Dios, que en la medida de lo posible esté libre de toda preocupación y de propósitos distintos a honrarlo.

La liturgia cotidiana canadiense, nos sugiere: Contemplo el lugar al que suelo acudir para orar. ¿Contribuyo a mantenerlo hermoso y fiel a su vocación?

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Compartimos las reflexiones de hermana Hélène Julien, sp., sobre el Evangelio del domingo 25 de febrero de 2018:

Mateo 17: 1-9

La Transfiguración de Jesús

Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan  y los llevó a ellos solos a un monte alto. A la vista de ellos su aspecto cambió completamente. Incluso sus ropas se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo sería capaz de blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Levantemos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». En realidad no sabía lo que decía, porque estaban aterrados. En eso se formó una nube que los cubrió con su sombra, y desde la nube llegaron estas palabras: «Este es mi Hijo, el Amado, escúchenlo». Y de pronto, mirando a su alrededor, no vieron ya a nadie; sólo Jesús estaba con ellos. Cuando bajaban del cerro, les ordenó que no dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron el secreto, aunque se preguntaban unos a otros qué querría decir eso de «resucitar de entre los muertos». 

Reflexión

Es bueno que estemos aquí, en la gran familia Providencia. El Evangelio del 2o domingo de Cuaresma nos sitúa frente a una escena sorprendente: el evento de la Transfiguración (Mc 9, 2-10), que nos ofrece un mensaje de esperanza y nos anima a dejarnos transformar por el sueño de Dios.

La montaña es tan alta como eran el Sinaí y el Horeb. El hombre del Sinaí está ahí, es Moisés. El hombre del Horeb está ahí también, es Elías. La ropa de Jesús es tan blanca que resplandece; su rostro brilla como el Sol; una voz habla desde el seno de la nube. Esta nube es la del Éxodo que guiaba a los hebreos en el desierto. Todo nos dice que es Dios. ¡No nos instalemos en la montaña, sigamos adelante! Bajemos a la llanura, donde viven nuestros hermanos y nuestras hermanas. Una sola cosa importa: escuchar a Jesús para poder hacer lo que él nos dice.

Como Pedro, Santiago y Juan, vámonos a la montaña para encontrarnos con Jesús y luego ponernos al servicio de los pobres, de los necesitados; caminemos a las alturas y contemplemos a Jesús, escuchando atentamente al Hijo amado del Padre, buscando momentos íntimos de oración.

Los discípulos bajaron de la montaña «con el corazón y los ojos transfigurados por este encuentro con el Señor». Este es el camino que nosotros también podemos realizar. El redescubrimiento de Jesús nos impulsa a «bajar de la montaña», llenos del Espíritu Santo, para dar nuevos pasos de conversión auténtica y ser buenos y compasivos unos con otros, perdonándonos mutuamente como Dios nos perdonó en Cristo. (Ef 4,32)

Dejarse transformar por el sueño de Dios es acoger a los demás, acompañarlos, ser un puente como lo testimonió Emilia Gamelin a los enfermos, a los prisioneros, a los refugiados y a los pobres.

Escuchemos al Hijo amado a través de la oración, de la adoración, de la lectura de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, del silencio y de los testimonios de vida de aquellos y aquellas que nos rodean.

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Compartimos las reflexiones de hermana Yvette Demers, sp., Vice-postuladora de la Causa Émilie Gamelin sobre el Evangelio del domingo 18 de febrero de 2018:

Reflexión

En este primer domingo de Cuaresma, san Marcos en su evangelio (1,12-15) nos recuerda que después de su bautizo, Jesús fue al desierto, empujado por el Espíritu.

Antes de comenzar su «vida pública», Jesús necesita silencio, para hablar de corazón a corazón con su Padre que le pedirá más adelante, el sacrificio de su vida para «sanar» a la humanidad.

Toda vida humana conoce sus momentos de duda, sus horas de preocupación e incomprensiones, y solamente una FE profunda y la certeza de estar siguiendo los pasos de Jesús, traerá luz y dará la fuerza para continuar caminando hasta el final.

Hace 175 años, una mujer también se dejó conducir por el Espíritu sin saber realmente adonde la conduciría: Emilia Tavernier Gamelin, nacida el 19 de febrero de 1800, en Montreal.

Esposa y madre de tres hijos, en menos de cinco años vio desaparecer para siempre lo que más quiso en el mundo: su esposo y sus tres hijos. Tenía entonces solamente 28 años de edad. ¿Por qué estos fallecimientos? A través de la oración y de la reflexión al pie de la Madre de los Dolores, Emilia encontró su camino: su marido y sus hijos pasarán a ser todo lo que la miseria oprima. Sin tardar, entró en acción.

