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Recursos e inspiración

Las Hermanas de la Providencia ponen a su disposición algunas oraciones y les recomiendan algunas lecturas.

Oración a la Providencia

Providencia  de Dios, yo  creo en Ti.

Providencia  de Dios, yo  espero en Ti.

Providencia de Dios, yo te amo con todo mi corazón.

Providencia de Dios, muchas gracias te doy.

Reflexiones sobre el Evangelio del domingo

Reflexión del domingo 21 de julio de 2019

evangelio según San Lucas, 10 38-42

Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude.» Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada.»
Reflexión:
Nuestra parte contemplativa alimenta nuestra parte evangelizadora. Mientras María ora, Marta labora. No podemos desligar la oración de la evangelización porque ellas constituyen la fuerza y el alimento de toda obra. Sin embargo, el Evangelio de este domingo nos presenta una advertencia de Cristo que nos previene sobre el mucho hacer y el poco meditar. Es necesario vivir más de cerca la Palabra y entonces actuar. Con ello podemos ser personas contemplativas y en el campo del apostolado hacer más y mejor, porque se cuenta con el apoyo de nuestro Señor Jesús Cristo.
Nosotros en el mundo actual nos preocupamos por muchas cosas, nos quejamos de que hay poco tiempo para aquello que nos gusta, pero no nos damos cuenta de que solo una cosa es necesaria, escuchar al Señor en nuestro interior.
Acojamos a Jesús a pesar de la prisa y el ruido, detengamos nuestra mirada en la belleza del paisaje que nos ofrece nuestro caminar. Servir y contemplar es uno de los conjuntos que deben motivar nuestra vida como cristianos y apóstoles.

Feliz semana para todos.

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Reflexión del domingo 14 de julio de 2019

evangelio según San Lucas, 10, 25-37

«Un maestro de la Ley, que quería ponerlo a prueba, se levantó y le dijo: «Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Qué está escrito en la Escritura? ¿Qué lees en ella?» El hombre contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Jesús le dijo: «¡Excelente respuesta! Haz eso y vivirás.» El otro, que quería justificar su pregunta, replicó: «¿Y quién es mi prójimo?» Jesús empezó a decir: «Bajaba un hombre por el camino de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos bandidos, que lo despojaron hasta de sus ropas, lo golpearon y se marcharon dejándolo medio muerto. Por casualidad bajaba por ese camino un sacerdote; lo vio, tomó el otro lado y siguió. Lo mismo hizo un levita que llegó a ese lugar: lo vio, tomó el otro lado y pasó de largo. Un samaritano también pasó por aquel camino y lo vio; pero éste se compadeció de él. Se acercó, curó sus heridas con aceite y vino y se las vendó; después lo montó sobre el animal que él traía, lo condujo a una posada y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente sacó dos monedas y se las dio al posadero diciéndole: «Cuídalo, y si gastas más, yo te lo pagaré a mi vuelta.» Jesús entonces le preguntó: «Según tu parecer, ¿cuál de estos tres fue el prójimo del hombre que cayó en manos de los salteadores?» El maestro de la Ley contestó: «El que se mostró compasivo con él.» Y Jesús le dijo: «Vete y haz tú lo mismo.»»
Reflexión
Mi vecino, mi prójimo
Jesús ha destruido todas las expectativas. No son las definiciones sociales como las clases, la religión, el género o la etnia lo que determina quién es nuestro prójimo. Un buen vecino es una persona que actúa con compasión hacia los demás. El punto no es quién merece ser amado como me amo a mí mismo, sino que me convierta en una persona que trata a todos con compasión.
Cuando Jesús le pregunta al maestro de la ley quién fue el buen vecino en la historia, el maestro de la ley no quiere decir que fue el samaritano. Prefiere decir «el que lo trató con misericordia». La respuesta de Jesús fue similar a la de la primera discusión: «Vete y haz lo mismo». El maestro de la ley y nosotros, sabemos lo que es correcto. La clave es hacerlo.
Jesús usa esta parábola para enseñar a los discípulos a seguir el ejemplo del impopular samaritano. Pasa por allí y siente compasión por la persona lesionada. Lo que los ladrones le hicieron al hombre, este enemigo aparente lo deshace por su voluntad de hacer un esfuerzo adicional al servirlo. Esta será nuestra meta. Oremos por la oportunidad de hacer un esfuerzo adicional para servir a un destinatario inesperado. Sigamos el ejemplo del samaritano y «vamos hacer lo mismo».

MM, una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 07 de julio de 2019

evangelio según San Lucas, 10, 1-9

«Después de esto, el Señor eligió a otros setenta y dos discípulos y los envió de dos en dos delante de él, a todas las ciudades y lugares a donde debía ir. Les dijo: «La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe obreros a su cosecha. Vayan, pero sepan que los envío como corderos en medio de lobos. No lleven monedero, ni bolsón, ni sandalias, ni se detengan a visitar a conocidos. Al entrar en cualquier casa, bendíganla antes diciendo: La paz sea en esta casa. Si en ella vive un hombre de paz, recibirá la paz que ustedes le traen; de lo contrario, la bendición volverá a ustedes. Mientras se queden en esa casa, coman y beban lo que les ofrezcan, porque el obrero merece su salario. No vayan de casa en casa. Cuando entren en una ciudad y sean bien recibidos, coman lo que les sirvan, sanen a los enfermos y digan a su gente: El Reino de Dios ha venido a ustedes.»
Hoy, por melancolía o por percepción equivocada, se nos hace fácil pensar de que en “el tiempo pasado todo era mejor”. Nos espera un futuro más contaminado, más problemático, más conflictivo. El cambio climático, el agotamiento de los recursos naturales, la superpoblación, las guerras y los choques entre las diferentes culturas, todos son problemas que captan nuestra atención y nos llevan, de alguna manera, a ser pesimistas. ¿Cómo es posible alegrarse en un mundo así?

Reflexión:
Sin embargo, si observamos con cuidado vemos que el mundo no era mucho mejor y ni siquiera más justo en los tiempos de Jesús. Quizás la contaminación era menor pero había otros problemas que hoy están relativamente resueltos y que en aquello entonces parecían mucho más graves y urgentes, como las enfermedades contagiosas, la falta de justicia, etc… Tomemos la miseria por ejemplo, en aquella época, la mayor parte de la población era muy pobre y necesitada. En este contexto es que Jesús envía a sus discípulos, de dos en dos, a predicar la Buena Nueva, a desear a todos la paz, a estar junto a los enfermos y necesitados y a anunciar que el Reino de Dios está cerca.
Es un mensaje sencillo, claro y lleno de esperanza. Es un mensaje que es causa de alegría para los que lo transmiten y para los que lo reciben. Hoy día somos nosotros, en primer lugar, los que debemos dar a conocer ese mensaje. Más allá de los desastres que hayamos podido causar en nuestro mundo, Dios nos sigue ofreciendo la vida y la paz. “El Reino de Dios está cerca”. Así lo vivió la Beata Emilia, amiga de los más pequeños, siempre dispuesta a encontrar soluciones para aminorar el sufrimiento de los demás, regalando paz y esperanza, viviendo la palabra de Dios a todo instante.
¡Muy linda semana a todos en la alegría y la paz!

Nadia Bertoluci, AP

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Reflexión del domingo 30 de junio de 2019

evangelio según San Lucas, 9, 51-62

«Como ya se acercaba el tiempo en que sería llevado al cielo, Jesús emprendió resueltamente el camino a Jerusalén. Envió mensajeros delante de él, que fueron y entraron en un pueblo samaritano para prepararle alojamiento. Pero los samaritanos no lo quisieron recibir, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto sus discípulos Santiago y Juan, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que los consuma?» Pero Jesús se volvió y los reprendió. Y continuaron el camino hacia otra aldea. Mientras iban de camino, alguien le dijo: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.» Jesús le contestó: «Los zorros tienen cuevas y las aves tienen nidos, pero el Hijo del Hombre ni siquiera tiene donde recostar la cabeza.» Jesús dijo a otro: «Sígueme». Él contestó: «Señor, deja que me vaya y pueda primero enterrar a mi padre.» Jesús le dijo: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú vé a anunciar el Reino de Dios.» Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero antes déjame despedirme de mi familia.» Jesús le contestó: «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios.»»

Reflexión
Con calma y con tiempo, siempre es más fácil tomar decisiones, y a menudo los resultados son positivos. Sin embargo, si Jesús nos llama, es por amor y para amar, ya que todo amor requiere renunciar, Jesús lo sabe por experiencia. Al mismo tiempo, su palabra es liberadora, de cierto modo Él nos hace sentir menos culpables: cuando dos deberes parecen contradictorios, el criterio de elección debe ser el cumplimiento de la Misión. Cuando este último lo exige, uno no debe sentirse mal de tener que pasar por alto otras obligaciones.
Hemos escuchado en este evangelio: «Te seguiré, Señor, pero antes déjame despedirme de mi familia.». Nos cuesta creer que incluso al cruzar un campo de rosas sus espinas rasguen nuestra ropa y quién sabe, hasta podríamos salir lastimados. Jesús nos hace entender que debemos saber cómo romper las ataduras y comprometernos sin retorno. Y Jesús nos dice esta frase enérgica: «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios.» Él admite las renuncias sin retorno que su misión exigió a todo momento: No olvidemos que este es el momento en que Él acaba de tomar el camino hacia Jerusalén, es decir, hacia la Pasión y la Cruz, desde la comodidad de la casa familiar de Nazaret hasta el ascenso a Jerusalén. Jesús vivió en carne propia múltiples desgarros.
Émilie Gamelin no dudó en tomar la antorcha del Amor y de la Misión para mantenerla encendida hasta su último aliento. Demos gracias a nuestro Dios por darnos esta gracia, la de ser parte de su familia y de seguirla, iluminados por la gloria de Jesucristo.

Asociados Providencia anexados al grupo de Nuestra Señora de la Providencia

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Reflexión del domingo 16 de junio de 2019

evangelio según San Juan, 16, 12-15

«Aún tengo muchas cosas que decirles, pero es demasiado para ustedes por ahora. Y cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad. El no viene con un mensaje propio, sino que les dirá lo que escuchó y les anunciará lo que ha de venir. El tomará de lo mío para revelárselo a ustedes, y yo seré glorificado por él. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso les he dicho que tomará de lo mío para revelárselo a ustedes.»»
Reflexión:
Este pasaje del evangelio refleja la experiencia de las primeras comunidades cristianas. En la medida en que iban siguiendo las enseñanzas de Jesús, tratando de interpretar y aplicar su Palabra en diversas circunstancias de sus vidas, experimentaban la presencia y la luz del Espíritu. Y esto pasa hoy en las comunidades que tratan de encarnar la palabra de Jesús en sus vidas. Desde siempre la raíz de esta experiencia son las palabras de Jesús: “Todo lo que tiene el Padre es mío, también. Por eso les he dicho que tomará de lo mío para revelárselo a ustedes”.
Además, celebramos en este domingo la fiesta de la Santísima Trinidad, gran misterio de nuestra fe, difícil de entender y también de explicar. Pensándolo bien no es fácil hablar de éste misterio.
Quizás, deberíamos centrarnos en ver que Dios es un Padre cercano, acogedor, amoroso, que nos ofrece un proyecto para seguir y buscar el bien para toda la humanidad y no sólo para unos pocos. Lo único que nos pide es fidelidad a Él y vivir haciendo el bien sin buscar recompensas. Siendo sinceros en nuestro testimonio.
Vemos en la lectura de este evangelio como Jesús al despedirse los está preparando para que sigan los pasos iniciados por Él, también a nosotros nos ha ido preparando a través de la familia y la comunidad. Vivimos tiempos difíciles pero hay que tener esperanza que la verdad triunfará, la justicia vencerá y el amor prevalecerá sobre la maldad.
Tengamos la certeza de que Dios siempre está animándonos y dándonos la fuerza para avanzar. Les invito a reflexionar sobre estas cuestiones, profundas y necesarias: ¿Cuál es mi don espiritual —el don del Espíritu Santo que es único para mí? ¿Dónde veo los dones del Espíritu manifestados en mi vida? Pido al Señor que revele el don espiritual que mejor se adapte a mí y oro por la gracia de usar ese don al servicio de los demás. Por seguro nuestra fundadora, la Beata Emilia Gamelin ha hecho este ejercicio durante toda su vida.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 09 de junio de 2019

evangelio según San Juan, 20, 19-23

«Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor. Jesús les volvió a decir: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envío a mí, así los envío yo también.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos.»»
Reflexión:
Al terminar el tiempo pascual llega Pentecostés, la gran fiesta del Espíritu, la celebración de una historia en la que el Espíritu de Dios es nuestro guía e inspirador. Miremos más allá que aquel momento inicial cuando los discípulos experimentaron con una fuerza extraordinaria la presencia del Espíritu de Dios que les animaba a salir del cuarto cerrado en que estaban por miedo a los judíos y a predicar la Buena Nueva a todos, en todas las lenguas y en todas las culturas. Porque el amor y la salvación de Dios son para todos.
En esta fecha recordemos aquellos en los que el pueblo de Dios ha reconocido la presencia del Espíritu y la fidelidad humana. Gracias a ellos hoy seguimos reconociendo la presencia del Espíritu en la Iglesia, desde los que escribieron los Evangelios y los que dieron el testimonio de la primera hora, como fueron los evangelistas, hasta los santos de los últimos siglos, como nuestra valerosa Beata Emilia Gamelin. No podemos dejar de mirar a los que se sientan a nuestro lado durante la misa, a los miembros de nuestra comunidad cristiana. En ellos, en nosotros, también está presente el Espíritu, alentándonos a ser mejores, a amar más, a ser más generosos.
Las lenguas de fuego son un símbolo para expresar la fuerza del Espíritu de Dios que llega hasta el corazón de la persona humana y es capaz de transformarla. Cuando se abren las puertas del corazón al Espíritu, ya nada es igual. Todo se ve desde otra perspectiva, la del amor y la misericordia de Dios. Nuestra historia personal se transforma en el fuego del Espíritu.
Hoy es día para dar gracias a Dios por el don de su Espíritu, porque nos ha hecho participar en esta historia de hombres y mujeres santos y nos llama también a nosotros a la santidad. Abramos el corazón al Espíritu de Jesús y él nos enseñará, como dice el Evangelio, a vivir como cristianos, él nos hará recordar en todo momento a Jesús y nos ayudará a guardar el mandamiento del amor.
Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 02 de junio de 2019

evangelio según San Juan, 17, 20-26

En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, Jesús oró diciendo: Padre santo, no sólo ruego por ellos, sino también por los que han de creer en mí por medio de sus palabras. Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti: Que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo les di la gloria que tú me diste para que sean uno como lo somos nosotros. Yo en ellos y tú en mí, para que sean plenamente uno, para que el mundo conozca que tú me enviaste y los amaste cómo me amaste a mí. Padre, quiero que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy; para que contemplen mi gloria; la que me diste, porque me amaste antes de la creación del mundo. Padre justo el mundo no te ha conocido; yo te he conocido y estos han conocido que tú me enviaste. Les di a conocer tu nombre y se lo daré a conocer, para que el amor con qué tú me amaste este en ellos y yo en ellos.”
Reflexión
Qué hermosa oración pronunciada por el mismo Jesús. Él ora ante sus discípulos, significa que los lleva a su intimidad, les hace compartir sus deseos más profundos. Habla del mundo, de lo que quiere con todas sus fuerzas, es decir, que el mundo crea, él nos dice: «Seamos todos uno, como Tú, Padre, estás en mí, y yo en ti. Que sean uno en nosotros ellos también, para que el mundo crea que tú me has enviado. Un poco más tarde, repite: «Que su unidad sea perfecta; Así, el mundo sabrá que me enviaste.» ¿Y por qué es tan importante que el mundo reconozca a Jesús como el mensajero del Padre? Primero, porque en ese momento el mundo sabrá cuánto Dios lo ama. El envío de su Hijo es la prueba más hermosa del amor que Dios puede dar al mundo: «El mundo sabrá que me enviaste y que los amastes como me amaste a mí. »

Al releer estas líneas, nos sorprende la insistencia de Jesús en las palabras de amor y unidad; una vez más, debemos reconocer que la historia de Dios con nosotros es una gran aventura, una historia de amor. ¡Dios es amor, nos ama y envía a su hijo para que nos lo diga en voz viva! Esto es lo que Jesús dirá unas horas más tarde a Pilato, durante su interrogatorio: «Nací y vine al mundo para dar testimonio de la verdad. » (Jn 18,37)

Todos estamos invitados a llevar y compartir este amor infinito, el amor más grande jamás conocido por nuestro prójimo. En la alegría de distribuir este mismo amor, el mas grande de los tesoros, ¡les deseo una buena semana a todos y a todas!

Lise Lessard, sp

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Reflexión del domingo 26 de mayo de 2019

evangelio según San Juan, 14, 23-29

Jesús le respondió: «Si alguien me ama, guardará Mi palabra; y Mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos con él morada. El que no me ama, no guarda Mis palabras; y la palabra que ustedes oyen no es Mía, sino del Padre que me ha enviado. »Estas cosas les he dicho estando con ustedes. Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en Mi nombre, Él les enseñará todas las cosas, y les recordará todo lo que les he dicho. »La paz les dejo, Mi paz les doy; no se las doy a ustedes como el mundo la da. No se turbe su corazón ni tenga miedo. Oyeron que les dije: “Me voy, y vendré a ustedes”. Si me amaran, se regocijarían, porque voy al Padre, ya que el Padre es más grande que Yo. »Y se los he dicho ahora, antes que suceda, para que cuando suceda, crean.

Reflexión:
Cuando amamos es con entusiasmo que hacemos la voluntad de la persona amada. Y esta es la señal que Jesús le pide a sus discípulos que den prueba de su amor en: el cumplimiento de los Mandamientos de Dios.
Ya que debemos realizar en nuestra vida los Mandamientos del Señor, necesitamos saber más y más acerca de Su Palabra. No tendremos demasiado de todos los días en nuestra vida para profundizarlo y hacerlo pasar en la vida diaria de nuestras vidas. Para esto debemos ser disciplinados y perseverantes, ya que a nuestros ojos, la Palabra a veces puede ser ardua y difícil de entender. También necesitamos una buena dosis de humildad para ocasionalmente pedir ayuda para esclarecer nuestro pensamiento y tomar así las decisiones correctas, elegir el camino correcto.
Sin embargo, hay que admitir que es una promesa maravillosa! “… acudiremos a él y en su lugar haremos un hogar.” A menudo hacemos promesas vanas por la debilidad de nuestra naturaleza y porque las olvidamos rápidamente… pero las Promesas de Dios tiene una eternidad para ser cumplidas… Él es Dios y el cielo y la tierra pasarán, pero su palabra nunca pasará. Él prometió… esta hecho…
En cuanto a nosotros, si cumplimos la voluntad de Dios, Él permanecerá en nosotros y nos convertiremos en su hogar, un templo viviente. Esto nos permitirá darlo a conocer en todo momento y, si tomamos conciencia de ello, será más fácil vivir en su presencia… Esta realidad, debemos pensarla con frecuencia y, entonces, no será imposible de amar a aquellos qué nos parecen “difíciles” porque veremos la Santísima Trinidad en ellos y así como podríamos no respetarlos?
Estamos llamados a vivir en paz, serenidad y alegría. En vez de rebelarnos, llorar, encerrarnos en nosotros mismos, culpar a Dios, a los demás y culparnos a nosotros mismos, se nos pide que estemos disponibles para amar más.
S.L.G.

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Reflexión del domingo 19 de mayo de 2019

evangelio según San Juan, 13,31-33a.34-35

Cuando Judas salió, Jesús dijo: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él. Por lo tanto, Dios lo va a introducir en su propia Gloria, y lo glorificará muy pronto. Hijos míos, yo estaré con ustedes por muy poco tiempo. Me buscarán, y como ya dije a los judíos, ahora se lo digo a ustedes: donde yo voy, ustedes no pueden venir. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado. En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros.»

¿Cómo podemos amar como Él nos ama?
Jesús está a punto de despedirse de sus discípulos y les deja un mandamiento nuevo que es como su testamento. Les dice que se amen unos a otros como Él les ha amado. Esta será la señal por la que conocerán que somos discípulos de Jesús. Entonces, lo más distintivo de los cristianos no es que nos reunamos los domingos para celebrar la misa. Tampoco que conozcamos personalmente el Papa, obispos y sacerdotes. Ni siquiera es nuestra característica de que celebremos siete sacramentos. Jesús no deseaba que fuéramos conocidos por ninguna de esas cosas. Jesús deseaba que los que no pertenecen a nuestra comunidad nos conozcan por otra señal, más humilde si se quiere, pero más importante y mucho más humana: por el modo como nos tratamos unos a otros, por el modo como nos amamos y amamos a todos sin distinción: “que se amen los unos a los otros”.
Este es el signo que la comunidad cristiana es la semilla de un mundo nuevo. Porque sólo Dios es capaz de dar vida a ese amor que hace que todo se comparta y que todos vivan más en abundancia.
No está demás preguntarse: ¿Los cristianos estamos hechos de otra madera? ¿Somos superiores a los demás? En absoluto. Somos iguales. Pero la presencia de Dios está con nosotros. Y cuando le dejamos actuar en nuestros corazones, experimentamos que un amor mayor que nuestras fuerzas brota de dentro de nosotros. Es el amor de Dios. Es el amor que es signo de la tierra nueva y del cielo nuevo. Es, por ejemplo, el amor con que Madre Emilia amó a los podres, los huérfanos, los ancianos, los enfermos y todos aquellos que sufrían. Es el amor con que muchas madres aman a sus hijos. Sin medida, sin tiempo, sin límite, con absoluta generosidad.
Pero como no somos superiores a los demás, como cometemos errores y a veces nos hacemos daño unos a otros, hay una dimensión del amor que la comunidad cristiana debe saber vivir de una manera especial. Es la dimensión del perdón, de la reconciliación. Saber perdonar y perdonarse es una forma de amar que reconoce los límites propios y la supera porque el amor va más allá de los límites que marcan nuestras debilidades. Vivir el perdón y la reconciliación en la comunidad cristiana es la mejor forma de dar testimonio del amor que nos une.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 12 de mayo de 2019

evangelio según San Juan, 10, 27-30

Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el Buen Pastor (el verdadero pastor)» Él les dice de nuevo: «Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco. Ellas me siguen, y yo les doy vida eterna. Nunca perecerán y nadie las arrebatará jamás de mi mano. Aquello que el Padre me ha dado lo superará todo, y nadie puede arrebatarlo de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos una sola cosa.»

Reflexión:

Jesús, el Buen Pastor, no solo para las personas de su tiempo, sino también para cada una de nosotras y cada uno de nosotros. Él nos conoce a todas y a todos por nuestro nombre, vela constantemente por nuestro bien y nos protege de los peligros de este mundo tan agitado y a veces perturbado. ¿Qué más podemos pedir? Con Él sentimos seguridad.
El inicio de este texto evangélico precisa lo siguiente: «Mis ovejas escuchan mi voz; ellas me siguen.» ¿No son acaso la oración y el silencio los mejores momentos para escuchar la voz del Buen Pastor?
Vale la pena ensayar esta receta – oración, silencio… Quizás nos sorprendamos con los resultados. No tengamos miedo, Jesús lleva muy bien su nombre: El Buen Pastor… ¡Depositemos nuestra confianza en Él!

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 5 de mayo de 2019

evangelio según San Juan (21, 1-19)

Después de esto, nuevamente se manifestó Jesús a sus discípulos en la orilla del lago de Tiberíades. Y se manifestó como sigue: Estaban reunidos Simón Pedro, Tomás el Mellizo, Natanael, de Caná de Galilea, los hijos del Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar.» Contestaron: «Vamos también nosotros contigo.» Salieron, pues, y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.
Al amanecer, Jesús estaba parado en la orilla, pero los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo que comer?» Le contestaron: «Nada.» Entonces Jesús les dijo: «Echen la red a la derecha y encontrarán pesca.» Echaron la red, y no tenían fuerzas para recogerla por la gran cantidad de peces.
El discípulo al que Jesús amaba dijo a Simón Pedro: «Es el Señor.» Apenas Pedro oyó decir que era el Señor, se puso la ropa, pues estaba sin nada, y se echó al agua. Los otros discípulos llegaron con la barca —de hecho, no estaban lejos, a unos cien metros de la orilla; arrastraban la red llena de peces.
Al bajar a tierra encontraron fuego encendido, pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar.» Simón Pedro subió a la barca y sacó la red llena con ciento cincuenta y tres pescados grandes. Y a pesar de que hubiera tantos, no se rompió la red.
Entonces Jesús les dijo: «Vengan a desayunar». Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle quién era, pues sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo repartió. Lo mismo hizo con los pescados.
Esta fue la tercera vez que Jesús se manifestó a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos.
Cuando terminaron de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» Contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.»
Le preguntó por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Pedro volvió a contestar: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Jesús le dijo: «Cuida de mis ovejas.»
Insistió Jesús por tercera vez: «Simón Pedro, hijo de Juan, ¿me quieres?» Pedro se puso triste al ver que Jesús le preguntaba por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero.» Entonces Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.
En verdad, cuando eras joven, tú mismo te ponías el cinturón e ibas a donde querías. Pero cuando llegues a viejo, abrirás los brazos y otro te amarrará la cintura y te llevará a donde no quieras.» Jesús lo dijo para que Pedro comprendiera en qué forma iba a morir y dar gloria a Dios. Y añadió: «Sígueme.».

Reflexión:

Luego de liberarse de sus temores y de su incredulidad, gracias a la acción del Espíritu Santo, los apóstoles inician su misión. Un titular de primera plana se dirige a los mensajeros de la Buena Nueva, aunque en ese entonces no existían ni los periódicos, ni la radio ni Internet. Los discípulos recorren las calles de las ciudades y de las aldeas y proclaman muy en alto lo que vieron y escucharon: «Jesús está vivo». ¡Qué empeño y qué determinación de su parte! Ya no pueden permanecer en silencio, dicen ellos. ¿No es acaso esta una gran lección para nosotros, ya que cuando se trata de manifestar nuestra cristiandad solemos hacerlo de manera muy tímida? Hoy, como consecuencia del desplazamiento de multitudes, de tantos migrantes en busca de dignidad humana y de justicia, nos hallamos rodeados de culturas y de confesiones diferentes. Vale la pena destacar con qué convicciones algunos se comprometen hasta el punto de arriesgar su propia vida. Su compromiso va más allá de los signos religiosos que portan, y que causan malestar entre quienes se muestran refractarios a toda práctica religiosa, o entre quienes temen que su fe sea suplantada por otras creencias. Los verdaderos signos son invisibles a los ojos de carne. Se hallan inscritos en las profundidades del alma. Jesús envía a todos los discípulos: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15) «[…] y ¡pobre de mí si no proclamo el Evangelio! (1 Cor, 9, 16)

Los apóstoles vivieron primero nuestra misma fragilidad humana. Cuestionémonos entonces. Oseas nos hace tomar conciencia de nuestra fragilidad: «El cariño que me tienen es como una nube matinal, como el rocío que sólo dura algunas horas.» (Os, 6,4). ¿Cuál es el nivel de mi fe, de mi calidad de apóstol? Pero antes de ejercer su ministerio apostólico, ellos pasaron por una etapa de cuestionamiento, de espera. Ellos soñaban con un reino terrenal. Al igual que los discípulos, tenemos quizás tendencia a encerrarnos, a ponerle seguro a nuestras puertas. ¿Acaso todos los temas que acaparan la atención de nuestro mundo moderno hacen que nosotros también soñemos con un reino terrenal? Es en Jesús en quien encontramos ese deseo vehemente de anunciar, de pasar la llama a quienes se encuentran en nuestro camino.

