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Recursos e inspiración

Las Hermanas de la Providencia ponen a su disposición algunas oraciones y les recomiendan algunas lecturas.

Oración a la Providencia

Providencia  de Dios, yo  creo en Ti.

Providencia  de Dios, yo  espero en Ti.

Providencia de Dios, yo te amo con todo mi corazón.

Providencia de Dios, muchas gracias te doy.

Reflexiones sobre el Evangelio del domingo

Reflexión del Evangelio del domingo 25 de octubre de 2020 –
Evangelio de Jesucristo según san Mateo 22, 34-40

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el gran mandamiento, el primero. Pero hay otro muy parecido: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Toda la Ley y los Profetas se fundamentan en estos dos mandamientos.»

Reflexión :
Para amar a alguien primero hay que conocerlo, porque nadie ama a quien no conoce, y conocer a Dios implica abrir el corazón, dejarlo entrar para que inunde nuestra persona con su presencia; esto se logra a través de la oración y la contemplación profunda que nos llevan al conocimiento de Dios.
El amor a Dios se refleja en el trato que proporcionamos a nuestras hermanas y hermanos, y si los tratamos con respeto, bondad, estima …, entonces esa es la medida del amor que le tenemos a Dios, porque amando a Dios, amamos a nuestro prójimo, y amando a nuestro prójimo, amamos a Dios.
Si amamos a Dios, lo veremos entonces en los otros y los trataremos justa y honorablemente, no heriremos a nuestros hermanos, sino que haremos todo lo posible para vivir en paz con ellos. Es por esto que debemos compartir con nuestro prójimo el tesoro que tenemos en el corazón, que es el amor sin límite de Dios por nosotros. Amar a las hermanas y hermanos es la forma coherente de corresponder, agradecidos por el inmenso amor que Dios ha derramado primero sobre cada uno de nosotros.
Gladys Flores, sp

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Reflexión del Evangelio del domingo 18 de octubre de 2020 –
Evangelio de Jesucristo según san Mateo 22, 15-21

«¿De quién es esta figura y esta inscripción?» Le respondieron: «Del César». Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios».

Reflexión:
En este 29º Domingo del Tiempo Ordinario, la liturgia del día toma un doble cariz. A la luz del Evangelio, devolver a Dios lo que somos, nos lleva a dar un giro misionero. Del 11 al 18 de octubre se celebró la Semana Mundial de las Misiones con el tema «Aquí estoy, envíame».
Cada año, el tercer domingo de octubre, la Iglesia llama a los feligreses, congregaciones religiosas, movimientos y asociaciones a movilizarse durante la semana en torno a celebraciones, animaciones, formaciones… Este momento es de capital importancia para todo bautizado: la oportunidad de un compromiso renovado en la oración, al participar en el Fondo Misionero Mundial para apoyar la misión de la Iglesia universal y conocer la vida de los cristianos en todo el mundo.
Además, en el Evangelio de este domingo vemos cómo los fariseos trataron de desacreditar a Jesús haciéndole una pregunta capciosa. «¿Está contra la Ley pagar el impuesto al César? ¿Debemos pagarlo o no?» Jesús no sucumbe a la tentación, su respuesta es clara, pues conoce la perversidad de los fariseos.
«¡Hipócritas! ¿Por qué me ponen trampas?» La pedagogía de Jesús los desafía a que «devuelvan, pues, al César las cosas del César, y a Dios lo que corresponde a Dios.» Yo estoy fascinada con la respuesta de Jesús, porque subvierte la lógica humana. Reconoce a Dios y al César. Jesús saca a relucir a estas dos personalidades sin eliminar una u otra. Se trata de devolver a Dios lo que es de Dios y devolver al César la moneda del impuesto porque en ella está la efigie del César. Esta moneda es suya, lleva su signo. También podemos notar que la pregunta de los fariseos parece relevante porque si nos preguntáramos justamente dónde está la señal de Dios, la respuesta se encuentra en Mt 25:31-46: «Tuve hambre y ustedes me dieron de comer[…] cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí.». Jesús se identifica con el hermano y la hermana de escasos recursos. Ahí es donde se encuentra el signo de Jesús. Es una escena en la que debemos detenernos en estos días en nuestras diversas opiniones económicas, políticas y sociales.
Frente a la pandemia, estoy segura de que si a Jesús le hicieran la misma pregunta: ¿es necesario reembolsar la prima del Covid-19? ¿O la ayuda de emergencia canadiense? ¿O es posible mantener nuestra distancia y construir un mundo justo y fraternal? ¿Los lugares de culto deben ser clasificados de la misma manera que los bares y restaurantes? En otras palabras, nos daría la misma respuesta. Devolver al Estado lo que es del Estado y a Dios lo que es de Dios. Fortalecidos por esta afirmación de nuestro Señor, estamos llamados a predicar la verdad sin ceder a la falsedad en cualquiera de sus formas, hasta llegar al testimonio supremo de nuestras propias vidas: por favor, lean el mensaje del Santo Padre para el Día Mundial de las Misiones 2020, que encontrarán en www.vaticannews.va. Aquí estoy, envíame (Is 6:8).
¡Feliz domingo de las Misiones!
Marie Éméline Ézami Atangana, sp.

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Reflexión del domingo 11 de octubre de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 22, 1-14

«Vayan, pues, a las esquinas de las calles e inviten a la fiesta a todos los que encuentren». Los servidores salieron inmediatamente a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, de modo que la sala se llenó de invitados. […] Sepan que muchos son llamados, pero pocos son elegidos.

Reflexión:
Según Mateo, el banquete de bodas era una manera popular de imaginar cómo sería la vida en el reino venidero. Esta parábola se refiere a una invitación personal al reino de los cielos que fue enviada a un selecto grupo de personas con la esperanza de que respondieran de manera positiva. Desafortunadamente, ellas rechazaron la invitación y nadie asistió. Finalmente, lleno de frustración, el rey dijo a sus esclavos: «El banquete de bodas sigue esperando, pero los que habían sido invitados no eran dignos. Vayan, pues, a las esquinas de las calles e inviten a la fiesta a todos los que encuentren». Aquí la respuesta fue diferente. Ellos deseaban venir, los buenos como los malos, y entonces así la sala de bodas se llenó de invitados.
Dios desea entablar una relación con nosotros, en la que compartamos su vida y su amor divinos. Todo se trata de una elección. Dios nos ha dado libre albedrío para aceptar o rechazar su invitación. Cuando rechazamos una invitación, hay consecuencias. Rechazar la reconciliación con alguien a quien amamos o rehusarnos a perdonar al otro pueden llevarnos a una vida vacía. Cuando nuestras acciones nacen de los prejuicios y de la discriminación, todo el mundo se ve afectado. No está bien erigir murallas. Lo que erróneamente la gente interpreta por seguridad no es sino cautividad.
Nosotros debemos escuchar y tomarnos seriamente las incitaciones del Espíritu Santo. Cualquiera que sea nuestra respuesta, Dios seguirá invitándonos a desarrollar una relación con Él, ya que desea para nosotros una vida más profunda y más rica. Dios continúa amándonos, es así como Dios es y eso es lo que Dios hace.
Betty Kaczmarczyk, s.p.

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Reflexión del domingo 04 de octubre de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 21, 33-43

Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero. Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera. Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: “Respetarán a mi hijo. Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: “Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia. Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?». Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo». Jesús agregó: «¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos? Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos». Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.

REFLEXIÓN: «LOS VIÑADORES ASESINOS»
ILUMINADA ÉSTA HISTORIA POR LA LUZ DEL ESPÍRITU, PARECIERA SER UNA HISTORIA DE FRACASO.
La historia de amor entre Dios y su pueblo pareciera ser una historia de fracaso, como sucede en ésta parábola de los labradores asesinos que aparece como si fuera la desilusión del Sueño de Dios.
Hay un viñador que planta un viñedo para lograr un bien, los frutos de la vid cuando ésta produzca serán los racimos de uva, pero estos frutos les fueron negados pues los trabajadores dieron muerte a todos los que fueron a recoger los frutos.
EL último a presentarse para venir recoger los frutos era el hijo del propietario y también él muere, simbolizando a Jesús que en su caminar cuando vino a éste mundo termina en la CRUZ… En ésta parábola en que los labradores también matan al hijo menor, matan la piedra angular o sea a JESÚS.
Muchas veces en nuestra propia vida los profetas que surgen los queremos eliminar, luchamos contra ellos, o aún, los ignoramos, cuando en verdad, ellos nos iluminan el camino mostrando el mal que estamos vivenciando.
Nosotras, Hermanas de la Providencia, como Congregación, fuimos enviadas a hacer germinar los frutos de La PROVIDENCIA en los corazones de nuestra gente para que este regalo de Dios crezca en los corazones del mundo. Seamos luz para el mundo y semillas para la tierra.
Hna. Marta Alvear,sp

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Reflexión del domingo 27 de septiembre de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 21, 28-32

Jesús agregó: «Pero, díganme su parecer. Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero para decirle: “Hijo, hoy tienes que ir a trabajar en la viña.” Y él le respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Luego el padre se acercó al segundo y le mandó lo mismo. Este respondió: “Ya voy, señor.” Pero no fue.
Ahora bien, ¿cuál de los dos hizo lo que quería el padre?» Ellos contestaron: «El primero.» Entonces Jesús les dijo: «En verdad se lo digo: en el camino al Reino de los Cielos, los publicanos y las prostitutas andan mejor que ustedes. Porque Juan vino a abrirles el camino derecho y ustedes no le creyeron, mientras que los publicanos y las prostitutas le creyeron. Ustedes fueron testigos, pero ni con esto se arrepintieron y le creyeron.»

Reflexión:
Un hombre llama a sus dos hijos para trabajar en su viña. Este mismo llamado nos fue dirigido un día en el ejercicio de nuestra vocación para caminar en la senda del señor. El primer hijo le da a su padre una respuesta negativa, pero se arrepiente y va. Encontramos gente que dice no, y al arrepentirse, cumplen con el servicio requerido. Esta es una reacción que observamos en las personas muy preocupadas por los asuntos cotidianos y que quieren sustraerse a una tarea que juzgan demasiado exigente. Sin embargo, para responder al pedido de un padre al que ama, el hijo obedece su deseo. Este amor filial es inspirador y nos incita a cada una de nosotras a ser fieles a un Dios cuya gracia es inagotable.
¿No es decepcionante la respuesta del segundo hijo por la indiferencia y la autosuficiencia que este demuestra? Él adopta la actitud de la gente que quiere quedar bien, tal como los fariseos que llevan largas filacterias, esperan mucho de los otros, pero no mueven un dedo para ayudar con las cargas que imponen (Mt 23,3-4). Entre ellos están los que representan a la élite religiosa, que no sienten más que desprecio hacia los publicanos y las prostitutas, a quienes juzgan duramente. En la respuesta de los dos hijos, muchos ejemplos bíblicos evocan estas dos actitudes diferentes, entre otras, las de los dos hombres que suben al templo. El publicano que se mantenía a distancia se reconocía pecador. «Yo les digo que este último estaba en gracia de Dios cuando volvió a su casa, pero el fariseo no» (Lc 18, 10-14). Es la actitud del corazón y del espíritu que acompaña nuestra decisión en una situación dada. Puede ser buena o mala. Nos corresponde a nosotros escoger la buena.

Hna. Annette Aspirot, sp.

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Reflexión del domingo 20 de septiembre de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 20, 1-16

El reino de los cielos se parece a un hacendado que salió de mañana a contratar trabajadores para su viña. Cerró trato con ellos en un denario al día y los envió a su viña. Volvió a salir a media mañana, vio en la plaza a otros que no tenían trabajo y les dijo: Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo debido. Ellos se fueron. Volvió a salir a mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Al caer de la tarde salió, encontró otros que no tenían trabajo y les dijo: ¿Qué hacen aquí ociosos todo el día sin trabajar? Le contestan: Nadie nos ha contratado. Y él les dice: Vayan también ustedes a mi viña.
Al anochecer, el dueño de la viña dijo al capataz: Reúne a los trabajadores y págales su jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.
Pasaron los del atardecer y recibieron un denario. Cuando llegaron los primeros, esperaban recibir más; pero también ellos recibieron la misma paga. Al recibirlo, se quejaron contra el hacendado: Estos últimos han trabajado una hora y les has pagado igual que a nosotros, que hemos soportado la fatiga y el calor del día. Él contestó a uno de ellos: Amigo, no estoy siendo injusto; ¿no habíamos cerrado trato en un denario? Entonces toma lo tuyo y vete. Que yo quiero dar al último lo mismo que a ti. ¿O no puedo yo disponer de mis bienes como me parezca? ¿Por qué tomas a mal que yo sea generoso?
Así los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos.
Reflexión:
En la reflexión que sigue, el énfasis recae en el porvenir del planeta Tierra, el cual ha sido durante siglos la última de nuestras preocupaciones. Es este pensamiento anticuado el que todas y todos estamos llamados a reconsiderar, dándole a nuestro planeta el lugar que le corresponde, puesto que nuestro futuro depende de ello.
«¿Y será este codo con codo que nos impresionaba durante grandes reuniones, grandes eventos, grandes espectáculos, el que nos unirá, el que nos guiará en la reconstrucción de nuestro mundo después de este flagelo? ¿Podrá la exaltación del codo a codo despertar la solidaridad no solo entre los mismos seres humanos, sino entre los seres humanos y el medio ambiente? Espero que la humanidad sepa encontrar las mejores maneras de controlar sus instintos y de reparar por siempre los daños que le ha causado a la tierra para así poder devolverle lo que le corresponde. Observamos que en ciertos países desarrollados los deportes y las artes han sufrido mucho por la pandemia y continúan sufriendo. ¡Pero son ellos también los que nos darán el aliento y el valor necesarios para emprender la gran aventura que nos espera!
Que nuestra fe y nuestra inquebrantable confianza en nuestro Salvador Jesucristo nos lleven a los caminos del compartir y la justicia, como lo ha hecho nuestra guía, Emilia Gamelin.»
René Lefebvre, AP

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Reflexión del domingo 13 de septiembre de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 18,21-35

Entonces Pedro se acercó con esta pregunta: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas de mi hermano? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contestó: «No te digo siete, sino setenta y siete veces.»
El que no perdonó a su compañero
«Aprendan algo sobre el Reino de los Cielos. Un rey había decidido arreglar cuentas con sus empleados, y, para empezar, le trajeron a uno que le debía diez mil monedas de oro. Como el hombre no tenía con qué pagar, el rey ordenó que fuera vendido como esclavo, junto con su mujer, sus hijos y todo cuanto poseía, para así recobrar algo. El empleado, pues, se arrojó a los pies del rey, suplicándole: «Dame un poco de tiempo, y yo te lo pagaré todo.» El rey se compadeció y lo dejó libre; más todavía, le perdonó la deuda.
Pero apenas salió el empleado de la presencia del rey, se encontró con uno de sus compañeros que le debía cien monedas. Lo agarró del cuello y casi lo ahogaba, gritándole: «Págame lo que me debes.» El compañero se echó a sus pies y le rogaba: «Dame un poco de tiempo, y yo te lo pagaré todo.» Pero el otro no aceptó, sino que lo mandó a la cárcel hasta que le pagara toda la deuda.
Los compañeros, testigos de esta escena, quedaron muy molestos y fueron a contárselo todo a su señor. Entonces el señor lo hizo llamar y le dijo: «Siervo miserable, yo te perdoné toda la deuda cuando me lo suplicaste. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero como yo tuve compasión de ti?» Y tanto se enojó el señor, que lo puso en manos de los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Y Jesús añadió: «Lo mismo hará mi Padre Celestial con ustedes, a no ser que cada uno perdone de corazón a su hermano.»

Reflexión:
En el pasaje del Evangelio según san Mateo del día de hoy, Jesús simplemente concluyó su discurso sobre la eficacia de la oración en comunidad diciendo: «dónde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy yo, en medio de ellos.» Entonces Pedro se acercó con esta pregunta: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas de mi hermano?
Imaginen a Jesús escuchando esta sorprendente, más bien abrupta pregunta de Pedro. Él ama a Pedro y lo entiende mejor de lo que Pedro se entiende a sí mismo. Jesús le contesta diciendo: «No te digo siete, sino setenta y siete veces.» y entonces procede a narrar la parábola del sirviente implacable y a describir lo que le había ocurrido a dicho sirviente.
La respuesta de Jesús y la parábola que sigue son esclarecedoras para Pedro, para los otros discípulos que los rodean y para nosotros. Jesús profundiza para todos nosotros el entendimiento de la naturaleza del perdón. Él nos dice que el acto del perdón debe ser habitual. Perdonar habitualmente significa convertirse en una persona indulgente. Jesús nos dice que perdonar no es un cálculo de la mente. Es un asunto del corazón, es un acto de amor. Él nos está diciendo que el perdón comienza en el corazón y termina en un abrazo.
¿Cómo podemos convertirnos en personas que perdonan habitualmente? La respuesta es solo por la gracia de Dios, solo al darnos cuenta de que somos constantemente perdonados por Dios como personas y como sociedad. Y somos entonces nosotros, perdonados e indulgentes, juntos en comunidad, quienes experimentamos la presencia amorosa de Jesús en nuestras vidas y en nuestros medios.

Kathryn Rutan. SP

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Reflexión del domingo 06 de septiembre de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 18,15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Reflexión:

Reconocer que todas y todos erramos es importante y fundamental para nuestra vida comunitaria y en cualquier ámbito en que nos desenvolvamos. El reconocernos humildemente frágiles y vulnerables en nuestra vida por la experiencia de nuestras caídas, nos hace a la vez mas compasivas y compasivos y abiertos a la gracia del perdón.
Hay elementos importantes a nuestro alcance para acompañar a quien ha caído, así como también para ayudarnos a nosotras mismas a retornar a la comunidad: diálogo personal, la escucha, la ausencia de juicio y la acogida comunitaria son las disposiciones del corazón que favorecen la comunión y el amor, que se ven vulnerados por nuestro pecado.
Al reunirnos en nombre de Jesús de Nazaret nuestro testimonio tiene que ser el que hable. Atentas y abiertas a escuchar, entender, perdonar, acoger, saber esperar con paciencia el regreso de quien se ha apartado, ser capaces de expresar el cariño, la incondicionalidad, el perdón a través de signos, gestos y acciones que «hablen más fuerte que nuestras palabras».

Hermana Alba Letelier, sp

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Reflexión del domingo 30 de agosto de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 16:21-27

A partir de entonces, Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, padecer mucho por causa de los ancianos, sumos sacerdotes y maestros de la ley, sufrir la muerte y al tercer día resucitar.
Pedro lo llevó aparte y se puso a reprenderlo:
«¡Dios no lo permita, Señor! Nunca te sucederán tales cosas.»
Pero Jesús se volvió y le dijo:
«¡Aléjate, Satanás! Quieres hacerme caer. Piensas como los hombres, no como Dios”.
Entonces dijo Jesús a sus discípulos:
«El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. El que quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mi causa, la conservará. ¿De qué le serviría a uno ganar el mundo entero si se destruye a sí mismo? ¿Qué precio pagará por su vida?
Sepan que el Hijo del Hombre vendrá con la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno según su conducta.»

Reflexión:

Jesús trae una nueva luz sobre lo que significa realmente ser el Mesías y lo que el seguimiento de ese Mesías implica para los discípulos. Les dice que, para seguirlo, deben cargar su propia cruz cada día. Pedro no podía aceptar que el plan de Dios para Jesús fuera tan increíble. Si Pedro no puede aceptar la revelación de que Jesús sufriría una muerte cruel (16:22), ¿cómo responderá entonces cuando la atención recaiga en aquellos discípulos cuyo destino es imitar el destino de Jesús?
No fue sino hasta después de Pascua que el significado completo del discipulado se hizo claro. Antes de eso, entendían que el discipulado consistía en tomar la propia cruz y seguirlo, incluso estar dispuestos a renunciar a la propia vida. Pero el sentido se tornó mucho más profundo cuando comprendieron que, al tomar parte en la vida y el ministerio de Jesús, se enfrentarían a una muerte cruel.
El discipulado en la misión es costoso y radical. El discipulado es una vida de generosidad y de servicio, en la que el verdadero discípulo trabaja por la justicia, da generosamente y se preocupa de los débiles. Podemos hacer esto gracias a nuestro llamado. Estamos llamados a entregarnos por el bien de los demás. Solo entonces se puede comprender el precio y la alegría del discipulado.

Elizabeth Kaczmarczyk, SP.

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Reflexión del domingo 16 de agosto de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 15:21-28

Jesús marchó de allí y se fue en dirección a las tierras de Tiro y Sidón. Una mujer cananea, que llegaba de ese territorio, empezó a gritar: «¡Señor, hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija está atormentada por un demonio.» Pero Jesús no le contestó ni una palabra. Entonces sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Atiéndela, mira cómo grita detrás de nosotros.» Jesús contestó: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.» Pero la mujer se acercó a Jesús; y, puesta de rodillas, le decía: «¡Señor, ayúdame!» Jesús le dijo: «No se debe echar a los perros el pan de los hijos.» La mujer contestó: «Es verdad, Señor, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.» Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo.» Y en aquel momento quedó sana su hija.

Reflexión:
Inspirada en este Evangelio de san Mateo, hermana Beatrice comparte con nosotras el significado de la fe que la guía en este momento de su vida.
Estar presente es estar abierta a ver con nuevos ojos. De manera intencional, busco señales de vida nueva y esperanza durante este período de pandemia. Veo las huellas de Dios en toda la creación. Trato de ver y de experimentar la gracia y la misericordia en todo esto. La belleza de la creación me habla y me lleva hacia una comprensión más profunda de los misterios de la vida.
«Resulta evidente que mediante la Revelación de Tu corazón has querido, Jesús, proporcionar a nuestro amor el medio de sustraerte a lo que había de excesivamente estrecho, preciso y limitado en la imagen que nos habríamos formado de ti». -Teilhard de Chardin, SJ.
Les deseo una buena semana plena de fe en nuestro Salvador y de admiración hacia las bendiciones de la creación.

Hermana Beatrice LaFramboise, sp.

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Reflexión del domingo 09 de agosto de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 14, 22-33

“Enseguida mandó a los discípulos embarcarse y pasar antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después de despedirla, subió él solo a la montaña a orar. Al anochecer, todavía estaba allí, solo. La barca se encontraba a buena distancia de la costa, sacudida por las olas, porque tenía viento contrario. Ya muy entrada la noche Jesús se acercó a ellos caminando sobre el lago. Al verlo caminar sobre el lago, los discípulos comenzaron a temblar y dijeron: —¡Es un fantasma! Y gritaban de miedo. Pero [Jesús] les dijo: —¡Anímense! Soy yo, no teman. Pedro le contestó: —Señor, si eres tú, mándame ir por el agua hasta ti. —Ven, le dijo Jesús. Pedro saltó de la barca y comenzó a caminar por el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir el [fuerte] viento, tuvo miedo, entonces empezó a hundirse y gritó: —¡Señor, sálvame! Al momento Jesús extendió la mano, lo sostuvo y le dijo: —¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? Cuando subieron a la barca, el viento amainó. Los de la barca se postraron ante él diciendo: —Ciertamente eres el Hijo de Dios.”

Reflexión:
“¡Anímense! Soy yo, no teman.”
Soy yo quien está aquí y tú en mí, confía…te amo y estoy contigo.
Jesús, nos muestra su capacidad de amar y su amor por nosotros hasta de la manera más didáctica para que realmente creamos que es él y no tengamos miedo.
Nos causa temor verlo como un fantasma, como si de verdad él no estuviera en la oscuridad de la tormenta, nos asombra verlo aparecer caminando sobre las aguas hablándonos “tengan ánimo, soy yo, no teman” ya que inmediatamente le decimos: si de verdad eres tú Señor, acércanos a ti y permítenos que, como tú, caminemos por sobre las aguas… pero nos hundimos, se nos va el peso del cuerpo y creemos más que vamos a desaparecer que a ser fiel y caminar junto a él sobre las aguas ¡qué poca fe Señor, frente a todas tus manifestaciones de amor! El hundirnos en el agua es a causa del temor, de la inseguridad que cada día revivimos en nuestra falta de fe ¡Cómo no creer en ti Señor, si tú nos has llamado, si tú nos has elegido, si tú eres nuestra vida!
Muchos de nosotros hoy, como Pedro, queremos volver a escuchar el llamado del Señor, Señor, atráenos hacia ti, permítenos caminar sobre las aguas, sálvanos; y Jesús, con su presencia nos infunde confianza, nos infunde abandono, nos infunde seguridad diciéndonos “ven”, para que avancemos con él sobre un camino de transformación personal y de total abandono a su providencia. Tener la certeza de que con él lo tenemos todo.
Este evangelio, nos permite ver en Jesús su humanidad y su divinidad intrínsecamente unidas como una de las manifestaciones de su más profunda identidad, Dios y hombre verdadero, Señor de la vida, capaz de hacer natural lo sobrenatural: Caminar sobre las aguas junto a nosotros.
No siempre es fácil reconocer su presencia en nuestra vida, a veces queremos muestras extraordinarias que nos hagan concreta su figura, nos cuesta entender que siempre está, aún en los bamboleos de la sombría tormenta, haciéndose luz, calma, esperanza, confianza; posiblemente lo más simple para entrar en esta dinámica con Él es una oración confiada desde el corazón, que nos transforme y nos haga hasta olvidar el miedo que no nos permite sostenernos sobre el agua.
¡Señor creo, pero aumenta mi fe!
Que pueda sostenerme de tu mano y caminar contigo siempre
porque tú eres el Hijo de Dios.

Hna. Gloria Garcia, s.p.

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Reflexión del domingo 02 de agosto de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 14:13-21

Al conocer esa noticia, Jesús se alejó discretamente de allí en una barca y fue a un lugar despoblado. Pero la gente lo supo y en seguida lo siguieron por tierra desde sus pueblos. Al desembarcar Jesús y encontrarse con tan gran gentío, sintió compasión de ellos y sanó a sus enfermos. Cuando ya caía la tarde, sus discípulos se le acercaron, diciendo: «Estamos en un lugar despoblado, y ya ha pasado la hora. Despide a esta gente para que se vayan a las aldeas y se compren algo de comer.» Pero Jesús les dijo: «No tienen por qué irse; denles ustedes de comer.» Ellos respondieron: «Aquí sólo tenemos cinco panes y dos pescados.» Jesús les dijo: «Tráiganmelos para acá.» Y mandó a la gente que se sentara en el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los entregó a los discípulos. Y los discípulos los daban a la gente. Todos comieron y se saciaron, y se recogieron los pedazos que sobraron: ¡doce canastos llenos! Los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Reflexión:
La reflexión del Evangelio de este domingo se basa en una respuesta concreta de hermana Julie Macasieb, una Hermana de la Providencia originaria de Filipinas, lugar donde trabaja.
«Una experiencia de esperanza en estos momentos tan difíciles»
Luego de casi cuatro meses en cuarentena comunitaria con dos hermanas de nuestras hermanas, me sentí muy agradecida cuando por fin tuve la oportunidad de regresar a mi ministerio en la ciudad de Dagupan. En la actualidad, la ciudad se encuentra en cuarentena comunitaria general modificada (MGCQ por sus siglas en inglés).
Mi viaje hasta Dagupan tenía varios propósitos. Uno de ellos era reunirme con el arzobispo Soc Villegas y con las personas con las cuales ejerzo mi ministerio. Durante dos días, nuestros Asociados Providencia de la ciudad de Dagupan y yo participamos en una actividad de distribución alimentos a las personas más necesitadas, la cual tuvo lugar en la parroquia de San Miguel Arcángel. Esta fue una experiencia viva de dolor y sufrimiento que se manifestó en el dolor y el hambre de nuestro pueblo. Sentí profunda compasión por ellos y me solidaricé con su sufrimiento. Los efectos de la pandemia han cobrado muchas víctimas y generado una crisis económica aquí y en el mundo entero.
Es a través de nuestro acompañamiento y nuestra presencia solidaria, como también compartiendo nuestros recursos, que experimentamos la esperanza en la Providencia y la presencia compasiva de Jesús, quien está siempre en medio de nosotras.
Buena semana de reflexión y compartir.

Hermana Julie Macasieb, s.p.

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Reflexión del domingo 19 de julio de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 13, 24-43

En aquel tiempo, Jesús contó esta parábola a la gente: «El reino de los cielos puede compararse a un hombre que había sembrado buena semilla en su campo. Pero mientras todos dormían, llegó su enemigo, sembró cizaña entre el trigo y se marchó. Cuando el trigo germinó y se formó la espiga, apareció también la cizaña. Los criados se dirigieron entonces al amo del campo y le dijeron: “Señor, ¿cómo es que hay cizaña en el campo, si la semilla que sembraste era buena?”. El amo les contestó: “Alguien que no me quiere bien ha hecho esto”. Los criados le propusieron: “Si te parece, iremos a arrancar la cizaña”. Pero él les dijo: “No lo hagan ahora, no sea que, por arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta el tiempo de la siega. Entonces encargaré a los segadores que corten primero la cizaña y la aten en manojos para quemarla, y que luego guarden el trigo en mi granero”». También les contó Jesús esta otra parábola: «El reino de los cielos puede compararse al grano de mostaza que el labrador siembra en el campo. Se trata, por cierto, de la más pequeña de todas las semillas, pero luego crece más que las otras plantas y llega a hacerse como un árbol, hasta el punto de que en sus ramas anidan los pájaros». También les dijo: «El reino de los cielos puede compararse a la levadura que toma una mujer y la mezcla con tres medidas de harina para que fermente toda la masa». Jesús expuso todas estas cosas en parábolas a la gente, y sin parábolas no les decía nada, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta: Hablaré utilizando parábolas; pondré de manifiesto cosas que han estado ocultas desde el principio del mundo. Después de esto, Jesús se despidió de la gente y entró en casa. Sus discípulos se le acercaron y le dijeron: «Explícanos lo que significa la parábola de la cizaña en el campo». Él les respondió: «El labrador que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre, y el campo es el mundo. La buena semilla representa a los que pertenecen al Reino, y la cizaña representa a los que pertenecen al diablo. El enemigo del dueño, aquel que sembró la cizaña, es el diablo; la siega representa el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se recoge la cizaña y se hace una hoguera con ella, así sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará entonces a sus ángeles, y ellos recogerán de su reino a todos los que son causa de pecado y a los que hacen el mal, y los arrojarán al horno encendido, donde llorarán y les rechinarán los dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. Quien pueda entender esto, que lo entienda».

Reflexiones sobre las tres parábolas de Jesús en el Evangelio de hoy.

Desde la primera lectura, pasando por el Salmo hasta el Evangelio, se trata de un Dios cuyo amor y poder se muestra más en evidencia en la infinita paciencia y misericordia para todos.
Primero: Hay cizaña en el campo del Señor del Universo que es sembrada por el enemigo, el diablo. Vino mientras la gente dormía. Y cuando el enemigo llega, se apresura a sembrar la mala semilla y se va para que no sea descubierta. Habría sido necesario vigilar para evitar que el enemigo entrara en nuestros corazones. Las raíces de la paja y las raíces del trigo están entrelazadas, de modo que no podemos arrancar una sin correr el riesgo de arrancar la otra. Jesús nos pide que seamos pacientes hasta la cosecha; nos invita al discernimiento, porque Dios, es paciente hasta el juicio.
Segundo: Lo que el Salvador quiere suscitar con esta imagen de un grano de mostaza es la pequeñez del reino de los cielos en su origen, sus comienzos y medios, y la grandeza de sus desarrollos y efectos. Hoy podemos comparar esta parábola con la historia de nuestra Congregación que comenzó con una pequeña obra de Madre Gamelin, una semilla muy pequeña que se convirtió en un gran árbol y se extendió a muchos países del mundo.
Tercero: Esta parábola que habla de la levadura escondida en la masa es la vida divina actuando lenta pero constantemente por el poder que le es propio, hasta que todo persona, toda vida humana, en el individuo, la familia y la sociedad, es penetrada y santificada por ella. Dios nos invita a dejarnos transformarnos por él para convertirnos en aquellos que debemos ser según su propio diseño.
Las lecturas bíblicas de este domingo nos invitan a descubrir el verdadero rostro de Dios que es lento para la ira pero lleno de amor. Nos invita a ser pacientes, pero también vigilantes, a permanecer despiertos para que el enemigo no pueda entrar. De la misma manera se pidió a las 12 vírgenes que se mantuvieran despiertas para que el novio las encontrara despiertas. Jesús nos pide que estemos atentos porque nunca debemos olvidar que nuestra vida cristiana es una lucha diaria contra «el enemigo».
Así, en el Evangelio de hoy, hay tres mensajes para recordar: 1) la invitación a la paciencia y al discernimiento, 2) Por muy pequeños que seamos, Dios puede hacer su obra en nosotros y nos llama a una gran misión, 3) dejarnos cimentar por Dios según su designio.

Hna. Eugena Nogaüs, s.p.

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Reflexión del domingo 12 de julio de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 13: 1-9

Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Se reunió junto a él una gran multitud, así que él subió a una barca y se sentó, mientras la multitud estaba de pie en la orilla. Les explicó muchas cosas con parábolas: —Salió un sembrador a sembrar. Al sembrar, unas semillas cayeron junto al camino, vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso con poca tierra. Al faltarles profundidad brotaron enseguida; pero, al salir el sol se marchitaron, y como no tenían raíces se secaron. Otras cayeron entre espinos: crecieron los espinos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra fértil y dieron fruto: unas ciento, otras sesenta, otras treinta. El que tenga oídos que escuche.

REFLEXIÓN
¡Amadas en el Señor, buenos días!
En este 15.o domingo del Tiempo Ordinario, del ciclo A, los textos que se nos presentan para nuestra meditación nos invitan a dar frutos en abundancia. Ya en la primera lectura el profeta Isaías describe la abundancia de la gracia que, como la lluvia y la nieve, producen un efecto sobre las semillas plantadas. Esto también se puede comparar con la palabra de Dios que a diario actúa en nosotras. San Pablo, en la segunda lectura, establece un paralelo entre la abundancia de las gracias y la creación gimiente que sufre dolores de parto. Fácilmente encontramos toda clase de razones para protegernos de la dolorosa realidad del crecimiento. Con las primeras palabras Pablo quiere recordarnos claramente la necesidad de esperar con paciencia a que la semilla crezca, de experimentar la muerte de la semilla sin que tengamos la certeza de que realmente echará raíces, sin saber hasta qué punto dará su fruto. La parábola del sembrador en el evangelio de san Mateo es más asombrosa aún, puesto que en el tiempo de Jesús la gente no tenía conciencia del fenómeno biológico de la germinación. La palabra de Dios es recibida de diversas formas. En algunas personas ella encuentra un corazón de piedra y no crece en absoluto, en otras crece con dificultad, pero crece. Todo cuanto hemos recibido como don de gracia, pongámoslo al servicio de los demás. Que los pianistas toquen el piano para la gloria de Dios. Que los conductores conduzcan los vehículos de conformidad con las normas del tránsito. !Que los carpinteros dejen de instalar puertas que tan solo con un año servicio ya no cierran! !Que los fieles cristianos redescubran la frescura y la belleza de los valores evangélicos a través del trabajo pastoral! ¡Que los profesores preparen sus clases adecuadamente y las impartan sabiendo que cada estudiante es un pequeño Jesús! ¡Que las enfermeras y los doctores cuiden a los enfermos con compasión! ¡Que las autoridades políticas, económicas y sociales trabajen por el desarrollo de sus circunscripciones electorales! ¡Que los magistrados impartan justicia para el bien de todos! Que esta parábola del sembrador sea la motivación de nuestra esperanza, cuya planta es el grano que germina y da el ciento por uno. En estos días de desconfinamiento no solo es necesario deshierbar el terreno de nuestro corazón para que la semilla plantada por el Padre pueda dar fruto, sino también esperar con confianza el crecimiento de cada ser en la humanidad. El fallecido obispo Jean Zoa decía lo siguiente:
«La alegría de los cristianos consiste en compartir, pero para compartir hay que tener; para tener hay que producir abundantemente; para producir abundantemente hay que organizarse racionalmente; para trabajar racionalmente hay que organizarse solidariamente».
¡Que tengan una fructífera meditación!