Durante quince años, esta mujer respondió al carisma que Dios-Providencia le había confiado. Con un grupo de «damas de caridad», recorría las calles de Montreal para responder a las numerosas necesidades de la época. Sin embargo, monseñor Bourget, obispo de Montreal, deseaba confiar a una congregación religiosa, la obra tan necesaria que Emilia dirigía, para asegurar su permanencia. Emilia se encontraba en una encrucijada. ¿Qué iba a hacer? ¿Entregaría a su obispo esta obra cuya incorporación civil se había oficializado el 18 de septiembre de 1841? La oración y la reflexión continuaron siendo  sus puntos de referencia… Siempre atenta y fiel a la gracia, eligió seguir siendo la sirvienta de los pobres para el resto de su vida, bajo la autoridad de las Hermanas de la Caridad que debían llegar pronto. Ella confió y apoyó a su obispo lo con los preparativos para la llegada de las hermanas de Francia.

Sin embargo «los caminos de Dios no son nuestros caminos». A monseñor Bourget se le notificó que las Hijas de la Caridad no venían. Encontrándose en un callejón sin salida, invitó a la señora Gamelin a orar con él. Después de una hora, una decisión fue tomada: él solicitaría a las jóvenes formar una nueva comunidad canadiense. Esta nació el 25 de marzo de 1843.

De nuevo, Emilia sintió que el Espíritu la llamaba a entregarse enteramente a Dios en la vida religiosa. Comunicó su deseo a monseñor Bourget, pero este tenía dudas. Emilia reiteró su solicitud, oró, y recibió una respuesta positiva, que le significó la voluntad de Dios. Pasó a ser Hija de la Caridad, Sierva de los Pobres, Hermana de la Providencia.

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Compartimos las reflexiones de hermana Hélène Mamert Nga Amogo, sp., sobre el Evangelio del domingo 11 de febrero de 2018: 

Mc 1,40-45

Se le acercó un leproso, que se arrodilló ante él y le suplicó: «Si quieres, puedes limpiarme.» Sintiendo compasión, Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio.» Al instante se le quitó la lepra y quedó sano. Entonces Jesús lo despidió, pero le ordenó enérgicamente: «No cuentes esto a nadie, pero vete y preséntate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que ordena la Ley de Moisés, pues tú tienes que hacer tu declaración.» Pero el hombre, en cuanto se fue, empezó a hablar y a divulgar lo ocurrido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en el pueblo; tenía que andar por las afueras, en lugares solitarios. Pero la gente venía a él de todas partes.

 ¡Dejarme transformar por un encuentro personal con Jesús a través de las personas pobres con las que me encuentro en lo cotidiano!

La cita del Evangelio de Marco que se nos ofrece para nuestra meditación, en este 6.o domingo del Tiempo Ordinario del año litúrgico B, nos presenta a un hombre afectado por la lepra, una enfermedad considerada como impura por la tradición judía. A este sufrimiento, se añadía la marginalización social. Este hombre doblemente afligido manifestó su deseo de recuperar su dignidad humana y social. Inició entonces un caminar de fe que lo condujo hacia la persona que buscaba, el médico por excelencia: Jesús. Su iniciativa refleja su anhelo de ser sanado. Se dirigió directamente a Jesús, se arrodilló y dijo: «Si quieres, puedes limpiarme.» A través de estos gestos podemos ver su fe en Jesús. Además, el hombre pidió algo mayor aún: la purificación. Él quiere ser purificado. Señaló de esta manera su necesidad de sanación física, pero también espiritualmente. Esto es lo que impactó a Jesús, quien actuó sin demora; invadido por la compasión, Jesús extendió su mano, lo tocó y dijo: «Quiero, queda limpio.» Con esta acción concreta, Jesús rompe la distancia entre este leproso y Él. Le regresó lo que había perdido: la dignidad. El leproso ya sanado no pudo contenerse a pesar de la recomendación de Jesús, quien lo había invitado a guardarse para sí lo vivido personalmente.

¿No es el anonimato de este leproso el espejo de cada una de nosotras, invitadas a buscar a Jesús para gritarle nuestro profundo anhelo de sanar nuestras fragilidades y nuestras discapacidades que nos impiden ser la mejor persona que somos llamadas a ser y nos impiden ofrecer lo que tenemos de único? El proceso del leproso interpela a cada cristiano y cada cristiana, como también a cada una de nosotras Hermanas de la Providencia, a vivir personalmente el encuentro con Cristo, porque todos necesitamos su ternura. Este leproso encontró el Señor al que buscaba, y se encuentra a sí mismo por este Señor que también lo busca. Se mostró humilde, confiado y convencido de lo que esperaba.

