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Recursos e inspiración

Las Hermanas de la Providencia ponen a su disposición algunas oraciones y les recomiendan algunas lecturas.

Oración a la Providencia

Providencia  de Dios, yo  creo en Ti.

Providencia  de Dios, yo  espero en Ti.

Providencia de Dios, yo te amo con todo mi corazón.

Providencia de Dios, muchas gracias te doy.

Reflexiones sobre el Evangelio del domingo

Reflexión del domingo 14 de octubre de 2018

evangelio según San Marcos 10, 17-30

«Jesús estaba a punto de partir, cuando un hombre corrió a su encuentro, se arrodilló delante de Él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino sólo Dios. Ya conoces los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no digas cosas falsas de tu hermano, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.» El hombre le contestó: «Maestro, todo eso lo he practicado desde muy joven.» Jesús fijó su mirada en él, le tomó cariño y le dijo: «Sólo te falta una cosa: vete, vende todo lo que tienes y reparte el dinero entre los pobres, y tendrás un tesoro en el Cielo. Después, ven y sígueme.» Al oír esto se desanimó totalmente, pues era un hombre muy rico, y se fue triste. Entonces Jesús paseó su mirada sobre sus discípulos y les dijo: «¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!» Los discípulos se sorprendieron al oír estas palabras, pero Jesús insistió: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de Dios.» Ellos se asombraron todavía más y comentaban: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» Jesús los miró fijamente y les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Dios todo es posible.» Entonces Pedro le dijo: «Nosotros lo hemos dejado todo para seguirte.» Y Jesús contestó: «En verdad les digo: Ninguno que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o campos por mi causa y por el Evangelio quedará sin recompensa. Pues, aun con persecuciones, recibirá cien veces más en la presente vida en casas, hermanos, hermanas, hijos y campos, y en el mundo venidero la vida eterna. »

Reflexión:

Contrariamente a lo que podemos creer, este pasaje no trata de una enseñanza sobre el voto de pobreza, sino de algo que afecta a la salvación de todos. Jesús nos propone otro camino, el camino de la verdad, que implica sin duda renunciar a nuestras riquezas, a la soberbia y a la arrogancia. Es una llamada a hacerlo todo de otra manera, con sabiduría. No es una llamada a una vida de pobreza absoluta entendida materialmente, sino de pobreza que no se apoye en la simple seguridad del cumplimiento formal de la ley, pero sí en la búsqueda del Reino de Dios.

Las riquezas, poseerlas, amarlas, buscarlas es un modo de vida que define una actitud contraria a la búsqueda del Reino de Dios y a la vida eterna: es poder, seguridad, placer… todo eso no es la felicidad. Sin embargo, pensar que el seguimiento de Jesús es una opción de miseria sería una forma equivocada de entender lo que nos propone el Evangelio. Este joven es rico en bienes materiales, pero también morales, porque cumple los mandamientos. ¿Es eso inmoral? ¡No! Pero esa riqueza moral no le permite ver que sus riquezas le están robando la verdadera sabiduría y el corazón. No tiene la sabiduría que busca, porque debe estar todavía muy pendiente de “sus riquezas”. Siguiendo a Jesús aprenderá otra manera de ver la vida, de ver las riquezas y de ver la misma religión.

Además, Jesús añade que es muy difícil que los ricos entren en el Reino de los Cielos, y eso pasa porque no son capaces de decodificarse de su seguridad personal, de su concepción de Dios y de los hombres. No es solamente por sus riquezas materiales que tendrán dificultad en entrar en el Reino,  sino por todo su mundo de poder y de seguridad, aislándose de los pequeños y de su mundo, que es el verdadero mundo del que nos habla Jesús, “lo que es imposible para el hombre, en cambio es posible para Dios” (v. 27). La respuesta de Jesús es una invitación muy especial para que lo sigamos radicalmente.

¡Linda semana para todos!

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 07 de octubre de 2018

evangelio según San Marcos 10, 2-16

En eso llegaron unos (fariseos que querían ponerle a prueba,) y le preguntaron: «¿Puede un marido despedir a su esposa?» Les respondió: «¿Qué les ha ordenado Moisés?» Contestaron: «Moisés ha permitido firmar un acta de separación y después divorciarse.» Jesús les dijo: «Moisés, al escribir esta ley, tomó en cuenta lo tercos que eran ustedes. Pero, al principio de la creación, Dios los hizo hombre y mujer; y por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse con su esposa, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino uno solo. Pues bien, lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe.» Cuando ya estaban en casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre lo mismo, y él les dijo: «El que se separa de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra su esposa; y si la esposa abandona a su marido para casarse con otro hombre, también ésta comete adulterio.» Algunas personas le presentaban los niños para que los tocara, pero los discípulos les reprendían. Jesús, al ver esto, se indignó y les dijo: «Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. En verdad les digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.» Jesús tomaba a los niños en brazos e, imponiéndoles las manos, los bendecía.”

Reflexión

Más allá del matrimonio, Jesús aquí nos invita a dos profundas reflexiones, se trata del sacramento del amor y del respeto mutuo entre pareja. No hay uno de los dos que sea más que el otro, o que pueda más que el otro. Obligaciones, deberes y privilegios deben ser iguales.  Los dos seres que forman una pareja se necesitan mutuamente para formar una familia o quizás solamente ser felices, para vivir en la plenitud del amor a la que Dios nos ha llamado.

En tiempos actuales, cuando la familia parece estar en crisis, Jesús nos invita a volver al principio, a redescubrir la voluntad original de Dios y a intentar hacerla realidad en cada una de nuestras familias. De esa manera cada matrimonio, cada familia, se convertirá en un signo del amor de Dios, núcleo donde la vida se recrea diariamente.

Mientras hablamos de la unión en el amor, hablamos también de los niños, frutos de esta alianza, los cuales Jesús los bendice y habla de que todo aquello que guarda su corazón de niño, limpio, sano, tendrá como recompensa el Reino de Dios. Dejemos entonces invadirnos de la pureza del corazón de un niño, de su simplicidad, de sus ojos maravillados frente a las descubiertas, de su sinceridad espontánea. Cuantos regalos nos son legados en la niñez y que poco a poco, al vivir, los aniquilamos pensando equivocadamente que estamos evolucionando, cuando en verdad estamos simplemente envejeciendo y alejándonos del corazón cristalino que nos pide Jesús.

Gracias por esta bella oportunidad de compartir junto a la familia Providencia.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 30 de septiembre de 2018

evangelio según san Marcos 9: 38-43, 45, 47-48

Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que hacía uso de tu nombre para expulsar demonios, y hemos tratado de impedírselo porque no anda con nosotros.» Jesús contestó: «No se lo prohíban, ya que nadie puede hacer un milagro en mi nombre y luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está con nosotros. Y cualquiera que les dé de beber un vaso de agua porque son de Cristo, yo les aseguro que no quedará sin recompensa. El que haga caer a uno de estos pequeños que creen en mí, sería mejor para él que le ataran al cuello una gran piedra de moler y lo echaran al mar. Si tu mano te está haciendo caer, córtatela; pues es mejor para ti entrar con una sola mano en la vida que ir con las dos a la gehenna, al fuego que no se apaga; pues es mejor para ti entrar cojo en la vida que ser arrojado con los dos pies a la gehena; pues es mejor para ti entrar con un solo ojo en el Reino de Dios que ser arrojado con los dos al infierno, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga. »

Reflexión:

Cristo nos invita hoy a abrirnos a aquellas personas que quieren hacer el bien, a edificarnos con sus compromisos, a admirar el buen trabajo de aquellas y aquellos que no son de nuestro grupo, de nuestro partido político, de nuestra nacionalidad. «No se los prohíban, aunque no sean de los nuestros.»

Nos damos cuenta de que, fuera de la Iglesia, hay mucha salvación, que miles de personas arrojan demonios, es decir, luchan contra el mal, la enfermedad, los prejuicios y la discriminación. Hay muchas personas que hacen un trabajo excepcional en un gran espíritu de hermandad y compromiso.

Esto nos invita a reflexionar sobre nuestros prejuicios, nuestras exclusiones, nuestros rechazos a los demás. La apertura no nos obliga a renunciar a nuestra propia identidad cristiana, por el contrario, la fortalece, pero no en el enfrentamiento sino en el diálogo. ¡Dialogar para comprender, asombrarse, enriquecerse! Cuando nos acercamos a los demás descubrimos perlas de humanidad y espiritualidad. «El viento sopla donde quiere, y tú oyes su silbido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo le sucede al que ha nacido del Espíritu.» (Juan 3: 8)

Como Cristo y la Beata Emilia Gamelin, vayamos al encuentro de los más pobres para aliviar sus miserias sin prejuicios, desinteresadamente. ¡Feliz semana a todos!

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 23 de septiembre de 2018

evangelio según san Marcos 9,30-37

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: – El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará. Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó: –¿De qué discutíais por el camino? Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: –Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: –El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.

Reflexión:

Este pasaje del Evangelio nos muestra un segundo paso de Jesús en su camino hacia Jerusalén, acompañado por sus discípulos. El maestro sabe lo que le espera con la lucidez de un profeta: la pasión y la muerte, pero también la seguridad de que estará en las manos de Dios Padre para siempre, porque su Dios es el Dios de la vida. Pero ese anuncio de la pasión se convierte en el evangelio de hoy en una motivación más para hablar a los discípulos de la necesidad del servicio.

Además, Jesús, guía y maestro de vida, en el gesto por así decir sacramental de la acogida simbólica de un niño, gesto significativo acompañado de las palabras: “Quien reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado”. Es esa sencilla y expresiva actitud de sincero servicio a los más humildes y pequeños, la que autentifica la credibilidad del verdadero discípulo: “Quien quiera ser el primero, ha de ser el último y servidor de todos”. ¿Qué mejor tarjeta de presentación que el compromiso cristiano con esta nueva escala de valores instaurada por Jesús?

Si es el niño quien ha de ocupar el centro de la vida comunitaria, ¿dónde queda el protagonismo de la ambición, el honor y la grandeza de los primeros puestos? ¿Qué sentido tienen entre nosotros las discordias, desacuerdos y controversias? Para nada se corresponden con la sabiduría proveniente del evangelio. La mirada crítica de Jesús recae directamente sobre sus propios discípulos, desautorizados por su comportamiento para ejercer la misión a la que han sido llamados. Lo más pequeño e insignificante a nuestros ojos ocupa el primer lugar a los ojos de Dios. No es el Señor el que está sentado a la mesa, sino el que sirve.

Como se nos ha pedido Jesús, Emilia y Bernarda por sus ejemplos de vida, sigamos a servicio de los más pequeños de nuestra sociedad. Qué tengan una muy linda semana,

LC

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Reflexión del domingo 16 de septiembre de 2018

evangelio según san Marcos 8,27-35

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?» Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.»
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mí vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.»

Reflexión

Seguir a Jesús desde nuestra cruz

Quizás sea una buena forma de conocernos y de conocer a Jesús.  Cuando nos enfrentamos a situaciones nuevas, a experiencias distintas, cuando salimos de nosotros mismos, nos redescubrimos. Cuando derribamos los miedos que nos atan y nos separan a unos de otros, atrincherados en clichés de pensamiento y de maneras preestablecidas de vivir, generamos oportunidades de compartir y recolocar la mirada sobre nuestro yo, sobre nuestros “tús” y, sobre todo, sobre ÉL.

Porque no se trata solo de pararse, se trata de ir viviendo, de hacer camino. De darnos la oportunidad de ser interpelados en lo que somos y en lo que nos define como cristianos. No vaya a ser que quien menos pensemos reconozca mejor que muchos de nosotros el paso del Señor Jesús por la vida, por la historia, por el cotidiano…

Lo mejor sería que todo saliera de maravilla, que reconocer la soberanía de Cristo en mi vida fuera un camino de éxitos y triunfos; como cuando Él multiplicaba el pan y los peces o curaba a los enfermos. Pero no. Jesús, tras la inmediata confesión de fe de Pedro, nos pone en guardia sobre lo que supone hacer de Cristo la razón de nuestro vivir: tocará sufrir, no nos entenderán, seremos rechazados, serán ejecutados, un escándalo en toda regla… y a pesar de esto seguiremos profesando esa confesión de fe.

¡Gracias Señor te doy por la vida de nuestra comunidad desde hacen 175 años!

Una hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 09 de septiembre de 2018

“Saliendo de las tierras de Tiro, Jesús pasó por Sidón y, dando la vuelta al lago de Galilea, llegó al territorio de la Decápolis. Allí le presentaron un sordo que hablaba con dificultad, y le pidieron que le impusiera la mano. Jesús lo apartó de la gente, le metió los dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. En seguida levantó los ojos al cielo, suspiró y dijo: «Effetá», que quiere decir: «Abrete. » Al instante se le abrieron los oídos, le desapareció el defecto de la lengua y comenzó a hablar correctamente. Jesús les mandó que no se lo dijeran a nadie, pero cuanto más insistía, tanto más ellos lo publicaban. Estaban fuera de sí y decían muy asombrados: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»”

Reflexión:

En nuestro mundo, en que no hay oído para los gritos de los pobres y muchos silencios deliberados intencionales y persistentes por intereses egoístas, nosotros, cristianos y cristianas, debemos escuchar, hablar y actuar. Las personas de fe se distinguen por su sensibilidad para percibir, en medio de los ruidos del mundo, la voz de Dios y consecuentemente eligen el sendero de la verdad y de la misericordia. La Beata Emilia Gamelin ha seguido integralmente esta conducta, regalando su vida integralmente en beneficio de los más pequeños. Siguiendo su ejemplo, las Hermanas de la Providencia, de ayer y de hoy escuchan el grito de los pobres, hablan y actúan.

Quien tiene oídos que escuchan y los labios que hablan la verdad tiene también ojos abiertos para los demás, manos extendidas hacia los necesitados, corazón limpio para testimoniar el amor verdadero.

