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Espiritualidad Providencia

Evangilio según san Juan, 13,31-33a.34-35
Cuando Judas salió, Jesús dijo: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él. Por lo tanto, Dios lo va a introducir en su propia Gloria, y lo glorificará muy pronto. Hijos míos, yo estaré con ustedes por muy poco tiempo. Me buscarán, y como ya dije a los judíos, ahora se lo digo a ustedes: donde yo voy, ustedes no pueden venir. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado. En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros.»

Evangelio del domingo 19 de mayo de 2019

Según san Juan, 13,31-33a.34-35

Reflexión

¿Cómo podemos amar como Él nos ama?

Jesús está a punto de despedirse de sus discípulos y les deja un mandamiento nuevo que es como su testamento. Les dice que se amen unos a otros como Él les ha amado. Esta será la señal por la que conocerán que somos discípulos de Jesús. Entonces, lo más distintivo de los cristianos no es que nos reunamos los domingos para celebrar la misa. Tampoco que conozcamos personalmente el Papa, obispos y sacerdotes. Ni siquiera es nuestra característica de que celebremos siete sacramentos. Jesús no deseaba que fuéramos conocidos por ninguna de esas cosas. Jesús deseaba que los que no pertenecen a nuestra comunidad nos conozcan por otra señal, más humilde si se quiere, pero más importante y mucho más humana: por el modo como nos tratamos unos a otros, por el modo como nos amamos y amamos a todos sin distinción: “que se amen los unos a los otros”.

Este es el signo que la comunidad cristiana es la semilla de un mundo nuevo. Porque sólo Dios es capaz de dar vida a ese amor que hace que todo se comparta y que todos vivan más en abundancia.

No está demás preguntarse: ¿Los cristianos estamos hechos de otra madera? ¿Somos superiores a los demás? En absoluto. Somos iguales. Pero la presencia de Dios está con nosotros. Y cuando le dejamos actuar en nuestros corazones, experimentamos que un amor mayor que nuestras fuerzas brota de dentro de nosotros. Es el amor de Dios. Es el amor que es signo de la tierra nueva y del cielo nuevo. Es, por ejemplo, el amor con que Madre Emilia amó a los podres, los huérfanos, los ancianos, los enfermos y todos aquellos que sufrían. Es el amor con que muchas madres aman a sus hijos. Sin medida, sin tiempo, sin límite, con absoluta generosidad.

Pero como no somos superiores a los demás, como cometemos errores y a veces nos hacemos daño unos a otros, hay una dimensión del amor que la comunidad cristiana debe saber vivir de una manera especial. Es la dimensión del perdón, de la reconciliación. Saber perdonar y perdonarse es una forma de amar que reconoce los límites propios y la supera porque el amor va más allá de los límites que marcan nuestras debilidades. Vivir el perdón y la reconciliación en la comunidad cristiana es la mejor forma de dar testimonio del amor que nos une.

Una Hermana de la Providencia