Simón Pedro dice: «Voy a pescar.» Seguramente, en ese momento no sentía la pasión de irse de pesca. Los otros lo siguen. Un momento de desaliento. Es humano. Es necesario hacer algo para olvidar la reciente desventura, la pérdida de un líder, en fin, para romper la monotonía. Su poca motivación hace que regresen con las manos vacías. «¡Qué lentos son para creer!» Este reproche va dirigido a todos nosotros, como también a los apóstoles. Él les había dicho: «Pero es verdad lo que les digo: les conviene que yo me vaya, porque mientras yo no me vaya el Protector no vendrá a ustedes. Yo me voy, y es para enviárselo.» (Jn 16, 7) «Y cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad.» (Jn 16, 13) Les conviene que Él se vaya para que reciban al Espíritu (pero Jesús envía el Espíritu a través del cual pueden enfrentar los desafíos más amenazadores, aunque les cueste la vida). Un viento de Pentecostés les dio la fuerza y la audacia para anunciar en lenguas que todos podían entender (Hch 2, 1-11).

Cristo resucitado invita a Simón Pedro a manifestar su compromiso «Simón Pedro, hijo de Juan, ¿me quieres?», «Cuida de mis ovejas.». Las Escrituras van dirigidas a todos los depositarios de la Buena Nueva: Jesús está vivo. «La fe que no produce obras está muerta.» (Sant 2, 17). ¿Cuántas veces, como lo hizo con sus discípulos, no nos manifiesta Jesús su presencia amorosa y fraterna a través de medios concretos, a nuestro alcance, como la invitación a comer a orilla del lago? Esto quiere decir que en nuestro compromiso vivimos momentos de reposo, de esparcimiento y de éxito.

Al igual que Cristo, la Iglesia debe emprender un camino que permita conducir a todos los humanos hacia Aquel que nos da vida plena. Nuestro testimonio adquiere credibilidad en función de nuestras convicciones. ¿El gran problema no reside acaso en la ignorancia religiosa en el mundo, o bien en la indiferencia? Es absolutamente indispensable profundizar la fe para poderla transmitir de una mejor manera. Vive en una sociedad que padece toda clase de trastornos. Jesús cumple radicalmente la Pascua: todo está consumado en principio. Su anuncio y su acogida tienen como fin cambiar a la humanidad. Viviendo la Palabra nos identificamos con Jesucristo, y de esta forma nuestro testimonio es verdadero y portador de frutos.

Jesús quiere explicarle a Pedro qué clase de muerte le espera: extender los brazos como Jesús e ir hasta el fin de su misión, para acoger este pasaje que lleva hacia la resurrección, renacer de nuevo, tal como le dice Jesús a Nicodemo. Esta es la verdadera realidad.
Annette Aspirot, sp.

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Reflexión del domingo 28 de abril de 2019

evangelio según San Juan, 20, 19-31

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, y estando cerradas las puertas del lugar donde los discípulos se encontraban por miedo a los Judíos, Jesús vino y se puso en medio de ellos, y les dijo: «Paz a ustedes.» Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Entonces los discípulos se regocijaron al ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «Paz a ustedes; como el Padre Me ha enviado, así también Yo los envío.» Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, éstos les son perdonados; a quienes retengan los pecados, éstos les son retenidos.» Tomás, uno de los doce, llamado el Dídimo (el Gemelo), no estaba con ellos cuando Jesús vino. Entonces los otros discípulos le decían: «¡Hemos visto al Señor!» Pero él les dijo: «Si no veo en Sus manos la señal de los clavos, y meto el dedo en el lugar de los clavos, y pongo la mano en Su costado, no creeré.» Ocho días después, Sus discípulos estaban otra vez dentro (en la casa), y Tomás con ellos. Estando las puertas cerradas, Jesús vino y se puso en medio de ellos, y dijo: «Paz a ustedes.» Luego dijo a Tomás: «Acerca aquí tu dedo, y mira Mis manos; extiende aquí tu mano y métela en Mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» «¡Señor mío y Dios mío!» Le dijo Tomás. Jesús le dijo: «¿Porque Me has visto has creído? Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron.» Y muchas otras señales (milagros) hizo también Jesús en presencia de Sus discípulos, que no están escritas en este libro; pero éstas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo (el Mesías), el Hijo de Dios; y para que al creer, tengan vida en Su nombre.

Reflexión
Qué hermoso mandato esta misión de Pascua, pero qué difícil en un mundo que tiende a no creer en la paz y la reconciliación. En nuestras casas, en nuestras comunidades, en nuestro trabajo, debemos de admitir que no es fácil de mantener un pensamiento de paz frente a otros que solo buscan las peleas, la división y la discordia.

Sin embargo, como cristianos y cristianas, somos portadores del aliento de Cristo, de su Espíritu, de sus valores. Somos “el Cuerpo de Cristo, el Templo del Espíritu…” diría San Pablo, y eso nos lleva a superarnos a nosotros mismo, a buscar vías para no rendirnos a la tentación, tan fácil, responder de la misma manera a aquellos que buscan desequilibrarnos de todas las maneras, hacernos daño en nuestra elección de vivir la paz y difundirla, como Él nos ha pedido.

Creemos y oremos, porque la Pascua es un momento privilegiado en el que cada grupo debe comprometerse a encontrar la frescura del movimiento cristiano en sus orígenes, respetando los carismas de cada uno y la gran diversidad de gracias particulares.

Cristo nos invita a crear con él un mundo nuevo, un mundo de paz, fraternidad y amor.

Buena semana!

Una Hermana de la Providence

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Reflexión del domingo 14 de abril de 2019

evangelio según San Lucas 22, 14-23, 56 (primera parte)
«Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los apóstoles y les dijo: «Yo tenía gran deseo de comer esta Pascua con ustedes antes de padecer. Porque, se lo digo, ya no la volveré a comer hasta que sea la nueva y perfecta Pascua en el Reino de Dios.» Jesús recibió una copa, dio gracias y les dijo: «Tomen esto y repártanlo entre ustedes, porque les aseguro que ya no volveré a beber del jugo de la uva hasta que llegue el Reino de Dios.» Después tomó pan y, dando gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes. (Hagan esto en memoria mía.» Hizo lo mismo con la copa después de cenar, diciendo: «Esta copa es la alianza nueva sellada con mi sangre, que es derramada por ustedes»). Sepan que la mano del que me traiciona está aquí conmigo sobre la mesa. El Hijo del Hombre se va por el camino trazado desde antes. Pero ¡pobre del hombre que lo entrega!» Entonces empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos iba a hacer tal cosa.»
Reflexión:
Hemos elegido hacer una humilde reflexión sobre una parte del Evangelio sugerido para el día domingo 14 de abril.
Cuantas veces nosotros mismos nos hemos reunido para celebrar como hermanos y cristianos las fiestas importantes de nuestro calendario. Es una tradición y hay que seguir cumpliéndola. Jesús, nuestro Maestro hizo lo mismo, reunió su gente más cercana, sus apóstoles, y mesclado a la alegría y al regocijo de la cena de Pascua, Él anunció la traición de uno de los suyos…
Como en la breve vida de Jesús, nuestra vida se va haciendo también de esas inconstancias e incoherencias. Pero frente a todo ello está la coherencia y constancia de Jesús, el Hijo de Dios, el enviado del Padre, empeñado en mostrarnos su amor hasta el final, hasta dar la vida totalmente por nosotros. Dios es obstinado en su amor. No se mueve ni un centímetro y, aunque nosotros digamos que no le conocemos de nada, sigue reconociéndonos como hijos y hermanos, como miembros queridos de su familia.
Ahí está la clave de la celebración de la Semana Santa. Recordamos el amor de Dios por nosotros. Más fuerte que la muerte y, por supuesto, más fuerte que nuestro mismo pecado. El punto clave para entenderlo está en la mirada que lanza Jesús a Pedro cuando éste le ha negado por tercera vez. Fue una mirada llena de cariño. Le conocía bien en su debilidad. Pero no por eso le amaba menos. Hoy esa mirada nos llega a cada uno de nosotros. Nos conoce bien. Por dentro y por fuera. Y nos mira con cariño y amor total.
A la traición Jesús respondió con amor, con su vida, dándonos todo. Lo mismo lo hicieron personas muy importantes en la Congregación de las Hermanas de la Providencia, Madre Emilia, Madre Bernarda, Madre Joseph, dieron su vida, su energía, su salud a aquellos que las necesitaban, como un niño necesita a su madre. Pero también fueron generosas con aquellos que no tan bien se portaron con ellas, pero a todo esto, estas santas mujeres respondieron con perdón y amor, como Jesús.
Agradecemos Señor poder contar con tantos ejemplos llenos de la Divina Luz para reflexionar al comenzar la Semana Santa.
Un grupo de Asociados Providencia

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Reflexión del domingo 07 de abril de 2019

evangelio según San Juan, 8, 1-11

«Jesús, por su parte, se fue al monte de los Olivos. Al amanecer estaba ya nuevamente en el Templo; toda la gente acudía a él, y él se sentaba para enseñarles. Los maestros de la Ley y los fariseos le trajeron una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La colocaron en medio y le dijeron: «Maestro, esta mujer es una adúltera y ha sido sorprendida en el acto. En un caso como éste la Ley de Moisés ordena matar a pedradas a la mujer. Tú ¿qué dices?» Le hacían esta pregunta para ponerlo en dificultades y tener algo de qué acusarlo. Pero Jesús se inclinó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como ellos insistían en preguntarle, se enderezó y les dijo: «Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le arroje la primera piedra.» Se inclinó de nuevo y siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos, hasta que se quedó Jesús solo con la mujer, que seguía de pie ante él. Entonces se enderezó y le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, señor.» Y Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no vuelvas a pecar.»»

Reflexión

En este Evangelio Jesús nos enseña que ante cualquier momento importante de la vida hay que retirarse para orar y fortalecer el espíritu. Frente a los Fariseos Jesús está en paz, tranquilo, él sabe que lo van hacer caer en duda y está preparado: le presentan a una mujer, condenándola por infidelidad, me imagino que su caída fue con un hombre pero los fariseos solo condenan a la mujer y le hablan de la ley.

Entonces Jesús, primero que nada, respeta la dignidad de la mujer y coloca en ella la misericordia, hace suya la vergüenza que la mujer está viviendo, demuestra el respeto a la dignidad de la persona y sin mirarlos les dice que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, hace que estos hombres tengan que mirarse hacia adentro de sus propias vidas y así se fueron descubriendo que cada uno era pecador. Luego levanta la vista Jesús y le pregunta a la mujer: – ninguno te ha condenado? Yo, tampoco, le dice, vete en Paz y no peques más en adelante, Él le devuelve el estado de gracia, ella entonces se sintió limpia, Jesús la había sanado y le dice: -no peques más, o sea, sé digna, sé mujer amada por Dios.

Como Emilia busquemos el camino del perdón, de hacernos perdonar y de perdonar, en total confianza.

Marta Alvear, sp,

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Reflexión del domingo 31 de marzo de 2019

evangelio según San Lucas 15, 1-3. 11-32

«Los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharle. Por esto los fariseos y los maestros de la Ley lo criticaban entre sí: «Este hombre da buena acogida a los pecadores y come con ellos.»  Entonces Jesús les dijo esta parábola:» «Había un hombre que tenía dos hijos. .El menor dijo a su padre: «Dame la parte de la hacienda que me corresponde.» Y el padre repartió sus bienes entre los dos. El hijo menor juntó todos sus haberes, y unos días después, se fue a un país lejano. Allí malgastó su dinero llevando una vida desordenada. Cuando ya había gastado todo, sobrevino en aquella región una escasez grande y comenzó a pasar necesidad. Fue a buscar trabajo, y se puso al servicio de un habitante del lugar que lo envió a su campo a cuidar cerdos.  Hubiera deseado llenarse el estómago con la comida que daban a los cerdos, pero nadie le daba algo. Finalmente recapacitó y se dijo: ¡Cuántos asalariados de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre! Tengo que hacer algo: volveré donde mi padre y le diré: «Padre, he pecado contra Dios y contra ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus asalariados.» Se levantó, pues, y se fue donde su padre. Estaba aún lejos, cuando su padre lo vio y sintió compasión; corrió a echarse a su cuello y lo besó. Entonces el hijo le habló: «Padre, he pecado contra Dios y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo.» Pero el padre dijo a sus servidores: «¡Rápido! Traigan el mejor vestido y pónganselo. Colóquenle un anillo en el dedo y traigan calzado para sus pies. Traigan el ternero gordo y mátenlo; comamos y hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado.» Y comenzaron la fiesta. El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, cuando se acercaba a la casa, oyó la orquesta y el baile. Llamó a uno de los muchachos y le preguntó qué significaba todo aquello. Él le respondió: «Tu hermano ha regresado a casa, y tu padre mandó matar el ternero gordo por haberlo recobrado sano y salvo.» El hijo mayor se enojó y no quiso entrar. Su padre salió a suplicarle. Pero él le contestó: «Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y a mí nunca me has dado un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. Pero ahora que vuelve ese hijo tuyo, que se ha gastado tu dinero con prostitutas, haces matar para él el ternero gordo.» El padre le dijo: «Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero había que hacer fiesta y alegrarse, puesto que tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado.»»

Reflexión:

Hoy se habla de la conversión del hijo pródigo. El hijo menor se había ido y, sin darse cuenta, se había extraviado y había derrochado lo mejor que tenía: el amor de su familia, el cariño de su padre, la seguridad que da el sentirse querido. Creyó que podía vivir por su cuenta. Estaba seguro de que con sus propias fuerzas podría conseguir todo lo que se propusiera. Y se encontró con el fracaso. Menos mal, que hundido en su pena, se dio cuenta de lo que tenía que hacer: volver a la casa de su padre, pedir perdón y trabajo sin pensar en consentimientos.

Al volver, el hijo pródigo prepara unas frases: “Padre, he pecado contra Dios y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo”. Sin embargo, cuando el hijo encuentra a su padre, empieza a decir las frases que tenía pensadas. Pero el padre le corta. Lo que es más importante, no le deja terminar. Y así desaparece la última frase de las que el hijo pródigo tenía preparadas: “Trátame como a uno de tus asalariados”. No sabemos si no la llegó a decir o si el padre no la quiso oír. Porque lo que importa en el encuentro entre el padre y el hijo es la alegría, el gozo del padre. Como si nada hubiera sucedido, el padre pide que se celebre una gran fiesta en la casa. Es la alegría del perdón, del reencuentro. Porque para el padre lo más importante es tener a la familia unida.

Para nosotros, Cuaresma sigue siendo una oportunidad para convertirnos. No hay que preparar muchas frases. Dios se va a alegrar de que volvamos a casa. Va a preparar una fiesta. Todos estamos hechos del mismo “material” humano, No somos dioses. Nuestras limitaciones nos llevan a hacer el mal que no queremos cometer pero que, de vez en cuando, cometemos. Nadie se puede presentar ante Dios con su hoja limpia de pecado. Nadie puede presentarse ante Dios como el erguido fariseo: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres”… que son pecadores. Lo nuestro es como lo del publicano. Reconociendo nuestras faltas y con el corazón dolorido por lo hecho y arrepentidos de verdad, decirle a nuestro Padre Dios: “Ten compasión de este pecador”. Y ya que estamos en dialogo amoroso con nuestro Dios, pedirle también que nos siga regalando su ternura, su amor y las fuerzas necesarias para serle fiel a su amistad.

Gracias Señor por el regalo de pertenecer a la Familia Providencia en estos días especiales de agradecimiento y bendiciones.

Un Asociado Providencia

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Reflexión del domingo 24 de marzo de 2019

evangelio según San Lucas,  13: 1-9

En ese momento algunos le contaron a Jesús una matanza de galileos. Pilato los había hecho matar en el Templo, mezclando su sangre con la sangre de sus sacrificios. Jesús les replicó: « ¿Creen ustedes que esos galileos eran más pecadores que los demás porque corrieron semejante suerte? Yo les digo que no. Y si ustedes no renuncian a sus caminos, perecerán del mismo modo. Y aquellas dieciocho personas que quedaron aplastadas cuando la torre de Siloé se derrumbó, ¿creen ustedes que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Yo les aseguro que no. Y si ustedes no renuncian a sus caminos, todos perecerán de igual modo.» Jesús continuó con esta comparación: «Un hombre tenía una higuera que crecía en medio de su viña. Fue a buscar higos, pero no los halló. Dijo entonces al viñador: «Mira, hace tres años que vengo a buscar higos a esta higuera, pero nunca encuentro nada. Córtala. ¿Para qué está consumiendo la tierra inútilmente?» El viñador contestó: «Señor, déjala un año más y mientras tanto cavaré alrededor y le echaré abono. Puede ser que así dé fruto en adelante y, si no, la cortas.» 

Reflexión:

La libertad y la sabiduría

Este texto es un guía para todos nosotros cristianos y cristianas, un guía de sabiduría, podríamos empezar por preguntarnos ¿qué hacemos con la libertad que Dios nos ofrece? El hecho de que Dios nos libere no quiere decir que automáticamente alcancemos la libertad. Al preso no basta con abrirle la puerta de la cárcel, tiene que levantarse y salir por su propia voluntad de su celda, él tiene que asumir su parte en su propia liberación. O según las palabras de Jesús: “Y si ustedes no renuncian a sus caminos, todos perecerán de igual modo”.  Si ponemos esta palabra en conexión con la parábola final, podemos comprender la inmensa misericordia de Dios que sigue tendiendo su mano salvadora, liberadora, hacia nosotros. El dueño llevaba ya tres años gastando tiempo y dinero en una higuera que no daba fruto. Quiere cortarla, arrancarla y ocupar el terreno en otra cosa. Pero el viñador quiere seguir probando. Piensa que todavía es posible que dé fruto. Sin duda es cuestión de paciencia y trabajo. La misma paciencia que Dios sigue teniendo con nosotros. Hasta que seamos capaces de vivir como hombres y mujeres libres y responsables.

El tiempo de Cuaresma no debe desanimarnos. Es cierto que al mirar a nuestras vidas descubrimos que algunas veces hemos desperdiciado la herencia preciosa que recibimos de nuestros padres y que no vivimos como debiéramos la fe cristiana que nos transmitieron. Pero no es menos cierto que tenemos un Liberador que nos sigue tendiendo su mano para que salgamos de nuestra cárcel. Para que caminemos en libertad, que vivamos en plenitud y que nuestro corazón guarde siempre la esperanza. Estas palabras nos confirman, una vez más, que Dios no abandona a su pueblo. Aunque a veces la vida se nos haga tan dura que así nos lo llegue a parecer.

Unámonos en este tiempo de reflexión y de introspección a todos los cristianos y cristianas a la espera del Reino de Dios.

Una hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 17 de marzo de 2019

evangelio según San Lucas,  9: 28-36

«Unos ocho días después de estos discursos, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y subió a un cerro a orar. Y mientras estaba orando, su cara cambió de aspecto y su ropa se volvió de una blancura fulgurante. Dos hombres, que eran Moisés y Elías, conversaban con él. Se veían en un estado de gloria y hablaban de su partida, que debía cumplirse en Jerusalén. Un sueño pesado se había apoderado de Pedro y sus compañeros, pero se despertaron de repente y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Como éstos estaban para irse, Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno que estemos aquí! Levantemos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Pero no sabía lo que decía. Estaba todavía hablando, cuando se formó una nube que los cubrió con su sombra, y al quedar envueltos en la nube se atemorizaron. Pero de la nube llegó una voz que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escúchenlo.» Después de oírse estas palabras, Jesús estaba allí solo. Los discípulos guardaron silencio por aquellos días, y no contaron nada a nadie de lo que habían visto.»

Reflexión:

Me gustaría empezar mi reflexión con algunas preguntas que me parece que tienen que ver de muy de cerca con el evangelio de esta semana: Ser cristiano, vivir y actuar como tal, ¿es algo que sólo es de fachada o aún cuando voy a misa? ¿Qué significa para mí ser cristiano en el trabajo? ¿Y con mi familia? ¿Qué tendría que cambiar en mi vida para que ser cristiano se transforme en algo más que de un grupo al cual pertenezco?

¿Interesante verdad? Así como lo es el Evangelio y la opción de ser cristianos. La mayoría de las veces la fe nos viene dada por haber nacido en una familia cristiana, y podemos afirmar que la fe pertenece a nuestra herencia cultural, pero es nuestra responsabilidad convertir esa herencia en una realidad viva. Del mismo modo que nuestros ancestros la vivieron y a través de ellos, de su testimonio vital, la hemos recibido, igualmente sólo seremos capaces de entregársela a la próxima generación en la medida en que la fe forme parte de nuestra vida cotidiana.

El Evangelio de hoy nos relata la historia de la transfiguración. El hecho de que Jesús se transfigurara ante los apóstoles pone de manifiesto que aquellos no poseían todavía la fe plena. No eran capaces de verle tal cual era. No eran capaces de verle todavía con los ojos de la fe. Lo veían apenas como un hombre. Un hombre grandioso, por seguro, pero apenas un hombre. Jesús se transfigura delante de ellos para que se den cuenta de quien es. A los apóstoles les queda todavía un largo camino de maduración en la fe, de ir creciendo al lado de Jesús, de aprender a vivir de acuerdo con el Evangelio. Lo mejor de esta historia es que Jesús no les deja solos en ese proceso. Está con ellos, los acompaña, los ayuda, los orienta. Es paciente con sus errores. Cuando caen, los levanta y los anima para que sigan caminando con él. La transfiguración no es más que una etapa en el camino de seguir a Jesús. Suben al monte y luego bajan. Sigue el camino, a veces difícil, pero los apóstoles saben ahora que tienen a Jesús con ellos. Que no les va a abandonar.

Nosotros estamos en una situación parecida. De nuestros padres, de nuestros mayores, hemos recibido una herencia cristiana, una herencia de fe. Fue el mejor tesoro que nos pudieron dar. Nos lo dieron con amor. Ahora es nuestra responsabilidad que esa fe esté viva, que ser cristianos sea algo más que un mero nombre. No siempre es fácil vivir como cristiano. En el trabajo, en casa, con los amigos, con los hijos. A veces surgen problemas. Hay momentos difíciles. Pero sabemos que Jesús siempre está con nosotros. Podemos confiar en él porque nunca nos abandona. En este tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos pide que revitalicemos nuestra fe. Para que nuestra herencia cristiana no sea como ese tesoro que se entierra y no sirve para nada. Para que sea como el campo que trabajado, abonado y regado da muchos frutos de vida para nosotros y para nuestras familias.

Recordémonos de que  ese que vieron lleno de luz y pleno de blancura, es el que en la cruz parecía tener su último destino. No desanimemos, al final vence siempre la vida, el amor y la verdad.

Una hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 10 de marzo de 2019

evangelio según San Lucas (4, 1-13)

Jesús volvió de las orillas del Jordán lleno del Espíritu Santo y se dejó guiar por el Espíritu a través del desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días.

En todo ese tiempo no comió nada, y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan.» Jesús le contestó: «Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan.»

Lo llevó después el diablo a un lugar más alto, le mostró en un instante todas las naciones del mundo y le dijo: «Te daré poder sobre estos pueblos, y sus riquezas serán tuyas, porque me las han entregado a mí y yo las doy a quien quiero. Si te arrodillas y me adoras, todo será tuyo.» Jesús le replicó: «La Escritura dice: Adorarás al Señor tu Dios y a él sólo servirás

A continuación el diablo lo llevó a Jerusalén y lo puso en la muralla más alta del Templo, diciéndole: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, pues dice la Escritura: Dios ordenará a sus ángeles que te protejan; y también: Ellos te llevarán en sus manos, para que tu pie no tropiece en ninguna piedra.» Jesús le replicó: «También dice la Escritura: No tentarás al Señor tu Dios.» Al ver el diablo que había agotado todas las formas de tentación, se alejó de Jesús, a la espera de otra oportunidad.

Reflexión

¿Este inicio de la Cuaresma no es acaso la imagen viva del camino hacia la Pascua, aquella que yo vivo no solo durante cuarenta días, sino desde el día mismo en que fui bautizada puesto que, desde entonces, me comprometí a vivir la misión de Jesús? El tiempo litúrgico de la Cuaresma es un recordatorio, un momento importante en este camino hacia la Pascua, misterio de la muerte y resurrección, que comparte todo cristiano.

En un extraño diálogo se revelan las tentaciones del diablo, quien quiere poner a prueba a Jesús: «Si eres hijo de Dios…» Esta identidad del Hombre-Dios se traduce en mí a través del don de mi bautizo, que me hace Hija de Dios. Yo soy hija de Dios, yo vivo su misión en Iglesia. ¿La maravilla de mi vocación cristiana no es acaso mi razón de ser en la tierra?

Tres opciones le son ofrecidas al Hijo de Dios. La primera experiencia sería para Jesús responder a la tentación de colmarse de bienes terrestres (Manda a esta piedra que se convierta en pan). Con bastante frecuencia vivimos la tentación de Jesús, aquella de saciar nuestra hambre de bienes materiales. Pero Jesús propone un alimento infinitamente superior a aquel que es perecedero: nutrirse de la Palabra de Dios. Esta Palabra en la que se predica la importancia de compartir nuestros bienes materiales con las personas pobres, nuestros valores, nuestros talentos, nuestro tiempo. Muchas de mis hermanas y hermanos de aquí y de otras partes viven en una situación de pobreza material y moral dramática, opuesta a la de quienes viven en la saciedad.

La segunda experiencia sería para Jesús hacer valer su identidad como Dios (Te daré poder sobre estos pueblos, y sus riquezas serán tuyas, porque me las han entregado a mí y yo las doy a quien quiero. Si te arrodillas y me adoras, todo será tuyo.) Jesús se halla revestido de un poder divino, pero acepta ser un humano como nosotros. La humanidad que Jesús quiere vivir es una humanidad fraternal. Los humanos conocen esta tentación de hacerse atribuir más valores de los que en realidad poseen. Sus pretensiones quedan puestas en evidencia. Esta tentación permite satisfacer aquella necesidad sutil de sentirse superior a los demás. Conviene recordar nuestras pobrezas como seres mortales y frágiles que somos, sin olvidar que necesitamos, por encima de todo, la simplicidad de las personas pobres. Confía tu vida únicamente a Dios.