Cristo dijo al sordomudo tocando sus oídos y su lengua: “effetá”, esto es, ábrete. Esta apertura física, fruto de la curación milagrosa, debe llevar a la apertura interior y espiritual. Las personas están demasiado encerradas en ellas mismas, con sus problemas de horizonte reducido. Abrirse a la fe es acoger la salvación, abandonar el recurso a las propias energías, confiar fundamentalmente en Dios, ¡ver la luz de la esperanza!

Una hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 02 de septiembre de 2018

Evangelio según San Marcos 7: 1-8; 14-15; 21-23

Los fariseos se juntaron en torno a Jesús, y con ellos había algunos maestros de la Ley llegados de Jerusalén. Esta gente se fijó en que algunos de los discípulos de Jesús tomaban su comida con manos impuras, es decir, sin habérselas lavado antes. Porque los fariseos, al igual que el resto de los judíos, están aferrados a la tradición de sus mayores, y no comen nunca sin haberse lavado cuidadosamente las manos. Tampoco comen nada al volver del mercado sin antes cumplir con estas purificaciones. Y son muchas las tradiciones que deben observar, como la purificación de vasos, jarras y bandejas. Por eso los fariseos y maestros de la Ley le preguntaron: «¿Por qué tus discípulos no respetan la tradición de los ancianos, sino que comen con manos impuras?» Jesús les contestó: «¡Qué bien salvan ustedes las apariencias! Con justa razón profetizó de ustedes Isaías cuando escribía: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me rinden de nada sirve; las doctrinas que enseñan no son más que mandatos de hombres. Ustedes descuidan el mandamiento de Dios por aferrarse a tradiciones de hombres.» Jesús volvió a llamar a la gente y empezó a decirles: «Escúchenme todos y traten de entender. Ninguna cosa que de fuera entra en la persona puede hacerla impura; lo que hace impura a una persona es lo que sale de ella. «Los pensamientos malos salen de dentro, del corazón: de ahí proceden la inmoralidad sexual, robos, asesinatos, infidelidad matrimonial, codicia, maldad, vida viciosa, envidia, injuria, orgullo y falta de sentido moral. Todas estas maldades salen de dentro y hacen impura a la persona.»

Reflexión:

No existe grupo alguno, ni siquiera la Iglesia, que pueda mantenerse sin tradiciones y sin costumbres. Pero, por buenas que sean, estas tradiciones han sido establecidas por los seres humanos, como ha sucedido con  la forma de celebrar misas, fiestas, novenas, etc.  Todo lo que un papa, un obispo, una comunidad cristiana ha hecho en el pasado puede ser cambiado por otro papa, otro obispo u otra comunidad cristiana. Y como todo esto puede cambiar, comprendemos que no es allí donde reside la esencia de la vida cristiana.

Hay algo esencial que no cambia: la enseñanza de Dios. ¿Dónde podemos encontrarla? En la Palabra de Dios. Además, a menudo no nos esforzamos mucho por entrar en el espíritu de la Iglesia, por aferrarnos ciegamente a costumbres o prácticas antiguas y dañinas.

¿Por qué tantos cristianos se sorprenden cuando la Iglesia se libera de estas prácticas obsoletas? Jesús nos da la razón al citar unas palabras del profeta Isaías: «tal vez se aferran a sus rituales porque son incapaces de “creer”». ¡Feliz semana en la alegría del Señor!

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 26 de agosto de 2018

Evangelio según Juan 6, 59-69.

Así habló Jesús en Cafar-naúm enseñando en la sinagoga. Al escucharlo, cierto número de discípulos de Jesús dijeron: «¡Este lenguaje es muy duro! ¿Quién querrá escucharlo?»

Jesús se dio cuenta de que sus discípulos criticaban su discurso y les dijo: «¿Les desconcierta lo que he dicho? ¿Qué será, entonces, cuando vean al Hijo del Hombre subir al lugar donde estaba antes? El espíritu es el que da vida, la carne no sirve para nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen.»

Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién lo iba a entregar. Y agregó: «Como he dicho antes, nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre.»

A partir de entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y dejaron de seguirle. Jesús preguntó a los Doce: «¿Quieren marcharse también ustedes?» Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.»

REFLEXIÓN

¿Cómo habría reaccionado yo si hubiera estado en el lugar de los discípulos que seguían a Jesús? ¿Habría continuado siguiéndolo o acaso habría hecho como Simón Pedro, quien responde a Jesús: «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.»

Si un día, como Hermana de la Providencia, verdaderamente escogí a Jesús, ¿QUIÉN es Él para mí cuando siento que en mi interior todo se agita y me molesta? ¿Tengo una razón para alterarme en esos momentos? Reflexionando al respecto, ¿es acaso la buena solución contar con su omnipotencia y depositar en Él toda mi confianza para abandonarme a su voluntad?

Cuando en un autobús veo que una persona cede su silla a una mujer o a un hombre con dificultad para caminar… eso es para mí un acto de bondad y de delicadeza.

O bien una persona compasiva que actúa contra la discriminación, el abuso en todas sus formas y la violencia.

Estas son expresiones de amor hacia el prójimo que ilustran lo que significa «seguir los pasos de Jesús». Pero hay muchos otros pequeños gestos de bondad, de generosidad y de delicadeza que se pueden hacer y que manifiestan concretamente «el seguimiento de Jesús».

Si creemos que Jesús tiene «palabras de vida eterna» y creemos y sabemos que es el «Santo de Dios» (versículos 68 y 69), ¿cómo podría Él abandonar a su criatura, aquella que Él ha creado por AMOR y hacia la cual siente un AMOR INFINITO? Sí, Dios ama a cada persona de la misma forma, es decir, CON LOCURA…

Hermana Claudette Chénier

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Reflexión del domingo 19 de agosto de 2018

Evangelio según Juan 6, 51-58.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo.» Los judíos discutían entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer carne?» Jesús les dijo: «En verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que es vida, me envió y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí. Es te es el pan que ha bajado del cielo. Pero no como el de vuestros antepasados, que comieron y después murieron. El que coma este pan vivirá para siempre.

Reflexión:

Como prueba de su gran Amor por la humanidad, Cristo nos dio su Vida y sigue ofreciéndonos su Cuerpo y Sangre, promesa de vida eterna para la cual nos preparamos desde ya aquí en la tierra. Este es un gran misterio que debemos acoger, como inmensa es la acción de gracias que debemos ofrecer a nuestro Dios, quien a lo largo de nuestra vida terrenal nos ofrece a aquel Jesús deseoso de continuar su acción salvadora en la vida cotidiana de cada una y cada uno de nosotros.

En cada Eucaristía repetimos «Dichosos los invitados a la cena del Señor». Sin embargo, ¿somos conscientes de esta dicha? ¿Valoramos la grandeza de la generosidad de nuestro Dios? Nuestra pobreza se hace mayor ante la bondad de Aquel que, a cada instante, quiere entregarse a nosotros en su Palabra y en su Pan, por su cuerpo y por su sangre. ¡Cuán grande es el Misterio de Nuestro Dios!

Con gozo y gratitud, vayamos a la mesa eucarística y, en unión con todos nuestros hermanos y hermanas, y particularmente con quienes son perseguidos a causa de su fe en aquel Jesús que es alimento para el camino. Contemplemos este sacramento privilegiado de la Pascua de Jesús, resumen de toda su vida y de toda su misión.

En este día del Señor, elevamos nuestra alabanza de acción de gracias a Aquel que nos invita a permanecer en Él mediante esta comunión, en la cual se nos ofrecen su Cuerpo y Sangre, como un anticipo del cielo.

Hermana Marguerite Cuierrier

«Dios nos llama a su casa,

Dios nos invita a su banquete,

Día de júbilo y día de dicha, Aleluya»

Robert Lebel

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Reflexión del domingo 12 de agosto de 2018

Evangelio según Juan 6, 41-51.

“Los judíos murmuraban porque Jesús había dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo.» Y decían: «Conocemos a su padre y a su madre, ¿no es cierto? El no es sino Jesús, el hijo de José. ¿Cómo puede decir que ha bajado del cielo?» Jesús les contestó: «No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió. Y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los Profetas: Serán todos enseñados por Dios, y es así como viene a mí toda persona que ha escuchado al Padre y ha recibido su enseñanza. Pues, por supuesto que nadie ha visto al Padre: sólo Aquel que ha venido de Dios ha visto al Padre. En verdad les digo: El que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida. Sus antepasados comieron el maná en el desierto, pero murieron: aquí tienen el pan que baja del cielo, para que lo coman y ya no mueran. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo.»”

Reflexión

Yo Soy el Pan de vida

Al querer escribir esta reflexión, me di cuenta de que era muy difícil llegar y sentarme a escribir algunas ideas que me vinieran a la mente…así es que  por sugerencia de una de mis hermanas de comunidad pregunté ¿qué te dice el evangelio? Y es ahí donde escuché una reflexión que me siguió y quiero compartirles.

¿De qué me estoy alimentando? No solo físicamente, también en espíritu y mente.

Alimentarse es una actividad que requiere de responsabilidad personal sobre mi misma, lo mismo como tantas otras actividades de nuestra vida que requieren de nuestra voluntad, decisión, discernimiento, y práctica. Ya contamos con la Palabra del mismo Jesús que nos dice “Yo Soy el Pan de Vida”, pero eso no nos basta para alimentarnos…se nos ofrece el Pan, pero, es el movimiento de nuestro reconocimiento, de nuestra hambre y de nuestra pobreza , la que nos llevará a la acogida, a buscar comer ese Pan para saciar nuestra hambre.

A los judíos, Jesús los amonesta: “Dejen ya de criticar entre ustedes”, pues oírlo decir que Él era el pan del Cielo, les descuadraba lo que habían aprendido desde su juventud, las enseñanzas de siglos y siglos. Ciertamente la seguridad de que conocían a Jesús, a su familia y a su madre, les hacía actuar con la seguridad de tener la razón. Desde la mirada hambrienta y pobre de quien no puede aceptar  de que hay una posibilidad de error en su juicio, los judíos pretendían mantener la fidelidad a la ley y los profetas, de lo cual estaban orgullosos.

Me pregunto a mí  misma y las invito a preguntarse ¿Cuál es el alimento con el que estoy nutriéndome?

Cuáles son las críticas, sin siquiera darme la posibilidad a error, que sigo haciendo, al tratar de mantenerme fiel  a algo aprendido años atrás y que hoy ya no parece ajustarse a la realidad?

En los tiempos que vivimos, especialmente como Iglesia  ahora y vida consagrada, particularmente en Chile, donde hoy me encuentro,  siento que es tiempo de reconocernos hambrientas del Verdadero Alimento,  y enfrentar la realidad que nos dice que debemos cambiar, transformar nuestra “dieta alimenticia”, dejar de comer lo que nos intoxica, lo que poco a poco nos va degradando la vida.

La invitación entonces la reconocemos, la Salud  se nos ofrece: Yo Soy el Pan de Vida…la respuesta sigue dependiendo de nosotras.

Alba Letelier, sp.

 

Reflexión del domingo 05 de agosto de 2018

Evangelio según Juan 6, 24-35.

“Al ver que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, la gente subió a las lanchas y se dirigieron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo al otro lado del lago, le preguntaron: «Rabbí (Maestro), ¿cómo has venido aquí?» Jesús les contestó: «En verdad les digo: Ustedes me buscan, no porque han visto a través de los signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento de un día, sino por el alimento que permanece y da vida eterna. Este se lo dará el Hijo del hombre; él ha sido marcado con el sello del Padre. Entonces le preguntaron: «Qué tenemos que hacer para trabajar en las obras de Dios?» Jesús respondió: «La obra de Dios es ésta: creer en aquel que Dios ha enviado.» Le dijeron: «¿Qué puedes hacer? ¿Qué señal milagrosa haces tú, para que la veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, según dice la Escritura: Se les dio a comer pan del cielo.» Jesús contestó: «En verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo. Es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. El pan que Dios da es aquel que baja del cielo y que da vida al mundo.» Ellos dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.» Jesús les dijo: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed.”

Reflexión:

Las multitudes han seguido a Jesús porque Él les dio de comer. Sin embargo, deberían buscar a Jesús porque Él puede darles la vida eterna. De esta forma, pareciera que la multitud estaría en proceso de aceptar a Jesús y su misión, además, preguntaron: “¿Qué tenemos que hacer para trabajar en las obras de Dios?” Jesús respondió, deben de tener fe en el Enviado de Dios. Pero en el siguiente diálogo, la multitud revela su incapacidad para ver la verdadera identidad de Jesús. Le piden a Jesús una señal para que sepan que Él es el enviado de Dios. Qué extraño suena ya que Jesús acaba de alimentar a más de 5000 personas. ¿Qué más se espera de Él?

Cuán rápido parecen haber olvidado lo maravilloso que Jesús ha hecho por ellos. O, tal vez nunca reconocieron lo que hizo como milagro. A veces no reconocemos las cosas extraordinarias que Dios ha hecho por nosotros. Y, a veces, simplemente olvidamos y pedimos más evidencias de su amor y de su cuidado. Oramos para que Dios elimine nuestra ceguera para que podamos recibir con gratitud y alabanza todas las cosas estupendas que Dios hace en nuestras vidas.

Es por eso que es importante nombrar los maravillosos dones que Dios nos ha dado y algunas de las obras notables que Dios ha hecho en nuestro mundo. También es importante contar nuestras bendiciones porque fácilmente podemos perder el reconocimiento de todas las cosas sorprendentes que Dios hace por nosotros. Jesús dice a las multitudes que les dará algo más grande y más importante que el pan que alimentó su hambre física; él les dará el pan de la vida eterna. Tenemos este regalo de Jesús en la Eucaristía.

Oremos juntos agradeciendo a Dios por todo lo que nos ha dado, especialmente por el regalo de la vida eterna y de la Eucaristía.

Una hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 29 de julio de 2018

Evangelio según San Juan 6: 1-15.