Marie Éméline Ezami Atangana, sp.

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Reflexión del domingo 05 de julio de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 11,23-30

«Y tú, Cafarnaún, ¿subirás hasta el cielo? No, bajarás donde los muertos. Porque si los milagros que se han realizado en ti, se hubieran hecho en Sodoma, todavía hoy existiría Sodoma. Por eso les digo que, en el día del Juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que ustedes.» En aquella ocasión Jesús exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer. Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana.»»

Réflexion :
¿Quién es la gente sencilla a la que Jesús reveló las cosas del Padre?

Son aquellos que tienen el corazón puro, sin prejuicios y dispuestos a recibir la semilla que Jesús quiere plantar en ellos y hacerla germinar; Dios entra en su corazón y lo llena con lo que sólo Él puede dar.
La gente sencilla es la que reconoce su pobreza y no guarda rencor, mira la vida con optimismo, confiando en un Padre que no los abandona, les resulta natural buscar su felicidad y la de los demás.
La misión de las personas sencillas en esta vida es contrarrestar las complicaciones: luchas, dolores y desconfianzas que hemos ido creando a través de la historia y estas personas nos muestran con su testimonio que es posible vivir una profunda vida interior, sin la necesidad de complicarse con otras cosas que no conducen a Dios. Están dispuestos a aceptar lo que Dios juzga qué es lo mejor para ellos y como un niño se entregan libremente a la Providencia de Dios.

El Señor nos invita a tomar su mano y caminar con Él, a dejar de lado las inseguridades y el miedo que a veces sentimos, Él nos ofrece la esperanza que necesitamos para continuar y con sencillez en el alma busquemos vivir una vida plena abandonándonos en sus manos amorosas de Padre.

Hna. Gladys Flores, sp

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Reflexión del domingo 28 de junio de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo, 10:37-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no es digno de mí. El que vive su vida para sí la perderá, y el que sacrifique su vida por mi causa, la hallará. El que los recibe a ustedes, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. El que recibe a un profeta porque es profeta, recibirá recompensa digna de un profeta. El que recibe a un hombre justo por ser justo, recibirá la recompensa que corresponde a un justo. Asimismo, el que dé un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, porque es discípulo, no quedará sin recompensa: soy yo quien se lo digo.»
Reflexión:
En aquel tiempo, como en nuestros días, las persecuciones existían. Hoy seguimos viendo cómo se persigue a las personas o se las asesina por el color de su piel, por su origen y hasta por su orientación política. Asimismo, en la época de Jesús, seguir su camino era correr el riesgo de provocar la incomprensión de los padres, amigos y allegados, y hasta de ser rechazado por ellos.
Hoy en día, incluso fuera de un contexto de persecuciones violentas, sabemos bien que es en familia o incluso entre amigos que con frecuencia es más difícil dar testimonio de la propia fe.
En un mundo construido sobre la base del individualismo, tomar la cruz de Cristo como se toma un camino que conduce a la vida verdadera, constituye un gran desafío. Seguir a Cristo en su encuentro con los excluidos, seguirlo por el camino de la no violencia y rechazo del odio. Cargar su cruz es también portar una buena nueva, pues la cruz de Cristo se ha transformado en el árbol de la vida. La muerte ha sido vencida, Cristo ha resucitado. Existe un camino incluso a través de la muerte.
Lo que Dios espera de nosotros no es el sufrimiento, sino el amor. Son opciones de vida inspiradas por el amor. La cruz de los cristianos y las cristianas es la consecuencia de su fidelidad al mensaje de amor de Cristo.
Amar a Cristo nos enseña a amar a los demás. Amar a Cristo es escuchar sin cesar «Ámense los unos a los otros».
Es en las pequeñas cosas de la vida cotidiana, como la acogida, el servicio, la escucha, el compartir, que se pone en juego la sinceridad de nuestro testimonio. Recordemos las palabras de san Agustín: «La medida del amor es amar sin medida».

Una Asociada Providencia

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Reflexión del domingo 21 de junio de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 10,26-33

«Pero no les tengan miedo. Nada hay oculto que no llegue a ser descubierto, ni nada secreto que no llegue a saberse. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo ustedes a la luz, y lo que les digo en privado, proclámenlo desde las azoteas. No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno. ¿Acaso un par de pajaritos no se venden por unos centavos? Pero ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita vuestro Padre. En cuanto a ustedes, hasta sus cabellos están todos contados. ¿No valen ustedes más que muchos pajaritos? Por lo tanto, no tengan miedo. Al que se ponga de mi parte ante los hombres, yo me pondré de su parte ante mi Padre de los Cielos. Y al que me niegue ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los Cielos.»

Reflexión:
Amado Dios Providente, mi Señor y Salvador, gracias por decirme «No temas a nadie». Tengo un dicho favorito: «¿Qué debo temer cuando Dios está cerca?» Lo digo a menudo, pero también me has dicho que siempre estarás conmigo. Sabiendo que siempre estás cerca de mí, estás en mí, estás a mi alrededor, me precedes, lo sabes todo de mí, pero te preocupas y me amas de todos modos. ¡Qué maravilla!
¡Es como ser un niño y saber y creer que nada saldrá mal porque sus padres lo aman y siempre estarán ahí!
La oración favorita de mi madre: «Señor, ayúdame a recordar que hoy no me va a pasar nada que tú y yo no podamos afrontar.» ¡No puedo y no te negaré Señor!
Tengo un amigo querido cuyo saludo para mí es «Me inclino ante el Dios que está en ti, miro y veo a Dios allí; alabado sea nuestro Dios en ti». Me digo esto a mí misma cuando me miro en el espejo; lo cambio a mi Dios en mí porque me ayuda a mantenerme enfocada en la bondad/belleza y protección de ti, Dios Providente. ¡No puedo negar a un Dios que es tan bueno conmigo!
¡Con los tiempos difíciles que están sucediendo en nuestro mundo es tan reconfortante saber que estás aquí Dios Providente! Te amo,

Lillian Rouzan, AP

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Reflexión del domingo 14 de junio de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Juan 6:51-58

En aquel tiempo, Jesús dijo a las multitudes judías «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo.» Los judíos discutían entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer carne?» Jesús les dijo: «En verdad les digo que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que es vida, me envió y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo. Pero no como el de vuestros antepasados, que comieron y después murieron. El que coma este pan vivirá para siempre.»

Reflexión: «Hacia una nueva normalidad»
El señor René Lefebvre es un Asociado Providencia de Montreal, comprometido por la pluma y por su fe a difundir la Buena Nueva y a dar a conocer a la fundadora de las Hermanas de la Providencia, la beata Emilia Tavernier Gamelin. Hoy comparte con nosotras una de esas reflexiones que va en perfecta consonancia con el espíritu de los tiempos y en la continuidad del Evangelio de este domingo.
Hay un proverbio que dice que una desgracia nunca llega sola, y la muerte del americano George Floyd viene a confirmar este adagio. El presidente saliente, Barack Obama, publicó una declaración a través de su página Twitter en la cual afirma que «esto no puede ser normal” en 2020 e instó a las autoridades de Minnesota a «velar porque las circunstancias que rodean la muerte de George Floyd sean investigadas a fondo».
Barack Obama, primer presidente negro de los Estados Unidos, incluso agregó: «esto no debería ser normal en los Estados Unidos de 2020. No puede ser normal. Si queremos que nuestros hijos crezcan en una nación que vive acorde con sus más altos ideales, podemos y debemos hacerlo mejor.»
«Corresponde principalmente a los responsables de Minnesota asegurarse de que las circunstancias que rodean la muerte de George Floyd sean investigadas a fondo y se haga finalmente justicia. Pero nos concierne a todos, al margen de raza y ocupación, trabajar juntos para crear una “nueva normalidad” en la que el legado del fanatismo y del trato desigual ya no infecte nuestras instituciones o nuestros corazones”.
«Es natural desear que la vida vuelva a la normalidad ya que una pandemia y una crisis económica alteran todo lo que nos rodea», agregó.
«Pero debemos recordar que, para millones de estadounidenses, ser tratado de manera diferente debido a la raza es trágica, dolorosa y enloquecedoramente «normal», ya sea tratando con el sistema de salud, interactuando con el sistema de justicia o simplemente al trotar admirando pájaros en un parque».
Buena semana para todos.
René Lefebvre, AP

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Reflexión del domingo 07 de junio de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Juan 3,16-18

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.”

“Porque de tal manera amó Dios al mundo”

Somos hijos amados de Dios, sentimos su amor cuando en los momentos difíciles de nuestra vida acudimos a Él buscando su protección y esperando obtener una respuesta amorosa a nuestro llamado; y Dios está ahí, dispuesto a acogernos con amor de Padre. Sentimos a veces que su respuesta no es siempre la que nosotros esperamos, la respuesta es la que Dios quiere para nosotros, esa que nos va a llevar por el camino que conduce a la felicidad plena, aunque no lo entendamos en el momento y nos resistimos a la respuesta de Dios, después comprenderemos que era lo mejor para nosotros; lo importante es creer y esperar en su misericordia amorosa.

Después de todo lo que he vivido desde que me atacó el COVID-19, he pasado por momentos de miedo, angustia, tristeza y esperanza; he sentido siempre la presencia de Dios en mi vida. Lo que me ha tocado vivir no es fácil, estoy lejos de mi casa, pero siento la cercanía de los míos en todo momento, la fuerza de su cariño y la oración siempre presente me ha mantenido con fuerza y ha acrecentado mi fe.

El amor de Dios lo he sentido con mucha fuerza en este tiempo, en el cuidado que me han brindado para mejorarme, en las oraciones y atenciones de mis hermanas y personas que me quieren.

Gracias Señor por tu gran amor.

Hermana Gladys Flores, s.p.

Foto: arte inspirada del Espíritu Santo realizada por hermana Gladys mientras se encuentra de cuarentena.

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Reflexión del domingo 31 de mayo de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Juan 20, 19-23

«Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor. Jesús les volvió a decir: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envío a mí, así los envío yo también.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos.»»

Reflexión:

Allí estaban, todos juntos… unidos en la oración. Era la Iglesia nasciendo. Rezando todos juntos, estaban creando las condiciones para la recepción del Espíritu Santo. Todas las esperanzas de un nuevo mundo, basado en el Amor, estaban presentes.
Para formar un solo cuerpo, aceptando nuestra diversidad, debemos saber superar nuestro miedo al otro y ser habitados por el Espíritu de la paz. Los discípulos, antes de Pentecostés, cerraron todo y están encerrados en casa, porque tienen miedo, nos dice el Evangelio. Tienen miedo de la misma gente a la que se supone que deben llevar las buenas noticias. ¿Cómo podemos acercarnos al otro cuando le tememos y no lo acogemos cómo es? Es el Espíritu Santo quien les dará el valor para dar un paso hacia el otro. Este espíritu es un espíritu de paz. El espíritu que Jesús ofrece dos veces en el Evangelio no es un espíritu de guerra, de polémica o un espíritu que juzgue al otro, es un espíritu de paz: «La paz sea con vosotros». «Son las mismas palabras que repetimos en la misa y que ponemos en práctica antes de la comunión.
Aunque por la fuerza de las restricciones actuales nuestra vida y nuestro medio ambiente cambien, el Espíritu Santo no cambia, siempre nos trae la paz, el coraje y la esperanza que nos sostienen en esta vida de cambio perpetuo.
¡Que tengan una buena semana bendecida por el Espíritu Santo!

Una Asociada Providencia

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Reflexión del domingo 24 de mayo de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Juan 17, 1-11a

“En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, Jesús dijo: Padre ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti antes que el mundo existiese. He manifestado tu Nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste y ellos las han recibido y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado. Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo mientras yo voy a ti.”

Reflexión:
Amar a Jesús requiere estar en constante proceso de conocerlo, es una relación que crece poco a poco, una amistad que se extiende más allá de nosotras mismas. Reconocerlo como Dios y Señor es fruto de esta relación estrecha y lo que nos lleva a adorarlo, y cómo nos cuesta realmente hacerle confianza y creer. Nuestro amor y fe es débil, por eso dudamos.
Sin embargo, Él confía en nosotros, Él nos ama sin condiciones y sabiendo quienes somos, con debilidades, dudas, miedos, nos sigue enviando a vivir la misión. Para Él nuestra vulnerabilidad no es obstáculo para vivir lo único importante: ser testigos y testimonio de Aquel a quien conocemos y Amamos, sabiendo que no somos nosotras el centro de esta historia, sino Él y Su Mensaje.
En esta época que estamos viviendo y que nos desafía a vivir diferente, su “envío” sigue siendo el mismo. ¿Cómo estoy respondiendo y cuál es el mensaje que estoy ofreciendo por mi testimonio?
¿De qué manera mi vulnerabilidad se vuelve a veces obstáculo y justifica mí “no compromiso” con las realidades que vivo?
Si “el amor es más fuerte”, la simplicidad de vida, la humildad en mis relaciones y la caridad en mis acciones serán ante todo los principios con los cuales viviré el “envío” que Jesús me hace hoy. Su promesa “Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo”, ha de ser lo que me haga confiar y me dará la fuerza y osadía para responder a Su invitación. Él es nuestra “única esperanza”.

Hna. Alba Letelier, s.p.

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Reflexión del domingo 17 de mayo de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Juan 14, 15-21

“Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos, y yo rogaré al Padre y les dará otro Protector que permanecerá siempre con ustedes, el Espíritu de Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes lo conocen, porque está con ustedes y permanecerá en ustedes. No los dejaré huérfanos, sino que volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes me verán, porque yo vivo y ustedes también vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre y ustedes están en mí y yo en ustedes. El que guarda mis mandamientos después de recibirlos, ése es el que me ama. El que me ama a mí será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.»

Reflexión:
“Promesa del Espíritu”

Es un evangelio lleno de esperanza, es la primera promesa del Espíritu que muestra el nuevo modo de la presencia de Jesús con los suyos, no nos deja huérfanos. Es el espíritu que viene para unir y fortalecer la comunidad.

Hoy en estos tiempos la lectura es más actual que nunca, nos está diciendo que recordemos el camino hacia Él, las dificultades no nos pueden hacer perder la fe. Él nos recuerda que no estamos solos, que tenemos la fuerza del Espíritu con nosotros.

Él es el camino, nos muestra que tenemos la receta para vencer hoy día esta pandemia, a través de la unidad, la solidaridad y el amor al prójimo. Es un llamado a permanecer unidos al espíritu, que Él es nuestro escudo protector, solo debemos dejarlo entrar “Quien recibe y cumple mis mandamientos, ese si me ama, y será amado por mí”.

Nuestra fundadora Madre Emilia nos señaló que la humildad, la simplicidad y sobretodo la caridad son el camino para fortalecer el Espíritu.

Unidas en el Espíritu,
Susana Garrido González
Asociada Providencia
Santa Rosa, Provincia Bernarda Morin

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Reflexión del domingo 10 de mayo de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Juan 14, 1-12

“No se turben; crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. De no ser así, no les habría dicho que voy a prepararles un lugar. Y después de ir y prepararles un lugar, volveré para tomarlos conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Para ir a donde yo voy, ustedes ya conocen el camino.» Entonces Tomás le dijo: «Señor, nosotros no sabemos adónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino?» Jesús contestó: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocen a mí, también conocerán al Padre. Pero ya lo conocen y lo han visto.» Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre, y eso nos basta.» Jesús le respondió: «Hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces, Felipe? El que me ve a mí ve al Padre. ¿Cómo es que dices: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Cuando les enseño, esto no viene de mí, sino que el Padre, que permanece en mí, hace sus propias obras. Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanme en esto; o si no, créanlo por las obras mismas. En verdad les digo: El que crea en mí hará las mismas obras que yo hago y, como ahora voy al Padre, las hará aún mayores.”

Reflexión:
El Camino a la Verdad y a la Vida
El Evangelio de este domingo nos invita a seguir a Jesucristo porque nos dice: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sin pasar por mí». «Qué alegría ver que esto sigue siendo cierto una vez más, porque más que nunca necesitamos esta certeza en un mundo lleno de incertidumbres. La fe seguramente nos salvará. Tomando esta esperanza como nuestra brújula y convirtiéndola en nuestra bandera, continuamos en el camino ya preparado por el Salvador.
En este día, en el que pensamos muy especialmente en nuestras madres, tomemos tiempo para pensar cuántas veces, con ternura y perseverancia, nuestras madres nos han puesto o nos han vuelto a poner en el Camino que conduce a la Verdad y a la Vida guiándonos en el aprendizaje del compartir, de la ayuda mutua y de la oración.
¡Feliz Día de las Madres y que tengan una linda semana, siguiendo el Camino!

Grupo AP de Montreal

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Reflexión del domingo 3 de mayo de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Juan 10, 1-10

“En verdad les digo: El que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino que salta por algún otro lado, ése es un ladrón y un salteador. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El cuidador le abre y las ovejas escuchan su voz; llama por su nombre a cada una de sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas sus ovejas, empieza a caminar delante de ellas, y las ovejas lo siguen porque conocen su voz. A otro no lo seguirían, sino que huirían de él, porque no conocen la voz de los extraños.» Jesús usó esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir. Jesús, pues, tomó de nuevo la palabra: En verdad les digo que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido eran ladrones y malhechores, y las ovejas no les hicieron caso. Yo soy la puerta: el que entre por mí estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará alimento. El ladrón sólo viene a robar, matar y destruir, mientras que yo he venido para que tengan vida y la tengan en plenitud.”

Reflexión:
En estos tiempos de confusión e incertidumbre, Jesús se nos presenta como el guía, el camino, la puerta de entrada a un mundo mejor. Detrás de esta puerta, no hay un Dios que nos asuste o que nos exija una conducta extraordinaria, sino un Dios que ama, que nos acoge, que nos consuela.
El Señor nos abre la puerta, ofreciéndonos libertad y alegría como en ninguna otra parte. Nos hace descubrir la belleza del aire libre, de los grandes horizontes, de los espacios ilimitados, de toda la naturaleza de la Creación que tan a menudo hemos descuidado.
Ahora, la mayoría de nosotros estamos encerrados en una especie de «puertas cerradas», bloqueada por las leyes, la enfermedad o el miedo. Todos nosotros, en un momento u otro, tenemos que enfrentarnos a problemas que parecen no tener salida. Nos sentimos atrapados, encarcelados, sin saber cómo salir. Es entonces cuando Cristo interviene y nos dice que Él es la puerta, que Él es la salida. ¡Imagen de la libertad! ¡Imagen de frescura y vida! Seguir a Jesús no es, como algunos piensan, vivir una vida a medias, sino vivir plenamente.
Dejemos que Cristo nos libere y llene nuestras vidas de alegría, que sea el compañero que nos acompañe durante toda nuestra existencia.
¡Que tengan una linda semana!

Una Asociada Providencia

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Reflexión del domingo 26 de abril de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Lucas 24, 13 – 35

«Aquel mismo día dos discípulos se dirigían a un pueblecito llamado Emaús, que está a unos doce kilómetros de Jerusalén, e iban conversando sobre todo lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar con ellos, pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. El les dijo: «¿De qué van discutiendo por el camino?» Se detuvieron, y parecían muy desanimados. Uno de ellos, llamado Cleofás, le contestó: «¿Cómo? ¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no está enterado de lo que ha pasado aquí estos días?» «¿Qué pasó?», les preguntó. Le contestaron: «¡Todo el asunto de Jesús Nazareno!» Era un profeta poderoso en obras y palabras, reconocido por Dios y por todo el pueblo. Pero nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes renegaron de él, lo hicieron condenar a muerte y clavar en la cruz. Nosotros pensábamos que él sería el que debía libertar a Israel. Pero todo está hecho, y ya van dos días que sucedieron estas cosas. En realidad, algunas mujeres de nuestro grupo nos han inquietado, pues fueron muy de mañana al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, volvieron hablando de una aparición de ángeles que decían que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y hallaron todo tal como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron.» Entonces él les dijo: «¡Qué poco entienden ustedes, y qué lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No tenía que ser así y que el Mesías padeciera para entrar en su gloria?» Y les interpretó lo que se decía de él en todas las Escrituras, comenzando por Moisés y luego todos los profetas, . Al llegar cerca del pueblo al que iban, hizo como que quisiera seguir adelante, pero ellos le insistieron diciendo: «Quédate con nosotros, ya está cayendo la tarde y se termina el día.» Entró, pues, para quedarse con ellos. Y esto sucedió. Mientras estaba en la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, y en ese momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero ya había desaparecido. Entonces se dijeron el uno al otro: «¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» De inmediato se levantaron y volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a los de su grupo. Estos les dijeron: «Es verdad. El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón.» Ellos, por su parte, contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.»

Reflexión:
Tiempo de Pascua, tiempo de alegría y gran fiesta en Resurrección. Y en esta historia actual, tiempo de Pandemia, de contagios, de quedarnos en casa. Y la tecnología nos está invadiendo cada vez más porque “nos quedamos en casa”.

En este evangelio se nos narra sobre la experiencia de dos discípulos, que iban caminando hacia Emaús, conversando, discutiendo, sobre lo que había ocurrido en Jerusalén. Y otro “compañero” los alcanza en el camino, y se integra a la conversación, haciéndoles pregunta sobre lo que iban diciendo. Y ellos lo ponen al día porque daba la sensación, que no se había enterado de lo sucedido. El ánimo de tristeza y de desilusión se hacía entender en sus actitudes y palabras. Pero Él, con mucha autoridad, les hace reflexionar sobre este acontecimiento y les enseñaba desde las Escrituras.
Cuántas veces hemos tenido esta experiencia, de quedarnos con los acontecimientos y no reflexionamos a través de las escrituras. O también, hemos reflexionado a partir de nuestra experiencia de fe, nuestra experiencia de Dios, pero nuestras actitudes nos delatan.

“Quédate con nosotros porque ya es tarde…” muchas veces experimentamos esto… Jesús nos da la libertad de tomar decisiones propias. “Jesús hizo ademán de seguir”… Él va junto a nosotros, ya es tarde, el día se acaba. Hay una sensación especial que nos pasa en el interior y no hay que dejarlo partir. Aún tenemos dudas, no sabemos que es.
“Él entró y se quedó con ellos. Y estando en la mesa”… Lo reconocieron. Pero Él había desaparecido.

Jesús, hace este caminar juntos a nosotros, nos acompaña en esta experiencia mundial de la Pandemia. Nos acompaña en quedarnos en casa, en salir a trabajar, con temor, con ansiedad, en vivir el día a día. Nos enseña con su propia vida de Resucitado que jamás nos deja solos.
Lo encontramos en quienes viven a nuestro lado, a nuestro alrededor. Lo encontramos en familias que sufren, en trabajadores cesantes, en contagiados por el Covid -19, en la persona adulto mayor que vive solo, etc., lo encontramos en situaciones difíciles de esta historia actual. Y nos invita a revelar su verdad, a contener a las personas, a abrazarnos y tomarnos de la mano de una manera diferente a lo que acostumbramos.

Estos discípulos, volvieron a Jerusalén, por el mismo camino que habían tomado a Emaús… Pero su actitud era otra “¿No ardía nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las escrituras?”… ellos le reconocieron al partir el pan.

En el pan fraterno, solidario, pensando en el otro, lo reconocemos. Mientras nos solicitan o exigen quedarnos en casa. El amor solidario nos invita a salir de nosotros mismos y buscar otras alternativas para compartir al Resucitado. Se nos invita a ser creativos, a movilizarnos, y confiar que Él siempre está a nuestro lado, camina con nosotros. Solo debemos silenciarnos y abrir más nuestros ojos para mirar nuestro alrededor y escuchar que Él nos está enseñando las escrituras. Y salir a compartirlo como Él lo hizo, en la mesa la fracción del pan. Y ponernos a caminar…

Nuestra actitud al caminar con la seguridad y la confianza; llenos de amor de quien dio la vida por la humanidad. Incluir en nuestra propia vida al Resucitado que está con nosotros. Él habita en nuestra vida y debemos a ayudar a otros a encender sus corazones en el amor de Jesús resucitado y a los hermanos/as, compartiendo las escrituras y la Fracción del pan. Que la fe se acreciente en este tiempo y el amor fraterno perdure por siempre. Sigamos viviendo este tiempo Pascual, Jesús Resucitado está en nuestras vidas, y Él nos da más vida. ¡Aleluya!

Hna. Herna Astorga, sp.,

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Reflexión del domingo 19 de abril de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Lucas 20, 19-31

La noche de ese mismo día, el primero de la semana, los discípulos estaban reunidos a puerta cerrada en un lugar, por miedo a los judíos. En eso llegó Jesús, se puso en medio y les dijo: «La paz sea con ustedes.» Y mientras les decía esto, les mostró sus manos y su costado. Y los discípulos se regocijaron al ver al Señor. Entonces Jesús les dijo una vez más: «La paz sea con ustedes. Así como el Padre me envió, también yo los envío a ustedes.» Y habiendo dicho esto, sopló y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes perdonen los pecados, les serán perdonados; y a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados.» Pero Tomás, uno de los doce, conocido como el Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Entonces los otros discípulos le dijeron: «Hemos visto al Señor.» Y él les dijo: «Si yo no veo en sus manos la señal de los clavos, ni meto mi dedo en el lugar de los clavos, y mi mano en su costado, no creeré.» Ocho días después, sus discípulos estaban otra vez a puerta cerrada, y Tomás estaba con ellos. Estando las puertas cerradas, Jesús llegó, se puso en medio de ellos y les dijo: «La paz sea con ustedes.» Luego le dijo a Tomás: «Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Entonces Tomás respondió y le dijo: «¡Señor mío, y Dios mío!» Jesús le dijo: «Tomás, has creído porque me has visto. Bienaventurados los que no vieron y creyeron.»
Jesús hizo muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer, tengan vida en su nombre. (Texto tomado de la Biblia Reina-Valera Contemporánea, puesto que no fue posible acceder en línea a la versión de la Biblia Latinoamericana, que se usa normalmente).

Reflexión:

Sensación de vacío, profundo anhelo
de tocar, de sostener, de ver su rostro.
Vívidos recuerdos de la víspera.

Jesús obró con dolor y agonía el alivio,
cuando su sufrimiento llegó a su fin;
entonces, los corazones rotos han de entrar en la oscuridad.

Los sueños, las esperanzas y todos los qué tal si
se desvanecen en la ausencia. La tristeza y el anhelo profundos
se encuentran en este sombrío vacío.

Todo cuanto sucedió tiempo atrás, sigue siendo real hoy.
No hay respuestas al sufrimiento y a la aflicción
salvo la cruz, que se levanta como promesa de Resurrección.

Oramos para que el terror de la horrible noche
de la COVID-19 se disipe; los corazones necesitan
sanar y esperan que el día despunte.

María, ¿cómo viviste ese día?
¿Dónde estaba entonces tu fe en las palabras
de las que te hiciste eco tiempo atrás?

«Hágase en mí según tu palabra».
Sí, así es, «En tus manos encomiendo mi espíritu.»

Hermana Annette Seubert, sp.

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Reflexión del domingo 12 de abril de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Lucas 24, 13-35)

» Aquel mismo día dos discípulos se dirigían a un pueblecito llamado Emaús, que está a unos doce kilómetros de Jerusalén e iban conversando sobre todo lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar con ellos, pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿De qué van discutiendo por el camino?» Se detuvieron, y parecían muy desanimados. Uno de ellos, llamado Cleofás, le contestó: «¿Cómo? ¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no está enterado de lo que ha pasado aquí estos días?» «¿Qué pasó?», les preguntó. Le contestaron: «¡Todo el asunto de Jesús Nazareno!» Era un profeta poderoso en obras y palabras, reconocido por Dios y por todo el pueblo. Pero nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes renegaron de él, lo hicieron condenar a muerte y clavar en la cruz.» Nosotros pensábamos que él sería el que debía libertar a Israel. Pero todo está hecho, y ya van dos días que sucedieron estas cosas. En realidad, algunas mujeres de nuestro grupo nos han inquietado, pues fueron muy de mañana al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, volvieron hablando de una aparición de ángeles que decían que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y hallaron todo tal como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron.» Entonces él les dijo: «¡Qué poco entienden ustedes, y qué lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No tenía que ser así y que el Mesías padeciera para entrar en su gloria?» Y les interpretó lo que se decía de él en todas las Escrituras, comenzando por Moisés y luego todos los profetas, al llegar cerca del pueblo al que iban, hizo como que quisiera seguir adelante, pero ellos le insistieron diciendo: «Quédate con nosotros, ya está cayendo la tarde y se termina el día.» Entró, pues, para quedarse con ellos.» Y esto sucedió. Mientras estaba en la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, y en ese momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero ya había desaparecido. Entonces se dijeron el uno al otro: «¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» De inmediato se levantaron y volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a los de su grupo. Estos les dijeron: «Es verdad. El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón.» Ellos, por su parte, contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.»
Reflexión:
Una reflexión-oración inspirada en el Evangelio de la Resurrección y en los tiempos de pandemia que vivimos todas y todos en el mundo

ORACIÓN PARA DETENER LA PANDEMIA DE LA COVID-19

Dios Providencia,
En este Triduo Pascual extraordinario,
Nos hallamos a merced de la crisis sanitaria.
Y la restricción de las reuniones nos ha llevado a orar virtualmente.
El respeto de las normas de distanciamiento ha pasado a ser un acto de solidaridad.
La práctica de las instrucciones de confinamiento es una regla de oro.
Providencialmente, esto contribuye a nuestra comunión con tu Pasión
y con los Misterios de tu muerte y de tu Resurrección.

Durante estos tres días estaremos, más que nunca, estrechamente unidas a Ti.
Tú, con tu condición Divina, no retuviste el rango que te igualaba a tu Padre. Aceptaste perder toda tu dignidad humana. Serás despojado de la amistad de tus apóstoles que te abandonarán. Te sentirás despojado del apoyo de tu Padre. Serás despojado de tus vestiduras y de tu pudor, mientras tu madre, María, permanecerá contigo y en comunión con tus sufrimientos.

Padre, en este Triduo Pascual, muy singular con respecto al de años anteriores, queremos olvidar nuestros dolores y tornarnos hacia los de Jesús sufriente, en las personas que han contraído la COVID-19.
Compartimos el dolor del mundo entero, herido por la pérdida de los seres queridos.
En este periodo de urgencia sanitaria, vela en particular por los países que presentan mayor riesgo y precariedad.

Acuérdate de nuestros fundadores, de la beata Madre Emilia Gamelin y de monseñor Ignace Bourget. Somos la obra de tus manos, no nos dejes perecer. Protege a los médicos tratantes, al personal de enfermería y al cuerpo médico en general; haz que surjan benefactores en el corazón de nuestras sociedades y permanece al lado de los dirigentes de todas las naciones. Concédeles la capacidad de actuar con caridad compasiva y un verdadero interés por el bienestar de los pueblos a los que están llamados a servir.

Sin importar si estamos en casa, o en tierra extranjera, rodeadas y rodeados de personas que han contraído la COVID-19, permítenos en este tiempo fuerte redescubrir en ellas las marcas de tu sufrimiento. Te lo pedimos por la intercesión de María, Nuestra Señora de los Dolores, madre tuya y madre nuestra, quien sufrió tu pasión y permaneció al pie de la cruz, que ella nos conceda las gracias necesarias para salir de esta CRISIS.

Providencia de Dios, yo creo en ti,
Providencia de Dios, yo espero en ti,
Providencia de Dios, yo te amo con todo mi corazón,
Providencia de Dios, yo te agradezco todo lo que haces y velas por mí.

Hermana Marie Eméline Ezami Atangana, sp.

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Reflexión del domingo 05 de abril de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 26,14–27,66

«Entonces uno de los Doce, que se llamaba Judas Iscariote, se presentó a los jefes de los sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto me darán si se lo entrego?» Ellos prometieron darle treinta monedas de plata. Y a partir de ese momento, Judas andaba buscando una oportunidad para entregárselo. El primer día de la Fiesta en que se comía el pan sin levadura, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: «¿Dónde quieres que preparemos la comida de la Pascua?» Jesús contestó: «Vayan a la ciudad, a casa de tal hombre, y díganle: El Maestro te manda decir: Mi hora se acerca y quiero celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa.» Los discípulos hicieron tal como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua. Llegada la tarde, Jesús se sentó a la mesa con los Doce. Y mientras comían, les dijo: «En verdad les digo: uno de ustedes me va a traicionar.» Se sintieron profundamente afligidos, y uno a uno comenzaron a preguntarle: «¿Seré yo, Señor?» El contestó: «El que me va a entregar es uno de los que mojan su pan conmigo en el plato. El Hijo del Hombre se va, como dicen las Escrituras, pero ¡pobre de aquel que entrega al Hijo del Hombre! ¡Sería mejor para él no haber nacido!» Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó también: «¿Seré yo acaso, Maestro?» Jesús respondió: «Tú lo has dicho.» Mientras comían, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen y coman; esto es mi cuerpo.» Después tomó una copa, dio gracias y se la pasó diciendo: «Beban todos de ella:» (…)

Reflexión:
A luz del Evangelio de la pasión de Nuestro Señor Jesús Cristo y muy especialmente en estos momentos en que la situación mundial está enfrentando la absoluta vulnerabilidad del ser humano por más esfuerzos que realicen los gobiernos, nos queda la seguridad de la presencia del Señor entre nosotros, cargándonos cuando ya no nos queda fuerzas para caminar.
Qué Dios y la Santísima Virgen iluminen a todos quienes toman decisiones, buscan la cura y cuidan para sobrellevar de la mejor manera esta crisis. Asimismo, acompañemos espiritualmente con la oración a los enfermos, ancianos, personas que sufren solas la angustia y la incertidumbre de esta pandemia y, de manera especial a los moribundos.
Es la oportunidad para fortalecer nuestra fe y preguntarnos como Familia Providencia, una vez más, qué harían nuestras fundadoras en momentos como este?
Si Dios así lo quiere, tal vez podremos reunirnos en un tiempo más para conmemorar los 50 años de la reunificación Chile Canadá.

Un abrazo fraternal y lleno de esperanza,
Alejandra Valdés, AP

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Reflexión del domingo 29 de marzo de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Juan 11,3-7.17.20-27.33b-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.» Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.» Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.» Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.» Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.» Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.» Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?» Le contestaron: «Señor, ven a verlo.» Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!» Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?» Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: «Quitad la losa.» Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.» Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.» Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.» El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.» Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Reflexión:

La lectura del Evangelio de Juan, me hace reflexionar que muchas veces, Jesús, todo poderoso, pasa por mi lado y no me doy cuenta. Hoy más que nunca debemos estar abiertas al Espíritu de Dios para que la luz de su vida nos haga descubrir que nos falta fe en muchas circunstancias.