Desde hace 175 años, nosotras Hermanas de la Providencia hemos buscado a este Señor cotidianamente. ¿No lo vemos hoy en la actitud de nuestro maestro Jesús? Él se apresura a hacer el bien y por lo tanto le manifestó su compasión al leproso. Con su mirada, rompió la barrera, transgredió la ley del aislamiento de los leprosos y actuó con gestos concretos que manifestaron el amor que tenía para esta persona y por cada persona. Tocó al leproso y le habló sin temer el contagio. La fe es un riesgo, pero es un riesgo que vale la pena tomar. La beata Emilia Gamelin eligió el riesgo, como también todas las hermanas que nos han antecedido desde hace 175 años. Hoy nosotras Hermanas de la Providencia somos invitadas por este Evangelio a dejarnos urgir por la caridad de Cristo, en todas partes y en todo.

Todos somos discípulos de Cristo. ¡Que su gracia que obra en nosotros y a través de nosotros nos acerque continuamente a Él, para que podamos actuar como Él: con humildad, simplicidad y caridad!

¡Providencia de Dios, muchas gracias te doy!

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Evangelio según Marcos, capítulo 1, 29-39

Jesús sana a la suegra de Pedro

29 En cuanto salieron de la sinagoga, Jesús fue con Jacobo y Juan a la casa de Pedro y Andrés. 30 La suegra de Pedro estaba en cama porque tenía fiebre, y enseguida le hablaron de ella. 31 Jesús se acercó y, tomándola de la mano, la ayudó a levantarse. Al instante la fiebre se le fue, y ella comenzó a atenderlos. 32 Al anochecer, cuando el sol se puso, llevaron a Jesús a todos los que estaban enfermos y endemoniados. 33 Toda la ciudad se agolpaba ante la puerta, 34 y Jesús sanó a muchos que sufrían de diversas enfermedades, y también expulsó a muchos demonios, aunque no los dejaba hablar porque lo conocían. 35 Muy de mañana, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó y se fue a un lugar apartado para orar. 36 Pedro y los que estaban con él comenzaron a buscarlo, 37 y cuando lo encontraron le dijeron: «Todos te están buscando.» 38 Él les dijo: «Vayamos a las aldeas vecinas, para que también allí predique, porque para esto he venido.» 39 Y Jesús recorrió toda Galilea; predicaba en las sinagogas y expulsaba demonios.”

Reflexión del Evangelio del domingo 4 de febrero de 2018, por Gladys Flores, sp.

«Rápidamente le hablaron al Señor diciéndole que la suegra de Pedro estaba acostada y con fiebre». Presentar a los enfermos al Señor en la oración y confiar en que serán sanados por Él, es un buen hábito que debemos practicar; tenemos que ser perseverantes en la oración sin perder la esperanza de que seremos sanados en cuerpo y espíritu por el Señor de la vida.

Y Jesús, en ese ambiente familiar del hogar de Pedro, inmediatamente se interesó por ella y la sanó. Nunca estaba demasiado cansado para ayudar y actuaba sin tardar frente a las necesidades de las personas; Él es el gran Restaurador.

La suegra de Pedro se puso en pie y los atendió; es decir, que una vez recuperadas la salud y la dignidad, empieza a servir porque Jesús no solo sana a la persona, sino que lo hace para que ella se ponga al servicio de los demás.

Al servir al Señor, aquella mujer solo estaba empleando para Él la energía que Él mismo le había concedido.

El Señor no solo nos ha librado de muchas cosas malas, sino que nos ha dado dones que debemos emplear para su servicio y el servicio a los hermanos.

Meditemos la pregunta que hizo el papa Francisco durante su encuentro con los jóvenes de Chile en el Santuario de Maipú: «“¿Qué tengo yo para aportar en la vida?”. Y cuántos de ustedes sienten las ganas de decir: “No sé”. ¿No sabes lo que tienes para aportar? Lo tienes adentro y no lo conoces. Apúrate a encontrarlo para aportar. El mundo te necesita, la patria te necesita, la sociedad te necesita, vos tenés algo que aportar»…

 

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Evangelio según Marcos, capítulo 1, 21-28

«[Jesús y sus discípulos] llegaron a Cafarnaúm. Jesús empezó a enseñar en la sinagoga durante las asambleas del día sábado. Su manera de enseñar impresionaba mucho a la gente, porque hablaba como quien tiene autoridad, y no como los maestros de la Ley. Entró en aquella sinagoga un hombre que estaba en poder de un espíritu malo, y se puso a gritar: “¿Qué quieres con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo sé que tú eres el Santo de Dios.” Jesús le hizo frente con autoridad: “¡Cállate y sal de ese hombre!” El espíritu impuro revolcó al hombre en el suelo y lanzó un grito tremendo y luego salió de él. El asombro de todos fue tan grande que se preguntaban unos a otros: “¿Qué es esto? Una doctrina nueva, y ¡con qué autoridad! Miren cómo da órdenes a los espíritus impuros ¡y le obedecen!” Así fue como la fama de Jesús se extendió por todo el territorio de Galilea.»