Después Jesús pasó a la otra orilla del lago de Galilea, cerca de Tiberíades. Le seguía un enorme gentío, a causa de las señales milagrosas que le veían hacer en los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús, pues, levantó los ojos y, al ver el numeroso gentío que acudía a él, dijo a Felipe: «¿Dónde iremos a comprar pan para que coma esa gente?» Se lo preguntaba para ponerlo a prueba, pues él sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: «Doscientas monedas de plata no alcanzarían para dar a cada uno un pedazo.»  Otro discípulo, Andrés, hermano de Simón Pedro, dijo: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados. Pero, ¿qué es esto para tanta gente?»  Jesús les dijo: «Hagan que se sienta la gente.» Había mucho pasto en aquel lugar, y se sentaron los hombres en número de unos cinco mil. Entonces Jesús tomó los panes, dio las gracias y los repartió entre los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, y todos recibieron cuanto quisieron. Cuando quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que han sobrado para que no se pierda nada.» Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos que no se habían comido: eran las sobras de los cinco panes de cebada.  Al ver esta señal que Jesús había hecho, los hombres decían: «Este es sin duda el Profeta que había de venir al mundo.»  Jesús se dio cuenta de que iban a tomarlo por la fuerza para proclamarlo rey, y nuevamente huyó al monte él solo.

Reflexión:

Este milagro de Jesús por la expectación y relevancia que tuvo para los discípulos   está narrado en los cuatro evangelios. Aquí Juan comienza: « después de esto…»  y qué fue esto?  A Jesús lo vemos tratando de decir su verdad y testimonio sobre las obras de su Padre. Se acerca la fiesta de Pascua y Él sabe lo que está por ocurrir: rechazo y cruz, no creen en su Palabra. Como familia Providencia con ocasión de esta celebración de los 175 años de vida, nos preguntamos y después de esto ¿qué?.  Y al recordar esta trayectoria histórica nos desbordan las vivencias, experiencias, asombros, generosidades y desafíos que vemos reflejado en este milagro.

El Evangelista dice que Jesús se fue a la otra ribera del mar de Galilea y que mucha gente lo seguía…que es para nosotras pasar a la otra ribera ¿cuáles serán nuestros Tiberiades?  En un discernimiento con las virtudes raíces legadas de nuestra fundadora Emilia Gámelin de humildad, simplicidad y caridad al igual Jesús que levantó los ojos y vio que lo seguía mucha   gente, también vemos y somos testigos de muchedumbres interpeladoras que siguen necesitando el anuncio sanador de Jesús con el carisma amoroso y confiado en el Padre Providente. El milagro prodigioso y asombroso que sació a tantos comenzó con lo débil, frágil y simple, con los cinco panes de cebada, el pan de los pobres y tan sólo dos peces, que depositados en las manos de Jesús se multiplican, sacian y llenan de plenitud ¿cuántas experiencias tenemos en la larga historia comunitaria en esta confianza – confiada a la Providencia del Padre que jamás defrauda?

En el lugar del milagro Jesús pide a la gente que se siente, ya que había mucha hierba. Propicia trato digno, estar bien, descanso, señal de paz, compartir bienes materiales y espirituales, que llenen el corazón. Es lo que descubrimos en nuestras Fundadoras y lo ratificamos en nuestras Constituciones.

Cuando se actúa con fe y confianza en el designio amoroso de Dios hay, iniciativa, creatividad, generosidad, proactividad, y los recursos se multiplican, ya que no se deja vencer en generosidad, como lo vemos después de alimentar a tantos miles, sobran 12 canastos de los trozos del pan repartido.

Que María, madre compasiva y de la cariñosa atención nos ayude a ser humildes y generosas y aprender de su Hijo Jesús a ver las necesidades de nuestros entornos y poner los medios de lo que somos y tenemos, que el resto lo hará el mismo Jesús, llenándonos de bendiciones en gratitud.

       Hna. Ana Delia Silva A.

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Reflexión del domingo 22 de julio de 2018

Evangelio según Marcos 6: 30-34

«Al volver los apóstoles a donde estaba Jesús, le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Jesús les dijo: «Vámonos aparte, a un lugar retirado, y descansarán un poco.» Porque eran tantos los que iban y venían que no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron solos en una barca a un lugar despoblado. Pero la gente vio cómo se iban, y muchos cayeron en la cuenta; y se dirigieron allá a pie. De todos los pueblos la gente se fue corriendo y llegaron antes que ellos. Al desembarcar, Jesús vio toda aquella gente, y sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles largamente.»

Reflexión:

Lo que caracteriza a todos los cristianos es ser artífices de paz, unificadores. Es por eso que Jesús envía a sus discípulos en misión. Reunir en vez de dispersar y separar, hacer todo para evitar que las personas se separen, que los chismes se propaguen, que los celos o la ambición vengan a quebrantar los cimientos de la comunidad. Ese es el desafío diario al que están confrontadas las personas de paz.

En la celebración de la Misa, el Señor nos permite que apacigüemos nuestra agresividad, destruyendo los muros que  nos separan. Encontramos al Señor, recibimos su perdón, descubrimos la paz y las herramientas necesarias para perdonar a los que nos ofenden.

El descanso es la barca de Jesús donde por un momento nos olvidamos de cualquier otra preocupación que solo su presencia y su amor. Nutridos de Dios, Jesús cuenta diariamente con nuestros brazos y nuestro corazón. Jesús eligió gente común, del lugar, les pidió anunciar su Buena Nueva. Él no ha cambiado de método. Ahora nos llama a nosotros. ¿Estamos escuchando el llamado de Jesús?

L.L.,  Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 15 de julio de 2018

Evangelio según Marcos 6:7-13

Llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Les ordenó que no llevaran nada para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni morral, ni dinero; que llevaran calzado corriente y un solo manto.

Y les decía: «Quédense en la primera casa en que les den alojamiento, hasta que se vayan de ese sitio. Y si en algún lugar no los reciben ni los escuchan, no se alejen de allí sin haber sacudido el polvo de sus pies: con esto darán testimonio contra ellos.» Fueron, pues, a predicar, invitando a la conversión. Expulsaban a muchos espíritus malos y sanaban a numerosos enfermos, ungiéndoles con aceite. 

Al igual que los discípulos de Jesús, estamos llamados a difundir la Buena Nueva. Como ellos, debemos despojarnos de todo lo que es superfluo y no guardar sino lo esencial, es decir, nuestra fe y nuestro ser, que es un templo sagrado al servicio de la Bondad.

Este acto, en teoría, puede parecer simple y fácil de lograr. Sin embargo, todo parece converger para que esta tarea sea muy ardua, y más difícil. ¿Cómo podemos privarnos de la prosperidad que nuestra sociedad nos ofrece y que está al alcance de nuestras manos? ¿Cómo podemos alejarnos de la abundancia material y quedarnos con lo primordial?

Sin embargo, aunque vivimos en tiempos bastante distintos, estoy convencida de que para los discípulos de Jesús, también fue difícil dejar lo poco que poseían para quedarse con lo mínimo e ir de pueblo en pueblo «en misión de dos en dos». Estas pequeñas comunidades nómadas nos recuerdan a nuestras hermanas predecesoras, que fueron a tierras lejanas, sabiendo muy poco acerca de las personas con quienes se encontrarían, pero llenas de esperanza que solo la caridad apremiante de Cristo puede transmitir. Deseo que continuemos nuestro camino siempre trabajando en nosotros mismos y, al mismo tiempo, dando a conocer las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo. ¡Feliz semana a todas y todos!

Una Hermana de la Providencia

 

Reflexión del domingo 8 de julio de 2018

Evangelio según Marcos 6:1-6

Al irse Jesús de allí, volvió a su tierra, y sus discípulos se fueron con él. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga y mucha gente lo escuchaba con estupor. Se preguntaban: «¿De dónde le viene todo esto? ¿Y qué pensar de la sabiduría que ha recibido, con esos milagros que salen de sus manos? Pero no es más que el carpintero, el hijo de María; es un hermano de Santiago, de José, de Judas y Simón. ¿Y sus hermanas no están aquí entre nosotros?» Se escandalizaban y no lo reconocían. Jesús les dijo: «Si hay un lugar donde un profeta es despreciado, es en su tierra, entre sus parientes y en su propia familia.» Y no pudo hacer allí ningún milagro. Tan sólo sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Jesús se admiraba de cómo se negaban a creer.

Reflexión:

A menudo, el Señor nos envía profetas inesperados que nos asombran…

Un encuentro, un intercambio, pueden ofrecernos caminos inesperados y, de hecho, son mensajes del Señor. Tengamos en cuenta que los profetas no son «adivinos» o «predicadores de desgracias, del fin del mundo». Los profetas son aquellos que anuncian la Palabra del Señor, que enseñan cuáles son las voluntades de Dios para nosotros y para el mundo. Hacen grandes cosas de la manera más sencilla y enseñan la Verdad con la inteligencia del corazón, que es la más accesible para todos. Si permanecemos atentos nos daremos cuenta de que no hay un día en que no nos crucemos con un profeta… tal vez en nuestra familia, en nuestras relaciones cercanas, en nuestro medio de trabajo, y así sucesivamente. Cualquiera que sea el envoltorio, lo que cuenta es el mensaje y que puede ayudarnos a vivir. Algo que no falla y nos permite ver quiénes son los verdaderos profetas: siempre son objeto de críticas.

Este pensamiento nos lleva a preguntarnos seriamente como cristianas y cristianos: ¿cuándo profundizaremos antes de emitir un juicio? ¿Cuándo admitiremos que tenemos algo que cambiar, que mejorar en nuestras vidas, y que los reproches que hacemos con frecuencia a los demás nos suelen regresar? Además, ¿juzgamos y criticamos a nuestros pares mucho más fácilmente que los apoyamos en sus esfuerzos y ayudamos en sus dificultades? Que el camino trazado por el más grande de los profetas ilumine nuestras vidas.

Una Hermana de la Providencia

 

Reflexión del domingo primero de julio

Evangelio según Marcos 5:21-43

Jesús, entonces, atravesó el lago, y al volver a la otra orilla, una gran muchedumbre se juntó en la playa en torno a él. 22.En eso llegó un oficial de la sinagoga, llamado Jairo, y al ver a Jesús, se postró a sus pies 23.suplicándole: «Mi hija está agonizando; ven e impón tus manos sobre ella para que se mejore y siga viviendo.» 24.Jesús se fue con Jairo; estaban en medio de un gran gentío, que lo oprimía. 25.Se encontraba allí una mujer que padecía un derrame de sangre desde hacía doce años. 26.Había sufrido mucho en manos de muchos médicos y se había gastado todo lo que tenía, pero en lugar de mejorar, estaba cada vez peor. 27.Como había oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto. 28.La mujer pensaba: «Si logro tocar, aunque sólo sea su ropa, sanaré.» 29.Al momento cesó su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba sana. 30.Pero Jesús se dio cuenta de que un poder había salido de él, y dándose vuelta en medio del gentío, preguntó: «¿Quién me ha tocado la ropa?» 31.Sus discípulos le contestaron: «Ya ves cómo te oprime toda esta gente: ¿y preguntas quién te tocó?» 32.Pero él seguía mirando a su alrededor para ver quién le había tocado. 33.Entonces la mujer, que sabía muy bien lo que le había pasado, asustada y temblando, se postró ante él y le contó toda la verdad. 34.Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda sana de tu enfermedad.» 35.Jesús estaba todavía hablando cuando llegaron algunos de la casa del oficial de la sinagoga para informarle: «Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar ya al Maestro?» 36.Jesús se hizo el desentendido y dijo al oficial: «No tengas miedo, solamente ten fe.» 37.Pero no dejó que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. 38.Cuando llegaron a la casa del oficial, Jesús vio un gran alboroto: unos lloraban y otros gritaban. 39.Jesús entró y les dijo: «¿Por qué este alboroto y tanto llanto? La niña no está muerta, sino dormida.» 40.Y se burlaban de él. Pero Jesús los hizo salir a todos, tomó consigo al padre, a la madre y a los que venían con él, y entró donde estaba la niña. 41.Tomándola de la mano, dijo a la niña: «Talitá kumi», que quiere decir: «Niña, te lo digo, ¡levántate!» 42.La jovencita se levantó al instante y empezó a caminar (tenía doce años). ¡Qué estupor más grande! Quedaron fuera de sí. 43.Pero Jesús les pidio insistentemente que no lo contaran a nadie, y les dijo que dieran algo de comer a la niña.

Reflexión:

Si la analizamos más de cerca, esta historia nos habla sobre todo de la salvación y la fe. El oficial de la sinagoga le suplica a Jesús: «Mi hija está agonizando; ven e impón tus manos sobre ella para que se mejore y siga viviendo». Y la mujer que padecía un derrame de sangre incurable se dijo a sí misma: «Si logro tocar, aunque sólo sea su ropa, sanaré». Ahora bien, esta salvación (cuya curación es el signo) presupone la fe. Esto es lo que Jesús destaca; le dijo a la mujer que tocó su ropa y que dio a conocer: «Tu fe te ha salvado». Y al oficial de la sinagoga que acaba de enterarse de la muerte de su hija: «No tengas miedo, solamente ten fe».

Solo la fe en Jesús puede llevar la salvación a la vida eterna a través de la muerte y la resurrección del Señor. El relato de Marcos revela su carácter catequético. Al leerlo de nuevo a la luz de la resurrección de Jesús, aparece como una anticipación profética de lo que Jesús ofrece a cada creyente. De hecho, le dice a la niña: «Levántate» o literalmente, «Despierta», es decir, «Resucita».

CRISTO ha vencido la muerte. Él es la fuente inagotable de nuestra ESPERANZA. Él es la Vida que anima nuestras almas. Él es Alimento de vida por su EUCARISTÍA. Él nos revive constantemente con sus múltiples perdones. ÉL es el CAMINO de la VIDA. Vino por la VIDA y la vida en abundancia… ¡Cómo no confiar plenamente en Él!