Infelizmente con todo lo que estamos viviendo, hemos perdido la sensibilidad de lo que realmente vive hoy la humanidad con la pandemia del COVID-19 y que, a través de esta pandemia, Jesús está pasando por nuestro lado para sensibilizarnos, para hacernos saber que Él es la Luz del Mundo y que Él es la resurrección y la vida: el que cree en Él, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en Él, no morirá para siempre.” Y recordarnos que es el Reino de su Padre el que nos hace abrir nuestros corazones.

Nuestra falta de fe de hoy nos hace olvidarnos de que somos familia. Necesitamos sensibilizarnos para que descubramos que el virus del individualismo y muchos otros más están gobernando nuestras vidas.

El milagro de hoy es abrir nuestros ojos purificados por el bautismo, para descubrir cómo vive la humanidad hoy – virus de hoy: Esclavos de la economía de mercado, materialismo e individualismo, egoísmo, indiferencia, falta de perdón, olvido de Dios y pérdida de la fe, todo esto nos encandila más y más.

Nuestro antídoto es cultivar la fe, es abrir nuestros corazones a la compasión, y abrir nuestros ‘brazos’ a quienes nos necesitan hoy.

» PROVIDENCIA DE DIOS, YO TE AMO CON TODO MI CORAZÓN», Amén.
Hna. Marta Alvear, sp

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Reflexión del domingo 22 de marzo de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Juan 9: 1-41

Al pasar, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado para que esté ciego: él o sus padres?» Jesús respondió: «No es por haber pecado él o sus padres, sino para que unas obras de Dios se hagan en él, y en forma clarísima. Mientras es de día tenemos que hacer la obra del que me ha enviado; porque vendrá la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.»
Dicho esto, hizo un poco de lodo con tierra y saliva, untó con él los ojos del ciego y le dijo: «Vete y lávate en la piscina de Siloé (que quiere decir el Enviado).» El ciego fue, se lavó y, cuando volvió, veía claramente.
Sus vecinos y los que lo habían visto pidiendo limosna, decían: «¿No es éste el que se sentaba aquí y pedía limosna?» Unos decían: «Es él.» Otros, en cambio: «No, es uno que se le parece». Pero él afirmaba: «Sí, soy yo.» Le preguntaron: «¿Cómo es que ahora puedes ver?» Contestó: «Ese hombre al que llaman Jesús hizo barro, me lo aplicó a los ojos y me dijo que fuera a lavarme a la piscina de Siloé. Fui, me lavé y veo.» Le preguntaron: «¿Dónde está él?» Contestó: «No lo sé.»
La gente llevó ante los fariseos al que había sido ciego. Pero coincidió que ese día en que Jesús hizo lodo y abrió los ojos al ciego era día de descanso. Y como nuevamente los fariseos preguntaran al hombre cómo había recobrado la vista, él contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo.» Algunos fariseos, pues, dijeron: «Ese hombre, que trabaja en día sábado, no puede venir de Dios.» Pero otros decían: «¿Puede ser un pecador el que realiza tales milagros?» Y estaban divididos.
Entonces le preguntaron de nuevo al ciego: «Ese te ha abierto los ojos, ¿qué piensas tú de él?» El contestó: «Que es un profeta.»
Los judíos no quisieron creer que antes era ciego y que había recobrado la vista hasta que no llamaran a sus padres. Y les preguntaron: «¿Es éste su hijo? ¿Y ustedes dicen que nació ciego? ¿Y cómo es que ahora ve?» Los padres respondieron: «Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego. Pero cómo es que ahora ve, no lo sabemos, y quién le abrió los ojos, tampoco. Pregúntenle a él, que es adulto y puede responder de sí mismo.»
Los padres contestaron así por miedo a los judíos, pues éstos habían decidido expulsar de sus comunidades a los que reconocieran a Jesús como el Mesías. Por eso dijeron: «Es mayor de edad, pregúntenle a él.»
De nuevo los fariseos volvieron a llamar al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Confiesa la verdad; nosotros sabemos que ese hombre que te sanó es un pecador.» El respondió: «Yo no sé si es un pecador; lo que sé es que yo era ciego y ahora veo.» Le preguntaron: «¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?» 27 El les dijo: «Ya se lo he dicho y no me han escuchado. ¿Para qué quieren oírlo otra vez? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?»
Entonces comenzaron a insultarlo. «Tú serás discípulo suyo. Nosotros somos discípulos de Moisés. Sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos ni siquiera de dónde es.»
El hombre contestó: «Esto es lo extraño: él me ha abierto los ojos y ustedes no entienden de dónde viene. Es sabido que Dios no es cucha a los pecadores, pero al que honra a Dios y cumple su voluntad, Dios lo escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada.»
Le contestaron ellos: «No eres más que pecado desde tu nacimiento, ¿y pretendes darnos lecciones a nosotros?» Y lo expulsaron.
Jesús se enteró de que lo ha bían expulsado. Cuando lo encontró le dijo: «¿Tú crees en el Hijo del Hombre?» Le contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Tú lo has visto, y es el que está hablando contigo.» El entonces dijo: «Creo, Señor». Y se arrodilló ante él.
Jesús añadió: «He venido a este mundo para llevar a cabo un juicio: los que no ven, verán, y los que ven, se volverán ciegos.» Al oír esto, algunos fariseos que estaban allí con él le dijeron: «¿Así que también nosotros somos ciegos?» Jesús les contestó: «Si fueran ciegos, no tendrían pecado. Pero ustedes dicen: “Vemos”, y ésa es la prueba de su pecado.»

Reflexión:

En los últimos días, y en los días por vienen por vivir de esta histórica pandemia, Jesús nos invita a creer en Él, a mantener nuestra fe ofreciéndonos así días más luminosos. A continuación, comparto un poema que habla mucho de nuestro tiempo actual. Mantengamos la fe y la esperanza en nuestro Señor.
Pandemia
¿Y si pensaras en ella de la misma forma
en que los judíos consideran el Sabbat—
el más sagrado de los tiempos?
Deja de viajar.
Deja de comprar y de vender.
Deja, solo por ahora,
de tratar de hacer al mundo
diferente de lo que es.
Canta, ora. Toca solamente a aquellos
por quienes comprometes tu vida.
Recógete.
Y cuando el sosiego llegue a tu cuerpo,
Extiende tu brazo con tu corazón.
Ten presente que estamos conectados
de maneras aterradoras y bellas.
(Difícilmente podrías negarlo ahora.)
Ten presente que nuestras vidas
están en manos de otro.
(Seguramente eso ha quedado claro.)
No extiendas tus manos.
Extiende tu corazón.
Extiende tus palabras.
Extiende todos los zarcillos
de compasión que, de manera invisible, se mueven,
allá donde nada podemos tocar.
Prométele a este mundo tu amor–
para bien o para mal,
en la salud y en la enfermedad,
mientras todos vivamos.
— Lynn Ungar

Hermana Patricia McKittrick, s.p.

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Reflexión del domingo 15 de marzo de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Juan, 4:5-15, 19 b-26, 39a., 40-42

«… y fue así como llegó a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca de la tierra que Jacob dio a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, cansado por la caminata, se sentó al borde del pozo. Era cerca del mediodía. Fue entonces cuando una mujer samaritana llegó para sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber.» Los discípulos se habían ido al pueblo para comprar algo de comer. La samaritana le dijo: «¿Cómo tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» Jesús le dijo: «Si conocieras el don de Dios, si supieras quién es el que te pide de beber, tú misma le pedirías agua viva y él te la daría.» Ella le dijo: «Señor, no tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo. ¿Dónde vas a conseguir esa agua viva? Nuestro antepasado Jacob nos dio este pozo, del cual bebió él, sus hijos y sus animales; ¿eres acaso más grande que él?» Jesús le dijo: «El que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré nunca volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en un chorro que salta hasta la vida eterna.» La mujer le dijo: «Señor, dame de esa agua, y así ya no sufriré la sed ni tendré que volver aquí a sacar agua.» «Señor, veo que eres profeta. Nuestros padres siempre vinieron a este cerro para adorar a Dios y ustedes, los judíos, ¿no dicen que Jerusalén es el lugar en que se debe adorar a Dios?» Jesús le dijo: «Créeme, mujer: Llega la hora en que ustedes adorarán al Padre, pero ya no será “en este cerro” o “en Jerusalén”. Ustedes, los samaritanos, adoran lo que no conocen, mientras que nosotros, los judíos, adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora, y ya estamos en ella, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Entonces serán verdaderos adoradores del Padre, tal como él mismo los quiere. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad.» La mujer le dijo: «Yo sé que el Mesías (que es el Cristo), está por venir; cuando venga nos enseñará todo.» Jesús le dijo: «Ese soy yo, el que habla contigo.» Muchos samaritanos de aquel pueblo creyeron en él. Cuando llegaron los samaritanos donde él, le pidieron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Muchos más creyeron al oír su palabra, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú has contado. Nosotros mismos lo hemos escuchado y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo.»
Reflexión:
«Si conocieras el Don de Dios», dice Jesús a la samaritana y a cada uno de los que hoy escuchamos esta PALABRA de Dios. Estamos lejos quizás de la gracia divina que evoca el chorro que salta hasta la vida eterna. La samaritana acogió la palabra de Jesús como el agua que le dio la vida y, ante sus conocidos, hizo que brotara de ella el testimonio de esta vida nueva que es su vida. Los samaritanos del pueblo vecino recibieron su palabra, que brotó en un acto de fe: «Él es el salvador del mundo.»
Los caminos de los discípulos, el de la samaritana y de los aldeanos, son también los nuestros. Según diversas modalidades, es el paso de un conocimiento teórico a un encuentro personal y vital, en el que cada uno debe reconocer el don de Dios como fuente de vida. «Si conocieras el Don de Dios…»
Una Asociada Providencia

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Reflexión del domingo 08 de marzo de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 17, 1-9

“Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte alto. A la vista de ellos su aspecto cambió completamente: su cara brillaba como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz. En seguida vieron a Moisés y Elías hablando con Jesús. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, levantaré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Estaba Pedro todavía hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz que salía de la nube dijo: «¡Este es mi Hijo, el Amado; ¡éste es mi Elegido, escúchenlo!» Al oír la voz, los discípulos se echaron al suelo, llenos de miedo. Pero Jesús se acercó, los tocó y les dijo: «Levántense, no tengan miedo.» Ellos levantaron los ojos, pero ya no vieron a nadie más que a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos.» “

Reflexión:
En este día dedicado a la mujer, la Palabra de Dios nos invita a meditar sobre la Transfiguración de Jesús. La escena de la Transfiguración de Jesús nos sitúa en el corazón de nuestra vida cristiana. Esta experiencia es contada en los Evangelios Descriptivos de: Mateo, Marcos y Lucas. Cada evangelista relata este evento con un tono propio según el contexto, la audiencia, las comunidades participantes y el objetivo de su Evangelio. Sin embargo, Mateo da una información adicional, agrega que, al escuchar la voz, los discípulos cayeron al suelo boca abajo. Y Jesús se les acercó y los tocó diciendo: “¡Levántense, no tengan miedo!”. Esta orden nos desafía como bautizados “¡levántate y no tengas miedo!”. La Transfiguración de Jesús es el anuncio de su muerte dolorosa en la cruz y la anticipación de su resurrección gloriosa. Esta tiene un doble objetivo: fortalecer la fe de los discípulos y prepararlos para vivir el drama de la cruz y, al mismo tiempo, confirmarlos por la resurrección de Jesús, con la certeza de su linaje divino. Se trata de un evento revelador del misterio de la Trinidad, la voz del Padre revela la identidad de Jesús: “¡Este es mi Hijo amado, escúchenlo! La Transfiguración nos invita a escuchar de manera atenta y contemplativa. Jesús se siente querido y amado por el Padre. Y por este amor recíproco, se produce una unión inseparable entre el Padre y el Hijo, quienes juntos nos dan el regalo de la vida.

La Transfiguración también nos invita a la decisión: “Mientras bajaban de la montaña…(Mt 17,9). La montaña es un lugar ecológico elegido por Jesús para un encuentro íntimo con el Padre. La montaña, los vestidos y la nube simbolizan todo el cosmos. El cosmos es la casa que nos acoge, es el escenario en el que evolucionamos, es lo que nos alimenta y nos da fuerzas. Pedro desea prolongar esta experiencia enriquecedora de contemplar a Jesús transfigurado. Pero Jesús es confirmado por el Padre en su decisión de bajar de la montaña y subir a Jerusalén para llevar a cabo su gesto supremo de amor, entregándose a la muerte. Cuando nos sentimos amadas, amados y transfigurados en nuestro encuentro con Dios, también nos sentimos elegidoos y enviados para cumplir una misión. No para realizarla solos, sino en comunión con Él y nuestros hermanos y hermanas.

Se acercó a ellos y los tocó diciendo: ¡Levántate y no temas más! En este Día Internacional de la Mujer, Jesús repite a cada mujer: “Levántate y ya no tengas miedo”. Jesús transfigurado aparece “desfigurado” en la Cruz y nos ayuda a reconocer los rostros desfigurados de tantos hermanos y hermanas, pobres que sufren, que reclaman justicia y paz. También nos ayuda a ver la cara desfigurada del planeta, hecho con tanto amor por el Creador.

Esta reflexión sobre la Transfiguración nos acerca a los cuerpos desfigurados de mujeres golpeadas, violadas, torturadas, refugiadas, sin empleo, asesinadas por la violencia conyugal en nuestro mundo de hoy y que aspiran a una nueva vida transfigurada. El rostro transfigurado de Jesús nos pone en marcha y nos llama a facilitar la transición de la desfiguración a la Transfiguración. Y a medida que avanzamos, nuestro ser, nuestra vida y también la realidad que nos rodea se transfiguran. Este Evangelio tenía la intención de ayudar a los discípulos a superar la crisis que la cruz y el sufrimiento habían causado en ellos. Incluso hoy, la Transfiguración continúa siendo una ayuda para superar la crisis provocada por la cruz y por el sufrimiento. Ella nos invita a bajar de nuestras montañas de vida, para cumplir con la misión que el Padre nos ha confiado en el amor y la alegría de los cristianos y cristianas transfigurados.

Hna. Hortense Demia Mbaïlaou, sp.

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Reflexión del domingo 01 de marzo de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 4:1-11

Jesús es tentado en el desierto
El Espíritu condujo a Jesús al desierto para que fuera tentado por el diablo, y después de estar sin comer cuarenta días y cuarenta noches, al final sintió hambre. Entonces se le acercó el tentador y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en pan.» Pero Jesús le respondió: «Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.» Después el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso en la parte más alta de la muralla del Templo. Y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, pues la Escritura dice: Dios dará órdenes a sus ángeles y te llevarán en sus manos para que tus pies no tropiecen en piedra alguna.» Jesús replicó: «Dice también la Escritura: No tentarás al Señor tu Dios.» A continuación, lo llevó el diablo a un monte muy alto y le mostró todas las naciones del mundo con todas sus grandezas y maravillas. «Te daré todo esto si te arrodillas y me adoras.» Jesús le dijo: «Aléjate, Satanás, pues la Escritura dice: Adorarás al Señor tu Dios, y a Él sólo servirás.» Entonces lo dejó el diablo y se acercaron los ángeles a servirle.

Reflexión
Ahora que iniciamos nuestro camino hacia la Cuaresma, se nos recuerda que este es un tiempo para reflexionar sobre nuestra vida y para ahondar más profundamente en el misterio sagrado de la gracia y la presencia de Dios.

El Evangelio de Mateo para el primer domingo de Cuaresma está intrínsecamente ligado a este período de anhelo interior, arrepentimiento y nostalgia. A través de esta lectura se nos invita a pensar en llenar los vacíos, superar las debilidades y completar las piezas faltantes de nuestra vida con algo más permanente.

En Mateo 4: 1-11, Jesús se enfrenta a tres tentaciones que envuelven poder, prestigio y posesiones. En esencia, estas son tentaciones que llevan a conformarse con algo menos que la plenitud de nuestra humanidad. La valiente respuesta de Jesús a cada una de estas invitaciones es un modelo para quienes batallan con desafíos similares, y se conforman con una vida sin significado profundo, sin interés alguno por cuidar de los demás. Estas tres tentaciones nos recuerdan que debemos tener cautela ante la codicia que, bajo tantos disfraces, se nos presenta.

¿Cuánto tiempo gastan ustedes limpiando, protegiendo, almacenando y multiplicando sus posesiones? ¿Cuánto tiempo gastan expandiendo su influencia y puliendo su reputación? Vivir desde el centro de la vida propia es la tarea de cada persona; de lo contrario, estaremos reaccionando constantemente ante las situaciones y cosas que se nos presentan. La felicidad no se logra gracias a circunstancias externas o posesiones, sino gracias a una actitud interior de complacencia y gratitud.

Que su camino hacia la Cuaresma se llene de gracia y gratitud, y de la certeza de que Dios está siempre presente en cada una de ustedes, en todos los desafíos y las tentaciones a los que se enfrentan.

Hermana Maggie Pastro, sp.

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Reflexión del domingo 23 de febrero de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 5, 38-48

«Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente.” Pero yo les digo: No resistan al malvado. Antes bien, si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te hace un pleito por la camisa, entrégale también el manto. Si alguien te obliga a llevarle la carga, llévasela el doble más lejos. Da al que te pida, y al que espera de ti algo prestado, no le vuelvas la espalda. Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y no harás amistad con tu enemigo.” Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores, para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos. Porque él hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y pecadores. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué mérito tiene? También los cobradores de impuestos lo hacen. Y si saludan sólo a sus amigos, ¿qué tiene de especial? También los paganos se comportan así. Por su parte, sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo.»

Reflexión

¡Vaya desafío por enfrentar! ¿Acaso somos capaces? Pensándolo bien, lo que nos pide Dios es saber amar, como Él lo hace, a cada ser humano de este mundo, gratuita y totalmente, sin juicio alguno. La santidad no es un estado de vida moral, ni una lista de prohibiciones que se deben respetar o difundir; es ser y actuar en el amor que recibimos de Dios. Esta santidad es una locura si creemos llegar a ella por nuestras propias fuerzas, utilizando recetas ya hechas, respetando ritos o acumulando oraciones. No obstante, esta santidad es sabiduría de Dios si aceptamos recibirla en su Espíritu. Mediante su Espíritu, día a día, Dios nos comunica esta santidad en el amor que nos tiene, en el amor que Él tiene por todas las criaturas. Ser santo y perfecto como Dios mismo, no es convertirse en Dios, es recibir en sí la santidad y la perfección de Dios en el amor que somos capaces de tener unos por otros. La santidad y la perfección no se adquieren a fuerza de oraciones o de obras de caridad; se reciben del corazón mismo de Dios, en un reino de amor, de perdón, de ayuda mutua y de caridad, en el que cada quien tiene su lugar. Este testimonio es el único que cuenta, el testimonio de una perfección y de una santidad en acción que brota de nuestro propio ser, y no de bellas palabras o largos discursos.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 16 de febrero de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 5:20-22, 27-28, 33-34, 37

«Yo se lo digo: si no se proponen algo más perfecto que lo de los fariseos, o de los maestros de la Ley, ustedes no pueden entrar en el Reino de los Cielos. Ustedes han escuchado lo que se dijo a sus antepasados: “No matarás; el homicida tendrá que enfrentarse a un juicio.” Pero yo les digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio.
Ustedes han oído que se dijo: “No cometerás adulterio.” Pero yo les digo: Quien mira a una mujer con malos deseos, ya cometió adulterio con ella en su corazón.
Ustedes han oído lo que se dijo a sus antepasados: “No jurarás en falso, y cumplirás lo que has jurado al Señor.” Pero yo les digo: ¡No juren! Digan sí cuando es sí, y no cuando es no; cualquier otra cosa que se le añada, viene del demonio.»
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Después de una rápida lectura del Evangelio de san Mateo, algunos podrían pensar que Jesús era severo con sus discípulos. Sin embargo, leyendo bien el texto se puede constatar cómo Mateo presenta una enseñanza en forma de contrastes, para proponer una concepción de la vida cristiana que, lejos de destruir la Ley, va más allá de ella. En fin, la justicia nueva es superior a la antigua.

En el texto anterior, Mateo empieza a presentar algunos casos en los que lo prescrito por la Ley («… se dijo a sus antepasados…» se opone al ideal de Jesús («Yo se lo digo»).
1. La falta de amor hacia el prójimo conlleva al mismo juicio que conlleva el homicidio. Cometer un acto tal implica responder ante un tribunal (someterse a un juicio).
2. Ustedes han oído que se dijo: “No cometerás adulterio.” … Pero yo les digo, dice Jesús: «Quien mira a una mujer con malos deseos, ya cometió adulterio con ella en su corazón.»
3. Con respecto al juramento, «se dijo a sus antepasados: “No jurarás en falso, y cumplirás lo que has jurado al Señor.” Pero yo les digo: ¡No juren!
Digan sí cuando es sí, y no cuando es no; cualquier otra cosa que se le añada, viene del demonio.»

Este breve texto del Evangelio de Mateo nos enfrenta a la verdad de la Ley y de nuestros comportamientos, según el ideal de Jesús, quien, lejos de ser severo con sus discípulos, les hace una advertencia con respecto a las acciones que deben realizar para cumplir la voluntad de Dios, quien ama con locura a cada una de sus criaturas y quiere que se salven y puedan reunirse con Él, para la eternidad.

Hna. Claudette Chénier

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Reflexión del domingo 09 de febrero de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 5, 13-16

«Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿cómo podrá ser salada de nuevo? Ya no sirve para nada, por lo que se tira afuera y es pisoteada por la gente. Ustedes son la luz del mundo: ¿cómo se puede esconder una ciudad asentada sobre un monte? Nadie enciende una lámpara para taparla con un cajón; la ponen más bien sobre un candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello den gloria al Padre de ustedes que está en los Cielos.»

Reflexión:
«Sal y luz», dos maravillosos regalos que vienen de las manos del Creador. La sal conserva el gusto y el sabor de las comidas. La cocinera sabe perfectamente cómo utilizarla para satisfacer a los comensales, para que durante la comida sientan la alegría de estar juntos y de compartir lo cotidiano de la vida.

En un sentido figurado, tal como Jesús lo menciona, la sal y la luz tienen la virtud de alimentar nuestra vida cristiana, de transformarnos en testigos importantes dispuestos a formar a numerosos discípulos de la Buena Nueva. Al igual que a sus discípulos, Jesús nos dice: Ustedes son la sal de la tierra, la luz del mundo. Realizando nuestra Misión nos transformamos en el rostro humano de la Providencia.

La sal es un agente conservante. Se utiliza en muchas recetas y su uso data de épocas muy lejanas de la historia. Un texto de Levítico confirma los beneficios de la sal: «En toda ofrenda que presentes, pondrás sal, pues, así como la alianza con tu Dios es alianza de sal, también estará la sal en tus ofrendas: todas serán saladas.» (Lv 2, 12-13) La sal se concibe entonces para la Alianza. Seamos sal unos para otros.

Jesús nos pide también que seamos luz. La luz que, como el faro a la orilla del mar, permite sobre todo ver. Esta alegoría del faro me fascina y me transporta a mi época de infancia. Crecí al frente del faro que dominaba a mi pueblo de la Bahía Chaleur, en Gaspesia. Cada tarde observaba este faro, cuya luz, por efecto de la rotación, iluminaba el mar toda la noche. El vigilante podía reconocer los barcos, prever posibles errores de recorrido y guiarlos a buen puerto. Entonces, esta luz siempre en movimiento nos sugiere que, después de discernir el buen camino y la voluntad del Señor, pasemos a la acción mediante un firme compromiso, un guía seguro para nuestras hermanas y nuestros hermanos del mundo. Contra viento y marea, seamos testigos fieles a la Palabra del Señor: «Ustedes son la sal de la tierra. Ustedes son la luz del mundo.»

Annette Aspirot, sp.

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Reflexión del domingo 02 de febrero de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Lucas 2, 22-32

Asimismo, cuando llegó el día en que, de acuerdo con la Ley de Moisés, debían cumplir el rito de la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, tal como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También ofrecieron el sacrificio que ordena la Ley del Señor: una pareja de tórtolas o dos pichones.
Había entonces en Jerusalén un hombre muy piadoso y cumplidor a los ojos de Dios, llamado Simeón. Este hombre esperaba el día en que Dios atendiera a Israel, y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no moriría antes de haber visto al Mesías del Señor. El Espíritu también lo llevó al Templo en aquel momento.
Como los padres traían al niño Jesús para cumplir con él lo que mandaba la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios con estas palabras:
Ahora, Señor, ya puedes dejar que tu servidor muera en paz, como le has dicho.
Porque mis ojos han visto a tu salvador,
que has preparado y ofreces a todos los pueblos,
luz que se revelará a las naciones
y gloria de tu pueblo, Israel.

Reflexión:
Jesús, luz del mundo – Todos debemos dar testimonio de esta buena nueva. Abramos nuestros corazones para dejarnos transformar por la Luz que hay en Él. Todos estamos invitados a tomar al Niño Jesús en nuestros brazos, para adorarlo y darlo a conocer a nuestro alrededor. La salvación por Jesús no es una simple teoría, sino algo que nos revela la ternura de Dios hacia los seres vivos y todos los seres de la Creación. Nuestro Señor cuenta con nosotros. Al final de cada misa, somos enviados para darlo a conocer.
Esta misión nos concierne a todos, cualquiera que sea nuestra edad o nuestra condición social. Pero el encuentro de Simeón y de Santa Ana nos demuestra la importancia de los guías en la transmisión de la fe. Muchos niños hoy solo han oído hablar de Jesús a través de sus abuelos. La renovación de la Iglesia depende también de sus miembros de mayor edad. Ellos pueden ser profetas de la Esperanza como los ancianos Simeón y Santa Ana.
Seamos los testigos de la Luz, de los apóstoles de Jesús, para todos quienes buscan una sonrisa, una palabra, esperanza…
Una Asociada Providencia

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Reflexión del domingo 26 de enero de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 4, 12-17

Cuando Jesús oyó que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea. No se quedó en Nazaret, sino que fue a vivir a Cafarnaúm, a orillas del lago, en la frontera entre Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, en el camino hacia el mar, a la otra orilla del Jordán, Galilea, tierra de paganos, escuchen: La gente que vivía en la oscuridad ha visto una luz muy grande; una luz ha brillado para los que viven en lugares de sombras de muerte. Desde entonces Jesús empezó a proclamar este mensaje: «Renuncien a su mal camino, porque el Reino de los Cielos está ahora cerca.»
Reflexión
Evidentemente, la actitud de Jesús nos remite a nosotros mismos. Muy frecuentemente nos hallamos encerrados en nuestros círculos cristianos, nuestra comunidad, nuestra parroquia, nuestros amigos cristianos, etc., y es como si estuviéramos infectados con el virus de la comunión, y no con el de la Misión. De manera original alguien decía que en la Iglesia nos preocupamos mucho por canalizar, instalar tuberías y griferías, mientras que el Señor nos invita a hacer brotar manantiales. Puede que la piscina sea lujosa, pero si no tiene agua, ¿qué podemos hacer al respecto?
Jesús nos reprende: «Renuncien a su mal camino, porque el Reino de los Cielos está ahora cerca.» Cambien sus corazones, transformen sus maneras de actuar. Dejen que sea Dios quien guíe su vida. Sin lugar a dudas, espontáneamente, no nos tornamos hacia Dios ni hacia los otros, sino que permanecemos centrados en nosotros mismos. La sociedad mejorará profundamente tan solo cuando nosotros mismos empecemos a cambiar. Es precisamente en el marco de su vida profesional que Jesús va a llamar a los primeros apóstoles: Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Y vemos ya en ellos cómo se inicia la conversión. Jesús dejó la tranquilidad de Nazaret. Estos cuatro marinos pescadores van a dejar también sus barcas, redes y padres, para atreverse a seguir a aquel Jesús sorprendente.
Y es así como Jesús nos enseña la evangelización. Tomemos el tiempo de contemplarlo. Él proclama una Buena Nueva: ¡El Reino de Dios ha llegado! Él enseña, sobre todo, a través de parábolas, y finalmente sana, se conmueve con todos los sufrimientos que ve a lo largo de su camino. ¿Acaso tomamos el tiempo de proclamar, de enseñar y de sanar por Su voluntad? ¿Acaso nos dejamos conmover?
¡Buena semana en la contemplación de Jesús!
AP, Nuestra Señora de la Providencia

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Reflexión del domingo 19 de enero de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Juan 1, 29-34

Al día siguiente Juan vio a Jesús que venía a su encuentro, y exclamó: «Ahí viene el Cordero de Dios, el que carga con el pecado del mundo. De él yo hablaba al decir: “Detrás de mí viene un hombre que ya está delante de mí, porque era antes que yo”. Yo no lo conocía, pero mi bautismo con agua y mi venida misma eran para él, para que se diera a conocer a Israel.»
Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu bajar del cielo como una paloma y quedarse sobre él. Yo no lo conocía, pero Aquel que me envió a bautizar con agua, me dijo también: “Verás al Espíritu bajar sobre aquel que ha de bautizar con el Espíritu Santo, y se quedará en él”. Sí, yo lo he visto, y declaro que éste es el Elegido de Dios.»

Reflexión
El Evangelio de esta semana nos habla del ritual del bautismo de Jesús, pero también de un encuentro. El encuentro del Espíritu Santo con el Hijo de Dios, del cual nació una alianza igualmente sagrada.
Nuestra vida está hecha de encuentros. En otra medida, pero también dentro del marco de los misterios de Dios Providencia, en 1942, en la antigua Casa de las Hermanas de la Providencia, en la calle Fullum, en Montreal, se encontraron una prenovicia (postulante), hermana Ursule Cloutier, y una novicia, hermana Marie-Alma Couture. Este encuentro tuvo también un carácter sagrado, puesto que en ese momento hermana Marie-Alma se comprometió a convertirse en el Ángel de hermana Ursule, es decir, en su guía, durante el período de su prenoviciado, cumpliendo así muy humildemente, y de cierta manera, la función de guía, tal como, en otra medida, el Espíritu Santo nos ilumina a todos, cristianas y cristianos.
Hoy, hermana Rose-Alma, centenaria, y hermana Ursule, a sus 96 años, recuerdan perfectamente el momento de su encuentro y de la alianza que sellaron y mantuvieron durante el prenoviciado de hermana Ursule. Sin embargo, aunque unidas por la amistad y los recuerdos, tan solo hasta el año 2015, es decir 73 años después de su primer encuentro, se vieron de nuevo en la Casa Madre de las Hermanas de la Providencia, donde ahora se frecuentan asiduamente.
Hermana Rose-Alma nos ha confiado lo siguiente: «Cuando pienso en el bautismo de Jesús, creo que Él lo recibió (al Espíritu Santo) y quiso compartirlo con toda la gente que encontraría en su vida.» Hermana Ursule, por su parte, evoca recuerdos de su juventud en Saint-Tite, de su familia, de sus hermanos y hermanas, de aquel momento especial de su bautismo, en el que ya sentía que más tarde sería una religiosa.
Que el Espíritu Santo sea nuestro guía durante todo el año, y gracias a nuestras hermanas Rose-Alma y Ursule, por su acogida y generosidad.

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Reflexión del domingo 12 de enero de 2020
Evangelio de Jesucristo según San Mateo 3: 13-17

Por entonces vino Jesús de Galilea al Jordán, para encontrar a Juan y para que éste lo bautizara. Juan quiso disuadirlo y le dijo: «¿Tú vienes a mí? Soy yo quien necesita ser bautizado por ti.» Jesús le respondió: «Deja que hagamos así por ahora. De este modo cumpliremos todo como debe hacerse.» Entonces Juan aceptó. Una vez bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los Cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Al mismo tiempo se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo, el Amado; en él me complazco.»

Reflexión:
El bautismo de Jesús
La historia del bautismo de Jesús a orillas del Jordán es una verdadera fuente de inspiración para todos y todas quienes nos consideramos cristianos y cristianas. Nos revela el verdadero significado de nuestro propio bautismo.

Mientras Juan el Bautista invita a quienes lo escuchan a convertirse y a prepararse para la venida del Mesías, estas personas se dejan sumergir en las aguas del Jordán, demostrando así que desean cambiar su forma de vivir en preparación para la venida del Salvador.

Y Jesús, al pedirle a Juan que lo bautice, muestra que desea compartir con todos los seres humanos cada momento de su propia vida. Dios reconoce de esta manera a su Hijo que envió: «Este es mi Hijo, el Amado; en él me complazco.»