La tercera experiencia sería sobrepasar los límites de la lógica y no cumplir su misión: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, pues dice la Escritura: Dios ordenará a sus ángeles que te protejan.» Pretender conocer la verdad; creerse superhumano, omnipotente, es una actitud de gran arrogancia que no sería digna de Él. Cuando Pedro quiere desviarlo de su misión, Jesús le dice: «¡Apártate y ponte detrás de mí, Satanás! (Marcos 8, 33). Cada día necesito reavivar la llama de mi lámpara. Necesito períodos intensos de oración, como el de la Cuaresma; necesito solidaridad con la Iglesia, con mi Congregación, con mi comunidad local. Si no oro, despojo a mi lámpara de la mecha de fuego que la anima. La oración me permite solidarizarme con gente de todas las culturas, de todas las edades, de todas las fronteras. La oración es la lámpara que guía mi diario transcurrir en este camino hacia la Pascua, es la certeza de una vocación vivida, de una misión cumplida según los designios de Dios.

Hermana Annette Aspirot, sp.

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Reflexión del domingo 03 de marzo de 2019

evangelio según San Lucas 6, 39-45

«Jesús les puso también esta comparación: «¿Puede un ciego guiar a otro ciego? Ciertamente caerán ambos en algún hoyo. El discípulo no está por encima de su maestro, pero si se deja formar, se parecerá a su maestro. ¿Y por qué te fijas en la pelusa que tiene tu hermano en un ojo, si no eres consciente de la viga que tienes en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: »Hermano, deja que te saque la pelusa que tienes en el ojo», si tú no ves la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo para que veas con claridad, y entonces sacarás la pelusa del ojo de tu hermano. No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni tampoco árbol malo que dé frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de los espinos ni se sacan uvas de las zarzas. Así, el hombre bueno saca cosas buenas del tesoro que tiene en su corazón, mientras que el malo, de su fondo malo saca cosas malas. La boca habla de lo que está lleno el corazón.»

Reflexión:

Primeramente me siento muy agradecida de poder contribuir en estas reflexiones de la Familia Providencia. Puedo decir de que  antiguamente pero aún hoy en día, en los pueblos pequeños había que tener mucho cuidado con lo que se hacía y con las apariencias. Todos se sentían con la autoridad necesaria para opinar, juzgar y condenar a los demás por todo lo que les pareciera diferente de lo debido. Y eso a veces a partir de datos mínimos, de hechos accidentales, que en realidad nada tenían que ver con lo que la persona era o vivía.

En la actualidad hacemos eso también con los conocidos, los amigos, los políticos, las estrellas del cine o, en general, con cualquier personaje público. Muchos se atreven a dar consejos con una clarividencia tan absoluta que no entendemos cómo no han conseguido mayores triunfos en su propia vida. Sucede lo que dice el refrán: “Has lo que digo y no lo que yo hago.”. Los refranes no son otra cosa que el reflejo de la sabiduría popular. El Evangelio de hoy nos explica que en las palabras del hombre descubrimos su corazón y lo que hay en él. Es decir, que todas esas críticas y comentarios de que hemos hablado más arriba dicen más de la persona que hace el comentario que de la persona sobre la que se hace el comentario.

Jesús insiste en parecidas ideas. Jesús usa mucho el sentido común. No es extraño porque esa sabiduría popular tiene mucho de experiencia humana profunda. Y esa profundidad no puede estar anclada más que en Dios, que es nuestro creador. En ella Jesús encuentra las raíces de la sabiduría y de la relación del ser humano con Dios.

Me despido con una pregunta:  ¿Tengo valor para mirar a la viga que tengo en mi ojo?

Una hermana de la Providencia

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Evangelio según San Juan 14, 15-16, 23b-26

«Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos, y yo rogaré al Padre y les dará otro Protector que permanecerá siempre con ustedes […]

Si alguien me ama, guardará mis palabras, y mi Padre lo amará. En ton ces vendremos a él para poner nuestra morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras; pero el mensaje que escuchan no es mío, sino del Padre que me ha enviado.

Les he dicho todo esto mientras estaba con ustedes. En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.»

REFLEXIÓN ACERCA DEL EVANGELIO DE JUAN

Jesús resalta la importancia del Amor. El amor, que nos impulsa a actuar bien y de manera justa, es muy importante para nosotros y esencial para tener éxito en esta vida y para llegar al cielo.

Dios, el Padre, nos demostró su inmenso amor cuando envió a su único hijo, Jesús, a la tierra, para sufrir y morir por nosotros.

Jesús vivía siempre una vida de amor cuando salía a enseñar, a sanar, a reconfortar y a ayudar a la gente, con mucha paciencia y cuidado. Incluso cuando sufrió y murió por nosotros. ¡Y ese amor no fue suficiente! Luego, el Padre envió al Espíritu Santo para continuar la obra de Dios de ayudarnos, inspirarnos y guiarnos para practicar el amor, y al hacerlo así cumplir la santa voluntad de Dios, para finalmente alcanzar la salvación y permanecer en unión con la Santa Trinidad, en el Cielo.

Pat Nex ( AP, Calgary, Alberta)

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Reflexión del domingo 17 de febrero de 2019

evangelio según San Lucas (6,17.20-26)

« Jesús bajó con ellos y se detuvo en un lugar llano. Había allí un grupo impresionante de discípulos suyos y una cantidad de gente procedente de toda Judea y de Jerusalén, y también de la costa de Tiro y de Sidón. Habían venido para oírlo y para que los sanara de sus enfermedades. El, entonces, levantó los ojos hacia sus discípulos y les dijo: “Felices ustedes los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados. Felices ustedes, los que lloran, porque reirán. Felices ustedes, si los hombres los odian, los expulsan, los insultan y los consideran unos delincuentes a causa del Hijo del Hombre. Alégrense en ese momento y llénense de gozo, porque les espera una recompensa grande en el cielo. Recuerden que de esa manera trataron también a los profetas en tiempos de sus padres. Pero ¡pobres de ustedes, los ricos, porque tienen ya su consuelo! ¡Pobres de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque después tendrán hambre! ¡Pobres de ustedes, los que ahora ríen, porque van a llorar de pena! ¡Pobres de ustedes, cuando todos hablen bien de ustedes, porque de esa misma manera trataron a los falsos profetas en tiempos de sus antepasados!»

Reflexión:

Hoy, dejándonos guiar por el Evangelio, muy especialmente nos preguntamos:        ¿Quiénes son, cerca de nosotros, los pobres, los que pasan hambre, los que lloran? ¿Qué hacemos en nuestra comunidad para que se sientan los amados y preferidos de Dios? ¿Qué podríamos hacer?

Seguro nos cuesta responder estas preguntas fácilmente, sin embargo, sabemos de qué cuestionarnos hace parte de la solución.

Claramente Jesús nos dice que los que confían demasiado en sí mismos, en el poder del hombre, no tienen mucho futuro. Parece ser que están condenados al sufrimiento y a la muerte. Confían en sí mismos porque son ricos, porque comen en abundancia, porque se deleitan y porque pareciera que todos hablan bien de ellos. En el lado opuesto están los que son declarados “bienaventurados” o “felices” por Jesús.

Además, Jesús no dice dichosos los pobres que confían en Dios. Dice simplemente “Dichosos los pobres” y “los que tienen hambre” y “los que lloran”. Sin más. No es necesario ningún título más para merecer ser declarados “bienaventurados” por Jesús y recibir la promesa del Reino. Sólo la última de las bienaventuranzas se refiere a los discípulos de Jesús, a los que serán perseguidos por causa de su nombre. Esos también son “bienaventurados”.

El amor y la misericordia de Dios son para todos. Precisamente por eso se manifiesta, en primer lugar, a aquellos que no tienen nada, a los que les ha tocado la peor parte en este mundo. A ellos se dirige preferentemente el amor de Dios. A ellos les tenemos que amar preferentemente los cristianos porque son los “bienaventurados” de Dios. Porque son nuestros hermanos pobres y abandonados. Nosotros confiamos en que en el Reino nos encontraremos todos, ellos y nosotros, compartiendo la mesa de la “bienaventuranza”.

Feliz semana de reflexión a todos.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 10 de febrero de 2019

evangelio según San Lucas, 5:1-11

Cierto día la gente se agolpaba a su alrededor para escuchar la palabra de Dios, y él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret. En eso vio dos barcas amarradas al borde del lago; los pescadores habían bajado y lavaban las redes. Subió a una de las barcas, que era la de Simón, y le pidió que se alejara un poco de la orilla; luego se sentó y empezó a enseñar a la multitud desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: «Lleva la barca mar adentro y echen las redes para pescar.» Simón respondió: «Maestro, por más que lo hicimos durante toda la noche, no pescamos nada; pero, si tú lo dices, echaré las redes.» Así lo hicieron, y pescaron tal cantidad de peces, que las redes casi se rompían. Entonces hicieron señas a sus asociados que estaban en la otra barca para que vinieran a ayudarles. Vinieron y llenaron tanto las dos barcas, que por poco se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrodilló ante Jesús, diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador.» Pues tanto él como sus ayudantes se habían quedado sin palabras por la pesca que acababan de hacer. Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas; en adelante serás pescador de hombres.» En seguida llevaron sus barcas a tierra, lo dejaron todo y siguieron a Jesús

Reflexión

Como nosotros, cristianos y cristianas del siglo XXI, los discípulos no se contentaron con seguir al maestro para escucharlo, sino que se asociaron con él, se convirtieron en sus colaboradores. Incluso si la tarea parecía desmesurada, era necesario continuar lanzando las redes. Estamos frente al misterio extraordinario de nuestra colaboración en la obra de Dios: no podemos hacer nada sin Dios, sin embargo, Dios no quiere hacer nada sin nosotros.

Nos pide sobre todo tener fe y estar dispuestos. Todo comenzó porque Pedro se mostró confiado: «Maestro, por más que lo hicimos durante toda la noche, no pescamos nada; pero, si tú lo dices, echaré las redes.» A ese maestro que acababa de escuchar hablar con la muchedumbre por un largo tiempo, le tuvo confianza, lo suficiente para escucharlo, lo suficiente para intentar nuevamente de pescar; después del milagro, ya no le decía «Maestro», le decía «Señor», el nombre que era reservado para Dios, está listo para escuchar el llamado: para arriesgarse en este nuevo tipo de pesca que Jesús le proponía, hay que reconocerlo como el Señor.

Gracias a la generosidad de Isaías que aceptó ser un mensajero, gracias a la generosidad de Pedro y de sus compañeros que dejaron todo para seguir a Jesús, gracias a la generosidad de Pablo que, después del camino a Damasco, consagró el resto de su vida para dar testimonio sobre Cristo resucitado, ahora somos nosotras, quienes estamos acá; la palabra de Cristo todavía nos suena al oído: ««Lleva la barca mar adentro y echen las redes…» Ahora nos toca a nosotras responder: «…si tú lo dices, echaré las redes.»  Tengamos entonces fe y aceptemos lanzar nuestras redes, para que la pesca sea milagrosa, solo basta creer en Él.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 03 de febrero de 2019

evangelio según San Lucas, 4, 21-30

Y empezó a decirles: «Hoy se cumplen estas palabras proféticas y a ustedes les llegan noticias de ello.» Todos lo aprobaban y se quedaban maravillados, mientras esta proclamación de la gracia de Dios salía de sus labios. Y decían: «¡Pensar que es el hijo de José!» Jesús les dijo: «Seguramente ustedes me van a recordar el dicho: Médico, cúrate a ti mismo. Realiza también aquí, en tu patria, lo que nos cuentan que hiciste en Cafarnaúm.» Y Jesús añadió: «Ningún profeta es bien recibido en su patria. En verdad les digo que había muchas viudas en Israel en tiempos de Elías, cuando el cielo retuvo la lluvia durante tres años y medio y una gran hambre asoló a todo el país. Sin embargo Elías no fue enviado a ninguna de ellas, sino a una mujer de Sarepta, en tierras de Sidón. También había muchos leprosos en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio. Todos en la sinagoga se indignaron al escuchar estas palabras; se levantaron y lo empujaron fuera del pueblo, llevándolo hacia un barranco del cerro sobre el que está construido el pueblo, con intención de arrojarlo desde allí. Pero Jesús pasó por medio de ellos y siguió su camino. »

Reflexión:

Jesús, está claro, es nuestro salvador, pero también es un profeta. Sin embargo,  no es de esos a los que estamos acostumbrados. Es muy diferente. No hace ruido. No entra en nuestra vida con gritos ni gesticulaciones. Apenas unas palabras sencillas. En el Evangelio, continuación del domingo pasado, hace una de las homilías más breves de la historia. No hace más que recoger lo que ha leído en un texto del profeta Isaías y decir que todo eso ya se ha cumplido. Era un texto que hablaba de liberación para los oprimidos, de consolación para los afligidos, de salud para los enfermos, de libertad para todos. Era el anuncio de la buena nueva de Dios.

Ése es el centro del mensaje del profeta Jesús. Como se ve, no contiene amenazas sino una invitación a vivir en el amor. No habla de un futuro tenebroso sino de un presente lleno de luz y de sentido. En el amor descubrimos la presencia de Dios cerca de nosotros. En el amor se nos hace transparente que los que nos rodean son nuestros hermanos y hermanas, aunque a veces nos parezca que actúan como si no lo fueran. En el amor, la vida se nos hace más vivible y somos más felices. Lo curioso es que la reacción ante el mensaje de Jesús fue de total oposición. Si les hubiese amenazado con el diluvio final, posiblemente le hubiesen escuchado más. Pero el mensaje de Jesús desubicaba a la gente, les invitaba demasiado a cambiar de vida. Nosotros somos hoy a la vez oyentes del mensaje de Jesús y portavoces para el mundo. Con nuestra vida demostraremos que vivir el amor abre un futuro mejor para la humanidad y para el mundo.

Así lo hicieron Emilia y Bernarda, también Madre Joseph del Sagrado Corazón, ellas siguieron el camino de luz y de esperanza que se les presentaba Jesús. Lo mismo se lo deseo para todos nosotros.

Les deseo una muy linda semana de paz al seguir el camino de Jesús.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 27 de enero de 2019

evangelio según San Lucas 1,1-4; 4,14- 21

Ilustre Teófilo:

Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido. En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan. Fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el Libro del Profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.» Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba, y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: –Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.

Reflexión:

Nosotros estamos absolutamente seguros de que Jesús es el profeta definitivo de la historia del cristianismo, por esto somos cristianos y seguimos sus pasos y enseñanzas. Nuestra fe en Él nos hace perseverar, luchar contra las injusticias, combatir las dificultades, cuidar de los más débiles, en fin, nos convierte en personas mejores. Así también Lucas nos lo presenta  en ese episodio de la sinagoga del evangelio de hoy: dando la gran noticia de un tiempo nuevo, de un tiempo definitivo en que aquellos que estaban excluidos del mensaje de salvación de Dios, son en realidad los primeros beneficiarios de esa buena nueva.

Admirablemente, Jesús elige un texto que no habla de normas ni de leyes. Habla más bien de Él mismo y de su misión. Jesús se sirve de un texto del profeta Isaías para explicar a sus conterráneos, y de paso también a nosotros, cuál es el contenido de su misión, por qué está predicando por los pueblos y los caminos de Galilea. Es que Jesús se siente dominado, poseído, por el Espíritu de Dios. Ese espíritu no hace de Él alguien superior a los demás. No le convierte en un rey que, como otros reyes de la tierra, se vale de su autoridad para dominar, oprimir y esclavizar. Él ha sido enviado para anunciar la buena nueva a los pobres, liberar a los cautivos y devolver la vista a los ciegos. Ésa es su misión.

El Dios de Jesús, no ama a un pueblo excluyendo a los otros, sino que su proyecto es un proyecto universal de salvación para todas las personas. Por eso su mensaje es evangelio, buena nueva. Lo importante está dicho: en Galilea, Jesús profeta, rompiendo el silencio de Nazaret, nos trae la buena nueva a todos los que la anhelamos, aunque seamos pecadores. Nadie está excluido de la salvación de Dios.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 20 de enero de 2019

evangelio según San Juan 2, 1-12

«Tres días más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos. Sucedió que se terminó el vino preparado para la boda, y se quedaron sin vino. Entonces la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino.» Jesús le respondió: «Mujer, ¿por qué te metes en mis asuntos? Aún no ha llegado mi hora.» Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan lo que él les diga.» Había allí seis recipientes de piedra, de los que usan los judíos para sus purificaciones, de unos cien litros de capacidad cada uno. Jesús dijo: «Llenen de agua esos recipientes.» Y los llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, les dijo, y llévenle al mayordomo.» Y ellos se lo llevaron. Después de probar el agua convertida en vino, el mayordomo llamó al novio, pues no sabía de dónde provenía, a pesar de que lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua. Y le dijo: «Todo el mundo sirve al principio el vino mejor, y cuando ya todos han bebido bastante, les dan el de menos calidad; pero tú has dejado el mejor vino para el final.» Esta señal milagrosa fue la primera, y Jesús la hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él. Jesús bajó después a Cafarnaún con su madre, sus hermanos y sus discípulos, y permanecieron allí solamente algunos días.»

Reflexión:

El relato de las bodas de Caná nos he presentado como el primer milagro que Jesús hace en este evangelio y que anuncia todo aquello que Él realizará en su existencia. Además, la celebración de una boda es uno los momentos más dichosos en las familias. Supone en la vida de la familia el comienzo de una nueva etapa. Un hombre y una mujer dejan sus familias para formar una nueva. No es motivo para estar tristes sino lo contrario. La familia se agranda y, lo más importante, se abre a la vida. El casamiento de uno de los hijos o hijas significa que vendrán nuevos miembros a enriquecer la vida de la familia. Al casarse uno de sus miembros, la familia entera celebra que la vida no se termina sino que se abre al futuro con esperanza.

No es casualidad que Jesús comience su vida pública participando en una boda y aumentando la alegría de los participantes. Además, según la opinión del mayordomo, es el vino mejor. La presencia de Jesús trae a la boda, la fiesta humana por excelencia, la fiesta de la vida, la presencia del vino mejor. Es la mejor bendición para la vida y el amor que celebraban aquellas familias. El vino mejor es el signo de que la vida que nos trae Jesús vence a la muerte.

Las bodas, la alegría, el vino mejor, todos son signos que nos hablan de que el encuentro entre Dios y la humanidad que se produce en Jesús es el encuentro con la verdadera Vida, con la que no se termina; es el encuentro que dará lugar a la familia definitiva, en la que todos nos reconoceremos como hermanos y hermanas reunidos en la mesa del Padre, Dios, allá donde no habrá más muerte ni tristeza. Como en las bodas, esta celebración no es más que el comienzo de una nueva familia. No es todavía más que una promesa, pero una promesa de vida en plenitud. Vivir en cristiano es vivir en esperanza y en alegría.

Esperanza y alegría para todas las familias es lo que deseamos para el año 2019.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 13 de enero de 2019

evangelio según San Lucas (3, 15-16.21-22)

«El pueblo estaba en la duda, y todos se preguntaban interiormente si Juan no sería el Mesías, por lo que Juan hizo a todos esta declaración: «Yo les bautizo con agua, pero está para llegar uno con más poder que yo, y yo no soy digno de desatar las correas de su sandalia. El los bautizará con el Espíritu Santo y el fuego.»

Un día fue bautizado también Jesús entre el pueblo que venía a recibir el bautismo. Y mientras estaba en oración, se abrieron los cielos: el Espíritu Santo bajó sobre él y se manifestó exteriormente en forma de paloma, y del cielo vino una voz: «Tú eres mi Hijo, hoy te he dado a la vida.»»

Reflexión:

Este pasaje reviste gran importancia para la comunidad cristiana. El Espíritu Santo se presenta solemnemente para dar fe de la divinidad de Jesús en el momento en que, como un ser normal, realiza el gesto sacramental de hacerse bautizar por Juan. Así, en el transcurso de su vida, Jesús solo demuestra su grandeza en la humildad de sus actos y de sus palabras. Qué profunda lección para nosotras que vemos las cosas de manera tan diferente. Seguir a Cristo es optar por el camino de la humildad, es decir, el camino de la verdad. Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nos enseña la verdad de nuestro ser.  Manchadas por el pecado, pero purificadas por el bautizo, oscilamos entre estos dos tentadores extremos que son el mal y la santidad, y ello lo vivimos en lo más simple de nuestra cotidianidad. A cada paso que damos podemos optar por Dios, y por su amor, o bien podemos rechazarlo. Siguiendo los pasos de Jesús tenemos la certeza de seguir un camino que, aunque estrecho y pedregoso, nos ha de llevar a la vida eterna, a la felicidad verdadera.

En este nuevo año de paz y de esperanza, dejemos que la luz de Cristo nos guíe, al igual que lo hiciera nuestra fundadora Emilia Gamelin. ¡Feliz Año!

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 06 de enero de 2019

evangelio según San Mateo 2, 1-12

«Jesús había nacido en Belén de Judá durante el reinado de Herodes. Unos Magos que venían de Oriente llegaron a Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el rey de los judíos recién nacido? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo.» Herodes y toda Jerusalén quedaron muy alborotados al oír esto.  Reunió de inmediato a los sumos sacerdotes y a los que enseñaban la Ley al pueblo, y les hizo precisar dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judá, pues así lo escribió el profeta:  Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres en absoluto la más pequeña entre los pueblos de Judá, porque de ti saldrá un jefe, el que apacentará a mi pueblo, Israel.

Entonces Herodes llamó en privado a los Magos, y les hizo precisar la fecha en que se les había aparecido la estrella.  Después los envió a Belén y les dijo: «Vayan y averigüen bien todo lo que se refiere a ese niño, y apenas lo encuentren, avísenme, porque yo también iré a rendirle homenaje. » Después de esta entrevista con el rey, los Magos se pusieron en camino; y fíjense: la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño. ¡Qué alegría más grande: habían visto otra vez la estrella!  Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y le adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra. Luego se les avisó en sueños que no volvieran donde Herodes, así que regresaron a su país por otro camino.»

Reflexión:

Si se quiere considerar este acontecimiento de manera positiva, conviene retener las siguientes ideas:

  • «Jesús había nacido en Belén de Judá.»
  • «Unos Magos […] llegaron a Jerusalén […].»
  • «Porque hemos visto su estrella.»
  • «Venimos a adorarlo.»
  • «¡Qué alegría más grande: habían visto otra vez la estrella!»
  • «[…] así que regresaron a su país por otro camino.»

En este bello periodo litúrgico se puede hacer una selección de algunos de estos pasajes para tener mente positiva:

  • «¡Qué alegría más grande: habían visto otra vez la estrella!»
  • «[…] así que regresaron a su país por otro camino.»

Así, se puede conservar y saborear la «alegría más grande» de haber visto al niño.

¿A través de qué, o bajo qué óptica, queremos ver nuestra vida, a los otros y los diferentes acontecimientos, para que podamos gozar de una gran alegría?

MC, s.p.

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Reflexión del domingo 30 de diciembre de 2018

evangelio según San Lucas 2, 41-52

Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua.  Cuando Jesús cumplió los doce años, subió también con ellos a la fiesta, pues así había de ser.  Al terminar los días de la fiesta regresaron, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supieran.

Seguros de que estaba con la caravana de vuelta, caminaron todo un día. Después se pusieron a buscarlo entre sus parientes y conocidos.  Como no lo encontraran, volvieron a Jerusalén en su búsqueda.  Al tercer día lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los maestros de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas.  Todos los que le oían quedaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas.

Sus padres se emocionaron mucho al verlo; su madre le decía: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo hemos estado muy angustiados mientras te buscábamos.» El les contestó: «¿Y por qué me buscaban? ¿No saben que yo debo estar donde mi Padre?»  Pero ellos no comprendieron esta respuesta.

Jesús entonces regresó con ellos, llegando a Nazaret. Posteriormente siguió obedeciéndoles. Su madre, por su parte, guardaba todas estas cosas en su corazón.

Mientras tanto, Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia, ante Dios y ante los hombres.

 

Reflexión de dos Hermanas de la Providencia : una de nuestras centenarias (102 años), Hermana Anne-Marie Tremblay, y nuestra profesa más joven Hermana Francine Blanc.

Leyendo el pasaje, me vino a la mente una comparación. En la parroquia donde nací, la Sagrada Familia revestía una importancia particular. En cada hogar había una imagen de ella y con ocasión de la Fiesta de la Sagrada Familia, un domingo, se llevaba a cabo la bendición de los niños. Ese día en la iglesia no se veían muchas cabezas blancas, puesto que las familias tenían fácilmente 10, 12 o 14 hijos, y entonces había mucha gente.

En este pasaje del Evangelio que habla de la Sagrada Familia, es de suponer que José y María estaban muy inquietos puesto que llevaban tres días buscando a Jesús. Cuando lo encontraron en el templo, vieron que la gente estaba asombrada de ver a un niño haciendo preguntas. Yo creo que la gente estaba sorprendida de ver a ese niño de 12 años tan brillante. Pero sus padres debían estar angustiados y le preguntaron a Jesús: «… ¿por qué nos has hecho esto?» Y Él les respondió: «¿Y por qué me buscaban? ¿No saben que yo debo estar donde mi Padre?»

Cuando todos regresaron a Nazaret, Jesús tenía una actitud sumisa, pero yo creo que seguramente les contó lo que había hecho, tal como le habríamos contado a nuestros padres lo acontecido en un día especial.

Hermana Anne-Marie Tremblay

Buenos días mis hermanas:

En este año jubilar en el que celebramos el 175.o aniversario de la fundación de nuestra Comunidad, el legado de madre Gamelin y de monseñor Bourget, leo el pasaje de Lucas 2, 41-52, en el cual los padres de Jesús, quienes lo buscaban por todas partes sin encontrarlo pensando que estaba con sus compañeros de ruta, tuvieron que regresar a Jerusalén, donde finalmente lo encuentran. Para nosotras, que estamos de celebración, esta es la mejor ocasión para dar una mirada hacia atrás y adentrarnos en lo más profundo en busca de nuestros héroes, madre Gamelin y monseñor Bourget. Jerusalén es la fuente de nuestra Misión, de nuestra espiritualidad. Mis queridas hermanas, siempre debemos regresar a Jerusalén para encontrar a nuestro salvador. Apresurémonos por este amor. Oremos por que siempre tengamos este deseo de ir hacia adelante, de adaptarnos a nuestra realidad sin olvidar cuál es su fuente. ¡Gracias!

Hermana Francine Blanc

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Reflexión del domingo 23 de diciembre de 2018

evangelio según San Lucas 1, 39-45

«Por entonces María tomó su decisión y se fue, sin más demora, a una ciudad ubicada en los cerros de Judá.

Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: «¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!

¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor?

Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!»»

Reflexión:

En este cuarto domingo de adviento y a ad portas de Navidad, el Señor nos regala un hermoso texto bíblico, dónde vemos a María, alegre y gozosa, porque sabe que en su vientre crece la vida, vida que es fruto del Espíritu Santo y que es para toda la humanidad.

Es tan grande el amor y el gozo que siente María, que no es capaz de quedarse tranquila, encerrada en casa esperando que su bebé nazca, sino que, necesita ponerse inmediatamente en camino para ir al encuentro con su prima Isabel, a quien no solo va a ayudarle con las labores de la casa, sino que, le lleva a Dios mismo. Por eso, al entrar María en la casa de Zacarías, Juan saltó de alegría en las entrañas de su madre e  Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: ¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”, dichosa tú la creyente, la que me muestra el Espíritu Santo, es decir, la que me habla de Dios, no solo con sus palabras, sino con su vida.