Una Hermana de la Providencia

 

Reflexión del domingo 24 de junio – Evangelio según Lucas 1, 57-66, 80

Cuando le llegó a Isabel su día, dio a luz un hijo, y sus vecinos y parientes se alegraron con ella al enterarse de la misericordia tan grande que el Señor le había mostrado. Al octavo día vinieron para cumplir con el niño el rito de la circuncisión, y querían ponerle por nombre Zacarías, por llamarse así su padre. Pero la madre dijo: «No, se llamará Juan.» Los otros dijeron: «Pero si no hay nadie en tu familia que se llame así.» Preguntaron por señas al padre cómo quería que lo llamasen. Preguntaron por señas al padre cómo quería que lo llamasen. «Su nombre es Juan», por lo que todos se quedaron extrañados. En ese mismo instante se le soltó la lengua y comenzó a alabar a Dios. Un santo temor se apoderó del vecindario, y estos acontecimientos se comentaban en toda la región montañosa de Judea. La gente que lo oía quedaba pensativa y decía: «¿Qué va a ser este niño? » Porque comprendían que la mano del Señor estaba con él. A medida que el niño iba creciendo, le vino la fuerza del Espíritu. Vivió en lugares apartados hasta el día en que se manifestó a Israel.

Reflexión

En los evangelios, Juan Bautista es una de las pocas personas de las que se habla sobre su nacimiento. Todo comenzó con el anuncio hecho a Zacarías, cuyo nombre, no olvidemos, significa «Dios recuerda». «No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada. Tu esposa Isabel te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan». El 24 de junio, el día de su nacimiento, se nos da la oportunidad de considerar la singularidad de este hombre nacido de una pareja excepcional. También es una ocasión para unirnos a la alegría de la gente de Quebec que celebra San Juan, su fiesta nacional y la fiesta de su santo patrón.

Así Isabel dio a luz a un hijo. Lo que hace cualquiera mujer de dar a luz, también lo hizo ella. ¡Gracias a ella, Juan Bautista existe! Su existencia entera está atravesada por la relación. Yo no puedo evitar pensar en todas nuestras predecesoras, Hermanas de la Providencia, que libremente han elegido «dar a luz» dedicando su vida entera a personas marginadas. Sí, «dar a luz» es dar vida; es permitir que el otro tenga una vida mejor, por ejemplo. ¿No es esta la razón de ser de una Hermana de la Providencia? Juan Bautista es la persona que el mundo ya no esperaba, el mundo le da la bienvenida y se regocija. Es el que nació como un milagro y recibió un nombre inspirado por la tradición. Él es el precursor, el hombre feliz. En este año jubilar del 175.o aniversario de la nuestra fundación, nosotras Hermanas de la Providencia estamos invitadas a mirar el pasado y recordar todos los acontecimientos que han marcado la historia de nuestra Congregación. ¿No será este el momento para que hoy acojamos la gracia de Dios en nuestra vida personal y congregacional? Juan, cuyo nombre significa «Gracia de Dios» es quien constantemente predicó la conversión. En este año jubilar, ¿podremos dejarnos transformar por la gracia y la misericordia de Dios? ¿Seremos capaces de hacer una introspección y renovar  alianza con Cristo que constantemente nos habla? Por último, como Isabel, ¿nos encontraremos lo suficientemente disponibles para dejar estallar la vida que se mueve en nosotros?

Hna. Sandrine-Aimée Tsélikémé, sp

 

Reflexión del domingo 17 de junio – Evangelio según Marcos 4, 26-34

La semilla y el grano de mostaza 

Jesús les dijo también: «Escuchen esta comparación del Reino de Dios. Un hombre esparce la semilla en la tierra, y ya duerma o esté despierto, sea de noche o de día, la semilla brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da fruto por sí misma: primero la hierba, luego la espiga, y por último la espiga se llena de granos. Y cuando el grano está maduro, se le mete la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha.»  Jesús les dijo también: «¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué comparación lo podríamos expresar? Es semejante a una semilla de mostaza; al sembrarla, es la más pequeña de todas las semillas que se echan en la tierra, pero una vez sembrada, crece y se hace más grande que todas las plantas del huerto y sus ramas se hacen tan grandes que los pájaros del cielo buscan refugio bajo su sombra.» Jesús usaba muchas parábolas como éstas para anunciar la Palabra, adaptándose a la capacidad de la gente. No les decía nada sin usar parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Mientras esperamos la «temporada de la cosecha», un proceso de crecimiento está desarrollándose. Es una ilusión pensar que nada está sucediendo. No percibimos lo que está pasando, pero en realidad la vida está creciendo. Lo que sucede en nosotros y alrededor de nosotros es a menudo de este orden: es una fuerza oculta e imperceptible que se activa sin que nos demos cuenta.

Jesús nos hizo saber también que nuestro esfuerzo para difundir el mensaje de la Buena Nueva va en la misma dirección. Él mismo, quien era un gran predicador, no consiguió fácilmente convertir a sus contemporáneos y a su propia familia. Sin embargo, con una audacia loca, creía no haber perdido su tiempo sembrando la semilla de la esperanza del Reino. Y la historia ha confirmado que tenía razón.

Esta pequeña parábola nos recuerda que mientras la vida se está destruyendo por todas partes a nuestro alrededor, tenemos que aprender a mantener la calma, a no agitarnos y a dormir tranquilos. San Pablo dijo que en lugar de construirse a uno mismo, nosotros como cristianos debemos dejarnos moldear por la gracia de Dios. El Señor es como el escultor que no apila piedra sobre piedra, sino que quita lo no sirve del bloque de mármol que trabaja. Del mismo modo, el cristiano debe dejarse modelar con confianza. También debe confiar en Dios para el desarrollo de la fe a su alrededor. La acción de Dios está presente, aunque no la veamos.

 

Reflexión domingo 10 de junio de 2018

Marcos 3:20-35

«Jesús llegó a una casa, y la multitud se juntó de nuevo, a tal punto que ellos ni siquiera podían comer. Cuando sus parientes oyeron esto, fueron para hacerse cargo de Él, porque decían: Está fuera de sí. Y los escribas que habían descendido de Jerusalén decían: Tiene a Belcebú; y: Expulsa los demonios por el príncipe de los demonios. Y llamándolos junto a sí, les hablaba en parábolas: ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Y si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede perdurar. Y si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá permanecer. Y si Satanás se ha levantado contra sí mismo y está dividido, no puede permanecer, sino que ha llegado su fin. Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes si primero no lo ata; entonces podrá saquear su casa. En verdad os digo que todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias con que blasfemen, pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo no tiene jamás perdón, sino que es culpable de pecado eterno. Porque decían: Tiene un espíritu inmundo.

Entonces llegaron su madre y sus hermanos, y quedándose afuera, mandaron llamarle. Y había una multitud sentada alrededor de Él, y le dijeron: He aquí, tu madre y tus hermanos están afuera y te buscan. Respondiéndoles El, dijo: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y mirando en torno a los que estaban sentados en círculo, a su alrededor, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque cualquiera que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano y hermana y madre.»

Reflexión:

Trata de imaginar, como yo lo estoy haciendo ahora, que formas parte de este evangelio que, a primera vista, luce controversial… A Jesús, apretujado por la gente, le es imposible probar bocado ¿Qué siento al imaginar esta escena y qué pienso al respecto? Para mi sorpresa, Jesús no pierde la calma… Lo miro de reojo… está atento. Y entre tantos requerimientos, me llama la atención que preste oído a los escribas, quienes,  con sus conocimientos, prejuicios y miedos, comentaban de Jesús: «tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios» … Me quedo expectante frente a lo que pudiese decir Jesús; después de todo, son los escribas, hombres (mujeres) de opinión, líderes en su área y celosos de su tradición ¿Recuerdas alguna vez en que personas o grupos, con sus prejuicios y miedos, te hayan evaluado? Y tú, con tus prejuicios y miedos, ¿has evaluado a alguien? Me quedo viendo a Jesús, que me mira con ternura, como sabiendo mi ignorancia mezclada con profunda admiración y respeto…Y tú ¿cómo crees que Jesús te mira?… Él me invita a acercarme y, al igual que a los demás, me explica desde la lógica más básica, que una familia dividida no puede subsistir, que su actividad, su celo, su silencio, tienen un fundamento imposible de cambiar, y esta es… ¡la voluntad del Papito! … Respiro profundo… y me doy cuenta de que Jesús me mira con nostalgia, menciona mi nombre y, sin eufemismos, me pregunta: «¿Eres tú mi hermano, mi hermana y mi madre?» ¿Qué le respondo?

Marcia Gatica sp.

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Domingo 3 de junio de 2018

«Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre» (Mc 14, 12-16, 22-26)

Evangelio según Marcos

El primer día de la fiesta en que se comen los panes sin levadura, cuando se sacrificaba el Cordero Pascual, sus discípulos le dijeron: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la Cena de la Pascua?» Entonces Jesús mandó a dos de sus discípulos y les dijo: «Vayan a la ciudad, y les saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo hasta la casa en que entre y digan al dueño: “El Maestro dice: ¿Dónde está mi pieza, en que podré comer la Pascua con mis discípulos?” Él les mostrará en el piso superior una pieza grande, amueblada y ya lista. Preparen todo para nosotros.» Los discípulos se fueron, entraron en la ciudad, encontraron las cosas tal como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.

Durante la comida Jesús tomó pan, y después de pronunciar la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomen, esto es mi cuerpo.» Tomó luego una copa, y después de dar gracias, se la entregó y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esto es mi sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por muchos. En verdad les digo que no volveré a probar el fruto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios.» Después de cantar los himnos se dirigieron al monte de los Olivos.

En adelante, aquellos que bien quieren mirar hacia el Crucificado y reconocer en él el verdadero rostro de Dios,  son los hermanos y las hermanas de Cristo; lo reconocen tal como es verdaderamente, el Dios de la ternura y la misericordia y, a su vez, pueden vivir en la ternura y la misericordia. Finalmente, de eso se trata, de vivir como seres libres, porque las peores cadenas son las que nos ponemos a nosotros mismos.

Esta es la vida nueva a la que estamos invitados y que es simbolizada por el pan; cuando Jesús dijo «Esto es mi cuerpo», tenía en las manos un pedazo de pan sin levadura, un «matzá», y así anunció una nueva forma de ser, una manera pura que significaba ser libre.

En este año del 175.o aniversario de nuestra Congregación, transmitiremos a las nuevas Hermanas de la Providencia, así como a las Asociadas y Asociados Providencia, el orgullo y el anhelo de querer pertenecer a nuestra hermosa Comunidad y de arraigarse en ella.

Durante las festividades, en la alegría de la acción de gracias, me maravillo y agradezco a Dios Providencia y a Emilia Gamelin, pues ella me hace vivir su carisma. Cada Hermana de la Providencia, dondequiera que se encuentre en el mundo, es una extensión de Emilia, quien sigue y seguirá por siempre muy viva en nuestros corazones y en nuestras vidas.

¡175 años de bendiciones!

Hermana Lise Lessard, sp.

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Domingo de la Santísima Trinidad, 27 de mayo de 2018

Todos aquellos a los que guía el Espíritu de Dios son hijos e hijas de Dios. […] que nos permite gritar: ¡Abba!, o sea: ¡Padre! El Espíritu asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Siendo hijos, son también herederos; la herencia de Dios será nuestra y la compartiremos con Cristo… Romanos 8, 14-17

Cuando oro con el icono de la Santísima Trinidad de Andrei Rublev, me llama la atención cómo cada una de las personas representadas en el icono se inclinan las unas hacia las otras. Estas tres personas distintas parecen estar comprometidas en un encuentro sagrado, que a la vez es consciente y armonioso. En su compromiso, podemos reconocer que una comunión profunda y sagrada está sucediendo.

En la capilla del Centro Internacional de las Hermanas de la Providencia, en Montreal, se halla un icono de la Sagrada Familia en el que las tres personas, María, José y el Niño Jesús, se inclinan también los unos hacia los otros, plenamente conscientes y comprometidos en un encuentro que refleja el de la Santísima Trinidad. Aquí, también vemos que ocurre una comunión y reconocemos la comunidad de amor que llamamos la Sagrada Familia.

Lo que es para mí  tan maravilloso, sorprendente y misterioso, es que el amor comunitario de la Trinidad se «hizo carne» en la vida de Jesús. Con la encarnación de Jesús, el Amor Sagrado del Dios Trinitario se vuelve uno  con toda la humanidad y con toda la creación. Este encuentro de Dios con la creación de Dios en la persona de Jesús se confirma con la efusión del Espíritu Santo que abarca todo el universo.

En nuestras vidas cotidianas, somos invitados a ser conscientes y saber que estamos inmersos en lo sagrado y que nosotros mismos, cualquier otra persona y cada aspecto de la creación refleja el carácter sagrado de Dios. A medida en que nos hacemos cada vez más conscientes de esta verdad, nos encontramos inclinándonos hacia el encuentro con lo sagrado que nos rodea y participamos en la dinámica sagrada del amor que tiene el poder de transformarnos. Así, nosotros, con nuestras hermanas, nuestros hermanos y toda la creación, nos estamos moviendo juntos hacia la comunión, reflejando en nuestras diversas y santas comunidades de vida, la misma vida de la Trinidad de Dios La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes.  2 Cor 13, 14-17

Kathryn Rutan, sp.

 

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DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Evangelio según Juan 20, 19-23

La noche de ese mismo día, el primero de la semana, los discípulos estaban reunidos a puerta cerrada en un lugar, por miedo a los judíos. En eso llegó Jesús, se puso en medio y les dijo: «La paz sea con ustedes.» Y mientras les decía esto, les mostró sus manos y su costado. Y los discípulos se regocijaron al ver al Señor. Entonces Jesús les dijo una vez más: «La paz sea con ustedes. Así como el Padre me envió, también yo los envío a ustedes.» Y habiendo dicho esto, sopló y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes perdonen los pecados, les serán perdonados; y a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados.»

Desde hace ocho días, los apóstoles han estado tristes y un poco desconcertados. El domingo anterior, vieron a Jesús elevarse y ascender al cielo y saben que ya no lo volverán a ver. Están tristes y preocupados, no saben cómo será todo por ellos ahora.