René Lefebvre,
Asociado Providencia

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Reflexión del domingo 05 de enero de 2020
Evangelio de Jesucristo según san Juan 1, 1-18

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne,
ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.
Palabra de Dios

Reflexión:
En este tiempo de navidad las lecturas nos develan el hermoso misterio de la Encarnación, donde Dios mismo se encarna en nuestra historia y se hace uno de nosotros. Y es en este gran acontecimiento que Dios nos hermana y abre nuestros ojos y corazón al amor que es capaz de reconocer en el otro al mismo Dios destellando su luz para darnos vida una y otra vez.
El Señor nos invita a acoger y compartir esa luz e irradiarla en toda nuestra vida y a todos a quienes nos rodean, sin hacer excepción de ningún tipo ya que somos todos iguales, somos hijos de Dios y por ende hermanos y hermanas herederas y herederos de esta gran Casa Común.
Si somos capaces de decir que creemos y amamos a Dios esto tiene que verse reflejado en nuestra vida, si realmente Dios vive en nuestro corazón no podemos andar tristes y amargados, ya que Dios es vida y gozo y como nos dice el evangelio, es Luz y esa Luz se debe irradiar aun en medio de las dificultades de la vida, porque tenemos la certeza de que no estamos solos.
La confianza en la Providencia de Dios es la que nos tiene que ayudar a levantarnos una y otra vez de nuestras fragilidades, fragilidades que nuestro Padre Providente conoce muy bien y nos ama y abraza con ellas.
La Providencia de Dios actúa en nosotros a través de muchas personas que pone en nuestro camino y que en medio de la oscuridad y las tinieblas nos regalan luz, y a la vez nosotros somos luz para otros, pero tenemos que aprender a ver con los ojos de Dios los acontecimientos, por eso no podemos caminar por este mundo siendo indiferentes.
Se nos invita a llevar luz en medio de las tinieblas, es decir a ayudar a visibilizar a aquellos que como sociedad muchas veces ignoramos y no queremos ver porque nos interpelan, porque nos molestan y nos sacan de nuestra zona de confort y seguridad. Pero nosotros como hijos e hijas de Dios no podemos ignorar a los que están a nuestro alrededor, no podemos ignorar la injusticia, el dolor, la soledad, la discriminación, etc.
Este tiempo de navidad tiene que ser un tiempo de conversión, pero conversión de corazón, donde no podemos pasar por el lado de alguien que está llorando, o de alguien que está agrediendo a otro, o de alguien que tiene frio, o de alguien que lo ha perdido todo y no hacer nada y seguir de largo, ya que es Dios que está ahí pidiéndonos ayuda, pidiéndonos que lo miremos, lo iluminemos, que hagamos algo y cambiemos este mundo y esa es responsabilidad de todas y todos, porque somos herederas y herederos del amor de Dios.
A veces las transformaciones se logran con gestos sencillos y simples, como un saludo, una sonrisa, una oración o simplemente estar al lado del otro. Es increíble como un simple saludo o una sonrisa pueden transformar el lugar donde estamos y a los que están a nuestro alrededor.
El otro día de vuelta a casa después de mis clases de francés, me subí al metro y generalmente con lo que me encuentro es que la mayoría de las personas van mirando su celular y o con los ojos cerrados y muy pocas veces me topo con una mirada que responde a mi saludo o sonrisa, pero ese día fue especial, me subí al metro y al mismo tiempo se subió una mujer joven con una gran sonrisa y realmente irradiaba algo especial, a la estación siguiente se bajó la persona que iba sentada a su lado y me senté junto a ella, nos saludamos, nos sonreímos y comenzamos a hablar como si nos conociéramos toda la vida, comenzamos a compartir nuestras historias de vida, sentíamos la necesidad de transmitir vida, no solo entre nosotras sino con los que iban a nuestro alrededor, quienes no quedaron indiferentes frente a estas dos mujeres que se acababan de conocer y que se reían.
Ella era una joven musulmana que venía de una familia que le ha dado mucho amor y valores y eso era lo que transmitía, para mí fue un hermoso testimonio y ejemplo de vida. Estoy segura por las miradas que había a nuestro alrededor, que unos cuantos no quedaron indiferentes y estaban sorprendidos al ver a esta mujer musulmana y a esta religiosa conversando como si se conocieran de toda la vida y con una gran alegría de sabernos simplemente hermanas, algunas personas al bajarse del metro nos brindaban una sonrisa. Hasta el día de hoy nos escribimos con ella, simplemente para decirnos que estamos orando la una por la otra y a animarnos a seguir transmitiendo vida. No dejo de dar gracias a Dios por haberla conocido y por lo que me enseñó con su hermosa sonrisa y alegría de vivir.
Siento que es esto a lo que Dios nos está invitando hoy, a irradiar la luz de Dios en este mundo muchas veces individualista y ensimismado en la tecnología que, al contrario de acercarnos, nos aleja y nos impide ver los ojos de los otros, los ojos de Dios mismo que muy a menudo nos clama ayuda y no nos damos cuenta, o muchas veces nos regalan amor y tampoco nos damos cuenta.
Dios nos invita hoy a acoger Su Luz e irradiarla al mundo entero, y a no olvidar que esta hermosa Casa Común que nos fue regalada, la construimos entre todas y todos.
Las y los invito a recordar y dar gracias a Dios por todas aquellas personas que nos han ayudado a iluminar nuestro caminar y a preguntarnos: ¿Cuándo he sido luz para otras y otros, y qué luz estoy irradiando hoy con mi vida?
Les deseo de corazón un año bendecido de amor y pleno de luz, esa luz que eres tú.

Hermana Nancy Arévalo, sp.

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Reflexión del domingo 29 de diciembre de 2019
Evangelio de Jesucristo según san Mateo 2:13-15; 2:19-23

«Después de marchar los Magos, el Ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto. Quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes buscará al niño para matarlo.» José se levantó; aquella misma noche tomó al niño y a su madre, y partió hacia Egipto, permaneciendo allí hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que había anunciado el Señor por boca del profeta: Llamé de Egipto a mi hijo. «Después de la muerte de Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y regresa a la tierra de Israel, porque ya han muerto los que querían matar al niño.» José se levantó, tomó al niño y a su madre, y volvieron a la tierra de Israel. Pero al enterarse de que Arquelao gobernaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Conforme a un aviso que recibió en sueños, se dirigió a la provincia de Galilea y se fue a vivir a un pueblo llamado Nazaret. Así había de cumplirse lo que dijeron los profetas: Lo llamarán »Nazoreno».

Reflexión :
NAVIDAD! NAVIDAD! Dios entre nosotros! Dios en toda la creación!
Dios se hizo visible para nosotros hace más de dos mil años. Se hace visible a nuestros ojos y en nuestros corazones, de modo que aún hoy Su Luz brilla con Esperanza, Amor y Paz sobre todos los pueblos de la tierra.
Que Su Luz disipe la oscuridad de nuestra humanidad y que toda la creación conozca los beneficios de la justicia y se sienta transportada y regenerada en Su Amor, para que podamos escuchar la armonía de Su Ternura y la alegría de la liberación.
¡EXALTEMOS, ¡REGOCIJEMOS, ¡ACLAMEMOS, A JESÚS QUE VIENE ENTRE NOSOTROS.
Domingo de la Sagrada Familia
Al igual que miles de migrantes de hoy en día, la Sagrada Familia también buscó refugio, un lugar seguro para trabajar y vivir en paz, manteniendo la fe en el Señor y sus profundas convicciones. José, María y Jesús forman una familia santa, tanto en la felicidad como en las dificultades. La Iglesia nos propone una meditación sobre la familia de Jesús. Ella nos invita a ver allí el modelo de cualquier familia. Depende de nosotros imitarlo y seguirlo.
Dios quiere vida y confía esta tarea a hombres y mujeres comprometidos, los padres están en primera línea. Pidamos esta gracia para vivir, como la Sagrada Familia, más responsable y llenos de amor en medio de este mundo en tormento.

Hna. Annette Noël, sp

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Reflexión del domingo 22 de diciembre de 2019
Evangelio de Jesucristo según san Mateo 1,18-24

El nacimiento de Jesucristo sucedió así: su madre, María, estaba comprometida con José, y antes del matrimonio, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, pensó abandonarla en secreto. Ya lo tenía decidido, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María como esposa tuya, pues la criatura que espera es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del profeta: Mira, la virgen está embarazada, dará a luz a un hijo que se llamará Emanuel, que significa: “Dios con nosotros”. Cuando José se despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado y recibió a María como esposa.

Reflexión
En medio de nuestra preparación para la Navidad, encontramos a José, a quien se le prometió a María en matrimonio, con un dilema que causa un verdadero callejón sin salida. Se cuestiona a sí mismo.
¿Qué ha pasado? ¿María embarazada? No puede creer que ella lo haya engañado … ¿Qué debería hacer? No, no puede resignarse a abandonarla a su suerte. Él «confía en la Providencia» … ¿Debería «enviarla de vuelta en secreto»? … Él reflexiona …
Y sucede entonces que un ángel viene a confirmarle el misterio: «No tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, lo que fue engendrado en ella, viene del Espíritu Santo … Reconociendo la voluntad de Dios sobre la joven María, y decide llevarla a casa.
En la vida de cada persona, de cada cristiano, se dan estos momentos de ansiedad, de angustia, incluso de incomprensión … ante lo que ocurre.
¿No es entonces la hora de entregarse a Dios y «confiar»? Miremos nuestra vida a la luz de este texto; seguramente descubriremos momentos en que una oración, un pasaje de las Escrituras, una palabra de consuelo nos hizo comprender el porqué de una situación, dándonos esperanza.
A medida que nos acercamos al 220o aniversario del nacimiento de nuestra Beata Fundadora, Emilia Gamelin (1800-2020), tomemos el tiempo para contemplar su vida.
¡Cuántas situaciones aterradoras e incomprensibles ha tenido que superar…! Piense en la angustia que habrá pasado, a los veintiocho años de edad, cuando deseaba formar una familia, sus primeros dos hijos, su esposo y el último hijo desaparecieron en menos de cinco años. ¿Por qué, Señor? En oración y en la reflexión, ella descubre el camino al que era llamada.

Durante quince años, ella se da sin medida, su obra de caridad queda establecida. Se la reconoce como la madre de los pobres y huérfanos. ¡Su esposo, sus hijos, son los pobres! …Conocemos el resto de la historia: la Congregación de las Hermanas de la Providencia fue instituida canónicamente en 1844, y Emilia se convirtió en su fundadora. ¡Todo parecía asegurado!
Pero se da el caso que, en 1847, el obispo Bourget se vuelve, para ella, alguien exigente e incomprensible. Emilia permanece de pie como la Virgen de los Dolores. Antes de responder a su obispo, reflexiona y confía en Dios … Luego, envía una carta al obispo en la que incluso le ofrece poner a otra superiora en su lugar. ¡Qué FE, qué CONFIANZA!
¡En esta última semana de Adviento 2019, mantengamos nuestros corazones abiertos a los llamados del Señor para descubrir Su Voluntad y, por lo tanto, CONFIAR en el Dios que nos ama y que viene a morar con nosotros en NAVIDAD!
Hermana Yvette Demers, s.p.

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Reflexión del domingo 15 de diciembre de 2019
Evangelio de Jesucristo según san Mateo 11, 2-11

Juan, que estaba en la cárcel, oyó hablar de las obras de Cristo, por lo que envió a sus discípulos a preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?» Jesús les contestó: «Vayan y cuéntenle a Juan lo que ustedes están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y una Buena Nueva llega a los pobres. ¡Y dichoso aquél para quien yo no sea motivo de escándalo!» Una vez que se fueron los mensajeros, Jesús comenzó a hablar de Juan a la gente: «Cuando ustedes fueron al desierto, ¿qué iban a ver? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué iban ustedes a ver? ¿Un hombre con ropas finas? Los que visten ropas finas viven en palacios. Entonces, ¿qué fueron a ver? ¿A un profeta? Eso sí y, créanme, más que un profeta. A éste se refiere el texto de la Escritura: Yo voy a enviar mi mensajero delante de ti, para que te preceda abriéndote el camino. Yo se lo digo: de entre los hijos de mujer no se ha manifestado uno más grande que Juan Bautista, y sin embargo el más pequeño en el Reino de los Cielos es más que él.
Reflexión:
Es preciso reconocer que no vivimos en un mundo en el que reina la paciencia. Vivimos preocupados de lo instantáneo y lo inmediato, cuando ser cristiano, cristiana, escuchar la Palabra de Dios y emocionarse con ella, deberían ser motivos suficientes para tener paciencia, para observar y abrirse a los demás, y en particular a quienes no viven nuestra misma realidad.
Para que la Tierra produzca frutos, requiere de tiempo, de cuidados y de paciencia. Los profetas como Juan el Bautista hablaron al pueblo y durante siglos tuvieron paciencia con respecto a la venida del Mesías.
Al igual que los profetas perseveraron en su tarea, en Haití nosotras tampoco dejamos de esperar la llegada de la justicia, de la paz y de la prosperidad para el pueblo haitiano.
A pesar de las tristes noticias del país, el pueblo haitiano es un pueblo resiliente, paciente y perseverante, y esta gracia permite vislumbrar un cambio positivo en la población; la gente desea seguir viviendo, aunque haya inseguridad, y está ansiosa de poder retomar las actividades normales, incluyendo el regreso a la escuela y al trabajo.
Desafortunadamente, acá todo se ha parado o funciona a medias, especialmente en las grandes ciudades como Puerto Príncipe. Nuestros ministerios, como el de la vocación inicial, entro otros, se ven afectados también. Sin embargo, en Torbeck, en el sur del país, en donde tenemos una escuela grande, los niños siguen asistiendo a clases.
Tratamos de entender por qué las tentativas de diálogo no conducen a resultados concretos. Muchas personas sufren durante los enfrentamientos en los lugares considerados «de riesgo», y otras resultan heridas o muertas pese a ser inocentes.
Por nuestra parte, nosotras nos recogemos en la oración. El 25 de noviembre en la tarde iniciamos una novena a nuestra beata Emilia Gamelin, en la que pedimos por LA PAZ en Haití. Debido al impasse de esta crisis sin salida, decidimos hacer esta novena sacando de nuestro depósito, como lo hicieron los profetas, reservas de paciencia y de confianza en la Providencia.
En comunión con ustedes, siguiendo a Jesús, y en el amor que por las personas pobres tenía Emilia, quien escucha nuestra oración de intercesión en favor de la PAZ de Haití.

Diane Sarrasin, sp.

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Reflexión del domingo 08 de diciembre de 2019
Evangelio de Jesucristo según san Mateo 3, 1-12

«Renuncien a su mal camino, porque el Reino de los Cielos está cerca.»

Por aquel tiempo se presentó Juan Bautista y empezó a predicar en el desierto de Judea; éste era su mensaje: «Renuncien a su mal camino, porque el Reino de los Cielos está cerca.»
Es a Juan a quien se refería el profeta Isaías cuando decía: Una voz grita en el desierto: Preparen un camino al Señor; hagan sus senderos rectos.
Además de la piel que le ceñía la cintura, Juan no tenía más que un manto hecho de pelo de camello. Su comida eran langostas y miel silvestre. Venían a verlo de Jerusalén, de toda la Judea y de la región del Jordán. Y además de confesar sus pecados, se hacían bautizar por Juan en el río Jordán.
Juan vio que un grupo de fariseos y de saduceos habían venido donde él bautizaba, y les dijo: «Raza de víboras, ¿cómo van a pensar que escaparán del castigo que se les viene encima? Muestren los frutos de una sincera conversión, pues de nada les sirve decir: “Abraham es nuestro padre”. Yo les aseguro que Dios es capaz de sacar hijos de Abraham aun de estas piedras. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no da buen fruto, será cortado y arrojado al fuego.
Yo los bautizo en el agua, y es el camino a la conversión. Pero después de mí viene uno con mucho más poder que yo –yo ni siquiera merezco llevarle las sandalias– , él los bautizará en el Espíritu Santo y el fuego. Ya tiene la pala en sus manos para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en sus bodegas, mientras que la paja la quemará en el fuego que no se apaga.»

Reflexión
!La conversión cotidiana!
Este evangelio, con su afirmación de que el Reino de los Cielos está cerca, resuena en lo más profundo de mi ser. La cercanía de esta venida exige una conversión plena, una transformación consciente. Con el fin de prepararnos para recibir al Mesías, necesitamos el amor para lograr nuestra sanación, la conversión para obtener nuestra purificación y el ímpetu para sentir mejor la presencia de Dios en nuestra vida. Juan el Bautista dijo: «Muestren los frutos de una sincera conversión…» (Mt 3, 8). El fruto de nuestra conversión se refleja en la calidad de la presencia en nuestra comunidad local, en nuestro ministerio y en nuestras actividades particulares.
Señor, permanece con nosotras. Envíanos tu Espíritu Santo para que guíe nuestros pasos y nos ayude a prepararnos para recibirte, y para que nos conceda la gracia de la conversión integral de nuestro ser. Ayúdanos a permanecer siempre conscientes de la necesidad de nuestra conversión en nuestro diario vivir.
¡Colma nuestro corazón de tu amor!

Hermana Francine Blanc

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Reflexión del domingo 01 de diciembre de 2019
Evangelio según san Mateo 24, 37-44

La venida del Hijo del Hombre recordará los tiempos de Noé. Unos pocos días antes del diluvio, la gente seguía comiendo y bebiendo, y se casaban hombres y mujeres, hasta el día en que Noé entró en el arca. No se dieron cuenta de nada hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos. Lo mismo sucederá con la venida del Hijo del Hombre: de dos hombres que estén juntos en el campo, uno será tomado, y el otro no; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada, y la otra no. Estén alerta. Por eso estén despiertos, porque no saben en qué día vendrá su Señor. Fíjense en esto: si un dueño de casa supiera a qué hora de la noche lo va a asaltar un ladrón, seguramente permanecería despierto para impedir el asalto a su casa. Por eso, estén también ustedes preparados, porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que menos esperan.
Reflexión:
Tengo el privilegio de vivir en una casa grande, rodeada de personas consagradas, como yo. Sin embargo, debido a nuestra avanzada edad, muchas parten al Cielo y esto me hace reflexionar. Entonces, siguiendo a Jesús, me despojo de mí misma y del mundo material. Ya no veo los programas de televisión y en cambio me dedico a llenarme de Él, contemplándolo en su gran amor. Un Dios tan poderoso que se hace pequeño para mí en este periodo de Adviento.
Entonces, con la simplicidad de mi corazón, hago esta súplica: Señor, ayúdame a comprender en el silencio este gran amor, despojándome de mí misma y preparándome para que, cuando llegue el momento, me encuentre lista. Deseo despojarme de mis pensamientos de superioridad y seguir buscando siempre comprender a los demás.
Ofrezco como regalo al Señor mis pequeñeces y mis dificultades, pues Él vino para prepararnos un lugar cerca de Él.
Que este periodo luminoso del Adviento sea para todos fuente de desprendimiento y de paz.
Hermana Fernande DeGrâce

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Reflexión del domingo 24 de noviembre de 2019
Evangelio según San Lucas 23,35-43

La gente estaba allí mirando; los jefes, por su parte, se burlaban diciendo: «Si salvó a otros, que se salve a sí mismo, ya que es el Mesías de Dios, el Elegido.» También los soldados se burlaban de él. Le ofrecieron vino agridulce diciendo: «Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.» Porque había sobre la cruz un letrero que decía: «Este es el rey de los judíos.» Uno de los malhechores que estaban crucificados con Jesús lo insultaba: «¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y también a nosotros!» Pero el otro lo reprendió diciendo: «¿No temes a Dios tú, que estás en el mismo suplicio? Nosotros lo hemos merecido y pagamos por lo que hemos hecho, pero éste no ha hecho nada malo.» Y añadió: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino.» Jesús le respondió: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.»

Reflexión:
El Cristo Rey
En un momento como en el que vivió Jesús, cualquier persona habría sucumbido a la desesperanza, la rebelión, la blasfemia, pero Él, en sus últimas horas, mientras padecía enormes sufrimientos, seguía demostrándonos su profunda sabiduría y su carácter divino.
Como cristianas y cristianos, debemos contemplar a Jesús en su acción que se proyecta más allá de los límites del presente. Gracias a Él, el pasado y el futuro se entrelazan, como también lo divino y lo humano, y es allí donde reside todo el misterio de Dios. Esta unión que tenemos con Jesús es una pertenencia que nada puede cuestionar en el corazón de Dios. Así, su inagotable misericordia se transforma en la fuerza estabilizadora de nuestro universo. Una verdadera paradoja: ¡la misericordia resulta ser la mejor arma de nuestro Rey!
Cristo es ciertamente Rey del universo, pero de un universo en el que todo el mundo puede salvarse y ser acogido, gracias a su fe en Él. Puesto que Él salva a la humanidad del pecado y de la muerte, y los asume en sí, Él es Rey del universo y juez de nuestra Salvación. Cuando los soldados lo interpelan y le dicen que se salve a Él mismo, san Lucas revela que su reinado no se halla en una salvación egoísta, sino en una salvación universal. Dios no necesita la salvación, pero el universo sí.
Buena semana unidos por la Providencia,
Una Asociada Providencia

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Reflexión del domingo 17 de noviembre de 2019
Evangelio según San Lucas 21 5-19

«Como algunos estaban hablando del Templo, con sus hermosas piedras y los adornos que le habían sido regalados, Jesús les dijo: «Mírenlo bien, porque llegarán días en que todo eso será arrasado y no quedará piedra sobre piedra.» Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso, y qué señales habrá antes de que ocurran esas cosas?» Jesús contestó: «Estén sobre aviso y no se dejen engañar; porque muchos usurparán mi nombre y dirán: Yo soy el Mesías, el tiempo está cerca. No los sigan. No se asusten si oyen hablar de guerras y disturbios, porque estas cosas tienen que ocurrir primero, pero el fin no llegará tan de inmediato.» Entonces Jesús les dijo: «Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. Habrá grandes terremotos, pestes y hambre en diversos lugares. Se verán también cosas espantosas y señales terribles en el cielo. Pero antes de que eso ocurra los tomarán a ustedes presos, los perseguirán, los entregarán a los tribunales judíos y los meterán en sus cárceles. Los harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre, y ésa será para ustedes la oportunidad de dar testimonio de mí. Tengan bien presente que no deberán preocuparse entonces por su defensa. Pues yo mismo les daré palabras y sabiduría, y ninguno de sus opositores podrá resistir ni contradecirles. Ustedes serán entregados por sus padres, hermanos, parientes y amigos, y algunos de ustedes serán ajusticiados. Serán odiados por todos a causa de mi nombre. Con todo, ni un cabello de su cabeza se perderá. Manténganse firmes y se salvarán.»

Reflexión:
A la luz del Evangelio de Lucas 21 5-19, se nos hace un llamado a crear un mundo nuevo.
Cuando veo a mis hermanos en situación de calle, con los que comparto mi trabajo día a día, yo aprendo mucho de ellos. Confrontan mi estilo de vida y me enseñan a no apegarme a las cosas materiales. Ellos están siempre libres, livianos para poder cambiar de lugar en lugar.

Cuando Las Caridades Católicas les entregaron un departamento cómodo, abrigado, ellos no se olvidaron de sus viejos amigos, también en situación de calle, con los que compartieron tantos momentos de frio, de enfermedades, etc. Les invitaron a compartir una ducha y café caliente y no solo por un momento, pero todos los días. Sus amigos saben que ellos (los que hoy día tienen un departamento) no les negarán su espacio y les regalaran de su tiempo, les acogerán para mirar TV o simplemente les ofrecerán un espacio para dormir abrigados por un rato, y también compartirán los alimentos recibidos, especialmente en días de nieve y lluvia.

Estas personas vulnerables ya tienen muchos problemas, son alcohólicos, drogadictos; tienen enfermedades mentales, por lo cual sus familiares no los quieren en sus hogares.

Entonces me pregunto: ¿Estamos dispuestas a compartir nuestras comodidades con los más necesitados? ¿Cómo puedo ser el rostro amoroso del Padre hoy, que abre su corazón a las necesidades de los más necesitados? ¿Escucho el llamado que ellos nos hacen?
Myrta Iturriaga, sp.,

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Reflexión del domingo 10 de noviembre de 2019
Evangelio según San Lucas 20, 27-38

Se acercaron a Jesús algunos saduceos. Esta gente niega que haya resurrección, y por eso le plantearon esta cuestión: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si un hombre tiene esposa y muere sin dejar hijos, el hermano del difunto debe tomar a la viuda para darle un hijo, que tomará la sucesión del difunto. Había, pues, siete hermanos. Se casó el primero y murió sin tener hijos. El segundo y el tercero se casaron después con la viuda. Y así los siete, pues todos murieron sin dejar hijos. Finalmente murió también la mujer. Si hay resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa esta mujer, puesto que los siete la tuvieron?»
Jesús les respondió: «Los hombres y mujeres de este mundo se casan, pero los que sean juzgados dignos de entrar en el otro mundo y de resucitar de entre los muertos, ya no toman marido ni esposa. Además ya no pueden morir, sino que son como ángeles. Son también hijos de Dios, por haber nacido de la resurrección.
En cuanto a saber si los muertos resucitan, el mismo Moisés lo dio a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor: Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. El no es Dios de muertos, sino de vivos, y todos viven por él.»
Réflexion:
Me permito relatarles un pequeño recuerdo que viene a mí cuando leo esta bella página del Evangelio del 32.o domingo del tiempo ordinario del año litúrgico C. Durante una celebración eucarística en mi parroquia de origen, en Camerún, un sacerdote relataba que él le había preguntado a una joven cómo transcurrían sus días, y que ella le respondió que los vivía como si se tratara del único y último día de su vida, como si tuviera la impresión de que moriría al día siguiente. Seguramente esta joven había vivido la experiencia mística de la muerte, y comprendió que en su vida se dedicaría a hacer el bien, esperando el día en que el Señor habrá de venir. Es una bendición que los textos bíblicos de este domingo nos hablen de la resurrección, sobre todo en este mes de noviembre, mes consagrado a los difuntos. Nos unimos a las víctimas de los disturbios en Haití, en Chile y en el mundo entero.
El Evangelio propuesto pone de relieve la visión de los saduceos frente a la pregunta existencial de la muerte; en él se relata que una mujer tuvo siete maridos, todos ellos hermanos, quienes murieron uno tras otro, y la pregunta es entonces: «Si hay resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa esta mujer…?»

Esta pregunta puede parecer un poco absurda y la idea tras ella es demostrar que los saduceos tienen razón en no creer en la resurrección de los muertos. La ley de Moisés prescribe que un hombre debe esposar a la viuda de su hermano siempre y cuando no haya tenido hijos con el esposo. Una pregunta paradójica suscita una respuesta de Jesús a este saduceo, la cual se centra particularmente en la resurrección…

«Los hombres y mujeres de este mundo se casan, pero los que sean juzgados dignos de entrar en el otro mundo y de resucitar de entre los muertos, ya no toman marido ni esposa. Además ya no pueden morir, sino que son como ángeles. Son también hijos de Dios, por haber nacido de la resurrección.»

Jesús quiere con ello recordar que en el más allá las relaciones conyugales adquieren otro sentido, pues todo es ternura y amor para con el Señor.
Les deseo una feliz semana bajo la guía de la Providencia.

Marie Émeline Ezami Atangana, sp.

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Reflexión del domingo 03 de noviembre de 2019
Evangelio según San Lucas 19, 1-10

Habiendo entrado Jesús en Jericó, pasaba por la ciudad. Y un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los recaudadores de impuestos y era rico, trataba de ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, ya que él era de pequeña estatura. Y corriendo delante, se subió a un sicómoro para verle, porque Jesús estaba a punto de pasar por allí. Cuando Jesús llegó al lugar, miró hacia arriba y le dijo: Zaqueo, date prisa y desciende, porque hoy debo quedarme en tu casa. Entonces él se apresuró a descender y le recibió con gozo. Y al ver esto, todos murmuraban, diciendo: Ha ido a hospedarse con un hombre pecador. Y Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes daré a los pobres, y si en algo he defraudado a alguno, se lo restituiré cuadruplicado. Y Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa, ya que él también es hijo de Abraham; porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido.

Reflexión: Baja de tu árbol

Pequeño, Zaqueo puede trepar a un árbol. Debemos haberlo visto, pero no le importa. Quiere saber más sobre Jesús, pero Jesús no le da tiempo para pensar. Dios a menudo se invita a nuestro corazón incluso antes de que nos demos cuenta y sin haber tenido tiempo de preparar su recepción o nuestra defensa. Jesús le habla a Zaqueo como si fuera natural para él irse a vivir a su casa.

Zaqueo esta intrigado por la personalidad de Jesús. El busca verlo y quiere ser mejor. Él no se espera que Jesús se invitara a su casa, pero lo recibe con alegría. Este encuentro lo transforma. Las personas dicen: “Jesús se está alojando donde un hombre pecador”, porque Zaqueo era el jefe de recolectores de impuestos, que se permitían llenarse los bolsillos.

Ese día, Zaqueo volvió a nacer a una nueva vida. Rápidamente preparo la bienvenida de Jesús que lo seguía y lo miraba. Todo el mundo ve la magnífica comida pagada con el dinero sucio. Las personas desaprueban este gesto de Jesús.

Zaqueo se levanta para hacer una declaración. Pagará en exceso el dinero y reparara el daño causado a los demás. Él se dirige no solamente a la multitud, pero también a nosotros para una revelación solemne que puede resumir nuestra fe: “El hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido”.

“Debo quedarme en casa”, nos dice Jesús,» estoy donde vives, donde engañas, donde robas, pero no vengo a controlarte. Vengo a compartir tu comida. Jesús entra en nuestra vida para que nosotros entremos en la suya. Para nosotros, Zaqueo es quien entendió el Evangelio como una necesidad de recibir y compartir sin medida.

Cómo entender la iniciativa de Jesús y especialmente la conclusión a la que llega: «Hoy, la salvación llegó para esta casa, porque él también es hijo de Abraham». Estamos acostumbrados a ver a Jesús dejar que los pecadores se acerquen a él, pero aquí toma la delantera: «Zaqueo, baja rápidamente: hoy tengo que quedarme en tu casa». Zaqueo no da todo lo que le pertenece, sino solo la mitad de su propiedad. ¡Sin embargo, Jesús declara que su casa está salvada!

A través de su mirada en Zaqueo, al visitar su hogar para obedecer la voluntad de Dios, Jesús le devolvió al hombre pecador su identidad como hijo de Abraham. El Hijo del Hombre vino a buscar y salvar lo que se había perdido.

En nuestros días Jesús viene a nosotros. Bajemos de nuestro árbol, acojámoslo con alegría para que nosotros también podamos tener la salvación en casa. Como miembros de la familia Providence, vamos donde nuestros pobres hermanos y hermanas, como la Beata Emilie Gamelin.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 27 de octubre de 2019
Evangelio según San Lucas 18, 9-14

Jesús dijo esta parábola por algunos que estaban convencidos de ser justos y despreciaban a los demás. «Dos hombres subieron al Templo a orar. Uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, puesto de pie, oraba en su interior de esta manera: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros, o como ese publicano… Ayuno dos veces por semana y doy la décima parte de todas mis entradas.”
Mientras tanto el publicano se quedaba atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador.”
Yo les digo que este último estaba en gracia de Dios cuando volvió a su casa, pero el fariseo no. Porque el que se hace grande será humillado y el que se humilla será enaltecido.»

Reflexión:
Santa Teresita de Lisieux decía: «Una regla de oro para todo el camino de la oración: “Que no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho.”» Dios nos pide que cuando estemos con Él no solo elevemos nuestros pensamientos intelectuales, sino todo nuestro ser, es decir, nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro corazón. En el Evangelio de hoy, Jesús recurre a la parábola del fariseo y del recaudador de impuestos, con una misma invitación a orar. Jesús dice que orar no es hacer la lista de lo que hemos hecho, sino centrar todo nuestro ser en el amor y la misericordia de Dios.
Los dos hombres que subieron al templo a orar eran hombres buenos, y no cabe ninguna duda con respecto a su bondad. El fariseo pudo enumerar con acierto sus cualidades y, de hecho, muchas de las cosas que hizo son buenas. Sin embargo, su oración es menos aceptable a los ojos de Dios, puesto que él confía en su propia justicia y se centra en sí mismo. En cambio, el recaudador de impuestos se mantuvo a distancia, reconoció ante Dios que era un pecador y le imploró su misericordia. Sintiéndose humilde e indigno ante la grandeza de Dios, se abandonó y se centró por completo en su misericordia y amor. Su oración es aceptable porque él es lo suficientemente humilde y se conoce a sí mismo, y porque oró con todo su corazón: «Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador.» Con abundancia, Dios derramó su bondad y misericordia sobre él. Tal como dice el papa Francisco, «Dios nunca se cansa de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón.»
Esta parábola es una invitación que se nos hace a ser humildes, a reconocer nuestra vulnerabilidad y a centrarnos en la misericordia de Dios. Cabe preguntarnos entonces si cuando rezamos somos lo suficientemente humildes para reconocer quiénes somos y qué necesitamos de Dios.
Hna. Rosa Nguyen

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Reflexión del domingo 20 de octubre de 2019
Evangelio según San Lucas 18, 1-8

Jesús les mostró con un ejemplo que debían orar siempre, sin desanimarse jamás: «En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaba la gente. En la misma ciudad había también una viuda que acudía a él para decirle: “Hazme justicia contra mi adversario”. Durante bastante tiempo el juez no le hizo caso, pero al final pensó: “Es cierto que no temo a Dios y no me importa la gente, pero esta viuda ya me molesta tanto que le voy a hacer justicia; de lo contrario acabará rompiéndome la cabeza”.» Y el Señor dijo: «¿Se han fijado en las palabras de este juez malo? ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos si claman a él día y noche, mientras él deja que esperen? Yo les aseguro que les hará justicia, y lo hará pronto. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?».

Reflexión
La eficacia de la oración – La historia de este juez injusto que termina por hacerle justicia a una viuda que no deja de importunarlo, nos hace reflexionar acerca del hecho de que en ocasiones quisiéramos que se nos dé todo, de inmediato, mientras que otras personas más pacientes perseveran no solo en la fe y la oración, sino también en la aceptación. Así, gracias a esta fe profunda, habita en ellas una gran paz interior que, al parecer, es la clave para entender que la vida nos reserva tan solo gracias y aprendizajes. La oración, nos dice Jesús, obtiene siempre su respuesta, pero no hay que desanimarse.
La oración es eficaz, pero, además de que toma tiempo demostrar su valor, exige una participación activa de nuestra parte. Es el caso de esta viuda que trabaja de manera activa para obtener justicia. Con paciencia y determinación, no se queda cruzada de brazos, sino que persevera para obtener un juicio que ponga fin a la injusticia de la que ha sido víctima. ¡No basta con orar para obtener un favor, es necesario trabajar para lograrlo!
Sin embargo, primero que todo debemos preguntarnos si nuestra oración es compatible con la «justicia» de Dios. La justicia de Dios es perdón, don de vida, humildad, verdad y amor. Se nos invita también a cuestionarnos acerca del objetivo de nuestra oración. La oración supone una fe infinita en Jesús, que va más allá de la justicia de Dios que, con frecuencia, es muy distinta de la nuestra. Estas son preguntas muy profundas acerca de nuestra fe, nuestra concepción de la justicia, nuestra impaciencia y el toque «mágico» que le podemos agregar a nuestra solicitud. La oración supone también la responsabilidad de la persona que ora. ¿Acaso somos conscientes de ella?

Nadia Bertoluci, AP

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Reflexión del domingo 13 de octubre de 2019
Evangelio según San Lucas 17, 11-19

«Y sucedió que, de camino a Jerusalén, pasaba por los confines entre Samaría y Galilea y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!» Al verlos, les dijo: «Id y presentaos a los sacerdotes.» Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?» Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado.»»

Reflexión

Todo está en la fe y en la gratitud. La fe mueve montañas, ¿cierto? Y el agradecimiento mueve corazones, cambia vidas.
En la sociedad actual, damos las gracias cuando nos hacen un favor o nos regalan algo. Cuanto más inesperado o más gratuito, más sentidas son las gracias. Siempre es un reconocimiento de que hemos recibido algo de forma gratuita. Lo que se recibe de esa manera adquiere un valor tal para la persona que establece una relación con el donante que va más allá de cualquier consideración interesada o egoísta. El favor no se devuelve. Simplemente se establece una relación de gratuidad, de cariño, entre las personas. Se establece entonces una relación personal, un lazo que es difícil de romper.
Nuestra relación con nuestro Salvador Jesucristo es una de fe y de gratitud. De Él hemos recibido todo en total gratuidad. La vida, la libertad, el amor, la creación… No hay medida que pueda contar lo que hemos recibido. Por esta razón sencilla, pero infinita, me parece tan fundamental agradecer, a diario, todas las múltiples bendiciones que el Señor nos regala y que muy seguidamente simplemente ni siquiera nos acordamos de decir: gracias!
Mismo si no estamos pasando por el mejor momento de nuestras vidas, siempre hay mucho que agradecer, que maravillarse y que alabar. La vida es por veces difícil, pero sin la fe y la gratitud ella se vuelve triste, gris, sin esperanzas. ¡Movamos entonces montañas y corazones! Muchas gracias por esta bella oportunidad de compartir con la Familia Providencia.