Este texto me invita a recordar y dar gracias a Dios por todas aquellas mujeres, que al igual que María, salieron a nuestro encuentro para darnos a conocer a Dios, y ayudarnos a descubrir el regalo de la fe, con sus palabras y testimonios de vida, como lo hicieran   Emilia, Bernarda, Joseph, nuestras abuelitas, mamás, hermanas y tantas mujeres, llenas del Espíritu Santo, que nunca quedaron indiferentes frente a las necesidades de sus hermanos y que al igual que María fueron, capaces de escuchar la voz de Dios en los gritos de los pobres y salir aprisa al encuentro de la vida, portando vida.

Hoy más que nunca el mundo necesita mujeres alegres, plenas de Dios, portadoras y defensoras de la vida, de la fe y de la esperanza, mujeres contemplativas y proféticas, siempre listas para ponerse en camino e ir al encuentro de nuestras hermanas, de nuestros hermanos y de la creación entera.

Nuestro servicio y entrega no pueden ser estériles, sino que tienen que estar fecundos de amor, amor que porta la vida y esa vida es Dios, y es un Dios que no es para unos pocos, sino que es para toda la humanidad. Seamos siempre el rostro amoroso y alegre de la Providencia; y procuremos que en todos los rincones de nuestro planeta realmente nazca Dios.

Nancy Arévalo, sp

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Reflexión del domingo 16 de diciembre de 2018

evangelio según San Lucas 3, 10-18

La gente le preguntaba: «¿Qué debemos hacer?» El les contestaba: «El que tenga dos capas, que dé una al que no tiene, y el que tenga de comer, haga lo mismo.» Vinieron también cobradores de impuestos para que Juan los bautizara. Le dijeron: «Maestro, ¿qué tenemos que hacer?» Respondió Juan: «No cobren más de lo establecido.» A su vez, unos soldados le preguntaron: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?» Juan les contestó: «No abusen de la gente, no hagan denuncias falsas y conténtense con su sueldo.» El pueblo estaba en la duda, y todos se preguntaban interiormente si Juan no sería el Mesías, por lo que Juan hizo a todos esta declaración: «Yo les bautizo con agua, pero está para llegar uno con más poder que yo, y yo no soy digno de desatar las correas de su sandalia. El los bautizará con el Espíritu Santo y el fuego. Tiene la pala en sus manos para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en sus graneros, mientras que la paja la quemará en el fuego que no se apaga.» Con estas instrucciones y muchas otras, Juan anunciaba la Buena Nueva al pueblo.

Reflexión:

Aquí tenemos un pasaje del Evangelio que es bastante apropiado para el tiempo de Adviento, el tiempo antes de la llegada de nuestro santo Salvador. Sin embargo, también lo veo como un resumen de cómo debemos ser nosotros cristianos y cristianas, seguidores de Cristo, personas de compasión y bondad.

Si es cierto que el Adviento nos prepara para el cumpleaños de Jesús y su llegada al final de los tiempos, también es cierto que este tiempo está asociado con la conversión, es decir, un cambio radical de nuestros valores, nuestras actitudes y nuestro modo de vivir. Porque incluso, si la fe vive en nosotros, nuestra apertura hacia los demás, los que seguimos a Jesús de Nazaret, sigue siendo nuestro punto común. Es decir, vivimos en alianza con él que pronto nacerá en los corazones de todos nosotros.

La conversión todavía puede parecer fácil. Juan solo pide cosas simples y concretas. Pero al intentar veremos que cambiar nuestra vida es muy difícil para nosotros. Para hacerlo se requiere un acto de Dios así como un acto humano. Para describir la acción de Dios, Juan Bautista usa tres imágenes: agua, viento y fuego. El Espíritu de Dios quiere empujarnos como un viento tormentoso en el que estamos inmersos, como un fuego que quema y limpia todas nuestras manchas. Esto es lo que nos ofrece el sacramento de la Penitencia de la Navidad, tenemos la oportunidad de vivirlo antes de las Fiestas. Que Él nos guíe en este pasaje hacia la verdadera felicidad, en el camino de la paz del corazón.

Escuchemos hoy Su palabra, que nos impulsa a compartir nuestros bienes y a respetar la justicia y la dignidad de todos. Preparémonos para recibir a Aquel que viene a salvarnos y que volverá «a juzgar a los vivos y a los muertos».

¡Feliz tiempo de Adviento!

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 09 de diciembre de 2018

evangelio según San Lucas 3 :1-6

“Era el año quince del reinado del emperador Tiberio. Poncio Pilato era gobernador de Judea, Herodes gobernaba en Galilea, su hermano Filipo en Iturea y Traconítide, y Lisanias en Abilene; Anás y Caifás eran los jefes de los sacerdotes. En este tiempo la palabra de Dios le fue dirigida a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto.

Juan empezó a recorrer toda la región del río Jordán, predicando bautismo y conversión, para obtener el perdón de los pecados. Esto ya estaba escrito en el libro del profeta Isaías: Oigan ese grito en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos. Las quebradas serán rellenadas y los montes y cerros allanados. Lo torcido será enderezado, y serán suavizadas las asperezas de los caminos. Todo mortal entonces verá la salvación de Dios. »

 

Juan Bautista prepara el camino al Señor

El Adviento es un tiempo de gracia, de luz, de santa espera. Un tiempo repleto de esperanza que llena nuestros corazones de alegría.

Con todo, si el Adviento es un tiempo para prepararse para el Señor, para que todo mortal vea «la salvación de Dios”, la manera de estar preparados es de tratar a la gente honestamente utilizando el poder con justicia. En nuestras vidas, debemos tener cuidado de no dejarnos comer por las estructuras y sus necesidades. Éstas son metas dignas, pero no son el centro de nuestra vida espiritual. La meta final es preparar corazones para que reciban al Señor, una meta difícil de medir. Mientras que construimos edificios e implementamos programas, debemos recordar que la obra verdaderamente importante de la iglesia toma lugar a este nivel menos visible, más difícil de medir… y ésa es la obra del Espíritu.

El Adviento nos hace bajar de las alturas, nos hace salir del silencio de nuestros cuartos y capillas, de nuestras iglesias y rituales. Nos invita a ir a la calle, a mezclarnos con la gente, a estar con los pobres, los preferidos del Señor.  Este tiempo nos recuerda que ahí es donde encontramos a Dios. El primer sacramento, el más auténtico y real de todos, es la persona humana. Cualquier persona humana es signo y presencia de Dios. Cuando Dios escogió acercarse a nosotros, lo hizo asumiendo un rostro concreto, el de Jesús y desde entonces, cualquier rostro, y quizá con más fuerza, los más sufridos, los más dañados, los más sufrientes. Este es el sacramento de la presencia de Dios entre nosotros. Hoy, aquí y ahora, volvemos la mirada a nuestros hermanos y hermanas y descubrimos que Jesús, el que viene, da sentido a nuestro compromiso por hacer un mundo más justo y más fraterno.

Unámonos en estos tiempos de dulce espera con alegría y corazón abierto.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 02 de diciembre de 2018

evangelio según San Lucas (21,25-28.34-36)

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y por toda la tierra los pueblos estarán llenos de angustia, aterrados por el estruendo del mar embravecido. La gente se morirá de espanto con sólo pensar en lo que va a caer sobre la humanidad, porque las fuerzas del universo serán sacudidas. Y en ese preciso momento verán al Hijo del Hombre viniendo en la Nube, con gran poder e infinita gloria. Cuando se presenten los primeros signos, enderécense y levanten la cabeza, porque está cerca su liberación. Cuiden de ustedes mismos, no sea que una vida materializada, las borracheras o las preocupaciones de este mundo los vuelvan interiormente torpes y ese día caiga sobre ustedes de improviso, pues se cerrará como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra. Por eso estén vigilando y orando en todo momento, para que se les conceda escapar de todo lo que debe suceder y estar de pie ante el Hijo del Hombre. »

Reflexión:

Empezamos el período del Adviento, comenzamos a prepararnos para Navidad, tiempo que todos, cristianos y cristianas nos disponemos para celebrar el nacimiento de Jesús, el Salvador. La espera de la celebración del nacimiento se nos mezcla con la esperanza de que el Señor Jesús venga definitivamente a nuestros corazones y a nuestro mundo.

Todo cristiano vive en su interior la certeza de que cree en Jesús, su fe es profunda, pero a menudo somos incapaces de llevar a la práctica, de una forma total, esa fe que tenemos. Porque creemos que Jesús, al resucitar, nos ha liberado de la muerte, pero nosotros todavía tenemos que pasar por ese camino. Y hay demasiado dolor y sufrimiento en este mundo. Por todo ello deseamos vivamente que se cumpla la palabra de Jesús, que su reino llegue a nosotros. De nuestro corazón sale continuamente un “¡Ven, Señor Jesús!”. Eso es vivir en la esperanza.

En el Evangelio de hoy resuena todavía el eco de los anuncios apocalípticos que escuchábamos hace pocos domingos, pero hay un mensaje nuevo que cierra el ciclo y da sentido a todo lo que se ha dicho en esos mensajes: “enderécense y levanten la cabeza, porque está cerca su liberación”. De esa forma la esperanza supera al temor.

Una vez más es el amor la característica que ha de llenar la vida del cristiano. Su esperanza se ha de manifestar en una capacidad especial de amar a los que viven cerca de él. Porque el que espera a un Dios que es amor y reconciliación vive ya bajo la ley del amor y de la reconciliación. Si no es así, es que su esperanza no es auténtica.

De esta forma nos preguntamos ¿Cómo podríamos irnos preparando para la celebración del nacimiento de Jesús? ¿Qué signos de esperanza podríamos ofrecer en nuestra comunidad, familia o parroquia?

La luz que emana del Adviento la debemos alumbrar para poder preparar la Navidad, esta luz, es la luz del amor que brilla en todos los corazones. Esta misma luz destruye nuestro egoísmo, nuestros prejuicios y nuestras limitaciones, haciendo resplandecer nuestras vidas y nuestros corazones. La luz de un pequeñito que viene a conocernos, recibiéndonos con los brazos abiertos.

La sociedad de consumo se ha acomodado rápido de estos sentimientos puros para transformarlos en ventas, pero está en nosotros, cristianos, cristianas de rescatarlos y hacerlos billar como se debe.

Qué la espera del Niño Jesús nos llene los corazones del amor verdadero.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 25 de noviembre de 2018

evangelio según San Juan 18, 33b-37

Pilato volvió a entrar en el palacio, llamó a Jesús y le preguntó: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» Jesús le contestó: «¿Viene de ti esta pregunta o repites lo que te han dicho otros de mí?». Pilato respondió: «¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los jefes de los sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?». Jesús contestó: «Mi realeza no es de este mundo. Si fuera rey como los de este mundo, mis guardias habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reinado no es de acá.». Pilato le preguntó: «Entonces, ¿tú eres rey?» Jesús respondió: «Tú lo has dicho: yo soy Rey. Doy testimonio de la verdad, y para esto he nacido y he venido al mundo. Todo el que está del lado de la verdad escucha mi voz.»

Reflexión:

Estamos a las puertas del Adviento, y el año litúrgico se termina con la fiesta del Cristo Rey, soberano del universo. Se trata de un reino eterno, un reino que se extiende a lo largo del tiempo, en la Gloria de Dios. Tenemos costumbre de levantar los ojos para ver mejor al rey de reyes y sin embargo deberíamos bajarlos para contemplar el rostro del rey del universo. El único trono que nos a dado para ver, contemplar y adorar al rey del universo, es la cruz de Cristo.

La gloria y el esplendor del reino de Jesús se revelan por su muerte en la cruz. Este es el sentido del evangelio de este día con el paso de Jesús ante Pilato. La grandeza de Cristo se extiende desde la creación del mundo hasta su realización, ella no está reservada a un pueblo, ella no se descubre y entiende, « en verdad », que con la muerte y la pasión de Cristo.

Jesús invierte las ideas laicas de aquellos reinados a los que seguimos atados. Dos mil años después, no nos damos cuenta que el reinado se revela ante nuestros ojos sobre la cruz, no una cruz en oro o plata si no una simple cruz de madera. Esta realeza, dice Jesús a Pilato, no se obtiene con guerra o con batalla si no con el abandono y la fragilidad de un condenado a muerte.

¿Tenemos el coraje de ir hasta el final y hacer triunfar la verdad? Sabemos lo que tenemos que hacer, sobre todo de lo que los otros deberían de hacer, pero de ahí a realizarlo, hay todo un mundo. Creemos que la Santa Trinidad habita en nosotros y la traemos a lugares donde no se encuentra al Señor.

Sabemos que el Cristo está en el Otro y sin embargo, lo despreciamos y lo dejamos sufrir sin ayudarlo. Queremos aceptar a Cristo como nuestro rey pero somos disidentes frente a su código de vida, su Evangelio…

Con Madre Emilia caminemos hacia la luz del Cristo Rey. Buena semana a todos.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 18 de noviembre de 2018

evangelio según San Marcos 13, 24-32

“Después de esa angustia llegarán otros días; entonces el sol dejará de alumbrar, la luna perderá su brillo, las estrellas caerán del cielo y el universo entero se conmoverá. Y verán venir al Hijo del Hombre en medio de las nubes con gran poder y gloria. Enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro puntos cardinales, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. Aprendan de este ejemplo de la higuera: cuando las ramas están tiernas y brotan las hojas, saben que el verano está cerca. Así también ustedes, cuando vean que suceden estas cosas, sepan que todo se acerca, que ya está a las puertas. En verdad les digo que no pasará esta generación sin que ocurra todo eso. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Por lo que se refiere a ese Día y cuándo vendrá, no lo sabe nadie, ni los ángeles en el Cielo, ni el Hijo, sino solamente el Padre.”

Reflexión:

Por estas palabras Jesús anuncia, al parecer, acontecimientos terribles, el fin de este mundo, ¿quizás? Y con el fin del mundo vendría el final también de esta vida nuestra. El evangelio de este domingo es para mí uno de los textos más difíciles: el retorno de Cristo al fin del mundo para el juicio universal. Sin embargo no se puede interpretar de otra forma la afirmación de que el sol no dará más luz y de que las estrellas caerán del cielo sobre la tierra. Es el anuncio del desastre final. Más de una película se ha hecho en los últimos años describiendo ese final horrible del mundo y de la vida que contiene. Este mundo pasa. Nuestra vida tiene un final. Eso es así y no lo vamos a cambiar. El fin del mundo y el fin de mi vida llegarán algún día. Probablemente antes lo segundo que lo primero. Lo importante es saber que acogidos al perdón de Dios que se nos ofrece en Cristo, podemos acceder a la nueva vida, estamos salvados. Esa es nuestra fe. No hay, razón para temer. La enseñanza de Jesús está centrada en la segunda venida del Hijo del hombre. Es un acontecimiento positivo, el último de la historia de la salvación.

El Hijo de Dios, con la gloria del Resucitado hará un juicio y reunirá a todos los elegidos. Las imágenes del sol, de la luna y de las estrellas ilustran la grandeza de esta venida gloriosa. Son, un lenguaje simbólico que manifiesta la conclusión y anuncia el punto culminante de la historia universal. La historia final del mundo no es una catástrofe sino una salvación para los elegidos. No podía ser de otra manera, ya que en el comienzo de la historia humana, la creación fue el gran gesto de amor de Dios.

¿Cuándo será el retorno glorioso de Cristo?  El futuro está en las manos de Dios. Por eso nosotros, cristianos y cristianas no estamos pendientes de curiosidades imaginarias para adivinar nuestro futuro o el del mundo, sino debemos vivir el presente con una actitud vigilante, positiva, esperanzada.

El creyente se diferencia de quienes no lo son no por sus cualidades morales o éticas, ni por sus obras más perfectas, sino por su actitud vigilante ante el retorno del Señor, que se acerca. Por eso la fe hace que se viva en esperanza y amor.

La parábola de la higuera es una invitación a la vigilancia y a la interpretación de los signos de los tiempos. Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan se sabe que la primavera está cerca, pero que aún no ha comenzado. La palabra “cerca” es clave; los signos de los tiempos no anuncian el fin del mundo, sino la cercanía del fin de una etapa en la evolución de nuestra fe.

En unión de oraciones me despido,

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 11 de noviembre de 2018

evangelio según San Marcos 12,38-44

Y en Su enseñanza les decía: «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta andar con vestiduras largas, y aman los saludos respetuosos en las plazas, los primeros asientos en las sinagogas y los lugares de honor en los banquetes; que devoran las casas de las viudas, y por las apariencias hacen largas oraciones; éstos recibirán mayor condenación.» Jesús se sentó frente al arca del tesoro, y observaba cómo la multitud echaba dinero en el arca del tesoro; y muchos ricos echaban grandes cantidades. Llegó una viuda pobre y echó dos pequeñas monedas de cobre, o sea, un cuadrante. Y llamando Jesús a Sus discípulos, les dijo: «En verdad les digo, que esta viuda pobre echó más que todos los contribuyentes al tesoro; porque todos ellos echaron de lo que les sobra, pero ella, de su pobreza, echó todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir.»

 

Reflexión:

« Dios bueno y misericordioso, tu que no juzgas según las apariencias, tu que retribuyes aquellos que lo dan todo sin preocuparse del mañana, ven hoy a purificar nuestros corazones! Enséñanos a saber en todo momento que todo don viene de ti, para poder tener confianza en ti y en tu palabra, y atrevernos a dar sin esperar nada a cambio, mismo de lo poco que tengamos » Oración del pueblo senegalés

Desconfíe de las apariencias, porque aquí nosotros observamos dos tipos de comportamiento religioso. Aquellos de los escribas pretensiosos que les gusta exhibir y utilizar la religión para hacerse valer: Jesús condena esta actitud. Y del otro lado nos presenta la viuda pobre que hace una acción insignificante para los ojos de los presentes, pero para ella, grave de consecuencia, porque ella se deshace de lo primordial. Jesús consagra esta actitud y lo designa a sus discípulos por su impresionante verdad. No es lo que las personas ven que tiene valor a los ojos de Dios, porque Dios no juzga por la apariencia si no por el corazón. Jesús nos reenvía a nosotros mismos. Esto no es un caso de éxito y mucho menos de coqueterías. La salvación exige hacer de nuestros actos conforme a nuestras creencias. Y en todo lo que él hace, sobre todo en su vida religiosa, el ser humano debe acordarse siempre que no hay que burlarse de Dios. No se engañen: de Dios nadie se burla. Cada uno cosecha lo que siembra. (Galates 6, 7). Lo que el Señor nos pide, es tener un corazón puro, una fe verdadera, una confianza total. Esta mujer no tiene nada. Ella es viuda, y por lo tanto no tiene apoyo ni recursos. Ella es pobre, sin ingreso y da lo que le es necesario para vivir, entregándose a Dios para no morir.

Siguiendo los actos de Emilia confiemos nuestra vida a Jesús, el Cristo.

Feliz semana con esperanza y alegría.

Hortense Demia-Mbaïlaou, sp

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Reflexión del domingo 04 de noviembre de 2018

evangelio según San Marcos 12,28b-34

«Entonces se adelantó un maestro de la Ley. Había escuchado la discusión, y se quedaba admirado de cómo Jesús les había contestado. Entonces le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Jesús le contestó: «El primer mandamiento es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es un único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu inteligencia y con todas tus fuerzas. Y después viene este otro: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento más importante que éstos.» El maestro de la Ley le contestó: «Has hablado muy bien, Maestro; tienes razón cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de él y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todas las víctimas y sacrificios.» Jesús vio que ésta era respuesta sabia y le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios.» Y después de esto, nadie más se atrevió a hacerle nuevas preguntas.»

Reflexión:

¿Cuál es el más importante de todos los mandamientos? La respuesta de Jesús es clara: lo más importante es la relación con Dios y con los hermanos y hermanas. Esa relación es la misma en ambos casos. Debe ser una relación de amor. Para mí es claro de que a Dios no se le teme ni se le adora. A Dios se le ama. Nuestra relación con Dios es una relación de amor por la sencilla razón de que él nos amó primero. Somos creación suya.

Nos cuesta, parece ser que nunca lo vamos a lograr y también es posible que no hayamos llegado todavía a vivir este amor universal, pero al menos debemos tener claro a dónde debemos llegar. El horizonte a donde nos dirigimos es amar. Pero, ¿qué es eso de amar? Algunos piensan inmediatamente en la atracción física. Amar es mucho más. Tampoco tiene nada que ver con poseer o manipular al otro para que haga lo que yo quiera. Amar es acercarse al otro, atenderle en sus necesidades, servirle. Es poner los intereses del otro por delante de los míos. Y hacerlo gratuitamente, sin pedir nada a cambio. Porque la felicidad del que ama está precisamente en la felicidad del otro. En la medida en que el otro es feliz, el que ama experimenta su propia felicidad y plenitud.

Hoy Jesús nos recuerda que puede haber muchos mandamientos pero que todos se resumen en una cuestión básica: amar. Los que aman es posible que no sepan mucha teología ni tengan mucha cultura pero son los que están más cerca del Reino de Dios. Así se lo dijo Jesús al escriba. Así lo recordamos hoy nuestro principal mandamiento.

Providencia de Dios muchas gracias te doy.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 28 de octubre de 2018

evangelio según San Marcos 10,46-52

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.»
Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.» Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.» Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.» Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

Reflexión:

“Anda tu fe te ha curado”, dijo Jesús. Bartimeo, hijo de Timeo no  es un ciego como los demás, él es consciente de su ceguera. Por eso es capaz de gritar al paso de Jesús y pedirle que tenga compasión de él, es su fe que lo guía. Y cuanto más le dicen que se calle, más grita. Es su oportunidad, la oportunidad única de volver a ver, lo siente en el más profundo de su ser. Con su grito, está llamando la atención sobre su limitación, sobre su pobreza.

En sociedad, a veces también resulta molesto poner al descubierto nuestras pobrezas, nuestras limitaciones. Pero los pobres, los oprimidos, los que sufren la injusticia y el dolor están siempre ahí. Por más que les echemos de nuestro barrio, o ignoramos cuando pasan cerca de nosotros. Pienso ahora en los jóvenes delincuentes. Viven en medio de la violencia. Hacen ruido, nos quitan la paz. Pero tengo la impresión de que todas esas cosas que hacen que tanto nos molestan y que ponen auténtica violencia en nuestros barrios no son más que una forma de gritar su miseria, su necesidad de cariño. En el fondo no son más que niños necesitados de una familia que les apoye, que les defienda, que les haga sentirse seguros.

Volver a ver con los ojos y con el corazón, ése es el milagro que hoy le tenemos que pedir a Jesús y a Emilia, nuestra fundadora. Es la fe que nos conduce para caminar mano a mano con nuestros hermanos y hermanas para que los gritos de los que nos piden ayuda no nos resulten molestos sino que sean llamadas a vivir la fraternidad tal y como Jesús quería. Jesús nos dará la fuerza y la gracia que necesitamos.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 21 de octubre de 2018

evangelio según San Marcos 10, 35-45

«Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: “Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir.”  Él les dijo: “¿Qué quieren de mí?”  Respondieron: “Concédenos que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda cuando estés en tu gloria.”

Jesús les dijo: “Ustedes no saben lo que piden. ¿Pueden beber la copa que yo estoy bebiendo o ser bautizados como yo soy bautizado?”  Ellos contestaron: “Sí, podemos.” Jesús les dijo: “Pues bien, la copa que voy a beber yo, la beberán también ustedes, y serán bautizados con el mismo bautismo que voy a recibir yo; pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde a mí el concederlo; eso ha sido preparado para otros.”

Cuando los otros diez oyeron esto, se enojaron con Santiago y Juan.  Jesús los llamó y les dijo: “Como ustedes saben, los que se consideran jefes de las naciones actúan como dictadores, y los que ocupan cargos abusan de su autoridad.  Pero no será así entre ustedes. Por el contrario, el que quiera ser el más importante entre ustedes, debe hacerse el servidor de todos, y el que quiera ser el primero, se hará esclavo de todos. Sepan que el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida como rescate por una muchedumbre.»

Reflexión:

La petición de Santiago y Juan a Jesús: Después de haber hecho la pregunta a Jesús, Él les hace decir más claramente por qué piden sentarse uno a su izquierda y el otro a su derecha en su gloria. Sin embargo, en mi reflexión personal me pregunto cuáles son mis peticiones y cuáles son los motivos de mi oración. Con ocasión de la reciente fiesta de Acción de Gracias que se celebró el pasado 8 de octubre, mi corazón se llenó de gratitud por el don de la vida y por las maravillas de la naturaleza.

Desde hace un año vivo en el quinto piso del Pabellón Providencia de la Casa Madre, desde donde puedo observar el paisaje del otoño engalanado con sus más bellos colores, bálsamo para mi vista y para mi alma. Los favores que Dios me ha concedido durante los 91 años que cumpliré dentro de dos semanas, el 4 de noviembre, son gracias que motivan mis más sinceras alabanzas. Entonces, siguiendo a Jesús y a nuestra beata Emilia Gamelin, dentro de la mayor simplicidad, puedo decir que vivo para estar al servicio de la gente. En mi entorno, son muchas las ocasiones que tengo para prestar un servicio, para disponerme a la escucha y ser una presencia para mis compañeras. Trato de recibir a las personas pensando en lo que el Señor nos dijo: «… [yo no he] venido para ser servido, sino para servir…».

¡Cómo no dar gracias a la Providencia por tantos favores recibidos!

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 14 de octubre de 2018

evangelio según San Marcos 10, 17-30

«Jesús estaba a punto de partir, cuando un hombre corrió a su encuentro, se arrodilló delante de Él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino sólo Dios. Ya conoces los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no digas cosas falsas de tu hermano, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.» El hombre le contestó: «Maestro, todo eso lo he practicado desde muy joven.» Jesús fijó su mirada en él, le tomó cariño y le dijo: «Sólo te falta una cosa: vete, vende todo lo que tienes y reparte el dinero entre los pobres, y tendrás un tesoro en el Cielo. Después, ven y sígueme.» Al oír esto se desanimó totalmente, pues era un hombre muy rico, y se fue triste. Entonces Jesús paseó su mirada sobre sus discípulos y les dijo: «¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!» Los discípulos se sorprendieron al oír estas palabras, pero Jesús insistió: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de Dios.» Ellos se asombraron todavía más y comentaban: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» Jesús los miró fijamente y les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Dios todo es posible.» Entonces Pedro le dijo: «Nosotros lo hemos dejado todo para seguirte.» Y Jesús contestó: «En verdad les digo: Ninguno que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o campos por mi causa y por el Evangelio quedará sin recompensa. Pues, aun con persecuciones, recibirá cien veces más en la presente vida en casas, hermanos, hermanas, hijos y campos, y en el mundo venidero la vida eterna. »

Reflexión:

Contrariamente a lo que podemos creer, este pasaje no trata de una enseñanza sobre el voto de pobreza, sino de algo que afecta a la salvación de todos. Jesús nos propone otro camino, el camino de la verdad, que implica sin duda renunciar a nuestras riquezas, a la soberbia y a la arrogancia. Es una llamada a hacerlo todo de otra manera, con sabiduría. No es una llamada a una vida de pobreza absoluta entendida materialmente, sino de pobreza que no se apoye en la simple seguridad del cumplimiento formal de la ley, pero sí en la búsqueda del Reino de Dios.