Hoy, se reúnen en el mismo lugar, dice el evangelista, probablemente el Cenáculo, para hablar de Jesús, sus enseñanzas y sus palabras durante su primera aparición. Jesús se presentó ante ellos diciéndoles: «La paz sea con ustedes» y después de pronunciar estas palabras, sopló sobre ellos y dijo: «Reciban el Espíritu Santo, él les enseñará todas las cosas». Sin embargo, todavía se sienten indefensos y temerosos; realmente no saben cómo cumplirán la misión que Jesús les dejó.

Mientras tienen todos estos pensamientos, se siente un gran viento que llena toda la habitación y los apósteles ven lenguas de fuego que se posan sobre sus cabezas. ¡Es Pentecostés! Es el Espíritu Santo que se hace oír y se deja ver. Transforma a los apóstoles, los llena de audacia, amor, fuerza y valentía. Sí, ya están listos para proclamar a Jesús, su vida, su muerte y sus enseñanzas. (Hechos de los Apóstoles 2, 1-11)

La mayoría de nosotros también recibimos el Espíritu Santo, primero en nuestro bautismo y luego en nuestra confirmación. ¿Lo recordamos? ¿Todavía pensamos en ello? ¿Queremos el Espíritu de Dios? ¿Oramos al Espíritu Santo? Cuando yo era una niña interna en una escuela, cada lunes por la mañana, antes de clase, cantábamos una oración al Espíritu Santo. Yo suelo cantarla todavía, porque me gusta mucho y, para esta semana de Pentecostés, quisiera compartir la letra con ustedes:

Oh Espíritu Santo, alma de mi alma, te adoro.

Guíame, dirígeme, consuélame, háblame,

Dime lo que debo hacer, dame órdenes.

Te prometo someterme a todo lo que me pidas

Y aceptar todo lo que permitas.

Solo hazme conocer tu voluntad.

Amén.

Hermana Pierrette Chevrette, sp.

 

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Domingo, 14 de mayo de 2018

Evangelio según Marcos, 16, 15-20

Y les dijo: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se niegue a creer será condenado. Estas señales acompañarán a los que crean: en mi Nombre echarán demonios y hablarán nuevas lenguas; tomarán con sus manos serpientes y, si beben algún veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán sanos.» Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos, por su parte, salieron a predicar en todos los lugares. El Señor actuaba con ellos y confirmaba el mensaje con los milagros que los acompañaban.

Reflexión

Hoy el domingo de Ascensión nos enseña que la presencia de Jesús, limitada hasta entonces a quienes podían acercarse físicamente a Él, tocarlo, verlo y escuchar sus palabras, se convierte en una presencia sin límites de fronteras. El misterio de la Ascensión dista mucho de ser un sueño. No se parece a nada de lo que ofrece la fundación «Sueños de Niños», que permite a un niño enfermo realizar un sueño antes de morir.

Este misterio de la Ascensión no nos aleja de la realidad humana en la que vivimos, no nos lleva a un mundo virtual, sino que nos regresa a la tierra. Actualiza el misterio de la Encarnación del Verbo: Dios con nosotros. Jesús es una presencia que forma parte del ser humano, de nuestro cuerpo de carne, de nuestro corazón y de nuestro espíritu; es una presencia que se encuentra en el corazón de la Iglesia, en nuestras comunidades de fe y en los intercambios de gestos que reconocen esta presencia en los hermanos y las hermanas que nos rodean o en quienes padecen necesidad.

«Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y ustedes me dieron de beber. Fui forastero y ustedes me recibieron en su casa. Anduve sin ropas y me vistieron. Estuve enfermo y fueron a visitarme. Estuve en la cárcel y me fueron a ver» (Mateo 25: 35-36).

Hoy día, también celebramos el día de la madre; es un hermoso día para agradecer a nuestra madre el habernos dado la vida.

Un día, mi madre se enfermó gravemente y fue hospitalizada en Sorel; ya no caminaba ni podía comer sola. Como yo conocía a un médico a quien acompañaba espiritualmente, lo llamé para preguntarle si él podría intervenir. Rápidamente contactó a uno de sus colegas, el cual ordenó el traslado de mi madre al hospital Maisonneuve-Rosemont, en Montreal. En seguida le prestaron cuidado a mi mamá. Todo el mundo me decía: «Lucille, prepárate, tu madre va a morir». Pero, en el fondo de mi corazón, tenía la certeza de que mi madre no iba a fallecer. Como bien pueden imaginar, pedí a Emilia que interviniera, ofrecí una limosna a mi querida fundadora. Mi madre se recuperó después de unos meses de convalecencia y doy gracias al Señor. Hoy, por ser día de la madre, aprovecho la oportunidad para agradecer al Señor y rendirle un homenaje a mi madre: «Mamá, te doy gracias por haberme dado la vida, por haberme hecho conocer a Dios, por haberme enseñado el amor de los más débiles, de los más pequeños y la importancia de actuar en su defensa. Cada noche, te oía orar el «Padre Nuestro» y el «Ave María», antes de que tú y papá se durmieran». «Gracias también por todos los niños que acogiste en tu hogar y que cuidaste durante muchos años.» Mi madre tiene 95 años ahora y vive  en la residencia Bourgjoli, en la ciudad de St-Hyacinthe, desde hace varios años.

Recordemos con gratitud y afecto a todas las mamás, incluidas las que se encuentran en el Cielo, confiándolas a María, la mamá de Jesús», nos dice el Papa Francisco.

En este domingo de Ascensión, Jesús desaparece de la vista de sus discípulos, pero permanece presente en lo más profundo de sus corazones. Enséñanos, Señor, a reconocer tu presencia en todos los eventos de nuestra vida. Amén.

 

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Domingo, 5 de mayo de 2018

«No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos,» (Jn 15, 9-17)

Evangelio según Juan

6.o domingo de Pascua

En aquel entonces, Jesús les decía a los discípulos: «Como el Padre me amó, así también los he amado yo: permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho todas estas cosas para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea completa. Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos, y son ustedes mis amigos si cumplen lo que les mando. Ya no les llamo servidores, porque un servidor no sabe lo que hace su patrón. Los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que aprendí de mi Padre. Ustedes no me eligieron a mí; he sido yo quien los eligió a ustedes y los preparé para que vayan y den fruto, y ese fruto permanezca. Así es como el Padre les concederá todo lo que le pidan en mi Nombre. Ámense los unos a los otros: esto es lo que les mando. »

Reflexión

Nos encontramos aquí ante unos de los pasajes más fuertes del Evangelio; si nos detenemos en él, percibimos la esencia misma del cristianismo: «Ámense los unos a los otros». Este mandamiento, que no tiene nada que ver con una orden militar, se nos da con el sentido de una «palabra de vida», como las diez palabras o los diez mandamientos dados a Moisés; en fin, estas palabras se resumen muy claramente en una: amar, amarse los unos a los otros por encima de todo, tanto como Dios nos ama.

Este amor grandioso e infinito que, por su vida, Cristo nos enseñó, es un desafío cotidiano al que se enfrentan todos los seres humanos; vivirlo requiere un corazón dispuesto a abrirse, a aceptar al otro  con benevolencia, a acogerlo cálidamente, a amar y a dejarse amar.

Así pues, dar fruto es posible solamente si nos amamos y aceptamos amar como Dios ama, con un amor sin límites y sin previo aviso. Luego si perseguimos este fin, desde ya encontraremos en este mundo un poco de la felicidad celestial de los que nos amarán como nosotros hemos de amarlos.

Por lo tanto, esta palabra de amor nos llama a reflexionar sobre las preguntas siguientes: ¿Nos encontramos realmente dispuestos a amar? ¿Nos hallamos abiertos al otro hasta el punto de amarlo, hasta el punto de dar nuestra propia vida, como Emilia Gamelin lo hizo a lo largo de su vida?

Que el Señor nos guíe en nuestro camino hacia el amor.

Una Hermana de la Providencia.

 

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Domingo, 29 de abril de 2018

Evangelio según Juan, capítulo 15, 1-8

En aquel entonces, Jesús le decía a sus discípulos: «Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Toda rama que no da fruto en mí la corta. Y todo sarmiento que da fruto lo limpia para que dé más fruto. Ustedes ya están limpios gracias a la palabra que les he anunciado, pero permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes. Un sarmiento no puede producir fruto por sí mismo si no permanece unido a la vid; tampoco ustedes pueden producir fruto si no permanecen en mí. Yo soy la vid y ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, pero sin mí no pueden hacer nada.  Al que no permanece en mí lo tiran y se seca; como a los sarmientos, que los amontonan, se echan al fuego y se queman. Mientras ustedes permanezcan en mí y mis palabras permanezcan en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán. Mi Padre es glorificado cuando ustedes producen abundantes frutos: entonces pasan a ser discípulos míos.»

Reflexión

Hoy, el Evangelio nos habla otra vez de una imagen campestre bien evocadora. Después de la del pastor, la imagen de la vid nos evoca muchas cosas relacionadas con la vida. La vid, una planta maravillosa, compleja y frágil, es sorprendentemente productiva, pero necesita mucho cuidado. Antes de ser el orgullo del labrador, requiere su amor, su energía y su atención constante. ¡Es una verdadera pasión! Pasa lo mismo con nuestros jardineros locales.

Dar frutos no significa hacer cosas extraordinarias, sino hacer bien las cosas ordinarias. «Atados a Cristo como los sarmientos a la vid, iluminados por el Espíritu Santo, podemos entonces producir un fruto abundante. El fruto del Espíritu, como nos lo decía san Pablo, “es caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo. (Gál 5,22-23)” (Padre Yvon-Michel Allard, s.v.d.)». Dios nos necesita para crear un mundo mejor, un mundo de respeto, de fraternidad y de amor. Dios necesita nuestras manos, nuestros pies, nuestro corazón en un universo a menudo despiadado ante los vulnerables. El texto de hoy nos recuerda que si estamos unidos a Cristo, como los sarmientos de la vid, recibiremos su fuerza y su vida, nos  querremos los unos a los otros y daremos mucho fruto. «El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto.»

El texto de hoy nos recuerda también que hay que mantener una constante relación con Cristo, con el fin de que nuestra fe y nuestro compromiso no se extingan, como la llama de una lámpara que arde. Gracias a la savia vivificante de la vid, las obras de bondad pueden ocurrir y multiplicarse.

La vid no se deja abandonada a sí misma, sin cuidado. Puede contar con la labor del labrador que trabaja para  purificarla, para limpiarla; no para la muerte y la separación, sino para dar más vida y más fruto. Me parece que este detalle nos invita a revisar las pruebas a las que nos enfrentamos en nuestra vivencia cotidiana.

Mucho antes de nosotras, una mujer, la señora Gamelin, dio una amplia mirada a los sufrimientos de sus compatriotas y, como la vid que extiende sus sarmientos, ella multiplicó su presencia, su apoyo, su acción, para permitirles que crecieran y se transformaran plenamente, por su vida, en un himno al Dios que hizo el universo.

«¿Tiene idea de un campo? Ya lo compró: una viña que pagó con su trabajo» (Prov. 31,16). Estamos pues entre unas manos que nos quieren. El Padre se ofrece a refinarnos, a liberarnos y a despejarnos para que demos todo el fruto esperado.

Hermana Lucille Vadnais, sp.

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Espiritualidad Providencia

Este año 2018 celebramos el 175.o aniversario de la Congregación. Con el objetivo de disponer de una herramienta común de reflexión y desde un punto de vista de la espiritualidad propia a nuestra Congregación le presentamos la reflexión sobre el Evangelio del domingo.

Domingo, 22 de abril de 2018

El buen pastor da su vida. Juan 10, 11-18

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. No así el asalariado, que no es el pastor ni las ovejas son suyas. Cuan do ve venir al lobo, huye abandonando las ovejas, y el lobo las agarra y las dispersa. A él sólo le interesa su salario y no le importan nada las ovejas. Yo soy el Buen Pastor y conozco a los míos como los míos me conocen a mí, lo mismo que el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Y yo doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este corral. A esas también las llevaré; escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño con un solo pastor. El Padre me ama porque yo doy mi vida para retomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo mismo la entrego. En mis manos está el entregarla y el recobrarla: éste es el mandato que recibí de mi Padre. »

Reflexión

El buen pastor es el que permite a quienes le fueron confiados vivir plenamente. San Juan, en su Evangelio, hace hincapié en la individualidad de cada uno y la importancia que tenemos para Dios: «Yo soy el buen pastor, y conozco a [mis ovejas] y [mis ovejas] me conocen». Cuando alguien es importante para nosotros, conocemos su nombre, ya sea un miembro de nuestra familia, uno de nuestros amigos, un colega o las personas que nos rodean. Conocer a una persona me permite amarla y respetarla, por lo tanto Jesús se describe a sí mismo como el pastor que conoce a cada una de sus ovejas por su nombre. Todas escuchan su voz y la reconocen. No hay ningún marginado entre las ovejas de Jesús. Fuerte o débil, cada una recibirá la vida en abundancia, si es que lo desea.

Sí, Jesús nuestro pastor nos confía los unos a los otros. Como él, somos invitados a dejar nuestro corral para ir al encuentro de los demás, y no es fácil. La tentación de cerrar la puerta y quedarse bien cómodos en casa, es grande. La Buena Nueva del Evangelio debe ser anunciada a los pobres y a los marginados por el mundo entero, siguiendo el ejemplo de Emilia.

Este domingo del Buen Pastor, haznos reconocer tu voz, Señor, entre los ruidos del mundo.  Tu Palabra nos revela el camino que nos lleva hacia ti, concédenos la gracia de acogerla y aferrarnos a ella para que transforme nuestras vidas; y que podamos aprovechar el 175.o aniversario de la fundación de la Congregación de las Hermanas de la Providencia, para profundizar  nuestra reflexión acerca de la Palabra de Dios.

Hermana Françoise Paillé, sp.