Una Asociada Providencia

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Reflexión del domingo 06 de octubre de 2019
Evangelio según San Lucas 17: 5-10

Los apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe.” El Señor dijo: “Si tuvieran fe como una semilla de mostaza, dirían a [esta] morera: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y les obedecería. El deber del discípulo. “Supongamos que uno de ustedes tiene un sirviente arando o cuidando los animales, cuando éste vuelva del campo, ¿le dirá que pase en seguida y se ponga a la mesa? ¿No le dirá más bien: ‘prepárame de comer, ponte el delantal y sírveme mientras como y bebo, después comerás y beberás tú?’ ¿Tendrá aquel señor que agradecer al sirviente que haya hecho lo mandado? 10Así también ustedes: cuando hayan hecho todo lo mandado, digan: ‘Somos simples sirvientes, solamente hemos cumplido nuestro deber.’
Reflexiones
La fe es un don gratuito, una gracia incomparable. Dios me la regaló. En mi bautismo, mis padres respondieron por mí la pregunta del sacerdote: «¿Qué solicitas?» Ellos respondieron: «El bautismo», es decir, la fe. Ante las bellezas y la sabiduría que descubría en la naturaleza, me preguntaba sobre la fuente de las maravillas de la creación. Fue fácil tener fe, abriendo los ojos al universo. Pero la fe emana del Corazón de Dios y no es fruto de un largo recorrido. Al escuchar la Palabra de Dios, al buscar la vida espiritual más perfecta e intensa, se da vida a este depósito sagrado de la fe que, sin embargo, descansa en un jarrón de arcilla.

Después de haber caminado con una fe bastante frágil quizás, la hemos profundizado con el sacramento de la Confirmación, donde el Espíritu nos da fuerza para testificar de nuestra fe. Y nuestra elección es más libre. ¿Cuándo podré yo decir que mi fe ha alcanzado la semilla de mostaza? ¡Conocer a Dios, anunciarlo, hacerle amar, ¡que sea mi única razón para vivir! Las historias bíblicas nos ofrecen muchos modelos de fe. María creyó y testificó de su fe. «Que se me haga de acuerdo a tu palabra».

Tenemos que permanecer dispuestas para servir, trabajar como simples sirvientes y decir: «Solo estoy cumpliendo con mi deber». Nunca terminaremos de profundizar nuestra fe. Solamente después llegará el momento de participar de la Mesa del Señor.

Hermana Annette Aspirot, s.p.

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Reflexión del domingo 29 de septiembre de 2019
Evangelio según San Lucas 16, 19-31

“Había cierto hombre rico que se vestía de púrpura y lino fino, celebrando cada día fiestas con esplendidez. Y un pobre llamado Lázaro que se tiraba en el suelo a su puerta cubierto de llagas, ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; además, hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico y fue sepultado. En el Hades (la región de los muertos) el rico alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio a Abraham a lo lejos, y a Lázaro en su seno. Y gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, pues estoy en agonía en esta llama.’ Pero Abraham le dijo: ‘Hijo, recuerda que durante tu vida recibiste tus bienes, y Lázaro, igualmente, males; pero ahora él es consolado aquí, y tú estás en agonía. Además de[b] todo esto, hay un gran abismo puesto entre nosotros y ustedes, de modo que los que quieran pasar de aquí a ustedes no pueden, y tampoco nadie puede[c] cruzar de allá a nosotros.’ Entonces él dijo: ‘Te ruego, pues, padre, que lo envíes a la casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos, de modo que él los prevenga , para que ellos no vengan también a este lugar de tormento.’ Pero Abraham dijo: ‘Ellos tienen a Moisés y a los Profetas; que los oigan a ellos.’ Y el rico contestó: ‘No, padre Abraham, sino que si alguien va a ellos de entre los muertos, se arrepentirán.’ Pero Abraham le contestó: ‘Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se persuadirán si alguien se levanta de entre los muertos.’

Réflexión:
Dios habla hoy a su pueblo escogido, a los Israelitas, a los que son conocedores de su Palabra cuando Jesús dice a los fariseos.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día.
Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno,…
Dios estableció el fundamento de la ley divina en el amor a Dios y al prójimo, gracias al cumplimiento de este mandato alcanzamos la Salvación para la vida eterna.
Esta parábola del hombre rico y el pobre lázaro, nos habla de las consecuencias de los excesos y de la total pérdida del ejercicio de la caridad:
Le dice el rico a Abrahan
“Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”…
Abrahán le dijo:
«Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».
Dios nos habla hoy en su Palabra ante tanta injusticia.
Los abusos de poder, los abusos sexuales y el mal uso de los dineros recaudados de los fieles, son de seguro, los pecados que Jesús hoy nos reprocharía como Iglesia. Y lázaros de hoy serán llevados al Reino de Dios, quedando una gran deuda por parte de Iglesia a las víctimas.
En la segunda lectura el apóstol Pablo dice a Timoteo: “Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que fuiste llamado y que tú profesaste noblemente delante de muchos testigos”.
La obediencia a Dios, la fidelidad al llamado que hemos recibido de Dios, es hacer lo que le es grato a Dios, honrar a Dios, y ver su rostro en los más pobres, los sin techo y los carentes de todo.
A eso fuimos llamados y llamadas. Y esto queda reflejado claramente en el salmo….
…El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,
hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos
Tanto así nos habla Dios en su Palabra hoy, a ti, hermana, a ti que eres miembro de la Iglesia por el bautismo. Dios es tierno, amable, compasivo y misericordioso, y no hace acepción de personas.
El tono de Dios es de Luz y no de oscuridad, Él rechaza los tonos grises. Dios es fuego y no es frío, Él rechaza a los tibios.
Dios es Justo y nos pide que seamos justos y sabios.
No seamos insensatos de corazón.
No se corrompa nuestro espíritu.
No cometamos injusticias abominables; Dios nos ayude a hacer el bien y muy bien.

Seamos y vivamos como verdaderas hijas del Dios Providencia, como nos enseña Madre Emilia: en humildad, simplicidad y caridad.
Todo lo que concierne a los pobres dice Madre Joseph, es asunto nuestro.
Madre Bernarda nos anima diciéndonos: “Esta vida de grandes obras exige sin duda muchos sacrificios”.
Estemos vinculados/as y conectados/as plenamente para servir a Dios en el pobre.
Estemos alegres por el Dios que nos llena de energías para servir cada día.
Su Palabra orada nos dará la creatividad para vivenciar con alegría el sueño de Dios.

Hna. Ana María Montenegro, s.p.

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Reflexión del domingo 22 de septiembre de 2019
Evangelio según San Lucas 16, 10-13

«El que es fiel en lo mínimo, lo es también en lo mucho; y el que es injusto en lo mínimo, también lo es en lo mucho. Si, pues, no fuisteis fieles en el Dinero injusto, ¿quién os confiará lo verdadero? Y si no fuisteis fieles con lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro? «Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.»»
Reflexión :
Los textos de los últimos días nos hablan siempre de nuestra dependencia al mundo material que nos rodea y que nos hace olvidar, en todo momento, nuestro deber cristiano.
Hoy día, el Señor nos hace reflexionar sobre el tema de la confianza. Él nos invita a ser personas honestas en las cosas más pequeñas y perseverantes en la búsqueda del bien. De esa forma, nuestras acciones vendrán de nuestra relación con Dios que es justicia, amor y bondad.
Si, celebremos las buenas cosas que vienen de Dios y hagamos que sus hijos se llenen de su gracia y de sus bendiciones.
“Pero el que hace la verdad va a la luz, para que se vea que sus obras han sido hechas en Dios”, nos dice el evangelio de San Juan 3:21. Somos hechos por Dios, para vivir de Él. ¡Irradiémonos entonces de su dulce luz!
Lorraine Rainville, s.p.

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Reflexión del domingo 15 de septiembre de 2019
Evangelio según San Lucas 15, 1-10

«Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos.» Entonces les dijo esta parábola. « ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las 99 en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: «Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido.» Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión. «O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: «Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido.» Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.»»

Reflexión:

Al reflexionar sobre la historia del hijo pródigo, recuerdo que la historia tiene tres personajes, el padre, el hijo menor y el hijo mayor. ¿En qué personaje me veo? Si soy honesta, en diferentes momentos de mi vida me doy cuenta de que puedo verme en cada uno de ellos. A veces me veo como el hijo mayor porque estoy celosa y enojada porque alguien a mi alrededor ha recibido más que yo, así que quedo ciega a la generosidad del Padre y no puedo escuchar: «Todo lo que tengo es tuyo, siempre estás conmigo.” A veces soy como el hijo más joven, egocéntrica y egoísta, pensando solo en mí y en mis necesidades y no me doy cuenta de cómo he lastimado a otra persona debido a mi ceguera. A veces soy como el Padre y puedo ser compasiva, misericordiosa, generosa y amorosa con aquellos que me han lastimado, así como puedo llegar a aquellos que son pobres y vulnerables sin contar los gastos. Tómate el tiempo hoy para reflexionar sobre tu vida. ¿Puedes encontrarte en los tres personajes en diferentes momentos?

Hermana Sue Orlowski, sp.

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Reflexión del domingo 08 de septiembre de 2019
Evangelio según San Lucas 14, 25-33

«Caminaba con Jesús un gran gentío. Se volvió hacia ellos y les dijo: «Si alguno quiere venir a mí y no se desprende de su padre y madre, de su mujer e hijos, de sus hermanos y hermanas, e incluso de su propia persona, no puede ser discípulo mío. El que no carga con su propia cruz para seguirme luego, no puede ser discípulo mío. Cuando uno de ustedes quiere construir una casa en el campo, ¿no comienza por sentarse y hacer las cuentas, para ver si tendrá para terminarla? Porque si pone los cimientos y después no puede acabar la obra, todos los que lo vean se burlarán de él diciendo: ¡Ese hombre comenzó a edificar y no fue capaz de terminar! Y cuando un rey parte a pelear contra otro rey, ¿no se sienta antes para pensarlo bien? ¿Podrá con sus diez mil hombres hacer frente al otro que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, envía mensajeros mientras el otro está aún lejos para llegar a un arreglo. Esto vale para ustedes: el que no renuncia a todo lo que tiene, no podrá ser discípulo mío.»
Reflexión :
El Señor pide que no nos aferremos a nada, que debemos quedar libres para Él, que los apegos a nuestra familia y a nuestros amigos son buenos, pero que no deben ser obstáculos, un apego que nos impediría seguir a Cristo no sería un verdadero amor.
La única manera de hacer esto es dejar de lado cualquier inclinación hacia los bienes materiales y cuidar de Él, nuestro Salvador.
Además, el Señor nos presenta dos pequeñas parábolas: la del hombre que quiere construir una torre y la del rey que va a la guerra; sus lecciones son las mismas: cuando quieres construir una torre, debes comenzar haciendo tus cuentas si no quieres embarcarte en una locura; En cuanto al rey que contempla una guerra, él también haría bien en hacer un balance de sus posibilidades: la sabiduría consiste en ajustar sus ambiciones al nivel de sus medios, y esto es cierto en todos los campos.
En cuanto a mí, trato de estar libre de bienes materiales para estar más a menudo en relación directa con el Señor Jesucristo. Esto es especialmente cuando pienso en todos los errores que se hacen cuando nos enfocamos demasiado en lo material y no lo suficiente en lo espiritual.
Unámonos rezando a la Providencia por todas las personas de buena voluntad.
Hermana Pierrette Landreville, sp.

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Reflexión del domingo 01 de septiembre de 2019

evangelio según San Lucas, 14, 7-14

«Jesús notó que los invitados trataban de ocupar los puestos de honor, por lo que les dio esta lección: «Cuando alguien te invite a un banquete de bodas, no escojas el mejor lugar. Puede ocurrir que haya sido invitado otro más importante que tú, y el que los invitó a los dos venga y te diga: Deja tu lugar a esta persona. Y con gran vergüenza tendrás que ir a ocupar el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ponte en el último lugar y así, cuando llegue el que te invitó, te dirá: Amigo, ven más arriba. Esto será un gran honor para ti ante los demás invitados. Porque el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado.» Jesús dijo también al que lo había invitado: «Cuando des un almuerzo o una comida, no invites a tus amigos, hermanos, parientes o vecinos ricos, porque ellos a su vez te invitarán a ti y así quedarás compensado. Cuando des un banquete, invita más bien a los pobres, a los inválidos, a los cojos y a los ciegos. ¡Qué suerte para ti, si ellos no pueden compensarte! Pues tu recompensa la recibirás en la resurrección de los justos.»»

Reflexión:
En estas dos parábolas: “los primeros asientos” y “los invitados a comer”, pienso que Jesús nos quiso recordar tres hermosas virtudes: La humildad, la caridad y la gratuidad.
Por la humildad reconocemos nuestros talentos, pero también nuestros puntos débiles. Los primeros, regalos amorosos de nuestro Padre Dios, que no nos deben llevar a la vanagloria y los segundos, son nuestros y debemos esforzarnos por superarlos con la ayuda de Dios.
La humildad iluminada por la caridad nos ayuda a comprender que nuestros juicios humanos se equivocan fácilmente cuando criticamos o nos creemos superiores a otros, que podrán estar más arriba en el Reino de los Cielos.
La gratuidad está también muy unidad con la caridad, con el servicio a nuestros hermanos. Jesús nos enseña a no esperar ni desear ser recompensados, sino a esperar que Él sea nuestra recompensa.
El modelo de estas virtudes es María, la llena de gracia y humilde servidora del Señor, por eso a ella y al Espíritu Santo debemos recurrir.
Y oramos diciendo: Señor, porque queremos transformar nuestro corazón y la historia, envíanos la presencia salvadora de tu Espíritu Santo. Somos débiles, ven a nosotras.

Pabla Vargas sp

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Reflexión del domingo 25 de agosto de 2019

evangelio según San Lucas, 13, 22-30

Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos mientras se dirigía a Jerusalén. Alguien le preguntó: «Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvarán?»
Jesús respondió: «Esfuércense por entrar por la puerta angosta, porque yo les digo que muchos tratarán de entrar y no lo lograrán. Si a ustedes les ha tocado estar fuera cuando el dueño de casa se levante y cierre la puerta, entonces se pondrán a golpearla y a gritar: ¡Señor, ábrenos! Pero les contestará: No sé de dónde son ustedes. Entonces comenzarán a decir: Nosotros hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas. Pero él les dirá de nuevo: No sé de dónde son ustedes. ¡Aléjense de mí todos los malhechores!
Habrá llanto y rechinar de dientes cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes, en cambio, sean echados fuera. Gente del oriente y del poniente, del norte y del sur, vendrán a sentarse a la mesa en el Reino de Dios. ¡Qué sorpresa! Unos que estaban entre los últimos son ahora primeros, mientras que los primeros han pasado a ser últimos.»

Reflexión
En el transcurso de un viaje, alguien le preguntó a Jesús: «¿Es verdad que son pocos los que se salvarán?» En su respuesta a la pregunta, Jesús sugiere que quienes se consideran elegidos pueden sentirse decepcionados. La respuesta de Jesús a la pregunta hace eco de las palabras de los profetas que habían advertido a la gente que su exclusividad y su exclusión de otros pueblos terminaría en destrucción y exilio. En ese entonces, las palabras de los profetas no eran bien aceptadas por los líderes de Israel.
En el Evangelio de hoy, escuchamos que Jesús reitera las palabras de los profetas y hace hincapié en que todos, sin discriminación, pueden alcanzar la salvación, la entrada a la casa común de Dios. La entrada no dependerá de quiénes seamos ni del grupo al cual pertenezcamos. Quienes entren por la puerta vendrán de todos los rincones de la tierra y se les reconocerá como preparados para una vida eterna en la casa común de Dios, por las actitudes que asumieron y por las decisiones que tomaron en esta vida. Se les reconocerá como pertenencia de Dios y se sentarán a la mesa con la familia de Dios.
Kathryn Rutan, sp.

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Reflexión del domingo 18 de agosto de 2019

evangelio según San Lucas, 12: 49-53

Yo he venido para echar fuego sobre la tierra, y ¡cómo quisiera que ya estuviera encendido! Pero de un bautismo tengo que ser bautizado, y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla! ¿Piensan que vine a dar paz en la tierra? No, les digo, sino más bien división. Porque desde ahora en adelante, cinco en una casa estarán divididos; tres contra dos y dos contra tres. Estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra».

Reflexión

La Paz de Jesús, nuestro desafío.

La conciencia que Jesús tenía de su Misión le hace declarar estás frases » He venido a traer fuego a este mundo, y ojalá estuviera ya ardiendo!… ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, más bien he venido a traer división. Para El lo esencial es ser fiel a lo que El iba discerniendo y comprendiendo lo que era su Misión. No se trata de mantener el statu quo, sino todo lo contrario. Es ir contra corriente en aquello que corrompía el espíritu del ser humano y que desde ahí desarrollaba una sociedad alejada de la Misericordia, de la Compasión, de la Caridad, y así, de las características que nos hacen ser reflejo del Padre. Jesús estaba consciente que su fidelidad trae como consecuencia, para quienes lo reconozcan y sigan, la ruptura muchas veces con su medio, Conocer, Amar y Seguir a Jesús no es buscar la paz y tranquilidad, como buscamos muchas veces tratando de mantener los conflictos disfrazados evitando la incomodidad de confrontar y con ello buscar la verdad que nos libera. El fuego de Jesús, esa Pasión por el Reino le permite ser El mismo y negarse a entrar en las dinámicas del mundo que van contra el desarrollo de su Misión. Buscar y construir la paz requiere que nuestra relación con el Padre sea tal, que nos mantenga libres y fieles para vivir nuestra Misión y vocación profética en la sociedad que nos toca vivir hoy.

Alba Letelier, sp

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Reflexión del domingo 11 de agosto de 2019

evangelio según San Lucas, 12:35-40

«Tengan puesta la ropa de trabajo y sus lámparas encendidas. Sean como personas que esperan que su patrón regrese de la boda para abrirle apenas llegue y golpee a la puerta. Felices los sirvientes a los que el patrón encuentre velando a su llegada. Yo les aseguro que él mismo se pondrá el delantal, los hará sentar a la mesa y los servirá uno por uno. Y si es la medianoche o la madrugada cuando llega y los encuentra así, ¡felices esos sirvientes!
Si el dueño de casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, ustedes entienden que se mantendría despierto y no le dejaría romper el muro. Estén también ustedes preparados, porque el Hijo del Hombre llegará a la hora que menos esperan.»

Reflexión

Han transcurrido veintinueve años desde que viví en mi ciudad un trágico terremoto de aproximadamente 7.8 grados de magnitud. En ese momento, yo estaba en la clase de música en mi escuela secundaria. Cuando llegamos a la nota más alta de Do, ocurrió el fuerte temblor. Las sillas de madera de nuestra escuela se balanceaban de un lado a otro de nuestro salón de clase. Mis compañeros empezaron a gritar y mientras nuestra profesora de música trataba de calmarnos, nos dijo que saliéramos rápido y que nos fuéramos a un campo abierto en los terrenos de la escuela. Aún recuerdo que el piso se cerraba y se abría de par en par. Aún puedo oír el Ave María y el Padre Nuestro interminables que todos rezábamos. A medida que la intensidad del terremoto aumentaba, nosotros rezábamos más fuerte. Día y noche se presentaban réplicas y así duramos seis meses o más. La ciudad completa quedó aislada, los medios de comunicación se bloquearon, la gente hacía filas para recibir artículos de socorro, los edificios se derrumbaron, muchas personas murieron, había funerales por todas partes y los socorristas seguían buscando sobrevivientes. La gente levantó sus propias carpas fuera de sus residencias. Estudiantes y pacientes de hospitales fueron albergados en estacionamientos. La ciudad completa se hallaba en crisis.

El «terremoto asesino» llegó como llega de repente un ladrón, sin que nadie se encuentre preparado.

En medio del caos me pregunté: ¿Qué pasa si este es el llamado día del juicio final y debo reunirme con Dios? ¿Qué le diré cuando me pregunte de qué manera lo amé? Sinceramente, no habría podido decir que no conocía a Dios, que no esperaba morir a tan temprana edad y que no estaba preparada. Durante muchos años, día a día, esta pregunta rondaba mi cabeza y, cada vez con mayor frecuencia, me preguntaba cuál era mi propósito en esta tierra y qué podría dar un significado a mi vida.

Un día, me encontré a mí misma buscándole mayor significado a la vida, queriendo dar más; día a día, mi corazón se hace más grande y está listo para acoger a toda la humanidad, en particular, a los más desfavorecidos. Permanecí así y reflexioné durante años, hasta que descubrí mi vocación para la vida religiosa.
Vivir como religiosa es otra historia; se tiene una expectativa razonable: permanecer con la mirada atenta al universo, velando por mantener buenas relaciones y por que se obre con justicia, compasión y amor; actuando en defensa de la verdad; llevando un estilo de vida generoso y velando por que el fuego de Dios y de Cristo permanezca ardiente en nosotras, sin dejarlo extinguir.

Lo que necesitamos en nuestro mundo hoy es que, a semejanza de Cristo, cada quien permanezca en estado de alerta, preparándose para un proceso que plantea desafíos, abrigando la esperanza de un mañana. Amén.

Por: Hna. Mary Grace (Mae) Valdez- Provincia Holy Angels

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Reflexión del domingo 4 de agosto de 2019

evangelio según San Lucas, 12,13-21

En aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús: “Maestro, dije a mi hermano que reparta conmigo la herencia”.
Él dijo: “Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?”.
Y les dijo: “Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”.
Y les propuso una parábola:
“Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose:
¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo:
Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”. Pero Dios le dijo:
“Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”. Así es el que atesora para Sí y no es rico ante Dios”.
Palabra del Señor
Reflexión
Ser rico ante Dios, no se trata de dedicar su vida a juntar riquezas o pasar horas y horas en la Iglesia, pidiendo a todos los santos cosas terrenales, arrodillado delante del Santísimo y no preocuparnos por la vida diaria, la vida en familia, la vida en el trabajo, es ahí donde encontraremos las cosas de arriba.
Podemos adquirir muchas cosas terrenales, pero esas cosas no las llevaremos cuando ya no estemos en esta Tierra. Lo único que vale la pena es “ser rico ante Dios”, pero eso lo obtendremos con nuestro actuar correcto, preocupándonos por el que sufre, por el más necesitado.
Debemos revestirnos de la nueva condición de cristiano, así no tendremos diferencias entre las personas, todos somos hermanos y debemos apoyarnos, tenemos que buscar la fraternidad y vivirla día a día.
Cristo es nuestro hermano mayor y él nos ha demostrado su amor dando su vida por nosotros y él nos convoca a vivir en familia.
El amor fraterno debemos vivirlo en la familia, en la calle, en el trabajo. Ahí es donde se hace la fraternidad, donde “conseguimos las cosas de arriba” y nos hacemos” ricos ante Dios”.
Como Asociados Providencia, este Evangelio nos llama la atención a reflexionar sobre nuestro compromiso personal. ¿Cuánto de lo que ofrecemos en el compromiso lo estamos cumpliendo?
No por ir a Misa todos los domingos, sin ser fraternos, sin preocuparnos en nuestro entorno por el que sufre, de nuestra familia, de nuestros amigos, vecinos, comunidad, vamos a ser más ricos ante Dios.
Nuestro deber como Asociados Providencia es vivir comprometidos y vivir en fraternidad ayudando a todo el que nos necesite, esa es la mejor forma de hacernos ricos ante Dios.

Erika Straube Ríos, AP
Chile

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Reflexión del domingo 28 de julio de 2019

evangelio según San Lucas, 11, 1-13

Un día estaba Jesús orando en cierto lugar. Al terminar su oración, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.» Les dijo: «Cuando recen, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino. Danos cada día el pan que nos corresponde. Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe. Y no nos dejes caer en la tentación.»
Les dijo también: «Supongan que uno de ustedes tiene un amigo y va a medianoche a su casa a decirle: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha llegado de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y el otro le responde a usted desde adentro: «No me molestes; la puerta está cerrada y mis hijos y yo estamos ya acostados; no puedo levantarme a dártelos». Yo les digo: aunque el hombre no se levante para dárselo porque usted es amigo suyo, si usted se pone pesado, al final le dará todo lo que necesita.
Pues bien, yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a la puerta se le abrirá.
¿Habrá un padre entre todos ustedes que dé a su hijo una serpiente cuando le pide pan? Y si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará espíritu santo a los que se lo pidan!»

Reflexión:
En el evangelio del próximo domingo, 28 de julio, Jesús enseña a sus discípulos a orar y estas son sus palabras: Cuando recen, digan:
PADRE NUESTRO….
Sí, Él es nuestro padre, el de todos, y nosotros somos sus hijos bienamados. Personalmente, cuando digo «Danos HOY…», me siento inclinada a poner énfasis en la palabra hoy, puesto que la espiritualidad de lo cotidiano es para mí cada vez más importante. Yo tengo esta costumbre desde que residía en la calle Goyer, en Montreal, con hermana Jeannine Gauthier, quien falleció el año pasado, creo yo. Considero que ella oraba bien y sin ostentación.
¿Por qué no habríamos de seguir su ejemplo?

Hermana Rose-Hélène Corriveau, s.p. (96 años)

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Reflexión del domingo 21 de julio de 2019

evangelio según San Lucas, 10 38-42

Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude.» Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada.»
Reflexión:
Nuestra parte contemplativa alimenta nuestra parte evangelizadora. Mientras María ora, Marta labora. No podemos desligar la oración de la evangelización porque ellas constituyen la fuerza y el alimento de toda obra. Sin embargo, el Evangelio de este domingo nos presenta una advertencia de Cristo que nos previene sobre el mucho hacer y el poco meditar. Es necesario vivir más de cerca la Palabra y entonces actuar. Con ello podemos ser personas contemplativas y en el campo del apostolado hacer más y mejor, porque se cuenta con el apoyo de nuestro Señor Jesús Cristo.
Nosotros en el mundo actual nos preocupamos por muchas cosas, nos quejamos de que hay poco tiempo para aquello que nos gusta, pero no nos damos cuenta de que solo una cosa es necesaria, escuchar al Señor en nuestro interior.
Acojamos a Jesús a pesar de la prisa y el ruido, detengamos nuestra mirada en la belleza del paisaje que nos ofrece nuestro caminar. Servir y contemplar es uno de los conjuntos que deben motivar nuestra vida como cristianos y apóstoles.

Feliz semana para todos.

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Reflexión del domingo 14 de julio de 2019

evangelio según San Lucas, 10, 25-37

«Un maestro de la Ley, que quería ponerlo a prueba, se levantó y le dijo: «Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Qué está escrito en la Escritura? ¿Qué lees en ella?» El hombre contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Jesús le dijo: «¡Excelente respuesta! Haz eso y vivirás.» El otro, que quería justificar su pregunta, replicó: «¿Y quién es mi prójimo?» Jesús empezó a decir: «Bajaba un hombre por el camino de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos bandidos, que lo despojaron hasta de sus ropas, lo golpearon y se marcharon dejándolo medio muerto. Por casualidad bajaba por ese camino un sacerdote; lo vio, tomó el otro lado y siguió. Lo mismo hizo un levita que llegó a ese lugar: lo vio, tomó el otro lado y pasó de largo. Un samaritano también pasó por aquel camino y lo vio; pero éste se compadeció de él. Se acercó, curó sus heridas con aceite y vino y se las vendó; después lo montó sobre el animal que él traía, lo condujo a una posada y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente sacó dos monedas y se las dio al posadero diciéndole: «Cuídalo, y si gastas más, yo te lo pagaré a mi vuelta.» Jesús entonces le preguntó: «Según tu parecer, ¿cuál de estos tres fue el prójimo del hombre que cayó en manos de los salteadores?» El maestro de la Ley contestó: «El que se mostró compasivo con él.» Y Jesús le dijo: «Vete y haz tú lo mismo.»»
Reflexión
Mi vecino, mi prójimo
Jesús ha destruido todas las expectativas. No son las definiciones sociales como las clases, la religión, el género o la etnia lo que determina quién es nuestro prójimo. Un buen vecino es una persona que actúa con compasión hacia los demás. El punto no es quién merece ser amado como me amo a mí mismo, sino que me convierta en una persona que trata a todos con compasión.
Cuando Jesús le pregunta al maestro de la ley quién fue el buen vecino en la historia, el maestro de la ley no quiere decir que fue el samaritano. Prefiere decir «el que lo trató con misericordia». La respuesta de Jesús fue similar a la de la primera discusión: «Vete y haz lo mismo». El maestro de la ley y nosotros, sabemos lo que es correcto. La clave es hacerlo.
Jesús usa esta parábola para enseñar a los discípulos a seguir el ejemplo del impopular samaritano. Pasa por allí y siente compasión por la persona lesionada. Lo que los ladrones le hicieron al hombre, este enemigo aparente lo deshace por su voluntad de hacer un esfuerzo adicional al servirlo. Esta será nuestra meta. Oremos por la oportunidad de hacer un esfuerzo adicional para servir a un destinatario inesperado. Sigamos el ejemplo del samaritano y «vamos hacer lo mismo».

MM, una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 07 de julio de 2019

evangelio según San Lucas, 10, 1-9

«Después de esto, el Señor eligió a otros setenta y dos discípulos y los envió de dos en dos delante de él, a todas las ciudades y lugares a donde debía ir. Les dijo: «La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe obreros a su cosecha. Vayan, pero sepan que los envío como corderos en medio de lobos. No lleven monedero, ni bolsón, ni sandalias, ni se detengan a visitar a conocidos. Al entrar en cualquier casa, bendíganla antes diciendo: La paz sea en esta casa. Si en ella vive un hombre de paz, recibirá la paz que ustedes le traen; de lo contrario, la bendición volverá a ustedes. Mientras se queden en esa casa, coman y beban lo que les ofrezcan, porque el obrero merece su salario. No vayan de casa en casa. Cuando entren en una ciudad y sean bien recibidos, coman lo que les sirvan, sanen a los enfermos y digan a su gente: El Reino de Dios ha venido a ustedes.»
Hoy, por melancolía o por percepción equivocada, se nos hace fácil pensar de que en “el tiempo pasado todo era mejor”. Nos espera un futuro más contaminado, más problemático, más conflictivo. El cambio climático, el agotamiento de los recursos naturales, la superpoblación, las guerras y los choques entre las diferentes culturas, todos son problemas que captan nuestra atención y nos llevan, de alguna manera, a ser pesimistas. ¿Cómo es posible alegrarse en un mundo así?

Reflexión:
Sin embargo, si observamos con cuidado vemos que el mundo no era mucho mejor y ni siquiera más justo en los tiempos de Jesús. Quizás la contaminación era menor pero había otros problemas que hoy están relativamente resueltos y que en aquello entonces parecían mucho más graves y urgentes, como las enfermedades contagiosas, la falta de justicia, etc… Tomemos la miseria por ejemplo, en aquella época, la mayor parte de la población era muy pobre y necesitada. En este contexto es que Jesús envía a sus discípulos, de dos en dos, a predicar la Buena Nueva, a desear a todos la paz, a estar junto a los enfermos y necesitados y a anunciar que el Reino de Dios está cerca.
Es un mensaje sencillo, claro y lleno de esperanza. Es un mensaje que es causa de alegría para los que lo transmiten y para los que lo reciben. Hoy día somos nosotros, en primer lugar, los que debemos dar a conocer ese mensaje. Más allá de los desastres que hayamos podido causar en nuestro mundo, Dios nos sigue ofreciendo la vida y la paz. “El Reino de Dios está cerca”. Así lo vivió la Beata Emilia, amiga de los más pequeños, siempre dispuesta a encontrar soluciones para aminorar el sufrimiento de los demás, regalando paz y esperanza, viviendo la palabra de Dios a todo instante.
¡Muy linda semana a todos en la alegría y la paz!

Nadia Bertoluci, AP

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Reflexión del domingo 30 de junio de 2019

evangelio según San Lucas, 9, 51-62

«Como ya se acercaba el tiempo en que sería llevado al cielo, Jesús emprendió resueltamente el camino a Jerusalén. Envió mensajeros delante de él, que fueron y entraron en un pueblo samaritano para prepararle alojamiento. Pero los samaritanos no lo quisieron recibir, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto sus discípulos Santiago y Juan, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que los consuma?» Pero Jesús se volvió y los reprendió. Y continuaron el camino hacia otra aldea. Mientras iban de camino, alguien le dijo: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.» Jesús le contestó: «Los zorros tienen cuevas y las aves tienen nidos, pero el Hijo del Hombre ni siquiera tiene donde recostar la cabeza.» Jesús dijo a otro: «Sígueme». Él contestó: «Señor, deja que me vaya y pueda primero enterrar a mi padre.» Jesús le dijo: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú vé a anunciar el Reino de Dios.» Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero antes déjame despedirme de mi familia.» Jesús le contestó: «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios.»»

Reflexión
Con calma y con tiempo, siempre es más fácil tomar decisiones, y a menudo los resultados son positivos. Sin embargo, si Jesús nos llama, es por amor y para amar, ya que todo amor requiere renunciar, Jesús lo sabe por experiencia. Al mismo tiempo, su palabra es liberadora, de cierto modo Él nos hace sentir menos culpables: cuando dos deberes parecen contradictorios, el criterio de elección debe ser el cumplimiento de la Misión. Cuando este último lo exige, uno no debe sentirse mal de tener que pasar por alto otras obligaciones.
Hemos escuchado en este evangelio: «Te seguiré, Señor, pero antes déjame despedirme de mi familia.». Nos cuesta creer que incluso al cruzar un campo de rosas sus espinas rasguen nuestra ropa y quién sabe, hasta podríamos salir lastimados. Jesús nos hace entender que debemos saber cómo romper las ataduras y comprometernos sin retorno. Y Jesús nos dice esta frase enérgica: «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios.» Él admite las renuncias sin retorno que su misión exigió a todo momento: No olvidemos que este es el momento en que Él acaba de tomar el camino hacia Jerusalén, es decir, hacia la Pasión y la Cruz, desde la comodidad de la casa familiar de Nazaret hasta el ascenso a Jerusalén. Jesús vivió en carne propia múltiples desgarros.
Émilie Gamelin no dudó en tomar la antorcha del Amor y de la Misión para mantenerla encendida hasta su último aliento. Demos gracias a nuestro Dios por darnos esta gracia, la de ser parte de su familia y de seguirla, iluminados por la gloria de Jesucristo.