Compartimos las reflexiones de hermana Annette Aspirot, sp., sobre el Evangelio del domingo 28 de enero de 2018:

Jesús enseñaba con autoridad. Esta expresión me conmueve. Este hombre que enseña con autoridad, tenemos muchas pruebas de ello en los evangelios: «Nunca hombre alguno ha hablado como éste.» Jn 7,46. «Por eso cada cual trataba de tocarlo, porque de él salía una fuerza que los sanaba a todos.» Lc 6,19. Jesús cautiva a las multitudes no sólo con curaciones sino con el poder de su Palabra; y no sólo con lo que dice, sino con su mirada, su actitud, la dignidad de su persona. Él escucha, busca la presencia de los pobres y se interesa por su cotidiano, come con ellos y llora con ellos. Lo que dice está colmado de la verdad.

Marc añade que Él no enseñaba como los escribas. Los sacerdotes y los escribas, encargados de la Palabra anunciaban la venida del Mesías, pero no lo reconocían en Jesús. Ver sus milagros les exasperaba. Sin embargo, aquellos que lo oían decían: Es Él, el profeta que esperábamos. Los miembros de la sinagoga de Cafarnaúm se estaban viviendo algo nuevo. El discurso de Jesús contrastaba con lo que ellos estaban acostumbrados a oír.

El hombre atormentado por un espíritu malo fue desestabilizado por la presencia de Jesús. El poseído admitió la santidad de Jesús porque este se encontraba bajo la influencia del demonio que hablaba por su boca. Se sentía amenazado, expuesto. “¿Qué quieres con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos?”

La reacción de este endemoniado no es tan diferente de la de aquellos que se dedican hoy día a un negocio corrupto, donde la mentira, la ambición de lucro y la injusticia reinan. Temen ser expuestos, denunciados, tener que admitir su comportamiento mendaz. Quieren permanecer en su ceguera para continuar sus maquinaciones diabólicas. Obtienen beneficios. Amontonan tesoros terrestres que serán destruidos por la oxidación.

La autoridad de Jesús es liberadora, iluminadora. Si oímos la enseñanza de una persona enamorada de Dios, ella nos enseña con autoridad porque Dios se manifiesta a través de sus palabras. ¡No hemos escuchado a santos testigos de la Palabra?! Ellos y ellas transmiten lo que viven. Se trata de que el divino pasa a través del humano para anunciar sus mensajes.

Damos testimonio por lo que somos. Nuestro testimonio tiene valor según lo que hemos vivido. Enseñamos a través de nuestra manera de actuar, de la calidad de nuestra presencia, de nuestra intimidad con El que queremos dar a conocer. ¿Cómo damos testimonio de nuestra Misión Providencia? ¿Hasta qué punto somos los rostros humanos de la Divina Providencia? Este evangelio de Marcos nos invita a dejarnos acercar por Jesús, a dejarnos impregnar de su presencia, de su voz liberadora, para ser auténticos apóstoles de la Buena Nueva. De esta manera, recolectaremos tesoros duraderos.

Lecturas

Sobre el medio ambiente: Laudato si’, Carta encíclica sobre el cuidado de la casa común http://w2.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

Sobre la misericordia: Misericordiӕ Vultus, Bula de convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, http://w2.vatican.va/content/francesco/es/bulls/documents/papa-francesco_bolla_20150411_misericordiae-vultus.html

Sobre la paz: «La no violencia: un estilo de política para la paz», Mensaje para la celebración del 50a Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2017 http://w2.vatican.va/content/francesco/es/messages/peace/documents/papa-francesco_20161208_messaggio-l-giornata-mondiale-pace-2017.html

Biografías de Emilia Tavernier Gamelin

Libros disponibles en el Centro Emilia Gamelin:

Emilia Tavernier Gamelin

Biografía

Autor: Denise Robillard

Año de publicación: 1988

ISBN 2-920417-42-8

324 páginas Disponible en francés, inglés y español.

 

Madre Gamelin mujer de compasión

Biografía y estudio histórico

Por hermana Thérèse Frigon, sp., en colaboración

Año de publicación: 1984

80 páginas Disponible en francés, inglés y español.

 

Emilia Tavernier Gamelin: La Gran Dama de Montreal,

Fundadora de las Hermanas de la Providencia

Biografía

Autor: Mons. André-M. Cimichella, O.S.M, Obispo auxiliar emérito de Montreal, 1982

Año de publicación: 2002

ISBN 2-922291-82-0

77 páginas Disponible en francés, inglés y español.