 

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Domingo 15 de avril de 2018

Luc 24, 35-48
[Los apóstoles], por su parte, contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Mientras estaban hablando de todo esto, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: «Paz a ustedes.» Quedaron atónitos y asustados, pensando que veían algún espíritu, pero él les dijo: «¿Por qué se desconciertan? ¿Cómo se les ocurre pensar eso? Miren mis manos y mis pies: soy yo. Tóquenme y fíjense bien que un espíritu no tiene carne ni huesos, como ustedes ven que yo tengo.» Dicho esto les mostró las manos y los pies.Y como no acababan de creerlo por su gran alegría y seguían maravillados, les dijo: «¿Tienen aquí algo que comer?» Ellos, entonces, le ofrecieron un pedazo de pescado asado y una porción de miel; lo tomó y lo comió delante ellos. Jesús les dijo: «Todo esto se lo había dicho cuando estaba todavía con ustedes; tenía que cumplirse todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos referente a mí.» Entonces les abrió la mente para que entendieran las Escrituras. Les dijo: «Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Luego debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, y yendo después a todas las naciones, invitándolas a que se conviertan.
Ustedes son testigos de todo esto.»

Reflexión 

Nos corresponde a nosotros ser testigos

Nosotros, cristianos y cristianas, somos sin duda los testigos privilegiados de la resurrección de Cristo. Fiel a su promesa, el Padre lo resucitó de entre los muertos. El sufrimiento de Jesús es igual a la recompensa de la vida eterna, luz de vida y paz, y nosotros, como los discípulos de Emaús, somos de todo ello los testigos de primera mano.

Cristo Resucitado está presente y se encuentra en medio de nosotros; sin embargo, a pesar del testimonio de las mujeres y de los dos viajeros, los discípulos no pudieron creerlo antes de que Jesús apareciera ante ellos. Solo Jesús puede confirmar la experiencia y su sentido. Jesús prueba que su experiencia no es una broma. El creyente se encuentra con el Cristo Resucitado a través de sus sentidos. Los discípulos vieron, tocaron y oyeron al Cristo Resucitado. Hoy en día, vemos, oímos y tocamos a Cristo a través de los sacramentos, en el testimonio y el servicio de los demás.

La unión con Cristo no se establece únicamente  al compartir la copa y el pan partido; una unión más grande es establecida a través de este compartir y se trata de la unión entre todos los miembros de la comunidad cristiana. Por lo tanto, somos los testigos, pero también los herederos de la fe, y nos corresponde ahora compartir la Buena Nueva, porque hoy más que nunca se necesita una Iglesia que vaya al encuentro de las personas donde estén y como sean.

No obstante, ¿hasta dónde va mi compromiso en la continuación de mi testimonio? ¿Acaso Emilia, hace 175 años, se retiró o vaciló ante la magnitud de la tarea, ante la «pesadez» del legado?

Una Hermana de la Providencia

 

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Domingo de la divina misericordia, 8 de abril de 2018

Este año 2018 celebramos el 175.o aniversario de la Congregación. Con el objetivo de disponer de una herramienta común de reflexión y desde un punto de vista de la espiritualidad propia a nuestra Congregación le presentamos la reflexión sobre el Evangelio del segundo domingo de Pascuas de 2018, por Rosalie Locati, sp.

Evangelio según Juan 20, 19-31

Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor. Jesús les volvió a decir: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «Hemos visto al Señor.» Pero él contestó: «Hasta que no vea la marca de los clavos en sus manos, no meta mis dedos en el agujero de los clavos y no introduzca mi mano en la herida de su costado, no creeré.» Ocho días después, los discípulos de Jesús estaban otra vez en casa, y Tomás con ellos. Estando las puertas cerradas, Jesús vino y se puso en medio de ellos. Les dijo: «La paz esté con ustedes.» Después dijo a Tomás: «Pon aquí tu dedo y mira mis manos; extiende tu mano y métela en mi costado. Deja de negar y cree.» Tomás exclamó: «Tú eres mi Señor y mi Dios.» Jesús replicó: «Crees porque me has visto. ¡Felices los que no han visto, pero creen!»

Muchas otras señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Crean, y tendrán vida por su Nombre.

 

Reflexión 

Segundo domingo de Pascuas

Era el primer día después de la resurrección. En el amanecer, los apósteles abrumados por el miedo, la confusión, la ansiedad, la tristeza, y tal vez por cierta culpa, se encerraron en casa. Pronto María Magdalena, llega de angustia, vino a anunciar que el cuerpo de Jesús no se encontraba en el sepulcro. Pedro y el otro discípulo corrieron para ver con sus propios ojos, pero sus esperanzas se desvanecen cuando ven una tumba vacía. Luego, más tarde en el día, emocionada y sin aliento, María Magdalena regresó a contarles una buena noticia: «He visto al Señor».

¿Pueden ustedes imaginarse lo que los discípulos deben haber pensado y sentido al enterarse de esta noticia? ¿Sería realmente posible que creer y confiar en tan increíble noticia? Tal vez sintieron un torrente de emoción, ansiedad y esperanza, de que pudieran ellos mismos también ser testigos de esto. Y sin embargo, siguieron escondiéndose a puertas cerradas, paralizados por su propio miedo personal y comunitario.

Sin previo aviso, Jesús se puso en medio de ellos. La sorpresa los estremeció. El saludo de Jesús, sencillo, tranquilizante, relajante y cálido de: «La paz sea contigo», quitó sus miedos, terminó con su tristeza y ofreció una profunda sensación de bienestar, una liberación de la tensión y de toda duda. Mientras se regocijaban, Jesús los envía a su nuevo ministerio: «Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también». Ahora deben revelar el amor de Dios al mundo y ser el rostro humano (la presencia) de la Providencia de Dios. Ellos son enviados a dar a conocer la compasión, la misericordia y el amor del Padre. Jesús promete enviar al Espíritu Santo a enseñarles, recordales el misterio de la salvación y guiarlos durante los días difíciles por venir.

Hoy es también el domingo de la Divina Misericordia. Como discípulos en un mundo de realidades caóticas y desafiantes, somos enviadas por el Padre, en nombre de Jesús, a ser agentes de sanación y liberación para las personas pobres, oprimidas y vulnerables. Estamos llamadas a vivir y modelar vidas de misericordia, reconciliación y perdón. Como manifestación de la Providencia de Dios en nuestro mundo, nuestras comunidades y nuestros ministerios, somos invitadas, como lo dijo Jesús a los discípulos en el monte a ser: «compasivas, como es compasivo el Padre de ustedes» (Lc 6,36). A través de la gracia, debemos ser liberadas de nuestros miedos personales, tocadas por la misericordia de Dios e inspiradas por el Espíritu Santo para ser eficaces, vibrantes y valientes discípulos de Jesús.

¿Qué miedos o dudas nublan mi capacidad de reconocer y dar la bienvenida al Señor resucitado en mi vida hoy?

¿Qué me libera y me da valor para hablar y actuar con pasión a aquellos que son pobres y vulnerables en la sociedad?

¿Cómo manifiesto yo la Providencia y la misericordia de Dios en mis relaciones y la vida comunitaria?

Rosalie Locati, sp.

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Reflexión sobre el Evangelio del Domingo de Pascuas 1 de abril de 2018, por Isabel Cid, sp.

Evangelio según Lucas 24 13-35

Aquel mismo día dos discípulos se dirigían a un pueblecito llamado Emaús, que está a unos doce kilómetros de Jerusalén, e iban conversando sobre todo lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar con ellos, pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿De qué van discutiendo por el camino?» Se detuvieron, y parecían muy desanimados. Uno de ellos, llamado Cleofás, le contestó: «¿Cómo? ¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no está enterado de lo que ha pasado aquí estos días?» «¿Qué pasó?», les preguntó. Le contestaron: «¡Todo el asunto de Jesús Nazareno!» Era un profeta poderoso en obras y palabras, reconocido por Dios y por todo el pueblo. Pero nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes renegaron de él, lo hicieron condenar a muerte y clavar en la cruz. Nosotros pensábamos que él sería el que debía libertar a Israel. Sea lo que sea, ya van dos días desde que sucedieron estas cosas. En realidad, algunas mujeres de nuestro grupo nos han inquietado, pues fueron muy de mañana al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, volvieron hablando de una aparición de ángeles que decían que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y hallaron todo tal como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron.» Entonces él les dijo: «¡Qué poco entienden ustedes y qué lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No tenía que ser así y que el Mesías padeciera para entrar en su gloria?» Y les interpretó lo que se decía de él en todas las Escrituras, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas. Al llegar cerca del pueblo al que iban, hizo como que quisiera seguir adelante, pero ellos le insistieron diciendo: «Quédate con nosotros, ya está cayendo la tarde y se termina el día.» Entró, pues, para quedarse con ellos. Y mientras estaba en la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció. Entonces se dijeron el uno al otro: «¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» De inmediato se levantaron y volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a los de su grupo. Estos les dijeron: «Es verdad: el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón.» Ellos, por su parte, contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡JESÚS RESUCITO!

Lo encontramos en nuestro diario vivir.

¡Aleluya! ¡Aleluya!

¡Nuestra Comunidad está viva desde hace 175 años!

Hoy el Evangelio nos dice que en la ruta de Emaús, un desconocido se acerca a personas que caminan tristes, afligidas y sin esperanzas. Este hombre les conversa, las anima y las acompaña y las personas van sintiendo en sus corazones una fuerza transformadora. Al llegar a su casa comparten la comida con el forastero y cuando él parte el pan se dan cuenta que es el mismo Jesús que han visto morir en la cruz.

Ahora reconocen que ha resucitado. La alegría es tan grande que ya no cabe en sus corazones y se van a comunicarla.

Es esta misma alegría, fruto de una comunión realizada, que Emilia transmitió a las personas pobres, humilladas, abandonadas, enfermas y afligidas que encontró en su camino. Ella aprendió con María a vivir la compasión. Ahí vivió su Pascua, así recibió la vida nueva, así fue Providencia.

¡Cuántas pascuas se han vivido durante estos 175 años de nuestra Congregación!

¡Cuántas más podemos vivir a diario inspiradas por Cristo y Emilia!

Que nuestras celebraciones sean ecos vibrantes de gratitud por este privilegio de servir dando vida nueva en todas las situaciones que encontramos.

¡FELICES PASCUAS!

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Compartimos las reflexiones de hermana Grace (Mae) Valdez, sp., sobre el Evangelio del domingo 25 de marzo de 2018:

Evangelio según Marcos 14.1 – 15.47

En esta temporada del año, nos preparamos a contemplar el significado de la pasión del Señor en nuestro propio llamado al discipulado. Quisiera proponerles tres observaciones sobre el Evangelio de hoy. Primero, ¿Quién es Jesús? «¿Eres tú el Cristo, el Hijo de Dios Bendito?» Jesús contestó: «Yo soy, y un día verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios poderoso». El «Yo soy» de Jesús clarifica que Él es verdaderamente el Hijo de Dios, que vino a nosotros, fue entregado a los soldados y a la muchedumbre, y permitió que lo crucificaran para salvarnos.

En segundo lugar, la obediencia de Jesús en la entereza de su pasión, se manifestó en silencio. Tenía suficiente capacidad como para recibir y permitir los insultos, los comentarios negativos y los sufrimientos físicos. Fue obediente a la misión del Padre y asumió las consecuencias. Obedeció no por su propia gloria, sino para salvar a toda la humanidad; Jesús, en solidaridad con nosotros, abrazó a todos nuestros sufrimientos. Mirando a Jesús, vemos también cómo deberíamos ser.   Necesitamos el espíritu de servicio de Jesús para salvar nuestro mundo. Nos enfrentamos a todo tipo de sufrimiento cuando nos rehusamos a servir, haciéndonos más importantes que otros. En definitiva, el mundo sufre a causa de nuestra desobediencia a la voluntad de Dios.

Reflexión y desafío personal: Me sentí horrorizada y herida por Jesús cuando leí, «¡Crucifícalo!» Quería entrar en la escena y gritar «¡No! ¡No pueden hacerle esto!» Seríamos hipócritas si no admitimos que somos parte de la condena y muerte de Jesús, por las acciones  de nuestra vida cotidiana. Cuando insultamos a otros o hacemos comentarios negativos, ¿acaso no impedimos al espíritu de Dios que obre en nosotros?  Cuando no somos fieles a la gracia de Dios, ¿

no traicionamos la acción de Dios en nosotros? A menudo nuestro comportamiento y valores no reflejan lo que nos comprometimos a vivir, de acuerdo a nuestro estado en de vida. Cuando no somos capaces de responder a la gracia de Dios, ¿será porque no hemos puesto a Jesús en el centro de nuestra vida? ¿No habremos ofendido a Dios cuando estamos tan enfocados en nuestro ministerio y nos hemos olvidado de pasar tiempo de calidad con Él, Él, quien es la fuente principal de nuestros dones y cualidades? Ojalá constantemente nos acordemos de las palabras de Jesús: «Siempre tienen a los pobres con ustedes y en cualquier momento podrán ayudarlos, pero a mí no me tendrán siempre. En verdad les digo: dondequiera que se proclame el Evangelio, en todo el mundo, se contará también su gesto y será su gloria (Mc 14, 7 y 9).» Acordémonos aún más de las palabras de Jesús, cuando tomamos como un hábito el usar nuestro ministerio como una prioridad, tal vez con el fin de evitar las responsabilidades que pudieran aumentar nuestras zonas de confort.

La pasión de Cristo es un desafío para nosotras Mujeres Providencia.  Al ser fieles a nuestro modo de vivir, en escucha y diálogo contemplativo, elegimos y respondemos continuamente vivir en solidaridad con los demás y especialmente con las personas más desfavorecidas a quienes servimos.