Asociados Providencia anexados al grupo de Nuestra Señora de la Providencia

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Reflexión del domingo 16 de junio de 2019

evangelio según San Juan, 16, 12-15

«Aún tengo muchas cosas que decirles, pero es demasiado para ustedes por ahora. Y cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad. El no viene con un mensaje propio, sino que les dirá lo que escuchó y les anunciará lo que ha de venir. El tomará de lo mío para revelárselo a ustedes, y yo seré glorificado por él. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso les he dicho que tomará de lo mío para revelárselo a ustedes.»»
Reflexión:
Este pasaje del evangelio refleja la experiencia de las primeras comunidades cristianas. En la medida en que iban siguiendo las enseñanzas de Jesús, tratando de interpretar y aplicar su Palabra en diversas circunstancias de sus vidas, experimentaban la presencia y la luz del Espíritu. Y esto pasa hoy en las comunidades que tratan de encarnar la palabra de Jesús en sus vidas. Desde siempre la raíz de esta experiencia son las palabras de Jesús: “Todo lo que tiene el Padre es mío, también. Por eso les he dicho que tomará de lo mío para revelárselo a ustedes”.
Además, celebramos en este domingo la fiesta de la Santísima Trinidad, gran misterio de nuestra fe, difícil de entender y también de explicar. Pensándolo bien no es fácil hablar de éste misterio.
Quizás, deberíamos centrarnos en ver que Dios es un Padre cercano, acogedor, amoroso, que nos ofrece un proyecto para seguir y buscar el bien para toda la humanidad y no sólo para unos pocos. Lo único que nos pide es fidelidad a Él y vivir haciendo el bien sin buscar recompensas. Siendo sinceros en nuestro testimonio.
Vemos en la lectura de este evangelio como Jesús al despedirse los está preparando para que sigan los pasos iniciados por Él, también a nosotros nos ha ido preparando a través de la familia y la comunidad. Vivimos tiempos difíciles pero hay que tener esperanza que la verdad triunfará, la justicia vencerá y el amor prevalecerá sobre la maldad.
Tengamos la certeza de que Dios siempre está animándonos y dándonos la fuerza para avanzar. Les invito a reflexionar sobre estas cuestiones, profundas y necesarias: ¿Cuál es mi don espiritual —el don del Espíritu Santo que es único para mí? ¿Dónde veo los dones del Espíritu manifestados en mi vida? Pido al Señor que revele el don espiritual que mejor se adapte a mí y oro por la gracia de usar ese don al servicio de los demás. Por seguro nuestra fundadora, la Beata Emilia Gamelin ha hecho este ejercicio durante toda su vida.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 09 de junio de 2019

evangelio según San Juan, 20, 19-23

«Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor. Jesús les volvió a decir: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envío a mí, así los envío yo también.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos.»»
Reflexión:
Al terminar el tiempo pascual llega Pentecostés, la gran fiesta del Espíritu, la celebración de una historia en la que el Espíritu de Dios es nuestro guía e inspirador. Miremos más allá que aquel momento inicial cuando los discípulos experimentaron con una fuerza extraordinaria la presencia del Espíritu de Dios que les animaba a salir del cuarto cerrado en que estaban por miedo a los judíos y a predicar la Buena Nueva a todos, en todas las lenguas y en todas las culturas. Porque el amor y la salvación de Dios son para todos.
En esta fecha recordemos aquellos en los que el pueblo de Dios ha reconocido la presencia del Espíritu y la fidelidad humana. Gracias a ellos hoy seguimos reconociendo la presencia del Espíritu en la Iglesia, desde los que escribieron los Evangelios y los que dieron el testimonio de la primera hora, como fueron los evangelistas, hasta los santos de los últimos siglos, como nuestra valerosa Beata Emilia Gamelin. No podemos dejar de mirar a los que se sientan a nuestro lado durante la misa, a los miembros de nuestra comunidad cristiana. En ellos, en nosotros, también está presente el Espíritu, alentándonos a ser mejores, a amar más, a ser más generosos.
Las lenguas de fuego son un símbolo para expresar la fuerza del Espíritu de Dios que llega hasta el corazón de la persona humana y es capaz de transformarla. Cuando se abren las puertas del corazón al Espíritu, ya nada es igual. Todo se ve desde otra perspectiva, la del amor y la misericordia de Dios. Nuestra historia personal se transforma en el fuego del Espíritu.
Hoy es día para dar gracias a Dios por el don de su Espíritu, porque nos ha hecho participar en esta historia de hombres y mujeres santos y nos llama también a nosotros a la santidad. Abramos el corazón al Espíritu de Jesús y él nos enseñará, como dice el Evangelio, a vivir como cristianos, él nos hará recordar en todo momento a Jesús y nos ayudará a guardar el mandamiento del amor.
Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 02 de junio de 2019

evangelio según San Juan, 17, 20-26

En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, Jesús oró diciendo: Padre santo, no sólo ruego por ellos, sino también por los que han de creer en mí por medio de sus palabras. Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti: Que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo les di la gloria que tú me diste para que sean uno como lo somos nosotros. Yo en ellos y tú en mí, para que sean plenamente uno, para que el mundo conozca que tú me enviaste y los amaste cómo me amaste a mí. Padre, quiero que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy; para que contemplen mi gloria; la que me diste, porque me amaste antes de la creación del mundo. Padre justo el mundo no te ha conocido; yo te he conocido y estos han conocido que tú me enviaste. Les di a conocer tu nombre y se lo daré a conocer, para que el amor con qué tú me amaste este en ellos y yo en ellos.”
Reflexión
Qué hermosa oración pronunciada por el mismo Jesús. Él ora ante sus discípulos, significa que los lleva a su intimidad, les hace compartir sus deseos más profundos. Habla del mundo, de lo que quiere con todas sus fuerzas, es decir, que el mundo crea, él nos dice: «Seamos todos uno, como Tú, Padre, estás en mí, y yo en ti. Que sean uno en nosotros ellos también, para que el mundo crea que tú me has enviado. Un poco más tarde, repite: «Que su unidad sea perfecta; Así, el mundo sabrá que me enviaste.» ¿Y por qué es tan importante que el mundo reconozca a Jesús como el mensajero del Padre? Primero, porque en ese momento el mundo sabrá cuánto Dios lo ama. El envío de su Hijo es la prueba más hermosa del amor que Dios puede dar al mundo: «El mundo sabrá que me enviaste y que los amastes como me amaste a mí. »

Al releer estas líneas, nos sorprende la insistencia de Jesús en las palabras de amor y unidad; una vez más, debemos reconocer que la historia de Dios con nosotros es una gran aventura, una historia de amor. ¡Dios es amor, nos ama y envía a su hijo para que nos lo diga en voz viva! Esto es lo que Jesús dirá unas horas más tarde a Pilato, durante su interrogatorio: «Nací y vine al mundo para dar testimonio de la verdad. » (Jn 18,37)

Todos estamos invitados a llevar y compartir este amor infinito, el amor más grande jamás conocido por nuestro prójimo. En la alegría de distribuir este mismo amor, el mas grande de los tesoros, ¡les deseo una buena semana a todos y a todas!

Lise Lessard, sp

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Reflexión del domingo 26 de mayo de 2019

evangelio según San Juan, 14, 23-29

Jesús le respondió: «Si alguien me ama, guardará Mi palabra; y Mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos con él morada. El que no me ama, no guarda Mis palabras; y la palabra que ustedes oyen no es Mía, sino del Padre que me ha enviado. »Estas cosas les he dicho estando con ustedes. Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en Mi nombre, Él les enseñará todas las cosas, y les recordará todo lo que les he dicho. »La paz les dejo, Mi paz les doy; no se las doy a ustedes como el mundo la da. No se turbe su corazón ni tenga miedo. Oyeron que les dije: “Me voy, y vendré a ustedes”. Si me amaran, se regocijarían, porque voy al Padre, ya que el Padre es más grande que Yo. »Y se los he dicho ahora, antes que suceda, para que cuando suceda, crean.

Reflexión:
Cuando amamos es con entusiasmo que hacemos la voluntad de la persona amada. Y esta es la señal que Jesús le pide a sus discípulos que den prueba de su amor en: el cumplimiento de los Mandamientos de Dios.
Ya que debemos realizar en nuestra vida los Mandamientos del Señor, necesitamos saber más y más acerca de Su Palabra. No tendremos demasiado de todos los días en nuestra vida para profundizarlo y hacerlo pasar en la vida diaria de nuestras vidas. Para esto debemos ser disciplinados y perseverantes, ya que a nuestros ojos, la Palabra a veces puede ser ardua y difícil de entender. También necesitamos una buena dosis de humildad para ocasionalmente pedir ayuda para esclarecer nuestro pensamiento y tomar así las decisiones correctas, elegir el camino correcto.
Sin embargo, hay que admitir que es una promesa maravillosa! “… acudiremos a él y en su lugar haremos un hogar.” A menudo hacemos promesas vanas por la debilidad de nuestra naturaleza y porque las olvidamos rápidamente… pero las Promesas de Dios tiene una eternidad para ser cumplidas… Él es Dios y el cielo y la tierra pasarán, pero su palabra nunca pasará. Él prometió… esta hecho…
En cuanto a nosotros, si cumplimos la voluntad de Dios, Él permanecerá en nosotros y nos convertiremos en su hogar, un templo viviente. Esto nos permitirá darlo a conocer en todo momento y, si tomamos conciencia de ello, será más fácil vivir en su presencia… Esta realidad, debemos pensarla con frecuencia y, entonces, no será imposible de amar a aquellos qué nos parecen “difíciles” porque veremos la Santísima Trinidad en ellos y así como podríamos no respetarlos?
Estamos llamados a vivir en paz, serenidad y alegría. En vez de rebelarnos, llorar, encerrarnos en nosotros mismos, culpar a Dios, a los demás y culparnos a nosotros mismos, se nos pide que estemos disponibles para amar más.
S.L.G.

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Reflexión del domingo 19 de mayo de 2019

evangelio según San Juan, 13,31-33a.34-35

Cuando Judas salió, Jesús dijo: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él. Por lo tanto, Dios lo va a introducir en su propia Gloria, y lo glorificará muy pronto. Hijos míos, yo estaré con ustedes por muy poco tiempo. Me buscarán, y como ya dije a los judíos, ahora se lo digo a ustedes: donde yo voy, ustedes no pueden venir. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado. En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros.»

¿Cómo podemos amar como Él nos ama?
Jesús está a punto de despedirse de sus discípulos y les deja un mandamiento nuevo que es como su testamento. Les dice que se amen unos a otros como Él les ha amado. Esta será la señal por la que conocerán que somos discípulos de Jesús. Entonces, lo más distintivo de los cristianos no es que nos reunamos los domingos para celebrar la misa. Tampoco que conozcamos personalmente el Papa, obispos y sacerdotes. Ni siquiera es nuestra característica de que celebremos siete sacramentos. Jesús no deseaba que fuéramos conocidos por ninguna de esas cosas. Jesús deseaba que los que no pertenecen a nuestra comunidad nos conozcan por otra señal, más humilde si se quiere, pero más importante y mucho más humana: por el modo como nos tratamos unos a otros, por el modo como nos amamos y amamos a todos sin distinción: “que se amen los unos a los otros”.
Este es el signo que la comunidad cristiana es la semilla de un mundo nuevo. Porque sólo Dios es capaz de dar vida a ese amor que hace que todo se comparta y que todos vivan más en abundancia.
No está demás preguntarse: ¿Los cristianos estamos hechos de otra madera? ¿Somos superiores a los demás? En absoluto. Somos iguales. Pero la presencia de Dios está con nosotros. Y cuando le dejamos actuar en nuestros corazones, experimentamos que un amor mayor que nuestras fuerzas brota de dentro de nosotros. Es el amor de Dios. Es el amor que es signo de la tierra nueva y del cielo nuevo. Es, por ejemplo, el amor con que Madre Emilia amó a los podres, los huérfanos, los ancianos, los enfermos y todos aquellos que sufrían. Es el amor con que muchas madres aman a sus hijos. Sin medida, sin tiempo, sin límite, con absoluta generosidad.
Pero como no somos superiores a los demás, como cometemos errores y a veces nos hacemos daño unos a otros, hay una dimensión del amor que la comunidad cristiana debe saber vivir de una manera especial. Es la dimensión del perdón, de la reconciliación. Saber perdonar y perdonarse es una forma de amar que reconoce los límites propios y la supera porque el amor va más allá de los límites que marcan nuestras debilidades. Vivir el perdón y la reconciliación en la comunidad cristiana es la mejor forma de dar testimonio del amor que nos une.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 12 de mayo de 2019

evangelio según San Juan, 10, 27-30

Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el Buen Pastor (el verdadero pastor)» Él les dice de nuevo: «Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco. Ellas me siguen, y yo les doy vida eterna. Nunca perecerán y nadie las arrebatará jamás de mi mano. Aquello que el Padre me ha dado lo superará todo, y nadie puede arrebatarlo de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos una sola cosa.»

Reflexión:

Jesús, el Buen Pastor, no solo para las personas de su tiempo, sino también para cada una de nosotras y cada uno de nosotros. Él nos conoce a todas y a todos por nuestro nombre, vela constantemente por nuestro bien y nos protege de los peligros de este mundo tan agitado y a veces perturbado. ¿Qué más podemos pedir? Con Él sentimos seguridad.
El inicio de este texto evangélico precisa lo siguiente: «Mis ovejas escuchan mi voz; ellas me siguen.» ¿No son acaso la oración y el silencio los mejores momentos para escuchar la voz del Buen Pastor?
Vale la pena ensayar esta receta – oración, silencio… Quizás nos sorprendamos con los resultados. No tengamos miedo, Jesús lleva muy bien su nombre: El Buen Pastor… ¡Depositemos nuestra confianza en Él!

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 5 de mayo de 2019

evangelio según San Juan (21, 1-19)

Después de esto, nuevamente se manifestó Jesús a sus discípulos en la orilla del lago de Tiberíades. Y se manifestó como sigue: Estaban reunidos Simón Pedro, Tomás el Mellizo, Natanael, de Caná de Galilea, los hijos del Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar.» Contestaron: «Vamos también nosotros contigo.» Salieron, pues, y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.
Al amanecer, Jesús estaba parado en la orilla, pero los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo que comer?» Le contestaron: «Nada.» Entonces Jesús les dijo: «Echen la red a la derecha y encontrarán pesca.» Echaron la red, y no tenían fuerzas para recogerla por la gran cantidad de peces.
El discípulo al que Jesús amaba dijo a Simón Pedro: «Es el Señor.» Apenas Pedro oyó decir que era el Señor, se puso la ropa, pues estaba sin nada, y se echó al agua. Los otros discípulos llegaron con la barca —de hecho, no estaban lejos, a unos cien metros de la orilla; arrastraban la red llena de peces.
Al bajar a tierra encontraron fuego encendido, pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar.» Simón Pedro subió a la barca y sacó la red llena con ciento cincuenta y tres pescados grandes. Y a pesar de que hubiera tantos, no se rompió la red.
Entonces Jesús les dijo: «Vengan a desayunar». Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle quién era, pues sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo repartió. Lo mismo hizo con los pescados.
Esta fue la tercera vez que Jesús se manifestó a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos.
Cuando terminaron de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» Contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.»
Le preguntó por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Pedro volvió a contestar: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Jesús le dijo: «Cuida de mis ovejas.»
Insistió Jesús por tercera vez: «Simón Pedro, hijo de Juan, ¿me quieres?» Pedro se puso triste al ver que Jesús le preguntaba por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero.» Entonces Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.
En verdad, cuando eras joven, tú mismo te ponías el cinturón e ibas a donde querías. Pero cuando llegues a viejo, abrirás los brazos y otro te amarrará la cintura y te llevará a donde no quieras.» Jesús lo dijo para que Pedro comprendiera en qué forma iba a morir y dar gloria a Dios. Y añadió: «Sígueme.».

Reflexión:

Luego de liberarse de sus temores y de su incredulidad, gracias a la acción del Espíritu Santo, los apóstoles inician su misión. Un titular de primera plana se dirige a los mensajeros de la Buena Nueva, aunque en ese entonces no existían ni los periódicos, ni la radio ni Internet. Los discípulos recorren las calles de las ciudades y de las aldeas y proclaman muy en alto lo que vieron y escucharon: «Jesús está vivo». ¡Qué empeño y qué determinación de su parte! Ya no pueden permanecer en silencio, dicen ellos. ¿No es acaso esta una gran lección para nosotros, ya que cuando se trata de manifestar nuestra cristiandad solemos hacerlo de manera muy tímida? Hoy, como consecuencia del desplazamiento de multitudes, de tantos migrantes en busca de dignidad humana y de justicia, nos hallamos rodeados de culturas y de confesiones diferentes. Vale la pena destacar con qué convicciones algunos se comprometen hasta el punto de arriesgar su propia vida. Su compromiso va más allá de los signos religiosos que portan, y que causan malestar entre quienes se muestran refractarios a toda práctica religiosa, o entre quienes temen que su fe sea suplantada por otras creencias. Los verdaderos signos son invisibles a los ojos de carne. Se hallan inscritos en las profundidades del alma. Jesús envía a todos los discípulos: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15) «[…] y ¡pobre de mí si no proclamo el Evangelio! (1 Cor, 9, 16)

Los apóstoles vivieron primero nuestra misma fragilidad humana. Cuestionémonos entonces. Oseas nos hace tomar conciencia de nuestra fragilidad: «El cariño que me tienen es como una nube matinal, como el rocío que sólo dura algunas horas.» (Os, 6,4). ¿Cuál es el nivel de mi fe, de mi calidad de apóstol? Pero antes de ejercer su ministerio apostólico, ellos pasaron por una etapa de cuestionamiento, de espera. Ellos soñaban con un reino terrenal. Al igual que los discípulos, tenemos quizás tendencia a encerrarnos, a ponerle seguro a nuestras puertas. ¿Acaso todos los temas que acaparan la atención de nuestro mundo moderno hacen que nosotros también soñemos con un reino terrenal? Es en Jesús en quien encontramos ese deseo vehemente de anunciar, de pasar la llama a quienes se encuentran en nuestro camino.

Simón Pedro dice: «Voy a pescar.» Seguramente, en ese momento no sentía la pasión de irse de pesca. Los otros lo siguen. Un momento de desaliento. Es humano. Es necesario hacer algo para olvidar la reciente desventura, la pérdida de un líder, en fin, para romper la monotonía. Su poca motivación hace que regresen con las manos vacías. «¡Qué lentos son para creer!» Este reproche va dirigido a todos nosotros, como también a los apóstoles. Él les había dicho: «Pero es verdad lo que les digo: les conviene que yo me vaya, porque mientras yo no me vaya el Protector no vendrá a ustedes. Yo me voy, y es para enviárselo.» (Jn 16, 7) «Y cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad.» (Jn 16, 13) Les conviene que Él se vaya para que reciban al Espíritu (pero Jesús envía el Espíritu a través del cual pueden enfrentar los desafíos más amenazadores, aunque les cueste la vida). Un viento de Pentecostés les dio la fuerza y la audacia para anunciar en lenguas que todos podían entender (Hch 2, 1-11).

Cristo resucitado invita a Simón Pedro a manifestar su compromiso «Simón Pedro, hijo de Juan, ¿me quieres?», «Cuida de mis ovejas.». Las Escrituras van dirigidas a todos los depositarios de la Buena Nueva: Jesús está vivo. «La fe que no produce obras está muerta.» (Sant 2, 17). ¿Cuántas veces, como lo hizo con sus discípulos, no nos manifiesta Jesús su presencia amorosa y fraterna a través de medios concretos, a nuestro alcance, como la invitación a comer a orilla del lago? Esto quiere decir que en nuestro compromiso vivimos momentos de reposo, de esparcimiento y de éxito.

Al igual que Cristo, la Iglesia debe emprender un camino que permita conducir a todos los humanos hacia Aquel que nos da vida plena. Nuestro testimonio adquiere credibilidad en función de nuestras convicciones. ¿El gran problema no reside acaso en la ignorancia religiosa en el mundo, o bien en la indiferencia? Es absolutamente indispensable profundizar la fe para poderla transmitir de una mejor manera. Vive en una sociedad que padece toda clase de trastornos. Jesús cumple radicalmente la Pascua: todo está consumado en principio. Su anuncio y su acogida tienen como fin cambiar a la humanidad. Viviendo la Palabra nos identificamos con Jesucristo, y de esta forma nuestro testimonio es verdadero y portador de frutos.

Jesús quiere explicarle a Pedro qué clase de muerte le espera: extender los brazos como Jesús e ir hasta el fin de su misión, para acoger este pasaje que lleva hacia la resurrección, renacer de nuevo, tal como le dice Jesús a Nicodemo. Esta es la verdadera realidad.
Annette Aspirot, sp.

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Reflexión del domingo 28 de abril de 2019

evangelio según San Juan, 20, 19-31

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, y estando cerradas las puertas del lugar donde los discípulos se encontraban por miedo a los Judíos, Jesús vino y se puso en medio de ellos, y les dijo: «Paz a ustedes.» Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Entonces los discípulos se regocijaron al ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «Paz a ustedes; como el Padre Me ha enviado, así también Yo los envío.» Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, éstos les son perdonados; a quienes retengan los pecados, éstos les son retenidos.» Tomás, uno de los doce, llamado el Dídimo (el Gemelo), no estaba con ellos cuando Jesús vino. Entonces los otros discípulos le decían: «¡Hemos visto al Señor!» Pero él les dijo: «Si no veo en Sus manos la señal de los clavos, y meto el dedo en el lugar de los clavos, y pongo la mano en Su costado, no creeré.» Ocho días después, Sus discípulos estaban otra vez dentro (en la casa), y Tomás con ellos. Estando las puertas cerradas, Jesús vino y se puso en medio de ellos, y dijo: «Paz a ustedes.» Luego dijo a Tomás: «Acerca aquí tu dedo, y mira Mis manos; extiende aquí tu mano y métela en Mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» «¡Señor mío y Dios mío!» Le dijo Tomás. Jesús le dijo: «¿Porque Me has visto has creído? Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron.» Y muchas otras señales (milagros) hizo también Jesús en presencia de Sus discípulos, que no están escritas en este libro; pero éstas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo (el Mesías), el Hijo de Dios; y para que al creer, tengan vida en Su nombre.

Reflexión
Qué hermoso mandato esta misión de Pascua, pero qué difícil en un mundo que tiende a no creer en la paz y la reconciliación. En nuestras casas, en nuestras comunidades, en nuestro trabajo, debemos de admitir que no es fácil de mantener un pensamiento de paz frente a otros que solo buscan las peleas, la división y la discordia.

Sin embargo, como cristianos y cristianas, somos portadores del aliento de Cristo, de su Espíritu, de sus valores. Somos “el Cuerpo de Cristo, el Templo del Espíritu…” diría San Pablo, y eso nos lleva a superarnos a nosotros mismo, a buscar vías para no rendirnos a la tentación, tan fácil, responder de la misma manera a aquellos que buscan desequilibrarnos de todas las maneras, hacernos daño en nuestra elección de vivir la paz y difundirla, como Él nos ha pedido.

Creemos y oremos, porque la Pascua es un momento privilegiado en el que cada grupo debe comprometerse a encontrar la frescura del movimiento cristiano en sus orígenes, respetando los carismas de cada uno y la gran diversidad de gracias particulares.

Cristo nos invita a crear con él un mundo nuevo, un mundo de paz, fraternidad y amor.

Buena semana!

Una Hermana de la Providence

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Reflexión del domingo 14 de abril de 2019

evangelio según San Lucas 22, 14-23, 56 (primera parte)
«Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los apóstoles y les dijo: «Yo tenía gran deseo de comer esta Pascua con ustedes antes de padecer. Porque, se lo digo, ya no la volveré a comer hasta que sea la nueva y perfecta Pascua en el Reino de Dios.» Jesús recibió una copa, dio gracias y les dijo: «Tomen esto y repártanlo entre ustedes, porque les aseguro que ya no volveré a beber del jugo de la uva hasta que llegue el Reino de Dios.» Después tomó pan y, dando gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes. (Hagan esto en memoria mía.» Hizo lo mismo con la copa después de cenar, diciendo: «Esta copa es la alianza nueva sellada con mi sangre, que es derramada por ustedes»). Sepan que la mano del que me traiciona está aquí conmigo sobre la mesa. El Hijo del Hombre se va por el camino trazado desde antes. Pero ¡pobre del hombre que lo entrega!» Entonces empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos iba a hacer tal cosa.»
Reflexión:
Hemos elegido hacer una humilde reflexión sobre una parte del Evangelio sugerido para el día domingo 14 de abril.
Cuantas veces nosotros mismos nos hemos reunido para celebrar como hermanos y cristianos las fiestas importantes de nuestro calendario. Es una tradición y hay que seguir cumpliéndola. Jesús, nuestro Maestro hizo lo mismo, reunió su gente más cercana, sus apóstoles, y mesclado a la alegría y al regocijo de la cena de Pascua, Él anunció la traición de uno de los suyos…
Como en la breve vida de Jesús, nuestra vida se va haciendo también de esas inconstancias e incoherencias. Pero frente a todo ello está la coherencia y constancia de Jesús, el Hijo de Dios, el enviado del Padre, empeñado en mostrarnos su amor hasta el final, hasta dar la vida totalmente por nosotros. Dios es obstinado en su amor. No se mueve ni un centímetro y, aunque nosotros digamos que no le conocemos de nada, sigue reconociéndonos como hijos y hermanos, como miembros queridos de su familia.
Ahí está la clave de la celebración de la Semana Santa. Recordamos el amor de Dios por nosotros. Más fuerte que la muerte y, por supuesto, más fuerte que nuestro mismo pecado. El punto clave para entenderlo está en la mirada que lanza Jesús a Pedro cuando éste le ha negado por tercera vez. Fue una mirada llena de cariño. Le conocía bien en su debilidad. Pero no por eso le amaba menos. Hoy esa mirada nos llega a cada uno de nosotros. Nos conoce bien. Por dentro y por fuera. Y nos mira con cariño y amor total.
A la traición Jesús respondió con amor, con su vida, dándonos todo. Lo mismo lo hicieron personas muy importantes en la Congregación de las Hermanas de la Providencia, Madre Emilia, Madre Bernarda, Madre Joseph, dieron su vida, su energía, su salud a aquellos que las necesitaban, como un niño necesita a su madre. Pero también fueron generosas con aquellos que no tan bien se portaron con ellas, pero a todo esto, estas santas mujeres respondieron con perdón y amor, como Jesús.
Agradecemos Señor poder contar con tantos ejemplos llenos de la Divina Luz para reflexionar al comenzar la Semana Santa.
Un grupo de Asociados Providencia

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Reflexión del domingo 07 de abril de 2019

evangelio según San Juan, 8, 1-11

«Jesús, por su parte, se fue al monte de los Olivos. Al amanecer estaba ya nuevamente en el Templo; toda la gente acudía a él, y él se sentaba para enseñarles. Los maestros de la Ley y los fariseos le trajeron una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La colocaron en medio y le dijeron: «Maestro, esta mujer es una adúltera y ha sido sorprendida en el acto. En un caso como éste la Ley de Moisés ordena matar a pedradas a la mujer. Tú ¿qué dices?» Le hacían esta pregunta para ponerlo en dificultades y tener algo de qué acusarlo. Pero Jesús se inclinó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como ellos insistían en preguntarle, se enderezó y les dijo: «Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le arroje la primera piedra.» Se inclinó de nuevo y siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos, hasta que se quedó Jesús solo con la mujer, que seguía de pie ante él. Entonces se enderezó y le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, señor.» Y Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no vuelvas a pecar.»»

Reflexión

En este Evangelio Jesús nos enseña que ante cualquier momento importante de la vida hay que retirarse para orar y fortalecer el espíritu. Frente a los Fariseos Jesús está en paz, tranquilo, él sabe que lo van hacer caer en duda y está preparado: le presentan a una mujer, condenándola por infidelidad, me imagino que su caída fue con un hombre pero los fariseos solo condenan a la mujer y le hablan de la ley.

Entonces Jesús, primero que nada, respeta la dignidad de la mujer y coloca en ella la misericordia, hace suya la vergüenza que la mujer está viviendo, demuestra el respeto a la dignidad de la persona y sin mirarlos les dice que el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, hace que estos hombres tengan que mirarse hacia adentro de sus propias vidas y así se fueron descubriendo que cada uno era pecador. Luego levanta la vista Jesús y le pregunta a la mujer: – ninguno te ha condenado? Yo, tampoco, le dice, vete en Paz y no peques más en adelante, Él le devuelve el estado de gracia, ella entonces se sintió limpia, Jesús la había sanado y le dice: -no peques más, o sea, sé digna, sé mujer amada por Dios.

Como Emilia busquemos el camino del perdón, de hacernos perdonar y de perdonar, en total confianza.

Marta Alvear, sp,

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Reflexión del domingo 31 de marzo de 2019

evangelio según San Lucas 15, 1-3. 11-32

«Los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharle. Por esto los fariseos y los maestros de la Ley lo criticaban entre sí: «Este hombre da buena acogida a los pecadores y come con ellos.»  Entonces Jesús les dijo esta parábola:» «Había un hombre que tenía dos hijos. .El menor dijo a su padre: «Dame la parte de la hacienda que me corresponde.» Y el padre repartió sus bienes entre los dos. El hijo menor juntó todos sus haberes, y unos días después, se fue a un país lejano. Allí malgastó su dinero llevando una vida desordenada. Cuando ya había gastado todo, sobrevino en aquella región una escasez grande y comenzó a pasar necesidad. Fue a buscar trabajo, y se puso al servicio de un habitante del lugar que lo envió a su campo a cuidar cerdos.  Hubiera deseado llenarse el estómago con la comida que daban a los cerdos, pero nadie le daba algo. Finalmente recapacitó y se dijo: ¡Cuántos asalariados de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre! Tengo que hacer algo: volveré donde mi padre y le diré: «Padre, he pecado contra Dios y contra ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus asalariados.» Se levantó, pues, y se fue donde su padre. Estaba aún lejos, cuando su padre lo vio y sintió compasión; corrió a echarse a su cuello y lo besó. Entonces el hijo le habló: «Padre, he pecado contra Dios y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo.» Pero el padre dijo a sus servidores: «¡Rápido! Traigan el mejor vestido y pónganselo. Colóquenle un anillo en el dedo y traigan calzado para sus pies. Traigan el ternero gordo y mátenlo; comamos y hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado.» Y comenzaron la fiesta. El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, cuando se acercaba a la casa, oyó la orquesta y el baile. Llamó a uno de los muchachos y le preguntó qué significaba todo aquello. Él le respondió: «Tu hermano ha regresado a casa, y tu padre mandó matar el ternero gordo por haberlo recobrado sano y salvo.» El hijo mayor se enojó y no quiso entrar. Su padre salió a suplicarle. Pero él le contestó: «Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y a mí nunca me has dado un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. Pero ahora que vuelve ese hijo tuyo, que se ha gastado tu dinero con prostitutas, haces matar para él el ternero gordo.» El padre le dijo: «Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero había que hacer fiesta y alegrarse, puesto que tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado.»»

Reflexión:

Hoy se habla de la conversión del hijo pródigo. El hijo menor se había ido y, sin darse cuenta, se había extraviado y había derrochado lo mejor que tenía: el amor de su familia, el cariño de su padre, la seguridad que da el sentirse querido. Creyó que podía vivir por su cuenta. Estaba seguro de que con sus propias fuerzas podría conseguir todo lo que se propusiera. Y se encontró con el fracaso. Menos mal, que hundido en su pena, se dio cuenta de lo que tenía que hacer: volver a la casa de su padre, pedir perdón y trabajo sin pensar en consentimientos.

Al volver, el hijo pródigo prepara unas frases: “Padre, he pecado contra Dios y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo”. Sin embargo, cuando el hijo encuentra a su padre, empieza a decir las frases que tenía pensadas. Pero el padre le corta. Lo que es más importante, no le deja terminar. Y así desaparece la última frase de las que el hijo pródigo tenía preparadas: “Trátame como a uno de tus asalariados”. No sabemos si no la llegó a decir o si el padre no la quiso oír. Porque lo que importa en el encuentro entre el padre y el hijo es la alegría, el gozo del padre. Como si nada hubiera sucedido, el padre pide que se celebre una gran fiesta en la casa. Es la alegría del perdón, del reencuentro. Porque para el padre lo más importante es tener a la familia unida.

Para nosotros, Cuaresma sigue siendo una oportunidad para convertirnos. No hay que preparar muchas frases. Dios se va a alegrar de que volvamos a casa. Va a preparar una fiesta. Todos estamos hechos del mismo “material” humano, No somos dioses. Nuestras limitaciones nos llevan a hacer el mal que no queremos cometer pero que, de vez en cuando, cometemos. Nadie se puede presentar ante Dios con su hoja limpia de pecado. Nadie puede presentarse ante Dios como el erguido fariseo: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres”… que son pecadores. Lo nuestro es como lo del publicano. Reconociendo nuestras faltas y con el corazón dolorido por lo hecho y arrepentidos de verdad, decirle a nuestro Padre Dios: “Ten compasión de este pecador”. Y ya que estamos en dialogo amoroso con nuestro Dios, pedirle también que nos siga regalando su ternura, su amor y las fuerzas necesarias para serle fiel a su amistad.

Gracias Señor por el regalo de pertenecer a la Familia Providencia en estos días especiales de agradecimiento y bendiciones.

Un Asociado Providencia

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Reflexión del domingo 24 de marzo de 2019

evangelio según San Lucas,  13: 1-9

En ese momento algunos le contaron a Jesús una matanza de galileos. Pilato los había hecho matar en el Templo, mezclando su sangre con la sangre de sus sacrificios. Jesús les replicó: « ¿Creen ustedes que esos galileos eran más pecadores que los demás porque corrieron semejante suerte? Yo les digo que no. Y si ustedes no renuncian a sus caminos, perecerán del mismo modo. Y aquellas dieciocho personas que quedaron aplastadas cuando la torre de Siloé se derrumbó, ¿creen ustedes que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Yo les aseguro que no. Y si ustedes no renuncian a sus caminos, todos perecerán de igual modo.» Jesús continuó con esta comparación: «Un hombre tenía una higuera que crecía en medio de su viña. Fue a buscar higos, pero no los halló. Dijo entonces al viñador: «Mira, hace tres años que vengo a buscar higos a esta higuera, pero nunca encuentro nada. Córtala. ¿Para qué está consumiendo la tierra inútilmente?» El viñador contestó: «Señor, déjala un año más y mientras tanto cavaré alrededor y le echaré abono. Puede ser que así dé fruto en adelante y, si no, la cortas.» 

Reflexión:

La libertad y la sabiduría

Este texto es un guía para todos nosotros cristianos y cristianas, un guía de sabiduría, podríamos empezar por preguntarnos ¿qué hacemos con la libertad que Dios nos ofrece? El hecho de que Dios nos libere no quiere decir que automáticamente alcancemos la libertad. Al preso no basta con abrirle la puerta de la cárcel, tiene que levantarse y salir por su propia voluntad de su celda, él tiene que asumir su parte en su propia liberación. O según las palabras de Jesús: “Y si ustedes no renuncian a sus caminos, todos perecerán de igual modo”.  Si ponemos esta palabra en conexión con la parábola final, podemos comprender la inmensa misericordia de Dios que sigue tendiendo su mano salvadora, liberadora, hacia nosotros. El dueño llevaba ya tres años gastando tiempo y dinero en una higuera que no daba fruto. Quiere cortarla, arrancarla y ocupar el terreno en otra cosa. Pero el viñador quiere seguir probando. Piensa que todavía es posible que dé fruto. Sin duda es cuestión de paciencia y trabajo. La misma paciencia que Dios sigue teniendo con nosotros. Hasta que seamos capaces de vivir como hombres y mujeres libres y responsables.

El tiempo de Cuaresma no debe desanimarnos. Es cierto que al mirar a nuestras vidas descubrimos que algunas veces hemos desperdiciado la herencia preciosa que recibimos de nuestros padres y que no vivimos como debiéramos la fe cristiana que nos transmitieron. Pero no es menos cierto que tenemos un Liberador que nos sigue tendiendo su mano para que salgamos de nuestra cárcel. Para que caminemos en libertad, que vivamos en plenitud y que nuestro corazón guarde siempre la esperanza. Estas palabras nos confirman, una vez más, que Dios no abandona a su pueblo. Aunque a veces la vida se nos haga tan dura que así nos lo llegue a parecer.

Unámonos en este tiempo de reflexión y de introspección a todos los cristianos y cristianas a la espera del Reino de Dios.