Las riquezas, poseerlas, amarlas, buscarlas es un modo de vida que define una actitud contraria a la búsqueda del Reino de Dios y a la vida eterna: es poder, seguridad, placer… todo eso no es la felicidad. Sin embargo, pensar que el seguimiento de Jesús es una opción de miseria sería una forma equivocada de entender lo que nos propone el Evangelio. Este joven es rico en bienes materiales, pero también morales, porque cumple los mandamientos. ¿Es eso inmoral? ¡No! Pero esa riqueza moral no le permite ver que sus riquezas le están robando la verdadera sabiduría y el corazón. No tiene la sabiduría que busca, porque debe estar todavía muy pendiente de “sus riquezas”. Siguiendo a Jesús aprenderá otra manera de ver la vida, de ver las riquezas y de ver la misma religión.

Además, Jesús añade que es muy difícil que los ricos entren en el Reino de los Cielos, y eso pasa porque no son capaces de decodificarse de su seguridad personal, de su concepción de Dios y de los hombres. No es solamente por sus riquezas materiales que tendrán dificultad en entrar en el Reino,  sino por todo su mundo de poder y de seguridad, aislándose de los pequeños y de su mundo, que es el verdadero mundo del que nos habla Jesús, «lo que es imposible para el hombre, en cambio es posible para Dios» (v. 27). La respuesta de Jesús es una invitación muy especial para que lo sigamos radicalmente.

¡Linda semana para todos!

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 07 de octubre de 2018

evangelio según San Marcos 10, 2-16

En eso llegaron unos (fariseos que querían ponerle a prueba,) y le preguntaron: «¿Puede un marido despedir a su esposa?» Les respondió: «¿Qué les ha ordenado Moisés?» Contestaron: «Moisés ha permitido firmar un acta de separación y después divorciarse.» Jesús les dijo: «Moisés, al escribir esta ley, tomó en cuenta lo tercos que eran ustedes. Pero, al principio de la creación, Dios los hizo hombre y mujer; y por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse con su esposa, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino uno solo. Pues bien, lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe.» Cuando ya estaban en casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre lo mismo, y él les dijo: «El que se separa de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra su esposa; y si la esposa abandona a su marido para casarse con otro hombre, también ésta comete adulterio.» Algunas personas le presentaban los niños para que los tocara, pero los discípulos les reprendían. Jesús, al ver esto, se indignó y les dijo: «Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. En verdad les digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.» Jesús tomaba a los niños en brazos e, imponiéndoles las manos, los bendecía.»

Reflexión

Más allá del matrimonio, Jesús aquí nos invita a dos profundas reflexiones, se trata del sacramento del amor y del respeto mutuo entre pareja. No hay uno de los dos que sea más que el otro, o que pueda más que el otro. Obligaciones, deberes y privilegios deben ser iguales.  Los dos seres que forman una pareja se necesitan mutuamente para formar una familia o quizás solamente ser felices, para vivir en la plenitud del amor a la que Dios nos ha llamado.

En tiempos actuales, cuando la familia parece estar en crisis, Jesús nos invita a volver al principio, a redescubrir la voluntad original de Dios y a intentar hacerla realidad en cada una de nuestras familias. De esa manera cada matrimonio, cada familia, se convertirá en un signo del amor de Dios, núcleo donde la vida se recrea diariamente.

Mientras hablamos de la unión en el amor, hablamos también de los niños, frutos de esta alianza, los cuales Jesús los bendice y habla de que todo aquello que guarda su corazón de niño, limpio, sano, tendrá como recompensa el Reino de Dios. Dejemos entonces invadirnos de la pureza del corazón de un niño, de su simplicidad, de sus ojos maravillados frente a las descubiertas, de su sinceridad espontánea. Cuantos regalos nos son legados en la niñez y que poco a poco, al vivir, los aniquilamos pensando equivocadamente que estamos evolucionando, cuando en verdad estamos simplemente envejeciendo y alejándonos del corazón cristalino que nos pide Jesús.

Gracias por esta bella oportunidad de compartir junto a la familia Providencia.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 30 de septiembre de 2018

evangelio según san Marcos 9: 38-43, 45, 47-48

Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que hacía uso de tu nombre para expulsar demonios, y hemos tratado de impedírselo porque no anda con nosotros.» Jesús contestó: «No se lo prohíban, ya que nadie puede hacer un milagro en mi nombre y luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está con nosotros. Y cualquiera que les dé de beber un vaso de agua porque son de Cristo, yo les aseguro que no quedará sin recompensa. El que haga caer a uno de estos pequeños que creen en mí, sería mejor para él que le ataran al cuello una gran piedra de moler y lo echaran al mar. Si tu mano te está haciendo caer, córtatela; pues es mejor para ti entrar con una sola mano en la vida que ir con las dos a la gehenna, al fuego que no se apaga; pues es mejor para ti entrar cojo en la vida que ser arrojado con los dos pies a la gehena; pues es mejor para ti entrar con un solo ojo en el Reino de Dios que ser arrojado con los dos al infierno, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga. »

Reflexión:

Cristo nos invita hoy a abrirnos a aquellas personas que quieren hacer el bien, a edificarnos con sus compromisos, a admirar el buen trabajo de aquellas y aquellos que no son de nuestro grupo, de nuestro partido político, de nuestra nacionalidad. «No se los prohíban, aunque no sean de los nuestros.»

Nos damos cuenta de que, fuera de la Iglesia, hay mucha salvación, que miles de personas arrojan demonios, es decir, luchan contra el mal, la enfermedad, los prejuicios y la discriminación. Hay muchas personas que hacen un trabajo excepcional en un gran espíritu de hermandad y compromiso.

Esto nos invita a reflexionar sobre nuestros prejuicios, nuestras exclusiones, nuestros rechazos a los demás. La apertura no nos obliga a renunciar a nuestra propia identidad cristiana, por el contrario, la fortalece, pero no en el enfrentamiento sino en el diálogo. ¡Dialogar para comprender, asombrarse, enriquecerse! Cuando nos acercamos a los demás descubrimos perlas de humanidad y espiritualidad. «El viento sopla donde quiere, y tú oyes su silbido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo le sucede al que ha nacido del Espíritu.» (Juan 3: 8)

Como Cristo y la Beata Emilia Gamelin, vayamos al encuentro de los más pobres para aliviar sus miserias sin prejuicios, desinteresadamente. ¡Feliz semana a todos!

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 23 de septiembre de 2018

evangelio según san Marcos 9,30-37

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: – El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará. Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó: –¿De qué discutíais por el camino? Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: –Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: –El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.

Reflexión:

Este pasaje del Evangelio nos muestra un segundo paso de Jesús en su camino hacia Jerusalén, acompañado por sus discípulos. El maestro sabe lo que le espera con la lucidez de un profeta: la pasión y la muerte, pero también la seguridad de que estará en las manos de Dios Padre para siempre, porque su Dios es el Dios de la vida. Pero ese anuncio de la pasión se convierte en el evangelio de hoy en una motivación más para hablar a los discípulos de la necesidad del servicio.

Además, Jesús, guía y maestro de vida, en el gesto por así decir sacramental de la acogida simbólica de un niño, gesto significativo acompañado de las palabras: “Quien reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado”. Es esa sencilla y expresiva actitud de sincero servicio a los más humildes y pequeños, la que autentifica la credibilidad del verdadero discípulo: “Quien quiera ser el primero, ha de ser el último y servidor de todos”. ¿Qué mejor tarjeta de presentación que el compromiso cristiano con esta nueva escala de valores instaurada por Jesús?

Si es el niño quien ha de ocupar el centro de la vida comunitaria, ¿dónde queda el protagonismo de la ambición, el honor y la grandeza de los primeros puestos? ¿Qué sentido tienen entre nosotros las discordias, desacuerdos y controversias? Para nada se corresponden con la sabiduría proveniente del evangelio. La mirada crítica de Jesús recae directamente sobre sus propios discípulos, desautorizados por su comportamiento para ejercer la misión a la que han sido llamados. Lo más pequeño e insignificante a nuestros ojos ocupa el primer lugar a los ojos de Dios. No es el Señor el que está sentado a la mesa, sino el que sirve.

Como se nos ha pedido Jesús, Emilia y Bernarda por sus ejemplos de vida, sigamos a servicio de los más pequeños de nuestra sociedad. Qué tengan una muy linda semana,

LC

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Reflexión del domingo 16 de septiembre de 2018

evangelio según san Marcos 8,27-35

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?» Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.»
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mí vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.»

Reflexión

Seguir a Jesús desde nuestra cruz

Quizás sea una buena forma de conocernos y de conocer a Jesús.  Cuando nos enfrentamos a situaciones nuevas, a experiencias distintas, cuando salimos de nosotros mismos, nos redescubrimos. Cuando derribamos los miedos que nos atan y nos separan a unos de otros, atrincherados en clichés de pensamiento y de maneras preestablecidas de vivir, generamos oportunidades de compartir y recolocar la mirada sobre nuestro yo, sobre nuestros “tús” y, sobre todo, sobre ÉL.

Porque no se trata solo de pararse, se trata de ir viviendo, de hacer camino. De darnos la oportunidad de ser interpelados en lo que somos y en lo que nos define como cristianos. No vaya a ser que quien menos pensemos reconozca mejor que muchos de nosotros el paso del Señor Jesús por la vida, por la historia, por el cotidiano…

Lo mejor sería que todo saliera de maravilla, que reconocer la soberanía de Cristo en mi vida fuera un camino de éxitos y triunfos; como cuando Él multiplicaba el pan y los peces o curaba a los enfermos. Pero no. Jesús, tras la inmediata confesión de fe de Pedro, nos pone en guardia sobre lo que supone hacer de Cristo la razón de nuestro vivir: tocará sufrir, no nos entenderán, seremos rechazados, serán ejecutados, un escándalo en toda regla… y a pesar de esto seguiremos profesando esa confesión de fe.

¡Gracias Señor te doy por la vida de nuestra comunidad desde hacen 175 años!

Una hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 09 de septiembre de 2018

«Saliendo de las tierras de Tiro, Jesús pasó por Sidón y, dando la vuelta al lago de Galilea, llegó al territorio de la Decápolis. Allí le presentaron un sordo que hablaba con dificultad, y le pidieron que le impusiera la mano. Jesús lo apartó de la gente, le metió los dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. En seguida levantó los ojos al cielo, suspiró y dijo: «Effetá», que quiere decir: «Abrete. » Al instante se le abrieron los oídos, le desapareció el defecto de la lengua y comenzó a hablar correctamente. Jesús les mandó que no se lo dijeran a nadie, pero cuanto más insistía, tanto más ellos lo publicaban. Estaban fuera de sí y decían muy asombrados: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»»

Reflexión:

En nuestro mundo, en que no hay oído para los gritos de los pobres y muchos silencios deliberados intencionales y persistentes por intereses egoístas, nosotros, cristianos y cristianas, debemos escuchar, hablar y actuar. Las personas de fe se distinguen por su sensibilidad para percibir, en medio de los ruidos del mundo, la voz de Dios y consecuentemente eligen el sendero de la verdad y de la misericordia. La Beata Emilia Gamelin ha seguido integralmente esta conducta, regalando su vida integralmente en beneficio de los más pequeños. Siguiendo su ejemplo, las Hermanas de la Providencia, de ayer y de hoy escuchan el grito de los pobres, hablan y actúan.

Quien tiene oídos que escuchan y los labios que hablan la verdad tiene también ojos abiertos para los demás, manos extendidas hacia los necesitados, corazón limpio para testimoniar el amor verdadero.

Cristo dijo al sordomudo tocando sus oídos y su lengua: “effetá”, esto es, ábrete. Esta apertura física, fruto de la curación milagrosa, debe llevar a la apertura interior y espiritual. Las personas están demasiado encerradas en ellas mismas, con sus problemas de horizonte reducido. Abrirse a la fe es acoger la salvación, abandonar el recurso a las propias energías, confiar fundamentalmente en Dios, ¡ver la luz de la esperanza!

Una hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 02 de septiembre de 2018

Evangelio según San Marcos 7: 1-8; 14-15; 21-23

Los fariseos se juntaron en torno a Jesús, y con ellos había algunos maestros de la Ley llegados de Jerusalén. Esta gente se fijó en que algunos de los discípulos de Jesús tomaban su comida con manos impuras, es decir, sin habérselas lavado antes. Porque los fariseos, al igual que el resto de los judíos, están aferrados a la tradición de sus mayores, y no comen nunca sin haberse lavado cuidadosamente las manos. Tampoco comen nada al volver del mercado sin antes cumplir con estas purificaciones. Y son muchas las tradiciones que deben observar, como la purificación de vasos, jarras y bandejas. Por eso los fariseos y maestros de la Ley le preguntaron: «¿Por qué tus discípulos no respetan la tradición de los ancianos, sino que comen con manos impuras?» Jesús les contestó: «¡Qué bien salvan ustedes las apariencias! Con justa razón profetizó de ustedes Isaías cuando escribía: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me rinden de nada sirve; las doctrinas que enseñan no son más que mandatos de hombres. Ustedes descuidan el mandamiento de Dios por aferrarse a tradiciones de hombres.» Jesús volvió a llamar a la gente y empezó a decirles: «Escúchenme todos y traten de entender. Ninguna cosa que de fuera entra en la persona puede hacerla impura; lo que hace impura a una persona es lo que sale de ella. «Los pensamientos malos salen de dentro, del corazón: de ahí proceden la inmoralidad sexual, robos, asesinatos, infidelidad matrimonial, codicia, maldad, vida viciosa, envidia, injuria, orgullo y falta de sentido moral. Todas estas maldades salen de dentro y hacen impura a la persona.»

Reflexión:

No existe grupo alguno, ni siquiera la Iglesia, que pueda mantenerse sin tradiciones y sin costumbres. Pero, por buenas que sean, estas tradiciones han sido establecidas por los seres humanos, como ha sucedido con  la forma de celebrar misas, fiestas, novenas, etc.  Todo lo que un papa, un obispo, una comunidad cristiana ha hecho en el pasado puede ser cambiado por otro papa, otro obispo u otra comunidad cristiana. Y como todo esto puede cambiar, comprendemos que no es allí donde reside la esencia de la vida cristiana.

Hay algo esencial que no cambia: la enseñanza de Dios. ¿Dónde podemos encontrarla? En la Palabra de Dios. Además, a menudo no nos esforzamos mucho por entrar en el espíritu de la Iglesia, por aferrarnos ciegamente a costumbres o prácticas antiguas y dañinas.

¿Por qué tantos cristianos se sorprenden cuando la Iglesia se libera de estas prácticas obsoletas? Jesús nos da la razón al citar unas palabras del profeta Isaías: «tal vez se aferran a sus rituales porque son incapaces de “creer”». ¡Feliz semana en la alegría del Señor!

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 26 de agosto de 2018

Evangelio según Juan 6, 59-69.

Así habló Jesús en Cafar-naúm enseñando en la sinagoga. Al escucharlo, cierto número de discípulos de Jesús dijeron: «¡Este lenguaje es muy duro! ¿Quién querrá escucharlo?»

Jesús se dio cuenta de que sus discípulos criticaban su discurso y les dijo: «¿Les desconcierta lo que he dicho? ¿Qué será, entonces, cuando vean al Hijo del Hombre subir al lugar donde estaba antes? El espíritu es el que da vida, la carne no sirve para nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen.»

Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién lo iba a entregar. Y agregó: «Como he dicho antes, nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre.»

A partir de entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y dejaron de seguirle. Jesús preguntó a los Doce: «¿Quieren marcharse también ustedes?» Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.»

REFLEXIÓN

¿Cómo habría reaccionado yo si hubiera estado en el lugar de los discípulos que seguían a Jesús? ¿Habría continuado siguiéndolo o acaso habría hecho como Simón Pedro, quien responde a Jesús: «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.»

Si un día, como Hermana de la Providencia, verdaderamente escogí a Jesús, ¿QUIÉN es Él para mí cuando siento que en mi interior todo se agita y me molesta? ¿Tengo una razón para alterarme en esos momentos? Reflexionando al respecto, ¿es acaso la buena solución contar con su omnipotencia y depositar en Él toda mi confianza para abandonarme a su voluntad?

Cuando en un autobús veo que una persona cede su silla a una mujer o a un hombre con dificultad para caminar… eso es para mí un acto de bondad y de delicadeza.

O bien una persona compasiva que actúa contra la discriminación, el abuso en todas sus formas y la violencia.

Estas son expresiones de amor hacia el prójimo que ilustran lo que significa «seguir los pasos de Jesús». Pero hay muchos otros pequeños gestos de bondad, de generosidad y de delicadeza que se pueden hacer y que manifiestan concretamente «el seguimiento de Jesús».

Si creemos que Jesús tiene «palabras de vida eterna» y creemos y sabemos que es el «Santo de Dios» (versículos 68 y 69), ¿cómo podría Él abandonar a su criatura, aquella que Él ha creado por AMOR y hacia la cual siente un AMOR INFINITO? Sí, Dios ama a cada persona de la misma forma, es decir, CON LOCURA…

Hermana Claudette Chénier

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Reflexión del domingo 19 de agosto de 2018

Evangelio según Juan 6, 51-58.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo.» Los judíos discutían entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer carne?» Jesús les dijo: «En verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que es vida, me envió y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí. Es te es el pan que ha bajado del cielo. Pero no como el de vuestros antepasados, que comieron y después murieron. El que coma este pan vivirá para siempre.

Reflexión:

Como prueba de su gran Amor por la humanidad, Cristo nos dio su Vida y sigue ofreciéndonos su Cuerpo y Sangre, promesa de vida eterna para la cual nos preparamos desde ya aquí en la tierra. Este es un gran misterio que debemos acoger, como inmensa es la acción de gracias que debemos ofrecer a nuestro Dios, quien a lo largo de nuestra vida terrenal nos ofrece a aquel Jesús deseoso de continuar su acción salvadora en la vida cotidiana de cada una y cada uno de nosotros.

En cada Eucaristía repetimos «Dichosos los invitados a la cena del Señor». Sin embargo, ¿somos conscientes de esta dicha? ¿Valoramos la grandeza de la generosidad de nuestro Dios? Nuestra pobreza se hace mayor ante la bondad de Aquel que, a cada instante, quiere entregarse a nosotros en su Palabra y en su Pan, por su cuerpo y por su sangre. ¡Cuán grande es el Misterio de Nuestro Dios!

Con gozo y gratitud, vayamos a la mesa eucarística y, en unión con todos nuestros hermanos y hermanas, y particularmente con quienes son perseguidos a causa de su fe en aquel Jesús que es alimento para el camino. Contemplemos este sacramento privilegiado de la Pascua de Jesús, resumen de toda su vida y de toda su misión.

En este día del Señor, elevamos nuestra alabanza de acción de gracias a Aquel que nos invita a permanecer en Él mediante esta comunión, en la cual se nos ofrecen su Cuerpo y Sangre, como un anticipo del cielo.

Hermana Marguerite Cuierrier

«Dios nos llama a su casa,

Dios nos invita a su banquete,

Día de júbilo y día de dicha, Aleluya»

Robert Lebel

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Reflexión del domingo 12 de agosto de 2018

Evangelio según Juan 6, 41-51.

«Los judíos murmuraban porque Jesús había dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo.» Y decían: «Conocemos a su padre y a su madre, ¿no es cierto? El no es sino Jesús, el hijo de José. ¿Cómo puede decir que ha bajado del cielo?» Jesús les contestó: «No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió. Y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los Profetas: Serán todos enseñados por Dios, y es así como viene a mí toda persona que ha escuchado al Padre y ha recibido su enseñanza. Pues, por supuesto que nadie ha visto al Padre: sólo Aquel que ha venido de Dios ha visto al Padre. En verdad les digo: El que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida. Sus antepasados comieron el maná en el desierto, pero murieron: aquí tienen el pan que baja del cielo, para que lo coman y ya no mueran. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo.»»

Reflexión

Yo Soy el Pan de vida

Al querer escribir esta reflexión, me di cuenta de que era muy difícil llegar y sentarme a escribir algunas ideas que me vinieran a la mente…así es que  por sugerencia de una de mis hermanas de comunidad pregunté ¿qué te dice el evangelio? Y es ahí donde escuché una reflexión que me siguió y quiero compartirles.

¿De qué me estoy alimentando? No solo físicamente, también en espíritu y mente.

Alimentarse es una actividad que requiere de responsabilidad personal sobre mi misma, lo mismo como tantas otras actividades de nuestra vida que requieren de nuestra voluntad, decisión, discernimiento, y práctica. Ya contamos con la Palabra del mismo Jesús que nos dice “Yo Soy el Pan de Vida”, pero eso no nos basta para alimentarnos…se nos ofrece el Pan, pero, es el movimiento de nuestro reconocimiento, de nuestra hambre y de nuestra pobreza , la que nos llevará a la acogida, a buscar comer ese Pan para saciar nuestra hambre.

A los judíos, Jesús los amonesta: “Dejen ya de criticar entre ustedes”, pues oírlo decir que Él era el pan del Cielo, les descuadraba lo que habían aprendido desde su juventud, las enseñanzas de siglos y siglos. Ciertamente la seguridad de que conocían a Jesús, a su familia y a su madre, les hacía actuar con la seguridad de tener la razón. Desde la mirada hambrienta y pobre de quien no puede aceptar  de que hay una posibilidad de error en su juicio, los judíos pretendían mantener la fidelidad a la ley y los profetas, de lo cual estaban orgullosos.

Me pregunto a mí  misma y las invito a preguntarse ¿Cuál es el alimento con el que estoy nutriéndome?

Cuáles son las críticas, sin siquiera darme la posibilidad a error, que sigo haciendo, al tratar de mantenerme fiel  a algo aprendido años atrás y que hoy ya no parece ajustarse a la realidad?

En los tiempos que vivimos, especialmente como Iglesia  ahora y vida consagrada, particularmente en Chile, donde hoy me encuentro,  siento que es tiempo de reconocernos hambrientas del Verdadero Alimento,  y enfrentar la realidad que nos dice que debemos cambiar, transformar nuestra “dieta alimenticia”, dejar de comer lo que nos intoxica, lo que poco a poco nos va degradando la vida.

La invitación entonces la reconocemos, la Salud  se nos ofrece: Yo Soy el Pan de Vida…la respuesta sigue dependiendo de nosotras.

Alba Letelier, sp.

 

Reflexión del domingo 05 de agosto de 2018

Evangelio según Juan 6, 24-35.

«Al ver que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, la gente subió a las lanchas y se dirigieron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo al otro lado del lago, le preguntaron: «Rabbí (Maestro), ¿cómo has venido aquí?» Jesús les contestó: «En verdad les digo: Ustedes me buscan, no porque han visto a través de los signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento de un día, sino por el alimento que permanece y da vida eterna. Este se lo dará el Hijo del hombre; él ha sido marcado con el sello del Padre. Entonces le preguntaron: «Qué tenemos que hacer para trabajar en las obras de Dios?» Jesús respondió: «La obra de Dios es ésta: creer en aquel que Dios ha enviado.» Le dijeron: «¿Qué puedes hacer? ¿Qué señal milagrosa haces tú, para que la veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, según dice la Escritura: Se les dio a comer pan del cielo.» Jesús contestó: «En verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo. Es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. El pan que Dios da es aquel que baja del cielo y que da vida al mundo.» Ellos dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.» Jesús les dijo: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed.»

Reflexión:

Las multitudes han seguido a Jesús porque Él les dio de comer. Sin embargo, deberían buscar a Jesús porque Él puede darles la vida eterna. De esta forma, pareciera que la multitud estaría en proceso de aceptar a Jesús y su misión, además, preguntaron: «¿Qué tenemos que hacer para trabajar en las obras de Dios?» Jesús respondió, deben de tener fe en el Enviado de Dios. Pero en el siguiente diálogo, la multitud revela su incapacidad para ver la verdadera identidad de Jesús. Le piden a Jesús una señal para que sepan que Él es el enviado de Dios. Qué extraño suena ya que Jesús acaba de alimentar a más de 5000 personas. ¿Qué más se espera de Él?

Cuán rápido parecen haber olvidado lo maravilloso que Jesús ha hecho por ellos. O, tal vez nunca reconocieron lo que hizo como milagro. A veces no reconocemos las cosas extraordinarias que Dios ha hecho por nosotros. Y, a veces, simplemente olvidamos y pedimos más evidencias de su amor y de su cuidado. Oramos para que Dios elimine nuestra ceguera para que podamos recibir con gratitud y alabanza todas las cosas estupendas que Dios hace en nuestras vidas.

Es por eso que es importante nombrar los maravillosos dones que Dios nos ha dado y algunas de las obras notables que Dios ha hecho en nuestro mundo. También es importante contar nuestras bendiciones porque fácilmente podemos perder el reconocimiento de todas las cosas sorprendentes que Dios hace por nosotros. Jesús dice a las multitudes que les dará algo más grande y más importante que el pan que alimentó su hambre física; él les dará el pan de la vida eterna. Tenemos este regalo de Jesús en la Eucaristía.

Oremos juntos agradeciendo a Dios por todo lo que nos ha dado, especialmente por el regalo de la vida eterna y de la Eucaristía.

Una hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 29 de julio de 2018

Evangelio según San Juan 6: 1-15.

Después Jesús pasó a la otra orilla del lago de Galilea, cerca de Tiberíades. Le seguía un enorme gentío, a causa de las señales milagrosas que le veían hacer en los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús, pues, levantó los ojos y, al ver el numeroso gentío que acudía a él, dijo a Felipe: «¿Dónde iremos a comprar pan para que coma esa gente?» Se lo preguntaba para ponerlo a prueba, pues él sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: «Doscientas monedas de plata no alcanzarían para dar a cada uno un pedazo.»  Otro discípulo, Andrés, hermano de Simón Pedro, dijo: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados. Pero, ¿qué es esto para tanta gente?»  Jesús les dijo: «Hagan que se sienta la gente.» Había mucho pasto en aquel lugar, y se sentaron los hombres en número de unos cinco mil. Entonces Jesús tomó los panes, dio las gracias y los repartió entre los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, y todos recibieron cuanto quisieron. Cuando quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que han sobrado para que no se pierda nada.» Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos que no se habían comido: eran las sobras de los cinco panes de cebada.  Al ver esta señal que Jesús había hecho, los hombres decían: «Este es sin duda el Profeta que había de venir al mundo.»  Jesús se dio cuenta de que iban a tomarlo por la fuerza para proclamarlo rey, y nuevamente huyó al monte él solo.

Reflexión:

Este milagro de Jesús por la expectación y relevancia que tuvo para los discípulos   está narrado en los cuatro evangelios. Aquí Juan comienza: « después de esto…»  y qué fue esto?  A Jesús lo vemos tratando de decir su verdad y testimonio sobre las obras de su Padre. Se acerca la fiesta de Pascua y Él sabe lo que está por ocurrir: rechazo y cruz, no creen en su Palabra. Como familia Providencia con ocasión de esta celebración de los 175 años de vida, nos preguntamos y después de esto ¿qué?.  Y al recordar esta trayectoria histórica nos desbordan las vivencias, experiencias, asombros, generosidades y desafíos que vemos reflejado en este milagro.