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Compartimos las reflexiones de hermana Béatrice Bouchard, sp., sobre el Evangelio del domingo 18 de marzo de 2018:

Evangelio según Juan 12, 20-33

También un cierto número de griegos, de los que adoran a Dios, habían subido a Jerusalén para la fiesta. Algunos se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron: «Señor, quisiéramos ver a Jesús.» Felipe habló con Andrés, y los dos fueron a decírselo a Jesús. Entonces Jesús dijo: «Ha llegado la hora para que sea glorificado el Hijo del Hombre. En verdad les digo: Si el grano de trigo no cae en tierra y no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida la destruye; y el que desprecia su vida en este mundo, la conserva para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Y al que me sirve, el Padre le dará un puesto de honor. Ahora mi alma está turbada. ¿Diré acaso: “Padre, líbrame de esta hora”? ¡Si precisamente he llegado a esta hora para enfrentarme con todo esto! Padre, ¡da gloria a tu Nombre!» Entonces se oyó una voz que venía del cielo: «Lo he glorificado y lo volveré a glorificar.» Los que estaban allí y que escucharon la voz decían que había sido un trueno; otros decían: «Le ha hablado un ángel.» Entonces Jesús declaró: «Esta voz no ha venido por mí, sino por ustedes. Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera, y yo, cuando haya sido levantado de la tierra, atraeré todo.» Con estas palabras Jesús daba a entender de qué modo iba a morir.

El grano de trigo

¿Habrá alguien leyéndome en este momento y que algún día se encontró con una persona que le habló de un grano de trigo durante una tarde entera? Sorprendente, ¿cierto? Entonces, vayamos a ver a Jesús y él nos dirá:

Si el grano de trigo no muere, no dará fruto; queda solo y muere. De niña, mi padre era agricultor; sembraba la mitad de su campo con trigo, y la otra con avena.  Estoy convencida de que Jesús se dejaba inspirar por el campo, especialmente por las semillas y las cosechas, para ilustrar sus conversaciones con la muchedumbre. Mi padre también cuidaba su campo, quitaba la maleza, labraba la tierra y después de haber sembrado, pasaba un rodillo para asegurarse de que las semillas estuvieran bien hundidas y el suelo bien aplanado, si no las semillas no brotarían.

El Señor nos dio el ejemplo: hay que morir para vivir, porque todos esperamos la resurrección. El Señor nos enseñó el camino. No tengamos miedo de seguir a Jesús en la resurrección, en su reino.

Mi padre no cosechaba antes del mes de octubre, porque así estaba seguro de tener  una buena cosecha; de hecho, él plantaba bien sus granos y estos morían con el fin de producir en abundancia.

Preparémonos a la resurrección, es importante, tal como la vida nueva que resulta de ello. No nos gusta la muerte, ni la enfermedad, ni el sufrimiento, pero sigamos el ejemplo de Jesús y resucitemos el día de Pascua. Busquemos a Jesús, lo encontraremos en la persona del pobre, del que sufre, del excluido, porque no hay transformación sin muerte.

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Compartimos las reflexiones de hermana Claudette Chénier, sp., sobre el Evangelio del domingo 11 de marzo de 2018:

Evangelio según Juan 3, 14-21

Recuerden la serpiente que Moisés hizo levantar en el desierto: así también tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, y entonces todo el que crea en él tendrá por él vida eterna.  ¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió al Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve el mundo gracias a él. Para quien cree en él no hay juicio. En cambio, el que no cree ya se ha condenado, por el hecho de no creer en el Nombre del Hijo único de Dios. Esto requiere un juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Pues el que obra el mal odia la luz y no va a la luz, no sea que sus obras malas sean descubiertas y condenadas. Pero el que hace la verdad va a la luz, para que se vea que sus obras han sido hechas en Dios.

¡Qué regalos de Dios son la fe, su amor y su luz! ¡Ojalá me deje transformar por ellos!

En el versículo anterior del Evangelio de Juan, para este cuarto domingo de Cuaresma, Jesús dice que el Hijo del hombre que descendió del cielo, es la única revelación verdadera del Padre. Él ahora habla de que es «levantado» en la cruz y este gesto será para el creyente «el signo de salvación» y la vida a través de la muerte y la resurrección de Cristo. ¡Qué misterio!, pero el regalo de la fe que Dios me dio en el bautismo, me permite adherirme a esta verdad, y aún más, me lleva a la vida eterna. Sí, ¡qué misterio! Dios me salva y salva a toda la humanidad al morir en una cruz. ¿Por qué?, porque Dios ama con locura a cada ser humano, sea quien sea.

Uno podría pensar que en  la elevación de Jesús en la cruz, fue revelado el amor de Dios por la humanidad y que la humanidad recibió la salvación prometida a aquellos que creen en Dios, pero, es en realidad  toda la vida y la misión de Jesús lo que da testimonio del amor de Dios. Como dice el texto del Evangelio: «Dios no envió a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él».

Creemos que la salvación depende de si una persona opta  por Cristo o no. Cuando Dios envía a su Hijo al mundo, Dios le pide a la humanidad que crea en él. Creer o no creer, es la respuesta a la pregunta de Dios y es también la respuesta al amor de Dios, que se nos da a conocer en el don de su Hijo.

Dios respeta a sus creaturas, hasta el punto de dejarlos libres para elegir aceptar o rechazar la revelación de Cristo. Quienes se alejan de la luz de Cristo, no son capaces de ver que no obran correctamente. Pero aquellos que viven en la verdad (para Juan, aquellos que vienen en la luz), son capaces de expresar su atracción hacia el Padre y demostrar con sus obras que están en comunión con Él. En la presencia de la Luz de Cristo, la decisión de creer o no creer ilumina nuestras acciones pasadas y determina nuestras acciones futuras.

Jesús – Luz, ilumina mi camino para que siempre pueda caminar más cerca de ti, siguiéndote…

Tú que vives en mí, que permaneces en mí, ven a transformarme.

Aumenta mi fe, fortalece mi esperanza y aumenta mi amor por ti y por mi prójimo.

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Compartimos las reflexiones de hermana Mary kaye Nealen, sp., sobre el Evangelio del domingo 4 de marzo de 2018:

Juan 2, 13-25

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados detrás de sus mesas. Hizo un látigo con cuerdas y los echó a todos fuera del Templo junto con las ovejas y bueyes; derribó las mesas de los cambistas y desparramó el dinero por el suelo. A los que vendían palomas les dijo: «Saquen eso de aquí y no conviertan la Casa de mi Padre en un mercado.» Sus discípulos se acordaron de lo que dice la Escritura: «Me devora el celo por tu Casa.» Los judíos intervinieron: «¿Qué señal milagrosa nos muestras para justificar lo que haces?» Jesús respondió: «Destruyan este templo y yo lo reedificaré en tres días.» Ellos contestaron: «Han demorado ya cuarenta y seis años en la construcción de este templo, y ¿tú piensas reconstruirlo en tres días?» En realidad, Jesús hablaba de ese Templo que es su cuerpo. Solamente cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron de que lo había dicho y creyeron tanto en la Escritura como en lo que Jesús dijo. Jesús se quedó en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, y muchos creyeron en él al ver las señales milagrosas que hacía. Pero Jesús no se fiaba de ellos, pues los conocía a todos y no necesitaba pruebas sobre nadie, porque él conocía lo que había en la persona.

Este es el Jesús que se describe a sí mismo como aquel que levanta las cargas pesadas de la espalda de la gente y que da su vida por sus queridas ovejas. Pero aquí sus palabras y sus acciones son muy desconcertantes. Así también, si regresamos a las historias de la infancia, el joven Jesús le respondió a su madre con aparente dureza cuando se reunieron en el templo después de su separación de dos días. Y ¿qué decir del comentario durante su vida pública? «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?» (Mc 3, 33) Jesús compasivo no siempre parece tan tierno. ¿Por qué?

El versículo en la lectura de hoy: «Me devora el celo por tu Casa» nos puede dar una pista. Jesús quería que el templo fuera considerado como un lugar sagrado de culto. En el Evangelio de Lucas, el niño Jesús dice a sus padres en el templo «¿No saben que yo debo estar donde mi Padre?» (Lc 2, 49) En el pasaje sobre la madre y la familia, Jesús no se refiere al templo, pero hace hincapié en escuchar la palabra de Dios y cumplirla (Lc 8, 21).

Hemos pasado a estar muy familiarizados con los « rescatistas». Estas personas llegan al lugar del suceso con un solo objetivo en mente: el bienestar de la persona en peligro. No prestan atención a la loza sucia en el lavaplatos o a la ropa amontonada en el rincón. Durante toda su vida, Jesús tenía un objetivo en mente, conocer y seguir la voluntad del Dios que lo había enviado. Deseaba la meta que los discípulos lograron después de la resurrección, cuando «creyeron tanto en la Escritura como en lo que Jesús dijo». Estos días de Cuaresma nos ofrecen tiempo para dejar que Jesús nos enseñe lo que es central en nuestras vidas. ¿Para qué y para quienes somos los «rescatistas?»

2a reflexión por Una Hermana de la Providencia:

Una santa ira

Una santa ira, ¿habrá alguna expresión más paradójica? Especialmente si califica un acto de Jesús quien a veces invoca su propia dulzura y nos la recomienda, por lo que debe de haber algo anormal para que Jesús se enfurezca así.

En efecto, llega al Templo y lo encuentra desfigurado, transformado en una «cueva de ladrones», alejado de su  función principal: ser una casa de oración, un lugar de encuentro con Dios. La ambición comercial de los mercaderes los ha llevado a hacer un mal uso de su noble función: proporcionar a los fieles las ofrendas que necesitan para dar culto según las prescripciones de la Ley.

Por su… santa ira, su indignación, Jesús nos dice que no debemos perder de vista las motivaciones de nuestros actos, incluso los más nobles, y ser auténticos en nuestro actuar.

Este episodio me hizo tomar conciencia de la importancia de tener un lugar privilegiado – un espacio sagrado – en donde entro en una relación con Dios, que en la medida de lo posible esté libre de toda preocupación y de propósitos distintos a honrarlo.

La liturgia cotidiana canadiense, nos sugiere: Contemplo el lugar al que suelo acudir para orar. ¿Contribuyo a mantenerlo hermoso y fiel a su vocación?

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Compartimos las reflexiones de hermana Hélène Julien, sp., sobre el Evangelio del domingo 25 de febrero de 2018:

Mateo 17: 1-9

La Transfiguración de Jesús

Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan  y los llevó a ellos solos a un monte alto. A la vista de ellos su aspecto cambió completamente. Incluso sus ropas se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo sería capaz de blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Levantemos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». En realidad no sabía lo que decía, porque estaban aterrados. En eso se formó una nube que los cubrió con su sombra, y desde la nube llegaron estas palabras: «Este es mi Hijo, el Amado, escúchenlo». Y de pronto, mirando a su alrededor, no vieron ya a nadie; sólo Jesús estaba con ellos. Cuando bajaban del cerro, les ordenó que no dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron el secreto, aunque se preguntaban unos a otros qué querría decir eso de «resucitar de entre los muertos». 

Reflexión

Es bueno que estemos aquí, en la gran familia Providencia. El Evangelio del 2o domingo de Cuaresma nos sitúa frente a una escena sorprendente: el evento de la Transfiguración (Mc 9, 2-10), que nos ofrece un mensaje de esperanza y nos anima a dejarnos transformar por el sueño de Dios.

La montaña es tan alta como eran el Sinaí y el Horeb. El hombre del Sinaí está ahí, es Moisés. El hombre del Horeb está ahí también, es Elías. La ropa de Jesús es tan blanca que resplandece; su rostro brilla como el Sol; una voz habla desde el seno de la nube. Esta nube es la del Éxodo que guiaba a los hebreos en el desierto. Todo nos dice que es Dios. ¡No nos instalemos en la montaña, sigamos adelante! Bajemos a la llanura, donde viven nuestros hermanos y nuestras hermanas. Una sola cosa importa: escuchar a Jesús para poder hacer lo que él nos dice.

Como Pedro, Santiago y Juan, vámonos a la montaña para encontrarnos con Jesús y luego ponernos al servicio de los pobres, de los necesitados; caminemos a las alturas y contemplemos a Jesús, escuchando atentamente al Hijo amado del Padre, buscando momentos íntimos de oración.

Los discípulos bajaron de la montaña «con el corazón y los ojos transfigurados por este encuentro con el Señor». Este es el camino que nosotros también podemos realizar. El redescubrimiento de Jesús nos impulsa a «bajar de la montaña», llenos del Espíritu Santo, para dar nuevos pasos de conversión auténtica y ser buenos y compasivos unos con otros, perdonándonos mutuamente como Dios nos perdonó en Cristo. (Ef 4,32)

Dejarse transformar por el sueño de Dios es acoger a los demás, acompañarlos, ser un puente como lo testimonió Emilia Gamelin a los enfermos, a los prisioneros, a los refugiados y a los pobres.

Escuchemos al Hijo amado a través de la oración, de la adoración, de la lectura de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, del silencio y de los testimonios de vida de aquellos y aquellas que nos rodean.

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Compartimos las reflexiones de hermana Yvette Demers, sp., Vice-postuladora de la Causa Émilie Gamelin sobre el Evangelio del domingo 18 de febrero de 2018:

Reflexión

En este primer domingo de Cuaresma, san Marcos en su evangelio (1,12-15) nos recuerda que después de su bautizo, Jesús fue al desierto, empujado por el Espíritu.

Antes de comenzar su «vida pública», Jesús necesita silencio, para hablar de corazón a corazón con su Padre que le pedirá más adelante, el sacrificio de su vida para «sanar» a la humanidad.

Toda vida humana conoce sus momentos de duda, sus horas de preocupación e incomprensiones, y solamente una FE profunda y la certeza de estar siguiendo los pasos de Jesús, traerá luz y dará la fuerza para continuar caminando hasta el final.

Hace 175 años, una mujer también se dejó conducir por el Espíritu sin saber realmente adonde la conduciría: Emilia Tavernier Gamelin, nacida el 19 de febrero de 1800, en Montreal.

Esposa y madre de tres hijos, en menos de cinco años vio desaparecer para siempre lo que más quiso en el mundo: su esposo y sus tres hijos. Tenía entonces solamente 28 años de edad. ¿Por qué estos fallecimientos? A través de la oración y de la reflexión al pie de la Madre de los Dolores, Emilia encontró su camino: su marido y sus hijos pasarán a ser todo lo que la miseria oprima. Sin tardar, entró en acción.