Una hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 17 de marzo de 2019

evangelio según San Lucas,  9: 28-36

«Unos ocho días después de estos discursos, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y subió a un cerro a orar. Y mientras estaba orando, su cara cambió de aspecto y su ropa se volvió de una blancura fulgurante. Dos hombres, que eran Moisés y Elías, conversaban con él. Se veían en un estado de gloria y hablaban de su partida, que debía cumplirse en Jerusalén. Un sueño pesado se había apoderado de Pedro y sus compañeros, pero se despertaron de repente y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Como éstos estaban para irse, Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno que estemos aquí! Levantemos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Pero no sabía lo que decía. Estaba todavía hablando, cuando se formó una nube que los cubrió con su sombra, y al quedar envueltos en la nube se atemorizaron. Pero de la nube llegó una voz que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escúchenlo.» Después de oírse estas palabras, Jesús estaba allí solo. Los discípulos guardaron silencio por aquellos días, y no contaron nada a nadie de lo que habían visto.»

Reflexión:

Me gustaría empezar mi reflexión con algunas preguntas que me parece que tienen que ver de muy de cerca con el evangelio de esta semana: Ser cristiano, vivir y actuar como tal, ¿es algo que sólo es de fachada o aún cuando voy a misa? ¿Qué significa para mí ser cristiano en el trabajo? ¿Y con mi familia? ¿Qué tendría que cambiar en mi vida para que ser cristiano se transforme en algo más que de un grupo al cual pertenezco?

¿Interesante verdad? Así como lo es el Evangelio y la opción de ser cristianos. La mayoría de las veces la fe nos viene dada por haber nacido en una familia cristiana, y podemos afirmar que la fe pertenece a nuestra herencia cultural, pero es nuestra responsabilidad convertir esa herencia en una realidad viva. Del mismo modo que nuestros ancestros la vivieron y a través de ellos, de su testimonio vital, la hemos recibido, igualmente sólo seremos capaces de entregársela a la próxima generación en la medida en que la fe forme parte de nuestra vida cotidiana.

El Evangelio de hoy nos relata la historia de la transfiguración. El hecho de que Jesús se transfigurara ante los apóstoles pone de manifiesto que aquellos no poseían todavía la fe plena. No eran capaces de verle tal cual era. No eran capaces de verle todavía con los ojos de la fe. Lo veían apenas como un hombre. Un hombre grandioso, por seguro, pero apenas un hombre. Jesús se transfigura delante de ellos para que se den cuenta de quien es. A los apóstoles les queda todavía un largo camino de maduración en la fe, de ir creciendo al lado de Jesús, de aprender a vivir de acuerdo con el Evangelio. Lo mejor de esta historia es que Jesús no les deja solos en ese proceso. Está con ellos, los acompaña, los ayuda, los orienta. Es paciente con sus errores. Cuando caen, los levanta y los anima para que sigan caminando con él. La transfiguración no es más que una etapa en el camino de seguir a Jesús. Suben al monte y luego bajan. Sigue el camino, a veces difícil, pero los apóstoles saben ahora que tienen a Jesús con ellos. Que no les va a abandonar.

Nosotros estamos en una situación parecida. De nuestros padres, de nuestros mayores, hemos recibido una herencia cristiana, una herencia de fe. Fue el mejor tesoro que nos pudieron dar. Nos lo dieron con amor. Ahora es nuestra responsabilidad que esa fe esté viva, que ser cristianos sea algo más que un mero nombre. No siempre es fácil vivir como cristiano. En el trabajo, en casa, con los amigos, con los hijos. A veces surgen problemas. Hay momentos difíciles. Pero sabemos que Jesús siempre está con nosotros. Podemos confiar en él porque nunca nos abandona. En este tiempo de Cuaresma, la Iglesia nos pide que revitalicemos nuestra fe. Para que nuestra herencia cristiana no sea como ese tesoro que se entierra y no sirve para nada. Para que sea como el campo que trabajado, abonado y regado da muchos frutos de vida para nosotros y para nuestras familias.

Recordémonos de que  ese que vieron lleno de luz y pleno de blancura, es el que en la cruz parecía tener su último destino. No desanimemos, al final vence siempre la vida, el amor y la verdad.

Una hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 10 de marzo de 2019

evangelio según San Lucas (4, 1-13)

Jesús volvió de las orillas del Jordán lleno del Espíritu Santo y se dejó guiar por el Espíritu a través del desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días.

En todo ese tiempo no comió nada, y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan.» Jesús le contestó: «Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan.»

Lo llevó después el diablo a un lugar más alto, le mostró en un instante todas las naciones del mundo y le dijo: «Te daré poder sobre estos pueblos, y sus riquezas serán tuyas, porque me las han entregado a mí y yo las doy a quien quiero. Si te arrodillas y me adoras, todo será tuyo.» Jesús le replicó: «La Escritura dice: Adorarás al Señor tu Dios y a él sólo servirás

A continuación el diablo lo llevó a Jerusalén y lo puso en la muralla más alta del Templo, diciéndole: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, pues dice la Escritura: Dios ordenará a sus ángeles que te protejan; y también: Ellos te llevarán en sus manos, para que tu pie no tropiece en ninguna piedra.» Jesús le replicó: «También dice la Escritura: No tentarás al Señor tu Dios.» Al ver el diablo que había agotado todas las formas de tentación, se alejó de Jesús, a la espera de otra oportunidad.

Reflexión

¿Este inicio de la Cuaresma no es acaso la imagen viva del camino hacia la Pascua, aquella que yo vivo no solo durante cuarenta días, sino desde el día mismo en que fui bautizada puesto que, desde entonces, me comprometí a vivir la misión de Jesús? El tiempo litúrgico de la Cuaresma es un recordatorio, un momento importante en este camino hacia la Pascua, misterio de la muerte y resurrección, que comparte todo cristiano.

En un extraño diálogo se revelan las tentaciones del diablo, quien quiere poner a prueba a Jesús: «Si eres hijo de Dios…» Esta identidad del Hombre-Dios se traduce en mí a través del don de mi bautizo, que me hace Hija de Dios. Yo soy hija de Dios, yo vivo su misión en Iglesia. ¿La maravilla de mi vocación cristiana no es acaso mi razón de ser en la tierra?

Tres opciones le son ofrecidas al Hijo de Dios. La primera experiencia sería para Jesús responder a la tentación de colmarse de bienes terrestres (Manda a esta piedra que se convierta en pan). Con bastante frecuencia vivimos la tentación de Jesús, aquella de saciar nuestra hambre de bienes materiales. Pero Jesús propone un alimento infinitamente superior a aquel que es perecedero: nutrirse de la Palabra de Dios. Esta Palabra en la que se predica la importancia de compartir nuestros bienes materiales con las personas pobres, nuestros valores, nuestros talentos, nuestro tiempo. Muchas de mis hermanas y hermanos de aquí y de otras partes viven en una situación de pobreza material y moral dramática, opuesta a la de quienes viven en la saciedad.

La segunda experiencia sería para Jesús hacer valer su identidad como Dios (Te daré poder sobre estos pueblos, y sus riquezas serán tuyas, porque me las han entregado a mí y yo las doy a quien quiero. Si te arrodillas y me adoras, todo será tuyo.) Jesús se halla revestido de un poder divino, pero acepta ser un humano como nosotros. La humanidad que Jesús quiere vivir es una humanidad fraternal. Los humanos conocen esta tentación de hacerse atribuir más valores de los que en realidad poseen. Sus pretensiones quedan puestas en evidencia. Esta tentación permite satisfacer aquella necesidad sutil de sentirse superior a los demás. Conviene recordar nuestras pobrezas como seres mortales y frágiles que somos, sin olvidar que necesitamos, por encima de todo, la simplicidad de las personas pobres. Confía tu vida únicamente a Dios.

La tercera experiencia sería sobrepasar los límites de la lógica y no cumplir su misión: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, pues dice la Escritura: Dios ordenará a sus ángeles que te protejan.» Pretender conocer la verdad; creerse superhumano, omnipotente, es una actitud de gran arrogancia que no sería digna de Él. Cuando Pedro quiere desviarlo de su misión, Jesús le dice: «¡Apártate y ponte detrás de mí, Satanás! (Marcos 8, 33). Cada día necesito reavivar la llama de mi lámpara. Necesito períodos intensos de oración, como el de la Cuaresma; necesito solidaridad con la Iglesia, con mi Congregación, con mi comunidad local. Si no oro, despojo a mi lámpara de la mecha de fuego que la anima. La oración me permite solidarizarme con gente de todas las culturas, de todas las edades, de todas las fronteras. La oración es la lámpara que guía mi diario transcurrir en este camino hacia la Pascua, es la certeza de una vocación vivida, de una misión cumplida según los designios de Dios.

Hermana Annette Aspirot, sp.

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Reflexión del domingo 03 de marzo de 2019

evangelio según San Lucas 6, 39-45

«Jesús les puso también esta comparación: «¿Puede un ciego guiar a otro ciego? Ciertamente caerán ambos en algún hoyo. El discípulo no está por encima de su maestro, pero si se deja formar, se parecerá a su maestro. ¿Y por qué te fijas en la pelusa que tiene tu hermano en un ojo, si no eres consciente de la viga que tienes en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: »Hermano, deja que te saque la pelusa que tienes en el ojo», si tú no ves la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo para que veas con claridad, y entonces sacarás la pelusa del ojo de tu hermano. No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni tampoco árbol malo que dé frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de los espinos ni se sacan uvas de las zarzas. Así, el hombre bueno saca cosas buenas del tesoro que tiene en su corazón, mientras que el malo, de su fondo malo saca cosas malas. La boca habla de lo que está lleno el corazón.»

Reflexión:

Primeramente me siento muy agradecida de poder contribuir en estas reflexiones de la Familia Providencia. Puedo decir de que  antiguamente pero aún hoy en día, en los pueblos pequeños había que tener mucho cuidado con lo que se hacía y con las apariencias. Todos se sentían con la autoridad necesaria para opinar, juzgar y condenar a los demás por todo lo que les pareciera diferente de lo debido. Y eso a veces a partir de datos mínimos, de hechos accidentales, que en realidad nada tenían que ver con lo que la persona era o vivía.

En la actualidad hacemos eso también con los conocidos, los amigos, los políticos, las estrellas del cine o, en general, con cualquier personaje público. Muchos se atreven a dar consejos con una clarividencia tan absoluta que no entendemos cómo no han conseguido mayores triunfos en su propia vida. Sucede lo que dice el refrán: “Has lo que digo y no lo que yo hago.”. Los refranes no son otra cosa que el reflejo de la sabiduría popular. El Evangelio de hoy nos explica que en las palabras del hombre descubrimos su corazón y lo que hay en él. Es decir, que todas esas críticas y comentarios de que hemos hablado más arriba dicen más de la persona que hace el comentario que de la persona sobre la que se hace el comentario.

Jesús insiste en parecidas ideas. Jesús usa mucho el sentido común. No es extraño porque esa sabiduría popular tiene mucho de experiencia humana profunda. Y esa profundidad no puede estar anclada más que en Dios, que es nuestro creador. En ella Jesús encuentra las raíces de la sabiduría y de la relación del ser humano con Dios.

Me despido con una pregunta:  ¿Tengo valor para mirar a la viga que tengo en mi ojo?

Una hermana de la Providencia

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Evangelio según San Juan 14, 15-16, 23b-26

«Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos, y yo rogaré al Padre y les dará otro Protector que permanecerá siempre con ustedes […]

Si alguien me ama, guardará mis palabras, y mi Padre lo amará. En ton ces vendremos a él para poner nuestra morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras; pero el mensaje que escuchan no es mío, sino del Padre que me ha enviado.

Les he dicho todo esto mientras estaba con ustedes. En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.»

REFLEXIÓN ACERCA DEL EVANGELIO DE JUAN

Jesús resalta la importancia del Amor. El amor, que nos impulsa a actuar bien y de manera justa, es muy importante para nosotros y esencial para tener éxito en esta vida y para llegar al cielo.

Dios, el Padre, nos demostró su inmenso amor cuando envió a su único hijo, Jesús, a la tierra, para sufrir y morir por nosotros.

Jesús vivía siempre una vida de amor cuando salía a enseñar, a sanar, a reconfortar y a ayudar a la gente, con mucha paciencia y cuidado. Incluso cuando sufrió y murió por nosotros. ¡Y ese amor no fue suficiente! Luego, el Padre envió al Espíritu Santo para continuar la obra de Dios de ayudarnos, inspirarnos y guiarnos para practicar el amor, y al hacerlo así cumplir la santa voluntad de Dios, para finalmente alcanzar la salvación y permanecer en unión con la Santa Trinidad, en el Cielo.

Pat Nex ( AP, Calgary, Alberta)

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Reflexión del domingo 17 de febrero de 2019

evangelio según San Lucas (6,17.20-26)

« Jesús bajó con ellos y se detuvo en un lugar llano. Había allí un grupo impresionante de discípulos suyos y una cantidad de gente procedente de toda Judea y de Jerusalén, y también de la costa de Tiro y de Sidón. Habían venido para oírlo y para que los sanara de sus enfermedades. El, entonces, levantó los ojos hacia sus discípulos y les dijo: “Felices ustedes los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados. Felices ustedes, los que lloran, porque reirán. Felices ustedes, si los hombres los odian, los expulsan, los insultan y los consideran unos delincuentes a causa del Hijo del Hombre. Alégrense en ese momento y llénense de gozo, porque les espera una recompensa grande en el cielo. Recuerden que de esa manera trataron también a los profetas en tiempos de sus padres. Pero ¡pobres de ustedes, los ricos, porque tienen ya su consuelo! ¡Pobres de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque después tendrán hambre! ¡Pobres de ustedes, los que ahora ríen, porque van a llorar de pena! ¡Pobres de ustedes, cuando todos hablen bien de ustedes, porque de esa misma manera trataron a los falsos profetas en tiempos de sus antepasados!»

Reflexión:

Hoy, dejándonos guiar por el Evangelio, muy especialmente nos preguntamos:        ¿Quiénes son, cerca de nosotros, los pobres, los que pasan hambre, los que lloran? ¿Qué hacemos en nuestra comunidad para que se sientan los amados y preferidos de Dios? ¿Qué podríamos hacer?

Seguro nos cuesta responder estas preguntas fácilmente, sin embargo, sabemos de qué cuestionarnos hace parte de la solución.

Claramente Jesús nos dice que los que confían demasiado en sí mismos, en el poder del hombre, no tienen mucho futuro. Parece ser que están condenados al sufrimiento y a la muerte. Confían en sí mismos porque son ricos, porque comen en abundancia, porque se deleitan y porque pareciera que todos hablan bien de ellos. En el lado opuesto están los que son declarados “bienaventurados” o “felices” por Jesús.

Además, Jesús no dice dichosos los pobres que confían en Dios. Dice simplemente “Dichosos los pobres” y “los que tienen hambre” y “los que lloran”. Sin más. No es necesario ningún título más para merecer ser declarados “bienaventurados” por Jesús y recibir la promesa del Reino. Sólo la última de las bienaventuranzas se refiere a los discípulos de Jesús, a los que serán perseguidos por causa de su nombre. Esos también son “bienaventurados”.

El amor y la misericordia de Dios son para todos. Precisamente por eso se manifiesta, en primer lugar, a aquellos que no tienen nada, a los que les ha tocado la peor parte en este mundo. A ellos se dirige preferentemente el amor de Dios. A ellos les tenemos que amar preferentemente los cristianos porque son los “bienaventurados” de Dios. Porque son nuestros hermanos pobres y abandonados. Nosotros confiamos en que en el Reino nos encontraremos todos, ellos y nosotros, compartiendo la mesa de la “bienaventuranza”.

Feliz semana de reflexión a todos.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 10 de febrero de 2019

evangelio según San Lucas, 5:1-11

Cierto día la gente se agolpaba a su alrededor para escuchar la palabra de Dios, y él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret. En eso vio dos barcas amarradas al borde del lago; los pescadores habían bajado y lavaban las redes. Subió a una de las barcas, que era la de Simón, y le pidió que se alejara un poco de la orilla; luego se sentó y empezó a enseñar a la multitud desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: «Lleva la barca mar adentro y echen las redes para pescar.» Simón respondió: «Maestro, por más que lo hicimos durante toda la noche, no pescamos nada; pero, si tú lo dices, echaré las redes.» Así lo hicieron, y pescaron tal cantidad de peces, que las redes casi se rompían. Entonces hicieron señas a sus asociados que estaban en la otra barca para que vinieran a ayudarles. Vinieron y llenaron tanto las dos barcas, que por poco se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrodilló ante Jesús, diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador.» Pues tanto él como sus ayudantes se habían quedado sin palabras por la pesca que acababan de hacer. Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas; en adelante serás pescador de hombres.» En seguida llevaron sus barcas a tierra, lo dejaron todo y siguieron a Jesús

Reflexión

Como nosotros, cristianos y cristianas del siglo XXI, los discípulos no se contentaron con seguir al maestro para escucharlo, sino que se asociaron con él, se convirtieron en sus colaboradores. Incluso si la tarea parecía desmesurada, era necesario continuar lanzando las redes. Estamos frente al misterio extraordinario de nuestra colaboración en la obra de Dios: no podemos hacer nada sin Dios, sin embargo, Dios no quiere hacer nada sin nosotros.

Nos pide sobre todo tener fe y estar dispuestos. Todo comenzó porque Pedro se mostró confiado: «Maestro, por más que lo hicimos durante toda la noche, no pescamos nada; pero, si tú lo dices, echaré las redes.» A ese maestro que acababa de escuchar hablar con la muchedumbre por un largo tiempo, le tuvo confianza, lo suficiente para escucharlo, lo suficiente para intentar nuevamente de pescar; después del milagro, ya no le decía «Maestro», le decía «Señor», el nombre que era reservado para Dios, está listo para escuchar el llamado: para arriesgarse en este nuevo tipo de pesca que Jesús le proponía, hay que reconocerlo como el Señor.

Gracias a la generosidad de Isaías que aceptó ser un mensajero, gracias a la generosidad de Pedro y de sus compañeros que dejaron todo para seguir a Jesús, gracias a la generosidad de Pablo que, después del camino a Damasco, consagró el resto de su vida para dar testimonio sobre Cristo resucitado, ahora somos nosotras, quienes estamos acá; la palabra de Cristo todavía nos suena al oído: ««Lleva la barca mar adentro y echen las redes…» Ahora nos toca a nosotras responder: «…si tú lo dices, echaré las redes.»  Tengamos entonces fe y aceptemos lanzar nuestras redes, para que la pesca sea milagrosa, solo basta creer en Él.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 03 de febrero de 2019

evangelio según San Lucas, 4, 21-30

Y empezó a decirles: «Hoy se cumplen estas palabras proféticas y a ustedes les llegan noticias de ello.» Todos lo aprobaban y se quedaban maravillados, mientras esta proclamación de la gracia de Dios salía de sus labios. Y decían: «¡Pensar que es el hijo de José!» Jesús les dijo: «Seguramente ustedes me van a recordar el dicho: Médico, cúrate a ti mismo. Realiza también aquí, en tu patria, lo que nos cuentan que hiciste en Cafarnaúm.» Y Jesús añadió: «Ningún profeta es bien recibido en su patria. En verdad les digo que había muchas viudas en Israel en tiempos de Elías, cuando el cielo retuvo la lluvia durante tres años y medio y una gran hambre asoló a todo el país. Sin embargo Elías no fue enviado a ninguna de ellas, sino a una mujer de Sarepta, en tierras de Sidón. También había muchos leprosos en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio. Todos en la sinagoga se indignaron al escuchar estas palabras; se levantaron y lo empujaron fuera del pueblo, llevándolo hacia un barranco del cerro sobre el que está construido el pueblo, con intención de arrojarlo desde allí. Pero Jesús pasó por medio de ellos y siguió su camino. »

Reflexión:

Jesús, está claro, es nuestro salvador, pero también es un profeta. Sin embargo,  no es de esos a los que estamos acostumbrados. Es muy diferente. No hace ruido. No entra en nuestra vida con gritos ni gesticulaciones. Apenas unas palabras sencillas. En el Evangelio, continuación del domingo pasado, hace una de las homilías más breves de la historia. No hace más que recoger lo que ha leído en un texto del profeta Isaías y decir que todo eso ya se ha cumplido. Era un texto que hablaba de liberación para los oprimidos, de consolación para los afligidos, de salud para los enfermos, de libertad para todos. Era el anuncio de la buena nueva de Dios.

Ése es el centro del mensaje del profeta Jesús. Como se ve, no contiene amenazas sino una invitación a vivir en el amor. No habla de un futuro tenebroso sino de un presente lleno de luz y de sentido. En el amor descubrimos la presencia de Dios cerca de nosotros. En el amor se nos hace transparente que los que nos rodean son nuestros hermanos y hermanas, aunque a veces nos parezca que actúan como si no lo fueran. En el amor, la vida se nos hace más vivible y somos más felices. Lo curioso es que la reacción ante el mensaje de Jesús fue de total oposición. Si les hubiese amenazado con el diluvio final, posiblemente le hubiesen escuchado más. Pero el mensaje de Jesús desubicaba a la gente, les invitaba demasiado a cambiar de vida. Nosotros somos hoy a la vez oyentes del mensaje de Jesús y portavoces para el mundo. Con nuestra vida demostraremos que vivir el amor abre un futuro mejor para la humanidad y para el mundo.

Así lo hicieron Emilia y Bernarda, también Madre Joseph del Sagrado Corazón, ellas siguieron el camino de luz y de esperanza que se les presentaba Jesús. Lo mismo se lo deseo para todos nosotros.

Les deseo una muy linda semana de paz al seguir el camino de Jesús.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 27 de enero de 2019

evangelio según San Lucas 1,1-4; 4,14- 21

Ilustre Teófilo:

Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido. En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan. Fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el Libro del Profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.» Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba, y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: –Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.

Reflexión:

Nosotros estamos absolutamente seguros de que Jesús es el profeta definitivo de la historia del cristianismo, por esto somos cristianos y seguimos sus pasos y enseñanzas. Nuestra fe en Él nos hace perseverar, luchar contra las injusticias, combatir las dificultades, cuidar de los más débiles, en fin, nos convierte en personas mejores. Así también Lucas nos lo presenta  en ese episodio de la sinagoga del evangelio de hoy: dando la gran noticia de un tiempo nuevo, de un tiempo definitivo en que aquellos que estaban excluidos del mensaje de salvación de Dios, son en realidad los primeros beneficiarios de esa buena nueva.

Admirablemente, Jesús elige un texto que no habla de normas ni de leyes. Habla más bien de Él mismo y de su misión. Jesús se sirve de un texto del profeta Isaías para explicar a sus conterráneos, y de paso también a nosotros, cuál es el contenido de su misión, por qué está predicando por los pueblos y los caminos de Galilea. Es que Jesús se siente dominado, poseído, por el Espíritu de Dios. Ese espíritu no hace de Él alguien superior a los demás. No le convierte en un rey que, como otros reyes de la tierra, se vale de su autoridad para dominar, oprimir y esclavizar. Él ha sido enviado para anunciar la buena nueva a los pobres, liberar a los cautivos y devolver la vista a los ciegos. Ésa es su misión.

El Dios de Jesús, no ama a un pueblo excluyendo a los otros, sino que su proyecto es un proyecto universal de salvación para todas las personas. Por eso su mensaje es evangelio, buena nueva. Lo importante está dicho: en Galilea, Jesús profeta, rompiendo el silencio de Nazaret, nos trae la buena nueva a todos los que la anhelamos, aunque seamos pecadores. Nadie está excluido de la salvación de Dios.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 20 de enero de 2019

evangelio según San Juan 2, 1-12

«Tres días más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos. Sucedió que se terminó el vino preparado para la boda, y se quedaron sin vino. Entonces la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino.» Jesús le respondió: «Mujer, ¿por qué te metes en mis asuntos? Aún no ha llegado mi hora.» Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan lo que él les diga.» Había allí seis recipientes de piedra, de los que usan los judíos para sus purificaciones, de unos cien litros de capacidad cada uno. Jesús dijo: «Llenen de agua esos recipientes.» Y los llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, les dijo, y llévenle al mayordomo.» Y ellos se lo llevaron. Después de probar el agua convertida en vino, el mayordomo llamó al novio, pues no sabía de dónde provenía, a pesar de que lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua. Y le dijo: «Todo el mundo sirve al principio el vino mejor, y cuando ya todos han bebido bastante, les dan el de menos calidad; pero tú has dejado el mejor vino para el final.» Esta señal milagrosa fue la primera, y Jesús la hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él. Jesús bajó después a Cafarnaún con su madre, sus hermanos y sus discípulos, y permanecieron allí solamente algunos días.»

Reflexión:

El relato de las bodas de Caná nos he presentado como el primer milagro que Jesús hace en este evangelio y que anuncia todo aquello que Él realizará en su existencia. Además, la celebración de una boda es uno los momentos más dichosos en las familias. Supone en la vida de la familia el comienzo de una nueva etapa. Un hombre y una mujer dejan sus familias para formar una nueva. No es motivo para estar tristes sino lo contrario. La familia se agranda y, lo más importante, se abre a la vida. El casamiento de uno de los hijos o hijas significa que vendrán nuevos miembros a enriquecer la vida de la familia. Al casarse uno de sus miembros, la familia entera celebra que la vida no se termina sino que se abre al futuro con esperanza.

No es casualidad que Jesús comience su vida pública participando en una boda y aumentando la alegría de los participantes. Además, según la opinión del mayordomo, es el vino mejor. La presencia de Jesús trae a la boda, la fiesta humana por excelencia, la fiesta de la vida, la presencia del vino mejor. Es la mejor bendición para la vida y el amor que celebraban aquellas familias. El vino mejor es el signo de que la vida que nos trae Jesús vence a la muerte.

Las bodas, la alegría, el vino mejor, todos son signos que nos hablan de que el encuentro entre Dios y la humanidad que se produce en Jesús es el encuentro con la verdadera Vida, con la que no se termina; es el encuentro que dará lugar a la familia definitiva, en la que todos nos reconoceremos como hermanos y hermanas reunidos en la mesa del Padre, Dios, allá donde no habrá más muerte ni tristeza. Como en las bodas, esta celebración no es más que el comienzo de una nueva familia. No es todavía más que una promesa, pero una promesa de vida en plenitud. Vivir en cristiano es vivir en esperanza y en alegría.

Esperanza y alegría para todas las familias es lo que deseamos para el año 2019.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 13 de enero de 2019

evangelio según San Lucas (3, 15-16.21-22)

«El pueblo estaba en la duda, y todos se preguntaban interiormente si Juan no sería el Mesías, por lo que Juan hizo a todos esta declaración: «Yo les bautizo con agua, pero está para llegar uno con más poder que yo, y yo no soy digno de desatar las correas de su sandalia. El los bautizará con el Espíritu Santo y el fuego.»

Un día fue bautizado también Jesús entre el pueblo que venía a recibir el bautismo. Y mientras estaba en oración, se abrieron los cielos: el Espíritu Santo bajó sobre él y se manifestó exteriormente en forma de paloma, y del cielo vino una voz: «Tú eres mi Hijo, hoy te he dado a la vida.»»

Reflexión:

Este pasaje reviste gran importancia para la comunidad cristiana. El Espíritu Santo se presenta solemnemente para dar fe de la divinidad de Jesús en el momento en que, como un ser normal, realiza el gesto sacramental de hacerse bautizar por Juan. Así, en el transcurso de su vida, Jesús solo demuestra su grandeza en la humildad de sus actos y de sus palabras. Qué profunda lección para nosotras que vemos las cosas de manera tan diferente. Seguir a Cristo es optar por el camino de la humildad, es decir, el camino de la verdad. Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nos enseña la verdad de nuestro ser.  Manchadas por el pecado, pero purificadas por el bautizo, oscilamos entre estos dos tentadores extremos que son el mal y la santidad, y ello lo vivimos en lo más simple de nuestra cotidianidad. A cada paso que damos podemos optar por Dios, y por su amor, o bien podemos rechazarlo. Siguiendo los pasos de Jesús tenemos la certeza de seguir un camino que, aunque estrecho y pedregoso, nos ha de llevar a la vida eterna, a la felicidad verdadera.

En este nuevo año de paz y de esperanza, dejemos que la luz de Cristo nos guíe, al igual que lo hiciera nuestra fundadora Emilia Gamelin. ¡Feliz Año!

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 06 de enero de 2019

evangelio según San Mateo 2, 1-12

«Jesús había nacido en Belén de Judá durante el reinado de Herodes. Unos Magos que venían de Oriente llegaron a Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el rey de los judíos recién nacido? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo.» Herodes y toda Jerusalén quedaron muy alborotados al oír esto.  Reunió de inmediato a los sumos sacerdotes y a los que enseñaban la Ley al pueblo, y les hizo precisar dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judá, pues así lo escribió el profeta:  Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres en absoluto la más pequeña entre los pueblos de Judá, porque de ti saldrá un jefe, el que apacentará a mi pueblo, Israel.

Entonces Herodes llamó en privado a los Magos, y les hizo precisar la fecha en que se les había aparecido la estrella.  Después los envió a Belén y les dijo: «Vayan y averigüen bien todo lo que se refiere a ese niño, y apenas lo encuentren, avísenme, porque yo también iré a rendirle homenaje. » Después de esta entrevista con el rey, los Magos se pusieron en camino; y fíjense: la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño. ¡Qué alegría más grande: habían visto otra vez la estrella!  Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y le adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra. Luego se les avisó en sueños que no volvieran donde Herodes, así que regresaron a su país por otro camino.»

Reflexión:

Si se quiere considerar este acontecimiento de manera positiva, conviene retener las siguientes ideas:

  • «Jesús había nacido en Belén de Judá.»
  • «Unos Magos […] llegaron a Jerusalén […].»
  • «Porque hemos visto su estrella.»
  • «Venimos a adorarlo.»
  • «¡Qué alegría más grande: habían visto otra vez la estrella!»
  • «[…] así que regresaron a su país por otro camino.»

En este bello periodo litúrgico se puede hacer una selección de algunos de estos pasajes para tener mente positiva:

  • «¡Qué alegría más grande: habían visto otra vez la estrella!»
  • «[…] así que regresaron a su país por otro camino.»

Así, se puede conservar y saborear la «alegría más grande» de haber visto al niño.

¿A través de qué, o bajo qué óptica, queremos ver nuestra vida, a los otros y los diferentes acontecimientos, para que podamos gozar de una gran alegría?

MC, s.p.

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Reflexión del domingo 30 de diciembre de 2018

evangelio según San Lucas 2, 41-52

Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua.  Cuando Jesús cumplió los doce años, subió también con ellos a la fiesta, pues así había de ser.  Al terminar los días de la fiesta regresaron, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supieran.

Seguros de que estaba con la caravana de vuelta, caminaron todo un día. Después se pusieron a buscarlo entre sus parientes y conocidos.  Como no lo encontraran, volvieron a Jerusalén en su búsqueda.  Al tercer día lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los maestros de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas.  Todos los que le oían quedaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas.

Sus padres se emocionaron mucho al verlo; su madre le decía: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo hemos estado muy angustiados mientras te buscábamos.» El les contestó: «¿Y por qué me buscaban? ¿No saben que yo debo estar donde mi Padre?»  Pero ellos no comprendieron esta respuesta.

Jesús entonces regresó con ellos, llegando a Nazaret. Posteriormente siguió obedeciéndoles. Su madre, por su parte, guardaba todas estas cosas en su corazón.

Mientras tanto, Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia, ante Dios y ante los hombres.

 

Reflexión de dos Hermanas de la Providencia : una de nuestras centenarias (102 años), Hermana Anne-Marie Tremblay, y nuestra profesa más joven Hermana Francine Blanc.

Leyendo el pasaje, me vino a la mente una comparación. En la parroquia donde nací, la Sagrada Familia revestía una importancia particular. En cada hogar había una imagen de ella y con ocasión de la Fiesta de la Sagrada Familia, un domingo, se llevaba a cabo la bendición de los niños. Ese día en la iglesia no se veían muchas cabezas blancas, puesto que las familias tenían fácilmente 10, 12 o 14 hijos, y entonces había mucha gente.

En este pasaje del Evangelio que habla de la Sagrada Familia, es de suponer que José y María estaban muy inquietos puesto que llevaban tres días buscando a Jesús. Cuando lo encontraron en el templo, vieron que la gente estaba asombrada de ver a un niño haciendo preguntas. Yo creo que la gente estaba sorprendida de ver a ese niño de 12 años tan brillante. Pero sus padres debían estar angustiados y le preguntaron a Jesús: «… ¿por qué nos has hecho esto?» Y Él les respondió: «¿Y por qué me buscaban? ¿No saben que yo debo estar donde mi Padre?»

Cuando todos regresaron a Nazaret, Jesús tenía una actitud sumisa, pero yo creo que seguramente les contó lo que había hecho, tal como le habríamos contado a nuestros padres lo acontecido en un día especial.

Hermana Anne-Marie Tremblay

Buenos días mis hermanas:

En este año jubilar en el que celebramos el 175.o aniversario de la fundación de nuestra Comunidad, el legado de madre Gamelin y de monseñor Bourget, leo el pasaje de Lucas 2, 41-52, en el cual los padres de Jesús, quienes lo buscaban por todas partes sin encontrarlo pensando que estaba con sus compañeros de ruta, tuvieron que regresar a Jerusalén, donde finalmente lo encuentran. Para nosotras, que estamos de celebración, esta es la mejor ocasión para dar una mirada hacia atrás y adentrarnos en lo más profundo en busca de nuestros héroes, madre Gamelin y monseñor Bourget. Jerusalén es la fuente de nuestra Misión, de nuestra espiritualidad. Mis queridas hermanas, siempre debemos regresar a Jerusalén para encontrar a nuestro salvador. Apresurémonos por este amor. Oremos por que siempre tengamos este deseo de ir hacia adelante, de adaptarnos a nuestra realidad sin olvidar cuál es su fuente. ¡Gracias!

Hermana Francine Blanc

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Reflexión del domingo 23 de diciembre de 2018

evangelio según San Lucas 1, 39-45

«Por entonces María tomó su decisión y se fue, sin más demora, a una ciudad ubicada en los cerros de Judá.

Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: «¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!

¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor?

Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!»»

Reflexión:

En este cuarto domingo de adviento y a ad portas de Navidad, el Señor nos regala un hermoso texto bíblico, dónde vemos a María, alegre y gozosa, porque sabe que en su vientre crece la vida, vida que es fruto del Espíritu Santo y que es para toda la humanidad.

Es tan grande el amor y el gozo que siente María, que no es capaz de quedarse tranquila, encerrada en casa esperando que su bebé nazca, sino que, necesita ponerse inmediatamente en camino para ir al encuentro con su prima Isabel, a quien no solo va a ayudarle con las labores de la casa, sino que, le lleva a Dios mismo. Por eso, al entrar María en la casa de Zacarías, Juan saltó de alegría en las entrañas de su madre e  Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: ¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”, dichosa tú la creyente, la que me muestra el Espíritu Santo, es decir, la que me habla de Dios, no solo con sus palabras, sino con su vida.

Este texto me invita a recordar y dar gracias a Dios por todas aquellas mujeres, que al igual que María, salieron a nuestro encuentro para darnos a conocer a Dios, y ayudarnos a descubrir el regalo de la fe, con sus palabras y testimonios de vida, como lo hicieran   Emilia, Bernarda, Joseph, nuestras abuelitas, mamás, hermanas y tantas mujeres, llenas del Espíritu Santo, que nunca quedaron indiferentes frente a las necesidades de sus hermanos y que al igual que María fueron, capaces de escuchar la voz de Dios en los gritos de los pobres y salir aprisa al encuentro de la vida, portando vida.