El Evangelista dice que Jesús se fue a la otra ribera del mar de Galilea y que mucha gente lo seguía…que es para nosotras pasar a la otra ribera ¿cuáles serán nuestros Tiberiades?  En un discernimiento con las virtudes raíces legadas de nuestra fundadora Emilia Gámelin de humildad, simplicidad y caridad al igual Jesús que levantó los ojos y vio que lo seguía mucha   gente, también vemos y somos testigos de muchedumbres interpeladoras que siguen necesitando el anuncio sanador de Jesús con el carisma amoroso y confiado en el Padre Providente. El milagro prodigioso y asombroso que sació a tantos comenzó con lo débil, frágil y simple, con los cinco panes de cebada, el pan de los pobres y tan sólo dos peces, que depositados en las manos de Jesús se multiplican, sacian y llenan de plenitud ¿cuántas experiencias tenemos en la larga historia comunitaria en esta confianza – confiada a la Providencia del Padre que jamás defrauda?

En el lugar del milagro Jesús pide a la gente que se siente, ya que había mucha hierba. Propicia trato digno, estar bien, descanso, señal de paz, compartir bienes materiales y espirituales, que llenen el corazón. Es lo que descubrimos en nuestras Fundadoras y lo ratificamos en nuestras Constituciones.

Cuando se actúa con fe y confianza en el designio amoroso de Dios hay, iniciativa, creatividad, generosidad, proactividad, y los recursos se multiplican, ya que no se deja vencer en generosidad, como lo vemos después de alimentar a tantos miles, sobran 12 canastos de los trozos del pan repartido.

Que María, madre compasiva y de la cariñosa atención nos ayude a ser humildes y generosas y aprender de su Hijo Jesús a ver las necesidades de nuestros entornos y poner los medios de lo que somos y tenemos, que el resto lo hará el mismo Jesús, llenándonos de bendiciones en gratitud.

       Hna. Ana Delia Silva A.

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Reflexión del domingo 22 de julio de 2018

Evangelio según Marcos 6: 30-34

«Al volver los apóstoles a donde estaba Jesús, le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Jesús les dijo: «Vámonos aparte, a un lugar retirado, y descansarán un poco.» Porque eran tantos los que iban y venían que no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron solos en una barca a un lugar despoblado. Pero la gente vio cómo se iban, y muchos cayeron en la cuenta; y se dirigieron allá a pie. De todos los pueblos la gente se fue corriendo y llegaron antes que ellos. Al desembarcar, Jesús vio toda aquella gente, y sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles largamente.»

Reflexión:

Lo que caracteriza a todos los cristianos es ser artífices de paz, unificadores. Es por eso que Jesús envía a sus discípulos en misión. Reunir en vez de dispersar y separar, hacer todo para evitar que las personas se separen, que los chismes se propaguen, que los celos o la ambición vengan a quebrantar los cimientos de la comunidad. Ese es el desafío diario al que están confrontadas las personas de paz.

En la celebración de la Misa, el Señor nos permite que apacigüemos nuestra agresividad, destruyendo los muros que  nos separan. Encontramos al Señor, recibimos su perdón, descubrimos la paz y las herramientas necesarias para perdonar a los que nos ofenden.

El descanso es la barca de Jesús donde por un momento nos olvidamos de cualquier otra preocupación que solo su presencia y su amor. Nutridos de Dios, Jesús cuenta diariamente con nuestros brazos y nuestro corazón. Jesús eligió gente común, del lugar, les pidió anunciar su Buena Nueva. Él no ha cambiado de método. Ahora nos llama a nosotros. ¿Estamos escuchando el llamado de Jesús?

L.L.,  Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 15 de julio de 2018

Evangelio según Marcos 6:7-13

Llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Les ordenó que no llevaran nada para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni morral, ni dinero; que llevaran calzado corriente y un solo manto.

Y les decía: «Quédense en la primera casa en que les den alojamiento, hasta que se vayan de ese sitio. Y si en algún lugar no los reciben ni los escuchan, no se alejen de allí sin haber sacudido el polvo de sus pies: con esto darán testimonio contra ellos.» Fueron, pues, a predicar, invitando a la conversión. Expulsaban a muchos espíritus malos y sanaban a numerosos enfermos, ungiéndoles con aceite. 

Al igual que los discípulos de Jesús, estamos llamados a difundir la Buena Nueva. Como ellos, debemos despojarnos de todo lo que es superfluo y no guardar sino lo esencial, es decir, nuestra fe y nuestro ser, que es un templo sagrado al servicio de la Bondad.

Este acto, en teoría, puede parecer simple y fácil de lograr. Sin embargo, todo parece converger para que esta tarea sea muy ardua, y más difícil. ¿Cómo podemos privarnos de la prosperidad que nuestra sociedad nos ofrece y que está al alcance de nuestras manos? ¿Cómo podemos alejarnos de la abundancia material y quedarnos con lo primordial?

Sin embargo, aunque vivimos en tiempos bastante distintos, estoy convencida de que para los discípulos de Jesús, también fue difícil dejar lo poco que poseían para quedarse con lo mínimo e ir de pueblo en pueblo «en misión de dos en dos». Estas pequeñas comunidades nómadas nos recuerdan a nuestras hermanas predecesoras, que fueron a tierras lejanas, sabiendo muy poco acerca de las personas con quienes se encontrarían, pero llenas de esperanza que solo la caridad apremiante de Cristo puede transmitir. Deseo que continuemos nuestro camino siempre trabajando en nosotros mismos y, al mismo tiempo, dando a conocer las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo. ¡Feliz semana a todas y todos!

Una Hermana de la Providencia

 

Reflexión del domingo 8 de julio de 2018

Evangelio según Marcos 6:1-6

Al irse Jesús de allí, volvió a su tierra, y sus discípulos se fueron con él. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga y mucha gente lo escuchaba con estupor. Se preguntaban: «¿De dónde le viene todo esto? ¿Y qué pensar de la sabiduría que ha recibido, con esos milagros que salen de sus manos? Pero no es más que el carpintero, el hijo de María; es un hermano de Santiago, de José, de Judas y Simón. ¿Y sus hermanas no están aquí entre nosotros?» Se escandalizaban y no lo reconocían. Jesús les dijo: «Si hay un lugar donde un profeta es despreciado, es en su tierra, entre sus parientes y en su propia familia.» Y no pudo hacer allí ningún milagro. Tan sólo sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Jesús se admiraba de cómo se negaban a creer.

Reflexión:

A menudo, el Señor nos envía profetas inesperados que nos asombran…

Un encuentro, un intercambio, pueden ofrecernos caminos inesperados y, de hecho, son mensajes del Señor. Tengamos en cuenta que los profetas no son «adivinos» o «predicadores de desgracias, del fin del mundo». Los profetas son aquellos que anuncian la Palabra del Señor, que enseñan cuáles son las voluntades de Dios para nosotros y para el mundo. Hacen grandes cosas de la manera más sencilla y enseñan la Verdad con la inteligencia del corazón, que es la más accesible para todos. Si permanecemos atentos nos daremos cuenta de que no hay un día en que no nos crucemos con un profeta… tal vez en nuestra familia, en nuestras relaciones cercanas, en nuestro medio de trabajo, y así sucesivamente. Cualquiera que sea el envoltorio, lo que cuenta es el mensaje y que puede ayudarnos a vivir. Algo que no falla y nos permite ver quiénes son los verdaderos profetas: siempre son objeto de críticas.

Este pensamiento nos lleva a preguntarnos seriamente como cristianas y cristianos: ¿cuándo profundizaremos antes de emitir un juicio? ¿Cuándo admitiremos que tenemos algo que cambiar, que mejorar en nuestras vidas, y que los reproches que hacemos con frecuencia a los demás nos suelen regresar? Además, ¿juzgamos y criticamos a nuestros pares mucho más fácilmente que los apoyamos en sus esfuerzos y ayudamos en sus dificultades? Que el camino trazado por el más grande de los profetas ilumine nuestras vidas.

Una Hermana de la Providencia

 

Reflexión del domingo primero de julio

Evangelio según Marcos 5:21-43

Jesús, entonces, atravesó el lago, y al volver a la otra orilla, una gran muchedumbre se juntó en la playa en torno a él. 22.En eso llegó un oficial de la sinagoga, llamado Jairo, y al ver a Jesús, se postró a sus pies 23.suplicándole: «Mi hija está agonizando; ven e impón tus manos sobre ella para que se mejore y siga viviendo.» 24.Jesús se fue con Jairo; estaban en medio de un gran gentío, que lo oprimía. 25.Se encontraba allí una mujer que padecía un derrame de sangre desde hacía doce años. 26.Había sufrido mucho en manos de muchos médicos y se había gastado todo lo que tenía, pero en lugar de mejorar, estaba cada vez peor. 27.Como había oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto. 28.La mujer pensaba: «Si logro tocar, aunque sólo sea su ropa, sanaré.» 29.Al momento cesó su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba sana. 30.Pero Jesús se dio cuenta de que un poder había salido de él, y dándose vuelta en medio del gentío, preguntó: «¿Quién me ha tocado la ropa?» 31.Sus discípulos le contestaron: «Ya ves cómo te oprime toda esta gente: ¿y preguntas quién te tocó?» 32.Pero él seguía mirando a su alrededor para ver quién le había tocado. 33.Entonces la mujer, que sabía muy bien lo que le había pasado, asustada y temblando, se postró ante él y le contó toda la verdad. 34.Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda sana de tu enfermedad.» 35.Jesús estaba todavía hablando cuando llegaron algunos de la casa del oficial de la sinagoga para informarle: «Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar ya al Maestro?» 36.Jesús se hizo el desentendido y dijo al oficial: «No tengas miedo, solamente ten fe.» 37.Pero no dejó que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. 38.Cuando llegaron a la casa del oficial, Jesús vio un gran alboroto: unos lloraban y otros gritaban. 39.Jesús entró y les dijo: «¿Por qué este alboroto y tanto llanto? La niña no está muerta, sino dormida.» 40.Y se burlaban de él. Pero Jesús los hizo salir a todos, tomó consigo al padre, a la madre y a los que venían con él, y entró donde estaba la niña. 41.Tomándola de la mano, dijo a la niña: «Talitá kumi», que quiere decir: «Niña, te lo digo, ¡levántate!» 42.La jovencita se levantó al instante y empezó a caminar (tenía doce años). ¡Qué estupor más grande! Quedaron fuera de sí. 43.Pero Jesús les pidio insistentemente que no lo contaran a nadie, y les dijo que dieran algo de comer a la niña.

Reflexión:

Si la analizamos más de cerca, esta historia nos habla sobre todo de la salvación y la fe. El oficial de la sinagoga le suplica a Jesús: «Mi hija está agonizando; ven e impón tus manos sobre ella para que se mejore y siga viviendo». Y la mujer que padecía un derrame de sangre incurable se dijo a sí misma: «Si logro tocar, aunque sólo sea su ropa, sanaré». Ahora bien, esta salvación (cuya curación es el signo) presupone la fe. Esto es lo que Jesús destaca; le dijo a la mujer que tocó su ropa y que dio a conocer: «Tu fe te ha salvado». Y al oficial de la sinagoga que acaba de enterarse de la muerte de su hija: «No tengas miedo, solamente ten fe».

Solo la fe en Jesús puede llevar la salvación a la vida eterna a través de la muerte y la resurrección del Señor. El relato de Marcos revela su carácter catequético. Al leerlo de nuevo a la luz de la resurrección de Jesús, aparece como una anticipación profética de lo que Jesús ofrece a cada creyente. De hecho, le dice a la niña: «Levántate» o literalmente, «Despierta», es decir, «Resucita».

CRISTO ha vencido la muerte. Él es la fuente inagotable de nuestra ESPERANZA. Él es la Vida que anima nuestras almas. Él es Alimento de vida por su EUCARISTÍA. Él nos revive constantemente con sus múltiples perdones. ÉL es el CAMINO de la VIDA. Vino por la VIDA y la vida en abundancia… ¡Cómo no confiar plenamente en Él!

Una Hermana de la Providencia

 

Reflexión del domingo 24 de junio – Evangelio según Lucas 1, 57-66, 80

Cuando le llegó a Isabel su día, dio a luz un hijo, y sus vecinos y parientes se alegraron con ella al enterarse de la misericordia tan grande que el Señor le había mostrado. Al octavo día vinieron para cumplir con el niño el rito de la circuncisión, y querían ponerle por nombre Zacarías, por llamarse así su padre. Pero la madre dijo: «No, se llamará Juan.» Los otros dijeron: «Pero si no hay nadie en tu familia que se llame así.» Preguntaron por señas al padre cómo quería que lo llamasen. Preguntaron por señas al padre cómo quería que lo llamasen. «Su nombre es Juan», por lo que todos se quedaron extrañados. En ese mismo instante se le soltó la lengua y comenzó a alabar a Dios. Un santo temor se apoderó del vecindario, y estos acontecimientos se comentaban en toda la región montañosa de Judea. La gente que lo oía quedaba pensativa y decía: «¿Qué va a ser este niño? » Porque comprendían que la mano del Señor estaba con él. A medida que el niño iba creciendo, le vino la fuerza del Espíritu. Vivió en lugares apartados hasta el día en que se manifestó a Israel.

Reflexión

En los evangelios, Juan Bautista es una de las pocas personas de las que se habla sobre su nacimiento. Todo comenzó con el anuncio hecho a Zacarías, cuyo nombre, no olvidemos, significa «Dios recuerda». «No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada. Tu esposa Isabel te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan». El 24 de junio, el día de su nacimiento, se nos da la oportunidad de considerar la singularidad de este hombre nacido de una pareja excepcional. También es una ocasión para unirnos a la alegría de la gente de Quebec que celebra San Juan, su fiesta nacional y la fiesta de su santo patrón.

Así Isabel dio a luz a un hijo. Lo que hace cualquiera mujer de dar a luz, también lo hizo ella. ¡Gracias a ella, Juan Bautista existe! Su existencia entera está atravesada por la relación. Yo no puedo evitar pensar en todas nuestras predecesoras, Hermanas de la Providencia, que libremente han elegido «dar a luz» dedicando su vida entera a personas marginadas. Sí, «dar a luz» es dar vida; es permitir que el otro tenga una vida mejor, por ejemplo. ¿No es esta la razón de ser de una Hermana de la Providencia? Juan Bautista es la persona que el mundo ya no esperaba, el mundo le da la bienvenida y se regocija. Es el que nació como un milagro y recibió un nombre inspirado por la tradición. Él es el precursor, el hombre feliz. En este año jubilar del 175.o aniversario de la nuestra fundación, nosotras Hermanas de la Providencia estamos invitadas a mirar el pasado y recordar todos los acontecimientos que han marcado la historia de nuestra Congregación. ¿No será este el momento para que hoy acojamos la gracia de Dios en nuestra vida personal y congregacional? Juan, cuyo nombre significa «Gracia de Dios» es quien constantemente predicó la conversión. En este año jubilar, ¿podremos dejarnos transformar por la gracia y la misericordia de Dios? ¿Seremos capaces de hacer una introspección y renovar  alianza con Cristo que constantemente nos habla? Por último, como Isabel, ¿nos encontraremos lo suficientemente disponibles para dejar estallar la vida que se mueve en nosotros?

Hna. Sandrine-Aimée Tsélikémé, sp

 

Reflexión del domingo 17 de junio – Evangelio según Marcos 4, 26-34

La semilla y el grano de mostaza 

Jesús les dijo también: «Escuchen esta comparación del Reino de Dios. Un hombre esparce la semilla en la tierra, y ya duerma o esté despierto, sea de noche o de día, la semilla brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da fruto por sí misma: primero la hierba, luego la espiga, y por último la espiga se llena de granos. Y cuando el grano está maduro, se le mete la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha.»  Jesús les dijo también: «¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué comparación lo podríamos expresar? Es semejante a una semilla de mostaza; al sembrarla, es la más pequeña de todas las semillas que se echan en la tierra, pero una vez sembrada, crece y se hace más grande que todas las plantas del huerto y sus ramas se hacen tan grandes que los pájaros del cielo buscan refugio bajo su sombra.» Jesús usaba muchas parábolas como éstas para anunciar la Palabra, adaptándose a la capacidad de la gente. No les decía nada sin usar parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Mientras esperamos la «temporada de la cosecha», un proceso de crecimiento está desarrollándose. Es una ilusión pensar que nada está sucediendo. No percibimos lo que está pasando, pero en realidad la vida está creciendo. Lo que sucede en nosotros y alrededor de nosotros es a menudo de este orden: es una fuerza oculta e imperceptible que se activa sin que nos demos cuenta.

Jesús nos hizo saber también que nuestro esfuerzo para difundir el mensaje de la Buena Nueva va en la misma dirección. Él mismo, quien era un gran predicador, no consiguió fácilmente convertir a sus contemporáneos y a su propia familia. Sin embargo, con una audacia loca, creía no haber perdido su tiempo sembrando la semilla de la esperanza del Reino. Y la historia ha confirmado que tenía razón.

Esta pequeña parábola nos recuerda que mientras la vida se está destruyendo por todas partes a nuestro alrededor, tenemos que aprender a mantener la calma, a no agitarnos y a dormir tranquilos. San Pablo dijo que en lugar de construirse a uno mismo, nosotros como cristianos debemos dejarnos moldear por la gracia de Dios. El Señor es como el escultor que no apila piedra sobre piedra, sino que quita lo no sirve del bloque de mármol que trabaja. Del mismo modo, el cristiano debe dejarse modelar con confianza. También debe confiar en Dios para el desarrollo de la fe a su alrededor. La acción de Dios está presente, aunque no la veamos.

 

Reflexión domingo 10 de junio de 2018

Marcos 3:20-35

«Jesús llegó a una casa, y la multitud se juntó de nuevo, a tal punto que ellos ni siquiera podían comer. Cuando sus parientes oyeron esto, fueron para hacerse cargo de Él, porque decían: Está fuera de sí. Y los escribas que habían descendido de Jerusalén decían: Tiene a Belcebú; y: Expulsa los demonios por el príncipe de los demonios. Y llamándolos junto a sí, les hablaba en parábolas: ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Y si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede perdurar. Y si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá permanecer. Y si Satanás se ha levantado contra sí mismo y está dividido, no puede permanecer, sino que ha llegado su fin. Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes si primero no lo ata; entonces podrá saquear su casa. En verdad os digo que todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias con que blasfemen, pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo no tiene jamás perdón, sino que es culpable de pecado eterno. Porque decían: Tiene un espíritu inmundo.

Entonces llegaron su madre y sus hermanos, y quedándose afuera, mandaron llamarle. Y había una multitud sentada alrededor de Él, y le dijeron: He aquí, tu madre y tus hermanos están afuera y te buscan. Respondiéndoles El, dijo: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y mirando en torno a los que estaban sentados en círculo, a su alrededor, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque cualquiera que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano y hermana y madre.»

Reflexión:

Trata de imaginar, como yo lo estoy haciendo ahora, que formas parte de este evangelio que, a primera vista, luce controversial… A Jesús, apretujado por la gente, le es imposible probar bocado ¿Qué siento al imaginar esta escena y qué pienso al respecto? Para mi sorpresa, Jesús no pierde la calma… Lo miro de reojo… está atento. Y entre tantos requerimientos, me llama la atención que preste oído a los escribas, quienes,  con sus conocimientos, prejuicios y miedos, comentaban de Jesús: «tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios» … Me quedo expectante frente a lo que pudiese decir Jesús; después de todo, son los escribas, hombres (mujeres) de opinión, líderes en su área y celosos de su tradición ¿Recuerdas alguna vez en que personas o grupos, con sus prejuicios y miedos, te hayan evaluado? Y tú, con tus prejuicios y miedos, ¿has evaluado a alguien? Me quedo viendo a Jesús, que me mira con ternura, como sabiendo mi ignorancia mezclada con profunda admiración y respeto…Y tú ¿cómo crees que Jesús te mira?… Él me invita a acercarme y, al igual que a los demás, me explica desde la lógica más básica, que una familia dividida no puede subsistir, que su actividad, su celo, su silencio, tienen un fundamento imposible de cambiar, y esta es… ¡la voluntad del Papito! … Respiro profundo… y me doy cuenta de que Jesús me mira con nostalgia, menciona mi nombre y, sin eufemismos, me pregunta: «¿Eres tú mi hermano, mi hermana y mi madre?» ¿Qué le respondo?

Marcia Gatica sp.

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Domingo 3 de junio de 2018

«Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre» (Mc 14, 12-16, 22-26)

Evangelio según Marcos

El primer día de la fiesta en que se comen los panes sin levadura, cuando se sacrificaba el Cordero Pascual, sus discípulos le dijeron: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la Cena de la Pascua?» Entonces Jesús mandó a dos de sus discípulos y les dijo: «Vayan a la ciudad, y les saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo hasta la casa en que entre y digan al dueño: “El Maestro dice: ¿Dónde está mi pieza, en que podré comer la Pascua con mis discípulos?” Él les mostrará en el piso superior una pieza grande, amueblada y ya lista. Preparen todo para nosotros.» Los discípulos se fueron, entraron en la ciudad, encontraron las cosas tal como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.

Durante la comida Jesús tomó pan, y después de pronunciar la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomen, esto es mi cuerpo.» Tomó luego una copa, y después de dar gracias, se la entregó y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esto es mi sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por muchos. En verdad les digo que no volveré a probar el fruto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios.» Después de cantar los himnos se dirigieron al monte de los Olivos.

En adelante, aquellos que bien quieren mirar hacia el Crucificado y reconocer en él el verdadero rostro de Dios,  son los hermanos y las hermanas de Cristo; lo reconocen tal como es verdaderamente, el Dios de la ternura y la misericordia y, a su vez, pueden vivir en la ternura y la misericordia. Finalmente, de eso se trata, de vivir como seres libres, porque las peores cadenas son las que nos ponemos a nosotros mismos.

Esta es la vida nueva a la que estamos invitados y que es simbolizada por el pan; cuando Jesús dijo «Esto es mi cuerpo», tenía en las manos un pedazo de pan sin levadura, un «matzá», y así anunció una nueva forma de ser, una manera pura que significaba ser libre.

En este año del 175.o aniversario de nuestra Congregación, transmitiremos a las nuevas Hermanas de la Providencia, así como a las Asociadas y Asociados Providencia, el orgullo y el anhelo de querer pertenecer a nuestra hermosa Comunidad y de arraigarse en ella.

Durante las festividades, en la alegría de la acción de gracias, me maravillo y agradezco a Dios Providencia y a Emilia Gamelin, pues ella me hace vivir su carisma. Cada Hermana de la Providencia, dondequiera que se encuentre en el mundo, es una extensión de Emilia, quien sigue y seguirá por siempre muy viva en nuestros corazones y en nuestras vidas.

¡175 años de bendiciones!

Hermana Lise Lessard, sp.

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Domingo de la Santísima Trinidad, 27 de mayo de 2018

Todos aquellos a los que guía el Espíritu de Dios son hijos e hijas de Dios. […] que nos permite gritar: ¡Abba!, o sea: ¡Padre! El Espíritu asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Siendo hijos, son también herederos; la herencia de Dios será nuestra y la compartiremos con Cristo… Romanos 8, 14-17

Cuando oro con el icono de la Santísima Trinidad de Andrei Rublev, me llama la atención cómo cada una de las personas representadas en el icono se inclinan las unas hacia las otras. Estas tres personas distintas parecen estar comprometidas en un encuentro sagrado, que a la vez es consciente y armonioso. En su compromiso, podemos reconocer que una comunión profunda y sagrada está sucediendo.

En la capilla del Centro Internacional de las Hermanas de la Providencia, en Montreal, se halla un icono de la Sagrada Familia en el que las tres personas, María, José y el Niño Jesús, se inclinan también los unos hacia los otros, plenamente conscientes y comprometidos en un encuentro que refleja el de la Santísima Trinidad. Aquí, también vemos que ocurre una comunión y reconocemos la comunidad de amor que llamamos la Sagrada Familia.

Lo que es para mí  tan maravilloso, sorprendente y misterioso, es que el amor comunitario de la Trinidad se «hizo carne» en la vida de Jesús. Con la encarnación de Jesús, el Amor Sagrado del Dios Trinitario se vuelve uno  con toda la humanidad y con toda la creación. Este encuentro de Dios con la creación de Dios en la persona de Jesús se confirma con la efusión del Espíritu Santo que abarca todo el universo.

En nuestras vidas cotidianas, somos invitados a ser conscientes y saber que estamos inmersos en lo sagrado y que nosotros mismos, cualquier otra persona y cada aspecto de la creación refleja el carácter sagrado de Dios. A medida en que nos hacemos cada vez más conscientes de esta verdad, nos encontramos inclinándonos hacia el encuentro con lo sagrado que nos rodea y participamos en la dinámica sagrada del amor que tiene el poder de transformarnos. Así, nosotros, con nuestras hermanas, nuestros hermanos y toda la creación, nos estamos moviendo juntos hacia la comunión, reflejando en nuestras diversas y santas comunidades de vida, la misma vida de la Trinidad de Dios La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes.  2 Cor 13, 14-17

Kathryn Rutan, sp.

 

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DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Evangelio según Juan 20, 19-23

La noche de ese mismo día, el primero de la semana, los discípulos estaban reunidos a puerta cerrada en un lugar, por miedo a los judíos. En eso llegó Jesús, se puso en medio y les dijo: «La paz sea con ustedes.» Y mientras les decía esto, les mostró sus manos y su costado. Y los discípulos se regocijaron al ver al Señor. Entonces Jesús les dijo una vez más: «La paz sea con ustedes. Así como el Padre me envió, también yo los envío a ustedes.» Y habiendo dicho esto, sopló y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes perdonen los pecados, les serán perdonados; y a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados.»

Desde hace ocho días, los apóstoles han estado tristes y un poco desconcertados. El domingo anterior, vieron a Jesús elevarse y ascender al cielo y saben que ya no lo volverán a ver. Están tristes y preocupados, no saben cómo será todo por ellos ahora.

Hoy, se reúnen en el mismo lugar, dice el evangelista, probablemente el Cenáculo, para hablar de Jesús, sus enseñanzas y sus palabras durante su primera aparición. Jesús se presentó ante ellos diciéndoles: «La paz sea con ustedes» y después de pronunciar estas palabras, sopló sobre ellos y dijo: «Reciban el Espíritu Santo, él les enseñará todas las cosas». Sin embargo, todavía se sienten indefensos y temerosos; realmente no saben cómo cumplirán la misión que Jesús les dejó.

Mientras tienen todos estos pensamientos, se siente un gran viento que llena toda la habitación y los apósteles ven lenguas de fuego que se posan sobre sus cabezas. ¡Es Pentecostés! Es el Espíritu Santo que se hace oír y se deja ver. Transforma a los apóstoles, los llena de audacia, amor, fuerza y valentía. Sí, ya están listos para proclamar a Jesús, su vida, su muerte y sus enseñanzas. (Hechos de los Apóstoles 2, 1-11)

La mayoría de nosotros también recibimos el Espíritu Santo, primero en nuestro bautismo y luego en nuestra confirmación. ¿Lo recordamos? ¿Todavía pensamos en ello? ¿Queremos el Espíritu de Dios? ¿Oramos al Espíritu Santo? Cuando yo era una niña interna en una escuela, cada lunes por la mañana, antes de clase, cantábamos una oración al Espíritu Santo. Yo suelo cantarla todavía, porque me gusta mucho y, para esta semana de Pentecostés, quisiera compartir la letra con ustedes:

Oh Espíritu Santo, alma de mi alma, te adoro.