Durante quince años, esta mujer respondió al carisma que Dios-Providencia le había confiado. Con un grupo de «damas de caridad», recorría las calles de Montreal para responder a las numerosas necesidades de la época. Sin embargo, monseñor Bourget, obispo de Montreal, deseaba confiar a una congregación religiosa, la obra tan necesaria que Emilia dirigía, para asegurar su permanencia. Emilia se encontraba en una encrucijada. ¿Qué iba a hacer? ¿Entregaría a su obispo esta obra cuya incorporación civil se había oficializado el 18 de septiembre de 1841? La oración y la reflexión continuaron siendo  sus puntos de referencia… Siempre atenta y fiel a la gracia, eligió seguir siendo la sirvienta de los pobres para el resto de su vida, bajo la autoridad de las Hermanas de la Caridad que debían llegar pronto. Ella confió y apoyó a su obispo lo con los preparativos para la llegada de las hermanas de Francia.

Sin embargo «los caminos de Dios no son nuestros caminos». A monseñor Bourget se le notificó que las Hijas de la Caridad no venían. Encontrándose en un callejón sin salida, invitó a la señora Gamelin a orar con él. Después de una hora, una decisión fue tomada: él solicitaría a las jóvenes formar una nueva comunidad canadiense. Esta nació el 25 de marzo de 1843.

De nuevo, Emilia sintió que el Espíritu la llamaba a entregarse enteramente a Dios en la vida religiosa. Comunicó su deseo a monseñor Bourget, pero este tenía dudas. Emilia reiteró su solicitud, oró, y recibió una respuesta positiva, que le significó la voluntad de Dios. Pasó a ser Hija de la Caridad, Sierva de los Pobres, Hermana de la Providencia.

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Compartimos las reflexiones de hermana Hélène Mamert Nga Amogo, sp., sobre el Evangelio del domingo 11 de febrero de 2018: 

Mc 1,40-45

Se le acercó un leproso, que se arrodilló ante él y le suplicó: «Si quieres, puedes limpiarme.» Sintiendo compasión, Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio.» Al instante se le quitó la lepra y quedó sano. Entonces Jesús lo despidió, pero le ordenó enérgicamente: «No cuentes esto a nadie, pero vete y preséntate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que ordena la Ley de Moisés, pues tú tienes que hacer tu declaración.» Pero el hombre, en cuanto se fue, empezó a hablar y a divulgar lo ocurrido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en el pueblo; tenía que andar por las afueras, en lugares solitarios. Pero la gente venía a él de todas partes.

 ¡Dejarme transformar por un encuentro personal con Jesús a través de las personas pobres con las que me encuentro en lo cotidiano!

La cita del Evangelio de Marco que se nos ofrece para nuestra meditación, en este 6.o domingo del Tiempo Ordinario del año litúrgico B, nos presenta a un hombre afectado por la lepra, una enfermedad considerada como impura por la tradición judía. A este sufrimiento, se añadía la marginalización social. Este hombre doblemente afligido manifestó su deseo de recuperar su dignidad humana y social. Inició entonces un caminar de fe que lo condujo hacia la persona que buscaba, el médico por excelencia: Jesús. Su iniciativa refleja su anhelo de ser sanado. Se dirigió directamente a Jesús, se arrodilló y dijo: «Si quieres, puedes limpiarme.» A través de estos gestos podemos ver su fe en Jesús. Además, el hombre pidió algo mayor aún: la purificación. Él quiere ser purificado. Señaló de esta manera su necesidad de sanación física, pero también espiritualmente. Esto es lo que impactó a Jesús, quien actuó sin demora; invadido por la compasión, Jesús extendió su mano, lo tocó y dijo: «Quiero, queda limpio.» Con esta acción concreta, Jesús rompe la distancia entre este leproso y Él. Le regresó lo que había perdido: la dignidad. El leproso ya sanado no pudo contenerse a pesar de la recomendación de Jesús, quien lo había invitado a guardarse para sí lo vivido personalmente.

¿No es el anonimato de este leproso el espejo de cada una de nosotras, invitadas a buscar a Jesús para gritarle nuestro profundo anhelo de sanar nuestras fragilidades y nuestras discapacidades que nos impiden ser la mejor persona que somos llamadas a ser y nos impiden ofrecer lo que tenemos de único? El proceso del leproso interpela a cada cristiano y cada cristiana, como también a cada una de nosotras Hermanas de la Providencia, a vivir personalmente el encuentro con Cristo, porque todos necesitamos su ternura. Este leproso encontró el Señor al que buscaba, y se encuentra a sí mismo por este Señor que también lo busca. Se mostró humilde, confiado y convencido de lo que esperaba.

Desde hace 175 años, nosotras Hermanas de la Providencia hemos buscado a este Señor cotidianamente. ¿No lo vemos hoy en la actitud de nuestro maestro Jesús? Él se apresura a hacer el bien y por lo tanto le manifestó su compasión al leproso. Con su mirada, rompió la barrera, transgredió la ley del aislamiento de los leprosos y actuó con gestos concretos que manifestaron el amor que tenía para esta persona y por cada persona. Tocó al leproso y le habló sin temer el contagio. La fe es un riesgo, pero es un riesgo que vale la pena tomar. La beata Emilia Gamelin eligió el riesgo, como también todas las hermanas que nos han antecedido desde hace 175 años. Hoy nosotras Hermanas de la Providencia somos invitadas por este Evangelio a dejarnos urgir por la caridad de Cristo, en todas partes y en todo.

Todos somos discípulos de Cristo. ¡Que su gracia que obra en nosotros y a través de nosotros nos acerque continuamente a Él, para que podamos actuar como Él: con humildad, simplicidad y caridad!

¡Providencia de Dios, muchas gracias te doy!

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Evangelio según Marcos, capítulo 1, 29-39

Jesús sana a la suegra de Pedro

29 En cuanto salieron de la sinagoga, Jesús fue con Jacobo y Juan a la casa de Pedro y Andrés. 30 La suegra de Pedro estaba en cama porque tenía fiebre, y enseguida le hablaron de ella. 31 Jesús se acercó y, tomándola de la mano, la ayudó a levantarse. Al instante la fiebre se le fue, y ella comenzó a atenderlos. 32 Al anochecer, cuando el sol se puso, llevaron a Jesús a todos los que estaban enfermos y endemoniados. 33 Toda la ciudad se agolpaba ante la puerta, 34 y Jesús sanó a muchos que sufrían de diversas enfermedades, y también expulsó a muchos demonios, aunque no los dejaba hablar porque lo conocían. 35 Muy de mañana, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó y se fue a un lugar apartado para orar. 36 Pedro y los que estaban con él comenzaron a buscarlo, 37 y cuando lo encontraron le dijeron: «Todos te están buscando.» 38 Él les dijo: «Vayamos a las aldeas vecinas, para que también allí predique, porque para esto he venido.» 39 Y Jesús recorrió toda Galilea; predicaba en las sinagogas y expulsaba demonios.”

Reflexión del Evangelio del domingo 4 de febrero de 2018, por Gladys Flores, sp.

«Rápidamente le hablaron al Señor diciéndole que la suegra de Pedro estaba acostada y con fiebre». Presentar a los enfermos al Señor en la oración y confiar en que serán sanados por Él, es un buen hábito que debemos practicar; tenemos que ser perseverantes en la oración sin perder la esperanza de que seremos sanados en cuerpo y espíritu por el Señor de la vida.

Y Jesús, en ese ambiente familiar del hogar de Pedro, inmediatamente se interesó por ella y la sanó. Nunca estaba demasiado cansado para ayudar y actuaba sin tardar frente a las necesidades de las personas; Él es el gran Restaurador.

La suegra de Pedro se puso en pie y los atendió; es decir, que una vez recuperadas la salud y la dignidad, empieza a servir porque Jesús no solo sana a la persona, sino que lo hace para que ella se ponga al servicio de los demás.

Al servir al Señor, aquella mujer solo estaba empleando para Él la energía que Él mismo le había concedido.

El Señor no solo nos ha librado de muchas cosas malas, sino que nos ha dado dones que debemos emplear para su servicio y el servicio a los hermanos.

Meditemos la pregunta que hizo el papa Francisco durante su encuentro con los jóvenes de Chile en el Santuario de Maipú: «“¿Qué tengo yo para aportar en la vida?”. Y cuántos de ustedes sienten las ganas de decir: “No sé”. ¿No sabes lo que tienes para aportar? Lo tienes adentro y no lo conoces. Apúrate a encontrarlo para aportar. El mundo te necesita, la patria te necesita, la sociedad te necesita, vos tenés algo que aportar»…

 

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Evangelio según Marcos, capítulo 1, 21-28

«[Jesús y sus discípulos] llegaron a Cafarnaúm. Jesús empezó a enseñar en la sinagoga durante las asambleas del día sábado. Su manera de enseñar impresionaba mucho a la gente, porque hablaba como quien tiene autoridad, y no como los maestros de la Ley. Entró en aquella sinagoga un hombre que estaba en poder de un espíritu malo, y se puso a gritar: “¿Qué quieres con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo sé que tú eres el Santo de Dios.” Jesús le hizo frente con autoridad: “¡Cállate y sal de ese hombre!” El espíritu impuro revolcó al hombre en el suelo y lanzó un grito tremendo y luego salió de él. El asombro de todos fue tan grande que se preguntaban unos a otros: “¿Qué es esto? Una doctrina nueva, y ¡con qué autoridad! Miren cómo da órdenes a los espíritus impuros ¡y le obedecen!” Así fue como la fama de Jesús se extendió por todo el territorio de Galilea.»

Compartimos las reflexiones de hermana Annette Aspirot, sp., sobre el Evangelio del domingo 28 de enero de 2018:

Jesús enseñaba con autoridad. Esta expresión me conmueve. Este hombre que enseña con autoridad, tenemos muchas pruebas de ello en los evangelios: «Nunca hombre alguno ha hablado como éste.» Jn 7,46. «Por eso cada cual trataba de tocarlo, porque de él salía una fuerza que los sanaba a todos.» Lc 6,19. Jesús cautiva a las multitudes no sólo con curaciones sino con el poder de su Palabra; y no sólo con lo que dice, sino con su mirada, su actitud, la dignidad de su persona. Él escucha, busca la presencia de los pobres y se interesa por su cotidiano, come con ellos y llora con ellos. Lo que dice está colmado de la verdad.

Marc añade que Él no enseñaba como los escribas. Los sacerdotes y los escribas, encargados de la Palabra anunciaban la venida del Mesías, pero no lo reconocían en Jesús. Ver sus milagros les exasperaba. Sin embargo, aquellos que lo oían decían: Es Él, el profeta que esperábamos. Los miembros de la sinagoga de Cafarnaúm se estaban viviendo algo nuevo. El discurso de Jesús contrastaba con lo que ellos estaban acostumbrados a oír.

El hombre atormentado por un espíritu malo fue desestabilizado por la presencia de Jesús. El poseído admitió la santidad de Jesús porque este se encontraba bajo la influencia del demonio que hablaba por su boca. Se sentía amenazado, expuesto. “¿Qué quieres con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos?”

La reacción de este endemoniado no es tan diferente de la de aquellos que se dedican hoy día a un negocio corrupto, donde la mentira, la ambición de lucro y la injusticia reinan. Temen ser expuestos, denunciados, tener que admitir su comportamiento mendaz. Quieren permanecer en su ceguera para continuar sus maquinaciones diabólicas. Obtienen beneficios. Amontonan tesoros terrestres que serán destruidos por la oxidación.

La autoridad de Jesús es liberadora, iluminadora. Si oímos la enseñanza de una persona enamorada de Dios, ella nos enseña con autoridad porque Dios se manifiesta a través de sus palabras. ¡No hemos escuchado a santos testigos de la Palabra?! Ellos y ellas transmiten lo que viven. Se trata de que el divino pasa a través del humano para anunciar sus mensajes.

Damos testimonio por lo que somos. Nuestro testimonio tiene valor según lo que hemos vivido. Enseñamos a través de nuestra manera de actuar, de la calidad de nuestra presencia, de nuestra intimidad con El que queremos dar a conocer. ¿Cómo damos testimonio de nuestra Misión Providencia? ¿Hasta qué punto somos los rostros humanos de la Divina Providencia? Este evangelio de Marcos nos invita a dejarnos acercar por Jesús, a dejarnos impregnar de su presencia, de su voz liberadora, para ser auténticos apóstoles de la Buena Nueva. De esta manera, recolectaremos tesoros duraderos.

Lecturas

Sobre el medio ambiente: Laudato si’, Carta encíclica sobre el cuidado de la casa común http://w2.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

Sobre la misericordia: Misericordiӕ Vultus, Bula de convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, http://w2.vatican.va/content/francesco/es/bulls/documents/papa-francesco_bolla_20150411_misericordiae-vultus.html

Sobre la paz: «La no violencia: un estilo de política para la paz», Mensaje para la celebración del 50a Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2017 http://w2.vatican.va/content/francesco/es/messages/peace/documents/papa-francesco_20161208_messaggio-l-giornata-mondiale-pace-2017.html

Biografías de Emilia Tavernier Gamelin

Libros disponibles en el Centro Emilia Gamelin:

Emilia Tavernier Gamelin

Biografía

Autor: Denise Robillard

Año de publicación: 1988

ISBN 2-920417-42-8

324 páginas Disponible en francés, inglés y español.

 

Madre Gamelin mujer de compasión

Biografía y estudio histórico

Por hermana Thérèse Frigon, sp., en colaboración

Año de publicación: 1984

80 páginas Disponible en francés, inglés y español.

 

Emilia Tavernier Gamelin: La Gran Dama de Montreal,

Fundadora de las Hermanas de la Providencia

Biografía

Autor: Mons. André-M. Cimichella, O.S.M, Obispo auxiliar emérito de Montreal, 1982

Año de publicación: 2002

ISBN 2-922291-82-0

77 páginas Disponible en francés, inglés y español.