Guíame, dirígeme, consuélame, háblame,

Dime lo que debo hacer, dame órdenes.

Te prometo someterme a todo lo que me pidas

Y aceptar todo lo que permitas.

Solo hazme conocer tu voluntad.

Amén.

Hermana Pierrette Chevrette, sp.

 

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Domingo, 14 de mayo de 2018

Evangelio según Marcos, 16, 15-20

Y les dijo: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se niegue a creer será condenado. Estas señales acompañarán a los que crean: en mi Nombre echarán demonios y hablarán nuevas lenguas; tomarán con sus manos serpientes y, si beben algún veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán sanos.» Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos, por su parte, salieron a predicar en todos los lugares. El Señor actuaba con ellos y confirmaba el mensaje con los milagros que los acompañaban.

Reflexión

Hoy el domingo de Ascensión nos enseña que la presencia de Jesús, limitada hasta entonces a quienes podían acercarse físicamente a Él, tocarlo, verlo y escuchar sus palabras, se convierte en una presencia sin límites de fronteras. El misterio de la Ascensión dista mucho de ser un sueño. No se parece a nada de lo que ofrece la fundación «Sueños de Niños», que permite a un niño enfermo realizar un sueño antes de morir.

Este misterio de la Ascensión no nos aleja de la realidad humana en la que vivimos, no nos lleva a un mundo virtual, sino que nos regresa a la tierra. Actualiza el misterio de la Encarnación del Verbo: Dios con nosotros. Jesús es una presencia que forma parte del ser humano, de nuestro cuerpo de carne, de nuestro corazón y de nuestro espíritu; es una presencia que se encuentra en el corazón de la Iglesia, en nuestras comunidades de fe y en los intercambios de gestos que reconocen esta presencia en los hermanos y las hermanas que nos rodean o en quienes padecen necesidad.

«Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y ustedes me dieron de beber. Fui forastero y ustedes me recibieron en su casa. Anduve sin ropas y me vistieron. Estuve enfermo y fueron a visitarme. Estuve en la cárcel y me fueron a ver» (Mateo 25: 35-36).

Hoy día, también celebramos el día de la madre; es un hermoso día para agradecer a nuestra madre el habernos dado la vida.

Un día, mi madre se enfermó gravemente y fue hospitalizada en Sorel; ya no caminaba ni podía comer sola. Como yo conocía a un médico a quien acompañaba espiritualmente, lo llamé para preguntarle si él podría intervenir. Rápidamente contactó a uno de sus colegas, el cual ordenó el traslado de mi madre al hospital Maisonneuve-Rosemont, en Montreal. En seguida le prestaron cuidado a mi mamá. Todo el mundo me decía: «Lucille, prepárate, tu madre va a morir». Pero, en el fondo de mi corazón, tenía la certeza de que mi madre no iba a fallecer. Como bien pueden imaginar, pedí a Emilia que interviniera, ofrecí una limosna a mi querida fundadora. Mi madre se recuperó después de unos meses de convalecencia y doy gracias al Señor. Hoy, por ser día de la madre, aprovecho la oportunidad para agradecer al Señor y rendirle un homenaje a mi madre: «Mamá, te doy gracias por haberme dado la vida, por haberme hecho conocer a Dios, por haberme enseñado el amor de los más débiles, de los más pequeños y la importancia de actuar en su defensa. Cada noche, te oía orar el «Padre Nuestro» y el «Ave María», antes de que tú y papá se durmieran». «Gracias también por todos los niños que acogiste en tu hogar y que cuidaste durante muchos años.» Mi madre tiene 95 años ahora y vive  en la residencia Bourgjoli, en la ciudad de St-Hyacinthe, desde hace varios años.

Recordemos con gratitud y afecto a todas las mamás, incluidas las que se encuentran en el Cielo, confiándolas a María, la mamá de Jesús», nos dice el Papa Francisco.

En este domingo de Ascensión, Jesús desaparece de la vista de sus discípulos, pero permanece presente en lo más profundo de sus corazones. Enséñanos, Señor, a reconocer tu presencia en todos los eventos de nuestra vida. Amén.

 

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Domingo, 5 de mayo de 2018

«No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos,» (Jn 15, 9-17)

Evangelio según Juan

6.o domingo de Pascua

En aquel entonces, Jesús les decía a los discípulos: «Como el Padre me amó, así también los he amado yo: permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho todas estas cosas para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea completa. Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos, y son ustedes mis amigos si cumplen lo que les mando. Ya no les llamo servidores, porque un servidor no sabe lo que hace su patrón. Los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que aprendí de mi Padre. Ustedes no me eligieron a mí; he sido yo quien los eligió a ustedes y los preparé para que vayan y den fruto, y ese fruto permanezca. Así es como el Padre les concederá todo lo que le pidan en mi Nombre. Ámense los unos a los otros: esto es lo que les mando. »

Reflexión

Nos encontramos aquí ante unos de los pasajes más fuertes del Evangelio; si nos detenemos en él, percibimos la esencia misma del cristianismo: «Ámense los unos a los otros». Este mandamiento, que no tiene nada que ver con una orden militar, se nos da con el sentido de una «palabra de vida», como las diez palabras o los diez mandamientos dados a Moisés; en fin, estas palabras se resumen muy claramente en una: amar, amarse los unos a los otros por encima de todo, tanto como Dios nos ama.

Este amor grandioso e infinito que, por su vida, Cristo nos enseñó, es un desafío cotidiano al que se enfrentan todos los seres humanos; vivirlo requiere un corazón dispuesto a abrirse, a aceptar al otro  con benevolencia, a acogerlo cálidamente, a amar y a dejarse amar.

Así pues, dar fruto es posible solamente si nos amamos y aceptamos amar como Dios ama, con un amor sin límites y sin previo aviso. Luego si perseguimos este fin, desde ya encontraremos en este mundo un poco de la felicidad celestial de los que nos amarán como nosotros hemos de amarlos.

Por lo tanto, esta palabra de amor nos llama a reflexionar sobre las preguntas siguientes: ¿Nos encontramos realmente dispuestos a amar? ¿Nos hallamos abiertos al otro hasta el punto de amarlo, hasta el punto de dar nuestra propia vida, como Emilia Gamelin lo hizo a lo largo de su vida?

Que el Señor nos guíe en nuestro camino hacia el amor.

Una Hermana de la Providencia.

 

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Domingo, 29 de abril de 2018

Evangelio según Juan, capítulo 15, 1-8

En aquel entonces, Jesús le decía a sus discípulos: «Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Toda rama que no da fruto en mí la corta. Y todo sarmiento que da fruto lo limpia para que dé más fruto. Ustedes ya están limpios gracias a la palabra que les he anunciado, pero permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes. Un sarmiento no puede producir fruto por sí mismo si no permanece unido a la vid; tampoco ustedes pueden producir fruto si no permanecen en mí. Yo soy la vid y ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, pero sin mí no pueden hacer nada.  Al que no permanece en mí lo tiran y se seca; como a los sarmientos, que los amontonan, se echan al fuego y se queman. Mientras ustedes permanezcan en mí y mis palabras permanezcan en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán. Mi Padre es glorificado cuando ustedes producen abundantes frutos: entonces pasan a ser discípulos míos.»

Reflexión

Hoy, el Evangelio nos habla otra vez de una imagen campestre bien evocadora. Después de la del pastor, la imagen de la vid nos evoca muchas cosas relacionadas con la vida. La vid, una planta maravillosa, compleja y frágil, es sorprendentemente productiva, pero necesita mucho cuidado. Antes de ser el orgullo del labrador, requiere su amor, su energía y su atención constante. ¡Es una verdadera pasión! Pasa lo mismo con nuestros jardineros locales.

Dar frutos no significa hacer cosas extraordinarias, sino hacer bien las cosas ordinarias. «Atados a Cristo como los sarmientos a la vid, iluminados por el Espíritu Santo, podemos entonces producir un fruto abundante. El fruto del Espíritu, como nos lo decía san Pablo, “es caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo. (Gál 5,22-23)” (Padre Yvon-Michel Allard, s.v.d.)». Dios nos necesita para crear un mundo mejor, un mundo de respeto, de fraternidad y de amor. Dios necesita nuestras manos, nuestros pies, nuestro corazón en un universo a menudo despiadado ante los vulnerables. El texto de hoy nos recuerda que si estamos unidos a Cristo, como los sarmientos de la vid, recibiremos su fuerza y su vida, nos  querremos los unos a los otros y daremos mucho fruto. «El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto.»

El texto de hoy nos recuerda también que hay que mantener una constante relación con Cristo, con el fin de que nuestra fe y nuestro compromiso no se extingan, como la llama de una lámpara que arde. Gracias a la savia vivificante de la vid, las obras de bondad pueden ocurrir y multiplicarse.

La vid no se deja abandonada a sí misma, sin cuidado. Puede contar con la labor del labrador que trabaja para  purificarla, para limpiarla; no para la muerte y la separación, sino para dar más vida y más fruto. Me parece que este detalle nos invita a revisar las pruebas a las que nos enfrentamos en nuestra vivencia cotidiana.

Mucho antes de nosotras, una mujer, la señora Gamelin, dio una amplia mirada a los sufrimientos de sus compatriotas y, como la vid que extiende sus sarmientos, ella multiplicó su presencia, su apoyo, su acción, para permitirles que crecieran y se transformaran plenamente, por su vida, en un himno al Dios que hizo el universo.

«¿Tiene idea de un campo? Ya lo compró: una viña que pagó con su trabajo» (Prov. 31,16). Estamos pues entre unas manos que nos quieren. El Padre se ofrece a refinarnos, a liberarnos y a despejarnos para que demos todo el fruto esperado.

Hermana Lucille Vadnais, sp.

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Espiritualidad Providencia

Este año 2018 celebramos el 175.o aniversario de la Congregación. Con el objetivo de disponer de una herramienta común de reflexión y desde un punto de vista de la espiritualidad propia a nuestra Congregación le presentamos la reflexión sobre el Evangelio del domingo.

Domingo, 22 de abril de 2018

El buen pastor da su vida. Juan 10, 11-18

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. No así el asalariado, que no es el pastor ni las ovejas son suyas. Cuan do ve venir al lobo, huye abandonando las ovejas, y el lobo las agarra y las dispersa. A él sólo le interesa su salario y no le importan nada las ovejas. Yo soy el Buen Pastor y conozco a los míos como los míos me conocen a mí, lo mismo que el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Y yo doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este corral. A esas también las llevaré; escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño con un solo pastor. El Padre me ama porque yo doy mi vida para retomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo mismo la entrego. En mis manos está el entregarla y el recobrarla: éste es el mandato que recibí de mi Padre. »

Reflexión

El buen pastor es el que permite a quienes le fueron confiados vivir plenamente. San Juan, en su Evangelio, hace hincapié en la individualidad de cada uno y la importancia que tenemos para Dios: «Yo soy el buen pastor, y conozco a [mis ovejas] y [mis ovejas] me conocen». Cuando alguien es importante para nosotros, conocemos su nombre, ya sea un miembro de nuestra familia, uno de nuestros amigos, un colega o las personas que nos rodean. Conocer a una persona me permite amarla y respetarla, por lo tanto Jesús se describe a sí mismo como el pastor que conoce a cada una de sus ovejas por su nombre. Todas escuchan su voz y la reconocen. No hay ningún marginado entre las ovejas de Jesús. Fuerte o débil, cada una recibirá la vida en abundancia, si es que lo desea.

Sí, Jesús nuestro pastor nos confía los unos a los otros. Como él, somos invitados a dejar nuestro corral para ir al encuentro de los demás, y no es fácil. La tentación de cerrar la puerta y quedarse bien cómodos en casa, es grande. La Buena Nueva del Evangelio debe ser anunciada a los pobres y a los marginados por el mundo entero, siguiendo el ejemplo de Emilia.

Este domingo del Buen Pastor, haznos reconocer tu voz, Señor, entre los ruidos del mundo.  Tu Palabra nos revela el camino que nos lleva hacia ti, concédenos la gracia de acogerla y aferrarnos a ella para que transforme nuestras vidas; y que podamos aprovechar el 175.o aniversario de la fundación de la Congregación de las Hermanas de la Providencia, para profundizar  nuestra reflexión acerca de la Palabra de Dios.

Hermana Françoise Paillé, sp.

 

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Domingo 15 de avril de 2018

Luc 24, 35-48
[Los apóstoles], por su parte, contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Mientras estaban hablando de todo esto, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: «Paz a ustedes.» Quedaron atónitos y asustados, pensando que veían algún espíritu, pero él les dijo: «¿Por qué se desconciertan? ¿Cómo se les ocurre pensar eso? Miren mis manos y mis pies: soy yo. Tóquenme y fíjense bien que un espíritu no tiene carne ni huesos, como ustedes ven que yo tengo.» Dicho esto les mostró las manos y los pies.Y como no acababan de creerlo por su gran alegría y seguían maravillados, les dijo: «¿Tienen aquí algo que comer?» Ellos, entonces, le ofrecieron un pedazo de pescado asado y una porción de miel; lo tomó y lo comió delante ellos. Jesús les dijo: «Todo esto se lo había dicho cuando estaba todavía con ustedes; tenía que cumplirse todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos referente a mí.» Entonces les abrió la mente para que entendieran las Escrituras. Les dijo: «Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Luego debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, y yendo después a todas las naciones, invitándolas a que se conviertan.
Ustedes son testigos de todo esto.»

Reflexión 

Nos corresponde a nosotros ser testigos

Nosotros, cristianos y cristianas, somos sin duda los testigos privilegiados de la resurrección de Cristo. Fiel a su promesa, el Padre lo resucitó de entre los muertos. El sufrimiento de Jesús es igual a la recompensa de la vida eterna, luz de vida y paz, y nosotros, como los discípulos de Emaús, somos de todo ello los testigos de primera mano.

Cristo Resucitado está presente y se encuentra en medio de nosotros; sin embargo, a pesar del testimonio de las mujeres y de los dos viajeros, los discípulos no pudieron creerlo antes de que Jesús apareciera ante ellos. Solo Jesús puede confirmar la experiencia y su sentido. Jesús prueba que su experiencia no es una broma. El creyente se encuentra con el Cristo Resucitado a través de sus sentidos. Los discípulos vieron, tocaron y oyeron al Cristo Resucitado. Hoy en día, vemos, oímos y tocamos a Cristo a través de los sacramentos, en el testimonio y el servicio de los demás.

La unión con Cristo no se establece únicamente  al compartir la copa y el pan partido; una unión más grande es establecida a través de este compartir y se trata de la unión entre todos los miembros de la comunidad cristiana. Por lo tanto, somos los testigos, pero también los herederos de la fe, y nos corresponde ahora compartir la Buena Nueva, porque hoy más que nunca se necesita una Iglesia que vaya al encuentro de las personas donde estén y como sean.

No obstante, ¿hasta dónde va mi compromiso en la continuación de mi testimonio? ¿Acaso Emilia, hace 175 años, se retiró o vaciló ante la magnitud de la tarea, ante la «pesadez» del legado?

Una Hermana de la Providencia

 

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Domingo de la divina misericordia, 8 de abril de 2018

Este año 2018 celebramos el 175.o aniversario de la Congregación. Con el objetivo de disponer de una herramienta común de reflexión y desde un punto de vista de la espiritualidad propia a nuestra Congregación le presentamos la reflexión sobre el Evangelio del segundo domingo de Pascuas de 2018, por Rosalie Locati, sp.

Evangelio según Juan 20, 19-31

Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor. Jesús les volvió a decir: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «Hemos visto al Señor.» Pero él contestó: «Hasta que no vea la marca de los clavos en sus manos, no meta mis dedos en el agujero de los clavos y no introduzca mi mano en la herida de su costado, no creeré.» Ocho días después, los discípulos de Jesús estaban otra vez en casa, y Tomás con ellos. Estando las puertas cerradas, Jesús vino y se puso en medio de ellos. Les dijo: «La paz esté con ustedes.» Después dijo a Tomás: «Pon aquí tu dedo y mira mis manos; extiende tu mano y métela en mi costado. Deja de negar y cree.» Tomás exclamó: «Tú eres mi Señor y mi Dios.» Jesús replicó: «Crees porque me has visto. ¡Felices los que no han visto, pero creen!»

Muchas otras señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Crean, y tendrán vida por su Nombre.

 

Reflexión 

Segundo domingo de Pascuas

Era el primer día después de la resurrección. En el amanecer, los apósteles abrumados por el miedo, la confusión, la ansiedad, la tristeza, y tal vez por cierta culpa, se encerraron en casa. Pronto María Magdalena, llega de angustia, vino a anunciar que el cuerpo de Jesús no se encontraba en el sepulcro. Pedro y el otro discípulo corrieron para ver con sus propios ojos, pero sus esperanzas se desvanecen cuando ven una tumba vacía. Luego, más tarde en el día, emocionada y sin aliento, María Magdalena regresó a contarles una buena noticia: «He visto al Señor».

¿Pueden ustedes imaginarse lo que los discípulos deben haber pensado y sentido al enterarse de esta noticia? ¿Sería realmente posible que creer y confiar en tan increíble noticia? Tal vez sintieron un torrente de emoción, ansiedad y esperanza, de que pudieran ellos mismos también ser testigos de esto. Y sin embargo, siguieron escondiéndose a puertas cerradas, paralizados por su propio miedo personal y comunitario.

Sin previo aviso, Jesús se puso en medio de ellos. La sorpresa los estremeció. El saludo de Jesús, sencillo, tranquilizante, relajante y cálido de: «La paz sea contigo», quitó sus miedos, terminó con su tristeza y ofreció una profunda sensación de bienestar, una liberación de la tensión y de toda duda. Mientras se regocijaban, Jesús los envía a su nuevo ministerio: «Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también». Ahora deben revelar el amor de Dios al mundo y ser el rostro humano (la presencia) de la Providencia de Dios. Ellos son enviados a dar a conocer la compasión, la misericordia y el amor del Padre. Jesús promete enviar al Espíritu Santo a enseñarles, recordales el misterio de la salvación y guiarlos durante los días difíciles por venir.

Hoy es también el domingo de la Divina Misericordia. Como discípulos en un mundo de realidades caóticas y desafiantes, somos enviadas por el Padre, en nombre de Jesús, a ser agentes de sanación y liberación para las personas pobres, oprimidas y vulnerables. Estamos llamadas a vivir y modelar vidas de misericordia, reconciliación y perdón. Como manifestación de la Providencia de Dios en nuestro mundo, nuestras comunidades y nuestros ministerios, somos invitadas, como lo dijo Jesús a los discípulos en el monte a ser: «compasivas, como es compasivo el Padre de ustedes» (Lc 6,36). A través de la gracia, debemos ser liberadas de nuestros miedos personales, tocadas por la misericordia de Dios e inspiradas por el Espíritu Santo para ser eficaces, vibrantes y valientes discípulos de Jesús.

¿Qué miedos o dudas nublan mi capacidad de reconocer y dar la bienvenida al Señor resucitado en mi vida hoy?

¿Qué me libera y me da valor para hablar y actuar con pasión a aquellos que son pobres y vulnerables en la sociedad?

¿Cómo manifiesto yo la Providencia y la misericordia de Dios en mis relaciones y la vida comunitaria?

Rosalie Locati, sp.

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Reflexión sobre el Evangelio del Domingo de Pascuas 1 de abril de 2018, por Isabel Cid, sp.

Evangelio según Lucas 24 13-35

Aquel mismo día dos discípulos se dirigían a un pueblecito llamado Emaús, que está a unos doce kilómetros de Jerusalén, e iban conversando sobre todo lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar con ellos, pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿De qué van discutiendo por el camino?» Se detuvieron, y parecían muy desanimados. Uno de ellos, llamado Cleofás, le contestó: «¿Cómo? ¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no está enterado de lo que ha pasado aquí estos días?» «¿Qué pasó?», les preguntó. Le contestaron: «¡Todo el asunto de Jesús Nazareno!» Era un profeta poderoso en obras y palabras, reconocido por Dios y por todo el pueblo. Pero nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes renegaron de él, lo hicieron condenar a muerte y clavar en la cruz. Nosotros pensábamos que él sería el que debía libertar a Israel. Sea lo que sea, ya van dos días desde que sucedieron estas cosas. En realidad, algunas mujeres de nuestro grupo nos han inquietado, pues fueron muy de mañana al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, volvieron hablando de una aparición de ángeles que decían que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y hallaron todo tal como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron.» Entonces él les dijo: «¡Qué poco entienden ustedes y qué lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No tenía que ser así y que el Mesías padeciera para entrar en su gloria?» Y les interpretó lo que se decía de él en todas las Escrituras, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas. Al llegar cerca del pueblo al que iban, hizo como que quisiera seguir adelante, pero ellos le insistieron diciendo: «Quédate con nosotros, ya está cayendo la tarde y se termina el día.» Entró, pues, para quedarse con ellos. Y mientras estaba en la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció. Entonces se dijeron el uno al otro: «¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» De inmediato se levantaron y volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a los de su grupo. Estos les dijeron: «Es verdad: el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón.» Ellos, por su parte, contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡JESÚS RESUCITO!

Lo encontramos en nuestro diario vivir.

¡Aleluya! ¡Aleluya!

¡Nuestra Comunidad está viva desde hace 175 años!

Hoy el Evangelio nos dice que en la ruta de Emaús, un desconocido se acerca a personas que caminan tristes, afligidas y sin esperanzas. Este hombre les conversa, las anima y las acompaña y las personas van sintiendo en sus corazones una fuerza transformadora. Al llegar a su casa comparten la comida con el forastero y cuando él parte el pan se dan cuenta que es el mismo Jesús que han visto morir en la cruz.

Ahora reconocen que ha resucitado. La alegría es tan grande que ya no cabe en sus corazones y se van a comunicarla.

Es esta misma alegría, fruto de una comunión realizada, que Emilia transmitió a las personas pobres, humilladas, abandonadas, enfermas y afligidas que encontró en su camino. Ella aprendió con María a vivir la compasión. Ahí vivió su Pascua, así recibió la vida nueva, así fue Providencia.

¡Cuántas pascuas se han vivido durante estos 175 años de nuestra Congregación!

¡Cuántas más podemos vivir a diario inspiradas por Cristo y Emilia!

Que nuestras celebraciones sean ecos vibrantes de gratitud por este privilegio de servir dando vida nueva en todas las situaciones que encontramos.

¡FELICES PASCUAS!

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Compartimos las reflexiones de hermana Grace (Mae) Valdez, sp., sobre el Evangelio del domingo 25 de marzo de 2018:

Evangelio según Marcos 14.1 – 15.47

En esta temporada del año, nos preparamos a contemplar el significado de la pasión del Señor en nuestro propio llamado al discipulado. Quisiera proponerles tres observaciones sobre el Evangelio de hoy. Primero, ¿Quién es Jesús? «¿Eres tú el Cristo, el Hijo de Dios Bendito?» Jesús contestó: «Yo soy, y un día verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios poderoso». El «Yo soy» de Jesús clarifica que Él es verdaderamente el Hijo de Dios, que vino a nosotros, fue entregado a los soldados y a la muchedumbre, y permitió que lo crucificaran para salvarnos.

En segundo lugar, la obediencia de Jesús en la entereza de su pasión, se manifestó en silencio. Tenía suficiente capacidad como para recibir y permitir los insultos, los comentarios negativos y los sufrimientos físicos. Fue obediente a la misión del Padre y asumió las consecuencias. Obedeció no por su propia gloria, sino para salvar a toda la humanidad; Jesús, en solidaridad con nosotros, abrazó a todos nuestros sufrimientos. Mirando a Jesús, vemos también cómo deberíamos ser.   Necesitamos el espíritu de servicio de Jesús para salvar nuestro mundo. Nos enfrentamos a todo tipo de sufrimiento cuando nos rehusamos a servir, haciéndonos más importantes que otros. En definitiva, el mundo sufre a causa de nuestra desobediencia a la voluntad de Dios.

Reflexión y desafío personal: Me sentí horrorizada y herida por Jesús cuando leí, «¡Crucifícalo!» Quería entrar en la escena y gritar «¡No! ¡No pueden hacerle esto!» Seríamos hipócritas si no admitimos que somos parte de la condena y muerte de Jesús, por las acciones  de nuestra vida cotidiana. Cuando insultamos a otros o hacemos comentarios negativos, ¿acaso no impedimos al espíritu de Dios que obre en nosotros?  Cuando no somos fieles a la gracia de Dios, ¿

no traicionamos la acción de Dios en nosotros? A menudo nuestro comportamiento y valores no reflejan lo que nos comprometimos a vivir, de acuerdo a nuestro estado en de vida. Cuando no somos capaces de responder a la gracia de Dios, ¿será porque no hemos puesto a Jesús en el centro de nuestra vida? ¿No habremos ofendido a Dios cuando estamos tan enfocados en nuestro ministerio y nos hemos olvidado de pasar tiempo de calidad con Él, Él, quien es la fuente principal de nuestros dones y cualidades? Ojalá constantemente nos acordemos de las palabras de Jesús: «Siempre tienen a los pobres con ustedes y en cualquier momento podrán ayudarlos, pero a mí no me tendrán siempre. En verdad les digo: dondequiera que se proclame el Evangelio, en todo el mundo, se contará también su gesto y será su gloria (Mc 14, 7 y 9).» Acordémonos aún más de las palabras de Jesús, cuando tomamos como un hábito el usar nuestro ministerio como una prioridad, tal vez con el fin de evitar las responsabilidades que pudieran aumentar nuestras zonas de confort.

La pasión de Cristo es un desafío para nosotras Mujeres Providencia.  Al ser fieles a nuestro modo de vivir, en escucha y diálogo contemplativo, elegimos y respondemos continuamente vivir en solidaridad con los demás y especialmente con las personas más desfavorecidas a quienes servimos.

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Compartimos las reflexiones de hermana Béatrice Bouchard, sp., sobre el Evangelio del domingo 18 de marzo de 2018:

Evangelio según Juan 12, 20-33

También un cierto número de griegos, de los que adoran a Dios, habían subido a Jerusalén para la fiesta. Algunos se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron: «Señor, quisiéramos ver a Jesús.» Felipe habló con Andrés, y los dos fueron a decírselo a Jesús. Entonces Jesús dijo: «Ha llegado la hora para que sea glorificado el Hijo del Hombre. En verdad les digo: Si el grano de trigo no cae en tierra y no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida la destruye; y el que desprecia su vida en este mundo, la conserva para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Y al que me sirve, el Padre le dará un puesto de honor. Ahora mi alma está turbada. ¿Diré acaso: “Padre, líbrame de esta hora”? ¡Si precisamente he llegado a esta hora para enfrentarme con todo esto! Padre, ¡da gloria a tu Nombre!» Entonces se oyó una voz que venía del cielo: «Lo he glorificado y lo volveré a glorificar.» Los que estaban allí y que escucharon la voz decían que había sido un trueno; otros decían: «Le ha hablado un ángel.» Entonces Jesús declaró: «Esta voz no ha venido por mí, sino por ustedes. Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera, y yo, cuando haya sido levantado de la tierra, atraeré todo.» Con estas palabras Jesús daba a entender de qué modo iba a morir.

El grano de trigo

¿Habrá alguien leyéndome en este momento y que algún día se encontró con una persona que le habló de un grano de trigo durante una tarde entera? Sorprendente, ¿cierto? Entonces, vayamos a ver a Jesús y él nos dirá:

Si el grano de trigo no muere, no dará fruto; queda solo y muere. De niña, mi padre era agricultor; sembraba la mitad de su campo con trigo, y la otra con avena.  Estoy convencida de que Jesús se dejaba inspirar por el campo, especialmente por las semillas y las cosechas, para ilustrar sus conversaciones con la muchedumbre. Mi padre también cuidaba su campo, quitaba la maleza, labraba la tierra y después de haber sembrado, pasaba un rodillo para asegurarse de que las semillas estuvieran bien hundidas y el suelo bien aplanado, si no las semillas no brotarían.

El Señor nos dio el ejemplo: hay que morir para vivir, porque todos esperamos la resurrección. El Señor nos enseñó el camino. No tengamos miedo de seguir a Jesús en la resurrección, en su reino.

Mi padre no cosechaba antes del mes de octubre, porque así estaba seguro de tener  una buena cosecha; de hecho, él plantaba bien sus granos y estos morían con el fin de producir en abundancia.

Preparémonos a la resurrección, es importante, tal como la vida nueva que resulta de ello. No nos gusta la muerte, ni la enfermedad, ni el sufrimiento, pero sigamos el ejemplo de Jesús y resucitemos el día de Pascua. Busquemos a Jesús, lo encontraremos en la persona del pobre, del que sufre, del excluido, porque no hay transformación sin muerte.

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Compartimos las reflexiones de hermana Claudette Chénier, sp., sobre el Evangelio del domingo 11 de marzo de 2018:

Evangelio según Juan 3, 14-21

Recuerden la serpiente que Moisés hizo levantar en el desierto: así también tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, y entonces todo el que crea en él tendrá por él vida eterna.  ¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió al Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve el mundo gracias a él. Para quien cree en él no hay juicio. En cambio, el que no cree ya se ha condenado, por el hecho de no creer en el Nombre del Hijo único de Dios. Esto requiere un juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Pues el que obra el mal odia la luz y no va a la luz, no sea que sus obras malas sean descubiertas y condenadas. Pero el que hace la verdad va a la luz, para que se vea que sus obras han sido hechas en Dios.

¡Qué regalos de Dios son la fe, su amor y su luz! ¡Ojalá me deje transformar por ellos!

En el versículo anterior del Evangelio de Juan, para este cuarto domingo de Cuaresma, Jesús dice que el Hijo del hombre que descendió del cielo, es la única revelación verdadera del Padre. Él ahora habla de que es «levantado» en la cruz y este gesto será para el creyente «el signo de salvación» y la vida a través de la muerte y la resurrección de Cristo. ¡Qué misterio!, pero el regalo de la fe que Dios me dio en el bautismo, me permite adherirme a esta verdad, y aún más, me lleva a la vida eterna. Sí, ¡qué misterio! Dios me salva y salva a toda la humanidad al morir en una cruz. ¿Por qué?, porque Dios ama con locura a cada ser humano, sea quien sea.

Uno podría pensar que en  la elevación de Jesús en la cruz, fue revelado el amor de Dios por la humanidad y que la humanidad recibió la salvación prometida a aquellos que creen en Dios, pero, es en realidad  toda la vida y la misión de Jesús lo que da testimonio del amor de Dios. Como dice el texto del Evangelio: «Dios no envió a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él».

Creemos que la salvación depende de si una persona opta  por Cristo o no. Cuando Dios envía a su Hijo al mundo, Dios le pide a la humanidad que crea en él. Creer o no creer, es la respuesta a la pregunta de Dios y es también la respuesta al amor de Dios, que se nos da a conocer en el don de su Hijo.

Dios respeta a sus creaturas, hasta el punto de dejarlos libres para elegir aceptar o rechazar la revelación de Cristo. Quienes se alejan de la luz de Cristo, no son capaces de ver que no obran correctamente. Pero aquellos que viven en la verdad (para Juan, aquellos que vienen en la luz), son capaces de expresar su atracción hacia el Padre y demostrar con sus obras que están en comunión con Él. En la presencia de la Luz de Cristo, la decisión de creer o no creer ilumina nuestras acciones pasadas y determina nuestras acciones futuras.

Jesús – Luz, ilumina mi camino para que siempre pueda caminar más cerca de ti, siguiéndote…

Tú que vives en mí, que permaneces en mí, ven a transformarme.

Aumenta mi fe, fortalece mi esperanza y aumenta mi amor por ti y por mi prójimo.

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Compartimos las reflexiones de hermana Mary kaye Nealen, sp., sobre el Evangelio del domingo 4 de marzo de 2018:

Juan 2, 13-25

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados detrás de sus mesas. Hizo un látigo con cuerdas y los echó a todos fuera del Templo junto con las ovejas y bueyes; derribó las mesas de los cambistas y desparramó el dinero por el suelo. A los que vendían palomas les dijo: «Saquen eso de aquí y no conviertan la Casa de mi Padre en un mercado.» Sus discípulos se acordaron de lo que dice la Escritura: «Me devora el celo por tu Casa.» Los judíos intervinieron: «¿Qué señal milagrosa nos muestras para justificar lo que haces?» Jesús respondió: «Destruyan este templo y yo lo reedificaré en tres días.» Ellos contestaron: «Han demorado ya cuarenta y seis años en la construcción de este templo, y ¿tú piensas reconstruirlo en tres días?» En realidad, Jesús hablaba de ese Templo que es su cuerpo. Solamente cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron de que lo había dicho y creyeron tanto en la Escritura como en lo que Jesús dijo. Jesús se quedó en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, y muchos creyeron en él al ver las señales milagrosas que hacía. Pero Jesús no se fiaba de ellos, pues los conocía a todos y no necesitaba pruebas sobre nadie, porque él conocía lo que había en la persona.

Este es el Jesús que se describe a sí mismo como aquel que levanta las cargas pesadas de la espalda de la gente y que da su vida por sus queridas ovejas. Pero aquí sus palabras y sus acciones son muy desconcertantes. Así también, si regresamos a las historias de la infancia, el joven Jesús le respondió a su madre con aparente dureza cuando se reunieron en el templo después de su separación de dos días. Y ¿qué decir del comentario durante su vida pública? «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?» (Mc 3, 33) Jesús compasivo no siempre parece tan tierno. ¿Por qué?

El versículo en la lectura de hoy: «Me devora el celo por tu Casa» nos puede dar una pista. Jesús quería que el templo fuera considerado como un lugar sagrado de culto. En el Evangelio de Lucas, el niño Jesús dice a sus padres en el templo «¿No saben que yo debo estar donde mi Padre?» (Lc 2, 49) En el pasaje sobre la madre y la familia, Jesús no se refiere al templo, pero hace hincapié en escuchar la palabra de Dios y cumplirla (Lc 8, 21).

Hemos pasado a estar muy familiarizados con los « rescatistas». Estas personas llegan al lugar del suceso con un solo objetivo en mente: el bienestar de la persona en peligro. No prestan atención a la loza sucia en el lavaplatos o a la ropa amontonada en el rincón. Durante toda su vida, Jesús tenía un objetivo en mente, conocer y seguir la voluntad del Dios que lo había enviado. Deseaba la meta que los discípulos lograron después de la resurrección, cuando «creyeron tanto en la Escritura como en lo que Jesús dijo». Estos días de Cuaresma nos ofrecen tiempo para dejar que Jesús nos enseñe lo que es central en nuestras vidas. ¿Para qué y para quienes somos los «rescatistas?»

2a reflexión por Una Hermana de la Providencia:

Una santa ira

Una santa ira, ¿habrá alguna expresión más paradójica? Especialmente si califica un acto de Jesús quien a veces invoca su propia dulzura y nos la recomienda, por lo que debe de haber algo anormal para que Jesús se enfurezca así.

En efecto, llega al Templo y lo encuentra desfigurado, transformado en una «cueva de ladrones», alejado de su  función principal: ser una casa de oración, un lugar de encuentro con Dios. La ambición comercial de los mercaderes los ha llevado a hacer un mal uso de su noble función: proporcionar a los fieles las ofrendas que necesitan para dar culto según las prescripciones de la Ley.

Por su… santa ira, su indignación, Jesús nos dice que no debemos perder de vista las motivaciones de nuestros actos, incluso los más nobles, y ser auténticos en nuestro actuar.

Este episodio me hizo tomar conciencia de la importancia de tener un lugar privilegiado – un espacio sagrado – en donde entro en una relación con Dios, que en la medida de lo posible esté libre de toda preocupación y de propósitos distintos a honrarlo.

La liturgia cotidiana canadiense, nos sugiere: Contemplo el lugar al que suelo acudir para orar. ¿Contribuyo a mantenerlo hermoso y fiel a su vocación?

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Compartimos las reflexiones de hermana Hélène Julien, sp., sobre el Evangelio del domingo 25 de febrero de 2018:

Mateo 17: 1-9

La Transfiguración de Jesús

Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan  y los llevó a ellos solos a un monte alto. A la vista de ellos su aspecto cambió completamente. Incluso sus ropas se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo sería capaz de blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Levantemos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». En realidad no sabía lo que decía, porque estaban aterrados. En eso se formó una nube que los cubrió con su sombra, y desde la nube llegaron estas palabras: «Este es mi Hijo, el Amado, escúchenlo». Y de pronto, mirando a su alrededor, no vieron ya a nadie; sólo Jesús estaba con ellos. Cuando bajaban del cerro, les ordenó que no dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron el secreto, aunque se preguntaban unos a otros qué querría decir eso de «resucitar de entre los muertos». 

Reflexión

Es bueno que estemos aquí, en la gran familia Providencia. El Evangelio del 2o domingo de Cuaresma nos sitúa frente a una escena sorprendente: el evento de la Transfiguración (Mc 9, 2-10), que nos ofrece un mensaje de esperanza y nos anima a dejarnos transformar por el sueño de Dios.

La montaña es tan alta como eran el Sinaí y el Horeb. El hombre del Sinaí está ahí, es Moisés. El hombre del Horeb está ahí también, es Elías. La ropa de Jesús es tan blanca que resplandece; su rostro brilla como el Sol; una voz habla desde el seno de la nube. Esta nube es la del Éxodo que guiaba a los hebreos en el desierto. Todo nos dice que es Dios. ¡No nos instalemos en la montaña, sigamos adelante! Bajemos a la llanura, donde viven nuestros hermanos y nuestras hermanas. Una sola cosa importa: escuchar a Jesús para poder hacer lo que él nos dice.

Como Pedro, Santiago y Juan, vámonos a la montaña para encontrarnos con Jesús y luego ponernos al servicio de los pobres, de los necesitados; caminemos a las alturas y contemplemos a Jesús, escuchando atentamente al Hijo amado del Padre, buscando momentos íntimos de oración.

Los discípulos bajaron de la montaña «con el corazón y los ojos transfigurados por este encuentro con el Señor». Este es el camino que nosotros también podemos realizar. El redescubrimiento de Jesús nos impulsa a «bajar de la montaña», llenos del Espíritu Santo, para dar nuevos pasos de conversión auténtica y ser buenos y compasivos unos con otros, perdonándonos mutuamente como Dios nos perdonó en Cristo. (Ef 4,32)

Dejarse transformar por el sueño de Dios es acoger a los demás, acompañarlos, ser un puente como lo testimonió Emilia Gamelin a los enfermos, a los prisioneros, a los refugiados y a los pobres.

Escuchemos al Hijo amado a través de la oración, de la adoración, de la lectura de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, del silencio y de los testimonios de vida de aquellos y aquellas que nos rodean.

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Compartimos las reflexiones de hermana Yvette Demers, sp., Vice-postuladora de la Causa Émilie Gamelin sobre el Evangelio del domingo 18 de febrero de 2018:

Reflexión

En este primer domingo de Cuaresma, san Marcos en su evangelio (1,12-15) nos recuerda que después de su bautizo, Jesús fue al desierto, empujado por el Espíritu.

Antes de comenzar su «vida pública», Jesús necesita silencio, para hablar de corazón a corazón con su Padre que le pedirá más adelante, el sacrificio de su vida para «sanar» a la humanidad.

Toda vida humana conoce sus momentos de duda, sus horas de preocupación e incomprensiones, y solamente una FE profunda y la certeza de estar siguiendo los pasos de Jesús, traerá luz y dará la fuerza para continuar caminando hasta el final.

Hace 175 años, una mujer también se dejó conducir por el Espíritu sin saber realmente adonde la conduciría: Emilia Tavernier Gamelin, nacida el 19 de febrero de 1800, en Montreal.

Esposa y madre de tres hijos, en menos de cinco años vio desaparecer para siempre lo que más quiso en el mundo: su esposo y sus tres hijos. Tenía entonces solamente 28 años de edad. ¿Por qué estos fallecimientos? A través de la oración y de la reflexión al pie de la Madre de los Dolores, Emilia encontró su camino: su marido y sus hijos pasarán a ser todo lo que la miseria oprima. Sin tardar, entró en acción.

Durante quince años, esta mujer respondió al carisma que Dios-Providencia le había confiado. Con un grupo de «damas de caridad», recorría las calles de Montreal para responder a las numerosas necesidades de la época. Sin embargo, monseñor Bourget, obispo de Montreal, deseaba confiar a una congregación religiosa, la obra tan necesaria que Emilia dirigía, para asegurar su permanencia. Emilia se encontraba en una encrucijada. ¿Qué iba a hacer? ¿Entregaría a su obispo esta obra cuya incorporación civil se había oficializado el 18 de septiembre de 1841? La oración y la reflexión continuaron siendo  sus puntos de referencia… Siempre atenta y fiel a la gracia, eligió seguir siendo la sirvienta de los pobres para el resto de su vida, bajo la autoridad de las Hermanas de la Caridad que debían llegar pronto. Ella confió y apoyó a su obispo lo con los preparativos para la llegada de las hermanas de Francia.

Sin embargo «los caminos de Dios no son nuestros caminos». A monseñor Bourget se le notificó que las Hijas de la Caridad no venían. Encontrándose en un callejón sin salida, invitó a la señora Gamelin a orar con él. Después de una hora, una decisión fue tomada: él solicitaría a las jóvenes formar una nueva comunidad canadiense. Esta nació el 25 de marzo de 1843.

De nuevo, Emilia sintió que el Espíritu la llamaba a entregarse enteramente a Dios en la vida religiosa. Comunicó su deseo a monseñor Bourget, pero este tenía dudas. Emilia reiteró su solicitud, oró, y recibió una respuesta positiva, que le significó la voluntad de Dios. Pasó a ser Hija de la Caridad, Sierva de los Pobres, Hermana de la Providencia.

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Compartimos las reflexiones de hermana Hélène Mamert Nga Amogo, sp., sobre el Evangelio del domingo 11 de febrero de 2018: 

Mc 1,40-45

Se le acercó un leproso, que se arrodilló ante él y le suplicó: «Si quieres, puedes limpiarme.» Sintiendo compasión, Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio.» Al instante se le quitó la lepra y quedó sano. Entonces Jesús lo despidió, pero le ordenó enérgicamente: «No cuentes esto a nadie, pero vete y preséntate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que ordena la Ley de Moisés, pues tú tienes que hacer tu declaración.» Pero el hombre, en cuanto se fue, empezó a hablar y a divulgar lo ocurrido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en el pueblo; tenía que andar por las afueras, en lugares solitarios. Pero la gente venía a él de todas partes.

 ¡Dejarme transformar por un encuentro personal con Jesús a través de las personas pobres con las que me encuentro en lo cotidiano!

La cita del Evangelio de Marco que se nos ofrece para nuestra meditación, en este 6.o domingo del Tiempo Ordinario del año litúrgico B, nos presenta a un hombre afectado por la lepra, una enfermedad considerada como impura por la tradición judía. A este sufrimiento, se añadía la marginalización social. Este hombre doblemente afligido manifestó su deseo de recuperar su dignidad humana y social. Inició entonces un caminar de fe que lo condujo hacia la persona que buscaba, el médico por excelencia: Jesús. Su iniciativa refleja su anhelo de ser sanado. Se dirigió directamente a Jesús, se arrodilló y dijo: «Si quieres, puedes limpiarme.» A través de estos gestos podemos ver su fe en Jesús. Además, el hombre pidió algo mayor aún: la purificación. Él quiere ser purificado. Señaló de esta manera su necesidad de sanación física, pero también espiritualmente. Esto es lo que impactó a Jesús, quien actuó sin demora; invadido por la compasión, Jesús extendió su mano, lo tocó y dijo: «Quiero, queda limpio.» Con esta acción concreta, Jesús rompe la distancia entre este leproso y Él. Le regresó lo que había perdido: la dignidad. El leproso ya sanado no pudo contenerse a pesar de la recomendación de Jesús, quien lo había invitado a guardarse para sí lo vivido personalmente.

¿No es el anonimato de este leproso el espejo de cada una de nosotras, invitadas a buscar a Jesús para gritarle nuestro profundo anhelo de sanar nuestras fragilidades y nuestras discapacidades que nos impiden ser la mejor persona que somos llamadas a ser y nos impiden ofrecer lo que tenemos de único? El proceso del leproso interpela a cada cristiano y cada cristiana, como también a cada una de nosotras Hermanas de la Providencia, a vivir personalmente el encuentro con Cristo, porque todos necesitamos su ternura. Este leproso encontró el Señor al que buscaba, y se encuentra a sí mismo por este Señor que también lo busca. Se mostró humilde, confiado y convencido de lo que esperaba.

Desde hace 175 años, nosotras Hermanas de la Providencia hemos buscado a este Señor cotidianamente. ¿No lo vemos hoy en la actitud de nuestro maestro Jesús? Él se apresura a hacer el bien y por lo tanto le manifestó su compasión al leproso. Con su mirada, rompió la barrera, transgredió la ley del aislamiento de los leprosos y actuó con gestos concretos que manifestaron el amor que tenía para esta persona y por cada persona. Tocó al leproso y le habló sin temer el contagio. La fe es un riesgo, pero es un riesgo que vale la pena tomar. La beata Emilia Gamelin eligió el riesgo, como también todas las hermanas que nos han antecedido desde hace 175 años. Hoy nosotras Hermanas de la Providencia somos invitadas por este Evangelio a dejarnos urgir por la caridad de Cristo, en todas partes y en todo.

Todos somos discípulos de Cristo. ¡Que su gracia que obra en nosotros y a través de nosotros nos acerque continuamente a Él, para que podamos actuar como Él: con humildad, simplicidad y caridad!

¡Providencia de Dios, muchas gracias te doy!

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Evangelio según Marcos, capítulo 1, 29-39

Jesús sana a la suegra de Pedro

29 En cuanto salieron de la sinagoga, Jesús fue con Jacobo y Juan a la casa de Pedro y Andrés. 30 La suegra de Pedro estaba en cama porque tenía fiebre, y enseguida le hablaron de ella. 31 Jesús se acercó y, tomándola de la mano, la ayudó a levantarse. Al instante la fiebre se le fue, y ella comenzó a atenderlos. 32 Al anochecer, cuando el sol se puso, llevaron a Jesús a todos los que estaban enfermos y endemoniados. 33 Toda la ciudad se agolpaba ante la puerta, 34 y Jesús sanó a muchos que sufrían de diversas enfermedades, y también expulsó a muchos demonios, aunque no los dejaba hablar porque lo conocían. 35 Muy de mañana, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó y se fue a un lugar apartado para orar. 36 Pedro y los que estaban con él comenzaron a buscarlo, 37 y cuando lo encontraron le dijeron: «Todos te están buscando.» 38 Él les dijo: «Vayamos a las aldeas vecinas, para que también allí predique, porque para esto he venido.» 39 Y Jesús recorrió toda Galilea; predicaba en las sinagogas y expulsaba demonios.”

Reflexión del Evangelio del domingo 4 de febrero de 2018, por Gladys Flores, sp.

«Rápidamente le hablaron al Señor diciéndole que la suegra de Pedro estaba acostada y con fiebre». Presentar a los enfermos al Señor en la oración y confiar en que serán sanados por Él, es un buen hábito que debemos practicar; tenemos que ser perseverantes en la oración sin perder la esperanza de que seremos sanados en cuerpo y espíritu por el Señor de la vida.

Y Jesús, en ese ambiente familiar del hogar de Pedro, inmediatamente se interesó por ella y la sanó. Nunca estaba demasiado cansado para ayudar y actuaba sin tardar frente a las necesidades de las personas; Él es el gran Restaurador.

La suegra de Pedro se puso en pie y los atendió; es decir, que una vez recuperadas la salud y la dignidad, empieza a servir porque Jesús no solo sana a la persona, sino que lo hace para que ella se ponga al servicio de los demás.

Al servir al Señor, aquella mujer solo estaba empleando para Él la energía que Él mismo le había concedido.

El Señor no solo nos ha librado de muchas cosas malas, sino que nos ha dado dones que debemos emplear para su servicio y el servicio a los hermanos.

Meditemos la pregunta que hizo el papa Francisco durante su encuentro con los jóvenes de Chile en el Santuario de Maipú: «“¿Qué tengo yo para aportar en la vida?”. Y cuántos de ustedes sienten las ganas de decir: “No sé”. ¿No sabes lo que tienes para aportar? Lo tienes adentro y no lo conoces. Apúrate a encontrarlo para aportar. El mundo te necesita, la patria te necesita, la sociedad te necesita, vos tenés algo que aportar»…

 

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Evangelio según Marcos, capítulo 1, 21-28

«[Jesús y sus discípulos] llegaron a Cafarnaúm. Jesús empezó a enseñar en la sinagoga durante las asambleas del día sábado. Su manera de enseñar impresionaba mucho a la gente, porque hablaba como quien tiene autoridad, y no como los maestros de la Ley. Entró en aquella sinagoga un hombre que estaba en poder de un espíritu malo, y se puso a gritar: “¿Qué quieres con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo sé que tú eres el Santo de Dios.” Jesús le hizo frente con autoridad: “¡Cállate y sal de ese hombre!” El espíritu impuro revolcó al hombre en el suelo y lanzó un grito tremendo y luego salió de él. El asombro de todos fue tan grande que se preguntaban unos a otros: “¿Qué es esto? Una doctrina nueva, y ¡con qué autoridad! Miren cómo da órdenes a los espíritus impuros ¡y le obedecen!” Así fue como la fama de Jesús se extendió por todo el territorio de Galilea.»

Compartimos las reflexiones de hermana Annette Aspirot, sp., sobre el Evangelio del domingo 28 de enero de 2018:

Jesús enseñaba con autoridad. Esta expresión me conmueve. Este hombre que enseña con autoridad, tenemos muchas pruebas de ello en los evangelios: «Nunca hombre alguno ha hablado como éste.» Jn 7,46. «Por eso cada cual trataba de tocarlo, porque de él salía una fuerza que los sanaba a todos.» Lc 6,19. Jesús cautiva a las multitudes no sólo con curaciones sino con el poder de su Palabra; y no sólo con lo que dice, sino con su mirada, su actitud, la dignidad de su persona. Él escucha, busca la presencia de los pobres y se interesa por su cotidiano, come con ellos y llora con ellos. Lo que dice está colmado de la verdad.

Marc añade que Él no enseñaba como los escribas. Los sacerdotes y los escribas, encargados de la Palabra anunciaban la venida del Mesías, pero no lo reconocían en Jesús. Ver sus milagros les exasperaba. Sin embargo, aquellos que lo oían decían: Es Él, el profeta que esperábamos. Los miembros de la sinagoga de Cafarnaúm se estaban viviendo algo nuevo. El discurso de Jesús contrastaba con lo que ellos estaban acostumbrados a oír.

El hombre atormentado por un espíritu malo fue desestabilizado por la presencia de Jesús. El poseído admitió la santidad de Jesús porque este se encontraba bajo la influencia del demonio que hablaba por su boca. Se sentía amenazado, expuesto. “¿Qué quieres con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos?”

La reacción de este endemoniado no es tan diferente de la de aquellos que se dedican hoy día a un negocio corrupto, donde la mentira, la ambición de lucro y la injusticia reinan. Temen ser expuestos, denunciados, tener que admitir su comportamiento mendaz. Quieren permanecer en su ceguera para continuar sus maquinaciones diabólicas. Obtienen beneficios. Amontonan tesoros terrestres que serán destruidos por la oxidación.

La autoridad de Jesús es liberadora, iluminadora. Si oímos la enseñanza de una persona enamorada de Dios, ella nos enseña con autoridad porque Dios se manifiesta a través de sus palabras. ¡No hemos escuchado a santos testigos de la Palabra?! Ellos y ellas transmiten lo que viven. Se trata de que el divino pasa a través del humano para anunciar sus mensajes.

Damos testimonio por lo que somos. Nuestro testimonio tiene valor según lo que hemos vivido. Enseñamos a través de nuestra manera de actuar, de la calidad de nuestra presencia, de nuestra intimidad con El que queremos dar a conocer. ¿Cómo damos testimonio de nuestra Misión Providencia? ¿Hasta qué punto somos los rostros humanos de la Divina Providencia? Este evangelio de Marcos nos invita a dejarnos acercar por Jesús, a dejarnos impregnar de su presencia, de su voz liberadora, para ser auténticos apóstoles de la Buena Nueva. De esta manera, recolectaremos tesoros duraderos.

Lecturas

Sobre el medio ambiente: Laudato si’, Carta encíclica sobre el cuidado de la casa común http://w2.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

Sobre la misericordia: Misericordiӕ Vultus, Bula de convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, http://w2.vatican.va/content/francesco/es/bulls/documents/papa-francesco_bolla_20150411_misericordiae-vultus.html

Sobre la paz: «La no violencia: un estilo de política para la paz», Mensaje para la celebración del 50a Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2017 http://w2.vatican.va/content/francesco/es/messages/peace/documents/papa-francesco_20161208_messaggio-l-giornata-mondiale-pace-2017.html

Biografías de Emilia Tavernier Gamelin

Libros disponibles en el Centro Emilia Gamelin:

Emilia Tavernier Gamelin

Biografía

Autor: Denise Robillard

Año de publicación: 1988

ISBN 2-920417-42-8

324 páginas Disponible en francés, inglés y español.

 

Madre Gamelin mujer de compasión

Biografía y estudio histórico

Por hermana Thérèse Frigon, sp., en colaboración

Año de publicación: 1984

80 páginas Disponible en francés, inglés y español.

 

Emilia Tavernier Gamelin: La Gran Dama de Montreal,

Fundadora de las Hermanas de la Providencia

Biografía

Autor: Mons. André-M. Cimichella, O.S.M, Obispo auxiliar emérito de Montreal, 1982

Año de publicación: 2002

ISBN 2-922291-82-0

77 páginas Disponible en francés, inglés y español.