Hoy más que nunca el mundo necesita mujeres alegres, plenas de Dios, portadoras y defensoras de la vida, de la fe y de la esperanza, mujeres contemplativas y proféticas, siempre listas para ponerse en camino e ir al encuentro de nuestras hermanas, de nuestros hermanos y de la creación entera.

Nuestro servicio y entrega no pueden ser estériles, sino que tienen que estar fecundos de amor, amor que porta la vida y esa vida es Dios, y es un Dios que no es para unos pocos, sino que es para toda la humanidad. Seamos siempre el rostro amoroso y alegre de la Providencia; y procuremos que en todos los rincones de nuestro planeta realmente nazca Dios.

Nancy Arévalo, sp

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Reflexión del domingo 16 de diciembre de 2018

evangelio según San Lucas 3, 10-18

La gente le preguntaba: «¿Qué debemos hacer?» El les contestaba: «El que tenga dos capas, que dé una al que no tiene, y el que tenga de comer, haga lo mismo.» Vinieron también cobradores de impuestos para que Juan los bautizara. Le dijeron: «Maestro, ¿qué tenemos que hacer?» Respondió Juan: «No cobren más de lo establecido.» A su vez, unos soldados le preguntaron: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?» Juan les contestó: «No abusen de la gente, no hagan denuncias falsas y conténtense con su sueldo.» El pueblo estaba en la duda, y todos se preguntaban interiormente si Juan no sería el Mesías, por lo que Juan hizo a todos esta declaración: «Yo les bautizo con agua, pero está para llegar uno con más poder que yo, y yo no soy digno de desatar las correas de su sandalia. El los bautizará con el Espíritu Santo y el fuego. Tiene la pala en sus manos para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en sus graneros, mientras que la paja la quemará en el fuego que no se apaga.» Con estas instrucciones y muchas otras, Juan anunciaba la Buena Nueva al pueblo.

Reflexión:

Aquí tenemos un pasaje del Evangelio que es bastante apropiado para el tiempo de Adviento, el tiempo antes de la llegada de nuestro santo Salvador. Sin embargo, también lo veo como un resumen de cómo debemos ser nosotros cristianos y cristianas, seguidores de Cristo, personas de compasión y bondad.

Si es cierto que el Adviento nos prepara para el cumpleaños de Jesús y su llegada al final de los tiempos, también es cierto que este tiempo está asociado con la conversión, es decir, un cambio radical de nuestros valores, nuestras actitudes y nuestro modo de vivir. Porque incluso, si la fe vive en nosotros, nuestra apertura hacia los demás, los que seguimos a Jesús de Nazaret, sigue siendo nuestro punto común. Es decir, vivimos en alianza con él que pronto nacerá en los corazones de todos nosotros.

La conversión todavía puede parecer fácil. Juan solo pide cosas simples y concretas. Pero al intentar veremos que cambiar nuestra vida es muy difícil para nosotros. Para hacerlo se requiere un acto de Dios así como un acto humano. Para describir la acción de Dios, Juan Bautista usa tres imágenes: agua, viento y fuego. El Espíritu de Dios quiere empujarnos como un viento tormentoso en el que estamos inmersos, como un fuego que quema y limpia todas nuestras manchas. Esto es lo que nos ofrece el sacramento de la Penitencia de la Navidad, tenemos la oportunidad de vivirlo antes de las Fiestas. Que Él nos guíe en este pasaje hacia la verdadera felicidad, en el camino de la paz del corazón.

Escuchemos hoy Su palabra, que nos impulsa a compartir nuestros bienes y a respetar la justicia y la dignidad de todos. Preparémonos para recibir a Aquel que viene a salvarnos y que volverá «a juzgar a los vivos y a los muertos».

¡Feliz tiempo de Adviento!

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 09 de diciembre de 2018

evangelio según San Lucas 3 :1-6

“Era el año quince del reinado del emperador Tiberio. Poncio Pilato era gobernador de Judea, Herodes gobernaba en Galilea, su hermano Filipo en Iturea y Traconítide, y Lisanias en Abilene; Anás y Caifás eran los jefes de los sacerdotes. En este tiempo la palabra de Dios le fue dirigida a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto.

Juan empezó a recorrer toda la región del río Jordán, predicando bautismo y conversión, para obtener el perdón de los pecados. Esto ya estaba escrito en el libro del profeta Isaías: Oigan ese grito en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos. Las quebradas serán rellenadas y los montes y cerros allanados. Lo torcido será enderezado, y serán suavizadas las asperezas de los caminos. Todo mortal entonces verá la salvación de Dios. »

 

Juan Bautista prepara el camino al Señor

El Adviento es un tiempo de gracia, de luz, de santa espera. Un tiempo repleto de esperanza que llena nuestros corazones de alegría.

Con todo, si el Adviento es un tiempo para prepararse para el Señor, para que todo mortal vea «la salvación de Dios”, la manera de estar preparados es de tratar a la gente honestamente utilizando el poder con justicia. En nuestras vidas, debemos tener cuidado de no dejarnos comer por las estructuras y sus necesidades. Éstas son metas dignas, pero no son el centro de nuestra vida espiritual. La meta final es preparar corazones para que reciban al Señor, una meta difícil de medir. Mientras que construimos edificios e implementamos programas, debemos recordar que la obra verdaderamente importante de la iglesia toma lugar a este nivel menos visible, más difícil de medir… y ésa es la obra del Espíritu.

El Adviento nos hace bajar de las alturas, nos hace salir del silencio de nuestros cuartos y capillas, de nuestras iglesias y rituales. Nos invita a ir a la calle, a mezclarnos con la gente, a estar con los pobres, los preferidos del Señor.  Este tiempo nos recuerda que ahí es donde encontramos a Dios. El primer sacramento, el más auténtico y real de todos, es la persona humana. Cualquier persona humana es signo y presencia de Dios. Cuando Dios escogió acercarse a nosotros, lo hizo asumiendo un rostro concreto, el de Jesús y desde entonces, cualquier rostro, y quizá con más fuerza, los más sufridos, los más dañados, los más sufrientes. Este es el sacramento de la presencia de Dios entre nosotros. Hoy, aquí y ahora, volvemos la mirada a nuestros hermanos y hermanas y descubrimos que Jesús, el que viene, da sentido a nuestro compromiso por hacer un mundo más justo y más fraterno.

Unámonos en estos tiempos de dulce espera con alegría y corazón abierto.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 02 de diciembre de 2018

evangelio según San Lucas (21,25-28.34-36)

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y por toda la tierra los pueblos estarán llenos de angustia, aterrados por el estruendo del mar embravecido. La gente se morirá de espanto con sólo pensar en lo que va a caer sobre la humanidad, porque las fuerzas del universo serán sacudidas. Y en ese preciso momento verán al Hijo del Hombre viniendo en la Nube, con gran poder e infinita gloria. Cuando se presenten los primeros signos, enderécense y levanten la cabeza, porque está cerca su liberación. Cuiden de ustedes mismos, no sea que una vida materializada, las borracheras o las preocupaciones de este mundo los vuelvan interiormente torpes y ese día caiga sobre ustedes de improviso, pues se cerrará como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra. Por eso estén vigilando y orando en todo momento, para que se les conceda escapar de todo lo que debe suceder y estar de pie ante el Hijo del Hombre. »

Reflexión:

Empezamos el período del Adviento, comenzamos a prepararnos para Navidad, tiempo que todos, cristianos y cristianas nos disponemos para celebrar el nacimiento de Jesús, el Salvador. La espera de la celebración del nacimiento se nos mezcla con la esperanza de que el Señor Jesús venga definitivamente a nuestros corazones y a nuestro mundo.

Todo cristiano vive en su interior la certeza de que cree en Jesús, su fe es profunda, pero a menudo somos incapaces de llevar a la práctica, de una forma total, esa fe que tenemos. Porque creemos que Jesús, al resucitar, nos ha liberado de la muerte, pero nosotros todavía tenemos que pasar por ese camino. Y hay demasiado dolor y sufrimiento en este mundo. Por todo ello deseamos vivamente que se cumpla la palabra de Jesús, que su reino llegue a nosotros. De nuestro corazón sale continuamente un “¡Ven, Señor Jesús!”. Eso es vivir en la esperanza.

En el Evangelio de hoy resuena todavía el eco de los anuncios apocalípticos que escuchábamos hace pocos domingos, pero hay un mensaje nuevo que cierra el ciclo y da sentido a todo lo que se ha dicho en esos mensajes: “enderécense y levanten la cabeza, porque está cerca su liberación”. De esa forma la esperanza supera al temor.

Una vez más es el amor la característica que ha de llenar la vida del cristiano. Su esperanza se ha de manifestar en una capacidad especial de amar a los que viven cerca de él. Porque el que espera a un Dios que es amor y reconciliación vive ya bajo la ley del amor y de la reconciliación. Si no es así, es que su esperanza no es auténtica.

De esta forma nos preguntamos ¿Cómo podríamos irnos preparando para la celebración del nacimiento de Jesús? ¿Qué signos de esperanza podríamos ofrecer en nuestra comunidad, familia o parroquia?

La luz que emana del Adviento la debemos alumbrar para poder preparar la Navidad, esta luz, es la luz del amor que brilla en todos los corazones. Esta misma luz destruye nuestro egoísmo, nuestros prejuicios y nuestras limitaciones, haciendo resplandecer nuestras vidas y nuestros corazones. La luz de un pequeñito que viene a conocernos, recibiéndonos con los brazos abiertos.

La sociedad de consumo se ha acomodado rápido de estos sentimientos puros para transformarlos en ventas, pero está en nosotros, cristianos, cristianas de rescatarlos y hacerlos billar como se debe.

Qué la espera del Niño Jesús nos llene los corazones del amor verdadero.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 25 de noviembre de 2018

evangelio según San Juan 18, 33b-37

Pilato volvió a entrar en el palacio, llamó a Jesús y le preguntó: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» Jesús le contestó: «¿Viene de ti esta pregunta o repites lo que te han dicho otros de mí?». Pilato respondió: «¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los jefes de los sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?». Jesús contestó: «Mi realeza no es de este mundo. Si fuera rey como los de este mundo, mis guardias habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reinado no es de acá.». Pilato le preguntó: «Entonces, ¿tú eres rey?» Jesús respondió: «Tú lo has dicho: yo soy Rey. Doy testimonio de la verdad, y para esto he nacido y he venido al mundo. Todo el que está del lado de la verdad escucha mi voz.»

Reflexión:

Estamos a las puertas del Adviento, y el año litúrgico se termina con la fiesta del Cristo Rey, soberano del universo. Se trata de un reino eterno, un reino que se extiende a lo largo del tiempo, en la Gloria de Dios. Tenemos costumbre de levantar los ojos para ver mejor al rey de reyes y sin embargo deberíamos bajarlos para contemplar el rostro del rey del universo. El único trono que nos a dado para ver, contemplar y adorar al rey del universo, es la cruz de Cristo.

La gloria y el esplendor del reino de Jesús se revelan por su muerte en la cruz. Este es el sentido del evangelio de este día con el paso de Jesús ante Pilato. La grandeza de Cristo se extiende desde la creación del mundo hasta su realización, ella no está reservada a un pueblo, ella no se descubre y entiende, « en verdad », que con la muerte y la pasión de Cristo.

Jesús invierte las ideas laicas de aquellos reinados a los que seguimos atados. Dos mil años después, no nos damos cuenta que el reinado se revela ante nuestros ojos sobre la cruz, no una cruz en oro o plata si no una simple cruz de madera. Esta realeza, dice Jesús a Pilato, no se obtiene con guerra o con batalla si no con el abandono y la fragilidad de un condenado a muerte.

¿Tenemos el coraje de ir hasta el final y hacer triunfar la verdad? Sabemos lo que tenemos que hacer, sobre todo de lo que los otros deberían de hacer, pero de ahí a realizarlo, hay todo un mundo. Creemos que la Santa Trinidad habita en nosotros y la traemos a lugares donde no se encuentra al Señor.

Sabemos que el Cristo está en el Otro y sin embargo, lo despreciamos y lo dejamos sufrir sin ayudarlo. Queremos aceptar a Cristo como nuestro rey pero somos disidentes frente a su código de vida, su Evangelio…

Con Madre Emilia caminemos hacia la luz del Cristo Rey. Buena semana a todos.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 18 de noviembre de 2018

evangelio según San Marcos 13, 24-32

“Después de esa angustia llegarán otros días; entonces el sol dejará de alumbrar, la luna perderá su brillo, las estrellas caerán del cielo y el universo entero se conmoverá. Y verán venir al Hijo del Hombre en medio de las nubes con gran poder y gloria. Enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro puntos cardinales, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. Aprendan de este ejemplo de la higuera: cuando las ramas están tiernas y brotan las hojas, saben que el verano está cerca. Así también ustedes, cuando vean que suceden estas cosas, sepan que todo se acerca, que ya está a las puertas. En verdad les digo que no pasará esta generación sin que ocurra todo eso. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Por lo que se refiere a ese Día y cuándo vendrá, no lo sabe nadie, ni los ángeles en el Cielo, ni el Hijo, sino solamente el Padre.”

Reflexión:

Por estas palabras Jesús anuncia, al parecer, acontecimientos terribles, el fin de este mundo, ¿quizás? Y con el fin del mundo vendría el final también de esta vida nuestra. El evangelio de este domingo es para mí uno de los textos más difíciles: el retorno de Cristo al fin del mundo para el juicio universal. Sin embargo no se puede interpretar de otra forma la afirmación de que el sol no dará más luz y de que las estrellas caerán del cielo sobre la tierra. Es el anuncio del desastre final. Más de una película se ha hecho en los últimos años describiendo ese final horrible del mundo y de la vida que contiene. Este mundo pasa. Nuestra vida tiene un final. Eso es así y no lo vamos a cambiar. El fin del mundo y el fin de mi vida llegarán algún día. Probablemente antes lo segundo que lo primero. Lo importante es saber que acogidos al perdón de Dios que se nos ofrece en Cristo, podemos acceder a la nueva vida, estamos salvados. Esa es nuestra fe. No hay, razón para temer. La enseñanza de Jesús está centrada en la segunda venida del Hijo del hombre. Es un acontecimiento positivo, el último de la historia de la salvación.

El Hijo de Dios, con la gloria del Resucitado hará un juicio y reunirá a todos los elegidos. Las imágenes del sol, de la luna y de las estrellas ilustran la grandeza de esta venida gloriosa. Son, un lenguaje simbólico que manifiesta la conclusión y anuncia el punto culminante de la historia universal. La historia final del mundo no es una catástrofe sino una salvación para los elegidos. No podía ser de otra manera, ya que en el comienzo de la historia humana, la creación fue el gran gesto de amor de Dios.

¿Cuándo será el retorno glorioso de Cristo?  El futuro está en las manos de Dios. Por eso nosotros, cristianos y cristianas no estamos pendientes de curiosidades imaginarias para adivinar nuestro futuro o el del mundo, sino debemos vivir el presente con una actitud vigilante, positiva, esperanzada.

El creyente se diferencia de quienes no lo son no por sus cualidades morales o éticas, ni por sus obras más perfectas, sino por su actitud vigilante ante el retorno del Señor, que se acerca. Por eso la fe hace que se viva en esperanza y amor.

La parábola de la higuera es una invitación a la vigilancia y a la interpretación de los signos de los tiempos. Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan se sabe que la primavera está cerca, pero que aún no ha comenzado. La palabra “cerca” es clave; los signos de los tiempos no anuncian el fin del mundo, sino la cercanía del fin de una etapa en la evolución de nuestra fe.

En unión de oraciones me despido,

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 11 de noviembre de 2018

evangelio según San Marcos 12,38-44

Y en Su enseñanza les decía: «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta andar con vestiduras largas, y aman los saludos respetuosos en las plazas, los primeros asientos en las sinagogas y los lugares de honor en los banquetes; que devoran las casas de las viudas, y por las apariencias hacen largas oraciones; éstos recibirán mayor condenación.» Jesús se sentó frente al arca del tesoro, y observaba cómo la multitud echaba dinero en el arca del tesoro; y muchos ricos echaban grandes cantidades. Llegó una viuda pobre y echó dos pequeñas monedas de cobre, o sea, un cuadrante. Y llamando Jesús a Sus discípulos, les dijo: «En verdad les digo, que esta viuda pobre echó más que todos los contribuyentes al tesoro; porque todos ellos echaron de lo que les sobra, pero ella, de su pobreza, echó todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir.»

 

Reflexión:

« Dios bueno y misericordioso, tu que no juzgas según las apariencias, tu que retribuyes aquellos que lo dan todo sin preocuparse del mañana, ven hoy a purificar nuestros corazones! Enséñanos a saber en todo momento que todo don viene de ti, para poder tener confianza en ti y en tu palabra, y atrevernos a dar sin esperar nada a cambio, mismo de lo poco que tengamos » Oración del pueblo senegalés

Desconfíe de las apariencias, porque aquí nosotros observamos dos tipos de comportamiento religioso. Aquellos de los escribas pretensiosos que les gusta exhibir y utilizar la religión para hacerse valer: Jesús condena esta actitud. Y del otro lado nos presenta la viuda pobre que hace una acción insignificante para los ojos de los presentes, pero para ella, grave de consecuencia, porque ella se deshace de lo primordial. Jesús consagra esta actitud y lo designa a sus discípulos por su impresionante verdad. No es lo que las personas ven que tiene valor a los ojos de Dios, porque Dios no juzga por la apariencia si no por el corazón. Jesús nos reenvía a nosotros mismos. Esto no es un caso de éxito y mucho menos de coqueterías. La salvación exige hacer de nuestros actos conforme a nuestras creencias. Y en todo lo que él hace, sobre todo en su vida religiosa, el ser humano debe acordarse siempre que no hay que burlarse de Dios. No se engañen: de Dios nadie se burla. Cada uno cosecha lo que siembra. (Galates 6, 7). Lo que el Señor nos pide, es tener un corazón puro, una fe verdadera, una confianza total. Esta mujer no tiene nada. Ella es viuda, y por lo tanto no tiene apoyo ni recursos. Ella es pobre, sin ingreso y da lo que le es necesario para vivir, entregándose a Dios para no morir.

Siguiendo los actos de Emilia confiemos nuestra vida a Jesús, el Cristo.

Feliz semana con esperanza y alegría.

Hortense Demia-Mbaïlaou, sp

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Reflexión del domingo 04 de noviembre de 2018

evangelio según San Marcos 12,28b-34

«Entonces se adelantó un maestro de la Ley. Había escuchado la discusión, y se quedaba admirado de cómo Jesús les había contestado. Entonces le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Jesús le contestó: «El primer mandamiento es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es un único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu inteligencia y con todas tus fuerzas. Y después viene este otro: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento más importante que éstos.» El maestro de la Ley le contestó: «Has hablado muy bien, Maestro; tienes razón cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de él y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todas las víctimas y sacrificios.» Jesús vio que ésta era respuesta sabia y le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios.» Y después de esto, nadie más se atrevió a hacerle nuevas preguntas.»

Reflexión:

¿Cuál es el más importante de todos los mandamientos? La respuesta de Jesús es clara: lo más importante es la relación con Dios y con los hermanos y hermanas. Esa relación es la misma en ambos casos. Debe ser una relación de amor. Para mí es claro de que a Dios no se le teme ni se le adora. A Dios se le ama. Nuestra relación con Dios es una relación de amor por la sencilla razón de que él nos amó primero. Somos creación suya.

Nos cuesta, parece ser que nunca lo vamos a lograr y también es posible que no hayamos llegado todavía a vivir este amor universal, pero al menos debemos tener claro a dónde debemos llegar. El horizonte a donde nos dirigimos es amar. Pero, ¿qué es eso de amar? Algunos piensan inmediatamente en la atracción física. Amar es mucho más. Tampoco tiene nada que ver con poseer o manipular al otro para que haga lo que yo quiera. Amar es acercarse al otro, atenderle en sus necesidades, servirle. Es poner los intereses del otro por delante de los míos. Y hacerlo gratuitamente, sin pedir nada a cambio. Porque la felicidad del que ama está precisamente en la felicidad del otro. En la medida en que el otro es feliz, el que ama experimenta su propia felicidad y plenitud.

Hoy Jesús nos recuerda que puede haber muchos mandamientos pero que todos se resumen en una cuestión básica: amar. Los que aman es posible que no sepan mucha teología ni tengan mucha cultura pero son los que están más cerca del Reino de Dios. Así se lo dijo Jesús al escriba. Así lo recordamos hoy nuestro principal mandamiento.

Providencia de Dios muchas gracias te doy.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 28 de octubre de 2018

evangelio según San Marcos 10,46-52

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.»
Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.» Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.» Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.» Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

Reflexión:

“Anda tu fe te ha curado”, dijo Jesús. Bartimeo, hijo de Timeo no  es un ciego como los demás, él es consciente de su ceguera. Por eso es capaz de gritar al paso de Jesús y pedirle que tenga compasión de él, es su fe que lo guía. Y cuanto más le dicen que se calle, más grita. Es su oportunidad, la oportunidad única de volver a ver, lo siente en el más profundo de su ser. Con su grito, está llamando la atención sobre su limitación, sobre su pobreza.

En sociedad, a veces también resulta molesto poner al descubierto nuestras pobrezas, nuestras limitaciones. Pero los pobres, los oprimidos, los que sufren la injusticia y el dolor están siempre ahí. Por más que les echemos de nuestro barrio, o ignoramos cuando pasan cerca de nosotros. Pienso ahora en los jóvenes delincuentes. Viven en medio de la violencia. Hacen ruido, nos quitan la paz. Pero tengo la impresión de que todas esas cosas que hacen que tanto nos molestan y que ponen auténtica violencia en nuestros barrios no son más que una forma de gritar su miseria, su necesidad de cariño. En el fondo no son más que niños necesitados de una familia que les apoye, que les defienda, que les haga sentirse seguros.

Volver a ver con los ojos y con el corazón, ése es el milagro que hoy le tenemos que pedir a Jesús y a Emilia, nuestra fundadora. Es la fe que nos conduce para caminar mano a mano con nuestros hermanos y hermanas para que los gritos de los que nos piden ayuda no nos resulten molestos sino que sean llamadas a vivir la fraternidad tal y como Jesús quería. Jesús nos dará la fuerza y la gracia que necesitamos.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 21 de octubre de 2018

evangelio según San Marcos 10, 35-45

«Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: “Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir.”  Él les dijo: “¿Qué quieren de mí?”  Respondieron: “Concédenos que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda cuando estés en tu gloria.”

Jesús les dijo: “Ustedes no saben lo que piden. ¿Pueden beber la copa que yo estoy bebiendo o ser bautizados como yo soy bautizado?”  Ellos contestaron: “Sí, podemos.” Jesús les dijo: “Pues bien, la copa que voy a beber yo, la beberán también ustedes, y serán bautizados con el mismo bautismo que voy a recibir yo; pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde a mí el concederlo; eso ha sido preparado para otros.”

Cuando los otros diez oyeron esto, se enojaron con Santiago y Juan.  Jesús los llamó y les dijo: “Como ustedes saben, los que se consideran jefes de las naciones actúan como dictadores, y los que ocupan cargos abusan de su autoridad.  Pero no será así entre ustedes. Por el contrario, el que quiera ser el más importante entre ustedes, debe hacerse el servidor de todos, y el que quiera ser el primero, se hará esclavo de todos. Sepan que el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida como rescate por una muchedumbre.»

Reflexión:

La petición de Santiago y Juan a Jesús: Después de haber hecho la pregunta a Jesús, Él les hace decir más claramente por qué piden sentarse uno a su izquierda y el otro a su derecha en su gloria. Sin embargo, en mi reflexión personal me pregunto cuáles son mis peticiones y cuáles son los motivos de mi oración. Con ocasión de la reciente fiesta de Acción de Gracias que se celebró el pasado 8 de octubre, mi corazón se llenó de gratitud por el don de la vida y por las maravillas de la naturaleza.

Desde hace un año vivo en el quinto piso del Pabellón Providencia de la Casa Madre, desde donde puedo observar el paisaje del otoño engalanado con sus más bellos colores, bálsamo para mi vista y para mi alma. Los favores que Dios me ha concedido durante los 91 años que cumpliré dentro de dos semanas, el 4 de noviembre, son gracias que motivan mis más sinceras alabanzas. Entonces, siguiendo a Jesús y a nuestra beata Emilia Gamelin, dentro de la mayor simplicidad, puedo decir que vivo para estar al servicio de la gente. En mi entorno, son muchas las ocasiones que tengo para prestar un servicio, para disponerme a la escucha y ser una presencia para mis compañeras. Trato de recibir a las personas pensando en lo que el Señor nos dijo: «… [yo no he] venido para ser servido, sino para servir…».

¡Cómo no dar gracias a la Providencia por tantos favores recibidos!

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 14 de octubre de 2018

evangelio según San Marcos 10, 17-30

«Jesús estaba a punto de partir, cuando un hombre corrió a su encuentro, se arrodilló delante de Él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino sólo Dios. Ya conoces los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no digas cosas falsas de tu hermano, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.» El hombre le contestó: «Maestro, todo eso lo he practicado desde muy joven.» Jesús fijó su mirada en él, le tomó cariño y le dijo: «Sólo te falta una cosa: vete, vende todo lo que tienes y reparte el dinero entre los pobres, y tendrás un tesoro en el Cielo. Después, ven y sígueme.» Al oír esto se desanimó totalmente, pues era un hombre muy rico, y se fue triste. Entonces Jesús paseó su mirada sobre sus discípulos y les dijo: «¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!» Los discípulos se sorprendieron al oír estas palabras, pero Jesús insistió: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de Dios.» Ellos se asombraron todavía más y comentaban: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» Jesús los miró fijamente y les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Dios todo es posible.» Entonces Pedro le dijo: «Nosotros lo hemos dejado todo para seguirte.» Y Jesús contestó: «En verdad les digo: Ninguno que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o campos por mi causa y por el Evangelio quedará sin recompensa. Pues, aun con persecuciones, recibirá cien veces más en la presente vida en casas, hermanos, hermanas, hijos y campos, y en el mundo venidero la vida eterna. »

Reflexión:

Contrariamente a lo que podemos creer, este pasaje no trata de una enseñanza sobre el voto de pobreza, sino de algo que afecta a la salvación de todos. Jesús nos propone otro camino, el camino de la verdad, que implica sin duda renunciar a nuestras riquezas, a la soberbia y a la arrogancia. Es una llamada a hacerlo todo de otra manera, con sabiduría. No es una llamada a una vida de pobreza absoluta entendida materialmente, sino de pobreza que no se apoye en la simple seguridad del cumplimiento formal de la ley, pero sí en la búsqueda del Reino de Dios.

Las riquezas, poseerlas, amarlas, buscarlas es un modo de vida que define una actitud contraria a la búsqueda del Reino de Dios y a la vida eterna: es poder, seguridad, placer… todo eso no es la felicidad. Sin embargo, pensar que el seguimiento de Jesús es una opción de miseria sería una forma equivocada de entender lo que nos propone el Evangelio. Este joven es rico en bienes materiales, pero también morales, porque cumple los mandamientos. ¿Es eso inmoral? ¡No! Pero esa riqueza moral no le permite ver que sus riquezas le están robando la verdadera sabiduría y el corazón. No tiene la sabiduría que busca, porque debe estar todavía muy pendiente de “sus riquezas”. Siguiendo a Jesús aprenderá otra manera de ver la vida, de ver las riquezas y de ver la misma religión.

Además, Jesús añade que es muy difícil que los ricos entren en el Reino de los Cielos, y eso pasa porque no son capaces de decodificarse de su seguridad personal, de su concepción de Dios y de los hombres. No es solamente por sus riquezas materiales que tendrán dificultad en entrar en el Reino,  sino por todo su mundo de poder y de seguridad, aislándose de los pequeños y de su mundo, que es el verdadero mundo del que nos habla Jesús, «lo que es imposible para el hombre, en cambio es posible para Dios» (v. 27). La respuesta de Jesús es una invitación muy especial para que lo sigamos radicalmente.

¡Linda semana para todos!

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 07 de octubre de 2018

evangelio según San Marcos 10, 2-16

En eso llegaron unos (fariseos que querían ponerle a prueba,) y le preguntaron: «¿Puede un marido despedir a su esposa?» Les respondió: «¿Qué les ha ordenado Moisés?» Contestaron: «Moisés ha permitido firmar un acta de separación y después divorciarse.» Jesús les dijo: «Moisés, al escribir esta ley, tomó en cuenta lo tercos que eran ustedes. Pero, al principio de la creación, Dios los hizo hombre y mujer; y por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse con su esposa, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino uno solo. Pues bien, lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe.» Cuando ya estaban en casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre lo mismo, y él les dijo: «El que se separa de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra su esposa; y si la esposa abandona a su marido para casarse con otro hombre, también ésta comete adulterio.» Algunas personas le presentaban los niños para que los tocara, pero los discípulos les reprendían. Jesús, al ver esto, se indignó y les dijo: «Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. En verdad les digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.» Jesús tomaba a los niños en brazos e, imponiéndoles las manos, los bendecía.»

Reflexión

Más allá del matrimonio, Jesús aquí nos invita a dos profundas reflexiones, se trata del sacramento del amor y del respeto mutuo entre pareja. No hay uno de los dos que sea más que el otro, o que pueda más que el otro. Obligaciones, deberes y privilegios deben ser iguales.  Los dos seres que forman una pareja se necesitan mutuamente para formar una familia o quizás solamente ser felices, para vivir en la plenitud del amor a la que Dios nos ha llamado.

En tiempos actuales, cuando la familia parece estar en crisis, Jesús nos invita a volver al principio, a redescubrir la voluntad original de Dios y a intentar hacerla realidad en cada una de nuestras familias. De esa manera cada matrimonio, cada familia, se convertirá en un signo del amor de Dios, núcleo donde la vida se recrea diariamente.

Mientras hablamos de la unión en el amor, hablamos también de los niños, frutos de esta alianza, los cuales Jesús los bendice y habla de que todo aquello que guarda su corazón de niño, limpio, sano, tendrá como recompensa el Reino de Dios. Dejemos entonces invadirnos de la pureza del corazón de un niño, de su simplicidad, de sus ojos maravillados frente a las descubiertas, de su sinceridad espontánea. Cuantos regalos nos son legados en la niñez y que poco a poco, al vivir, los aniquilamos pensando equivocadamente que estamos evolucionando, cuando en verdad estamos simplemente envejeciendo y alejándonos del corazón cristalino que nos pide Jesús.

Gracias por esta bella oportunidad de compartir junto a la familia Providencia.

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 30 de septiembre de 2018

evangelio según san Marcos 9: 38-43, 45, 47-48

Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que hacía uso de tu nombre para expulsar demonios, y hemos tratado de impedírselo porque no anda con nosotros.» Jesús contestó: «No se lo prohíban, ya que nadie puede hacer un milagro en mi nombre y luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está con nosotros. Y cualquiera que les dé de beber un vaso de agua porque son de Cristo, yo les aseguro que no quedará sin recompensa. El que haga caer a uno de estos pequeños que creen en mí, sería mejor para él que le ataran al cuello una gran piedra de moler y lo echaran al mar. Si tu mano te está haciendo caer, córtatela; pues es mejor para ti entrar con una sola mano en la vida que ir con las dos a la gehenna, al fuego que no se apaga; pues es mejor para ti entrar cojo en la vida que ser arrojado con los dos pies a la gehena; pues es mejor para ti entrar con un solo ojo en el Reino de Dios que ser arrojado con los dos al infierno, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga. »

Reflexión:

Cristo nos invita hoy a abrirnos a aquellas personas que quieren hacer el bien, a edificarnos con sus compromisos, a admirar el buen trabajo de aquellas y aquellos que no son de nuestro grupo, de nuestro partido político, de nuestra nacionalidad. «No se los prohíban, aunque no sean de los nuestros.»

Nos damos cuenta de que, fuera de la Iglesia, hay mucha salvación, que miles de personas arrojan demonios, es decir, luchan contra el mal, la enfermedad, los prejuicios y la discriminación. Hay muchas personas que hacen un trabajo excepcional en un gran espíritu de hermandad y compromiso.

Esto nos invita a reflexionar sobre nuestros prejuicios, nuestras exclusiones, nuestros rechazos a los demás. La apertura no nos obliga a renunciar a nuestra propia identidad cristiana, por el contrario, la fortalece, pero no en el enfrentamiento sino en el diálogo. ¡Dialogar para comprender, asombrarse, enriquecerse! Cuando nos acercamos a los demás descubrimos perlas de humanidad y espiritualidad. «El viento sopla donde quiere, y tú oyes su silbido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo le sucede al que ha nacido del Espíritu.» (Juan 3: 8)

Como Cristo y la Beata Emilia Gamelin, vayamos al encuentro de los más pobres para aliviar sus miserias sin prejuicios, desinteresadamente. ¡Feliz semana a todos!

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 23 de septiembre de 2018

evangelio según san Marcos 9,30-37

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: – El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará. Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó: –¿De qué discutíais por el camino? Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: –Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: –El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.

Reflexión:

Este pasaje del Evangelio nos muestra un segundo paso de Jesús en su camino hacia Jerusalén, acompañado por sus discípulos. El maestro sabe lo que le espera con la lucidez de un profeta: la pasión y la muerte, pero también la seguridad de que estará en las manos de Dios Padre para siempre, porque su Dios es el Dios de la vida. Pero ese anuncio de la pasión se convierte en el evangelio de hoy en una motivación más para hablar a los discípulos de la necesidad del servicio.

Además, Jesús, guía y maestro de vida, en el gesto por así decir sacramental de la acogida simbólica de un niño, gesto significativo acompañado de las palabras: “Quien reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado”. Es esa sencilla y expresiva actitud de sincero servicio a los más humildes y pequeños, la que autentifica la credibilidad del verdadero discípulo: “Quien quiera ser el primero, ha de ser el último y servidor de todos”. ¿Qué mejor tarjeta de presentación que el compromiso cristiano con esta nueva escala de valores instaurada por Jesús?

Si es el niño quien ha de ocupar el centro de la vida comunitaria, ¿dónde queda el protagonismo de la ambición, el honor y la grandeza de los primeros puestos? ¿Qué sentido tienen entre nosotros las discordias, desacuerdos y controversias? Para nada se corresponden con la sabiduría proveniente del evangelio. La mirada crítica de Jesús recae directamente sobre sus propios discípulos, desautorizados por su comportamiento para ejercer la misión a la que han sido llamados. Lo más pequeño e insignificante a nuestros ojos ocupa el primer lugar a los ojos de Dios. No es el Señor el que está sentado a la mesa, sino el que sirve.

Como se nos ha pedido Jesús, Emilia y Bernarda por sus ejemplos de vida, sigamos a servicio de los más pequeños de nuestra sociedad. Qué tengan una muy linda semana,

LC

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Reflexión del domingo 16 de septiembre de 2018

evangelio según san Marcos 8,27-35

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?» Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.»
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mí vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.»

Reflexión

Seguir a Jesús desde nuestra cruz

Quizás sea una buena forma de conocernos y de conocer a Jesús.  Cuando nos enfrentamos a situaciones nuevas, a experiencias distintas, cuando salimos de nosotros mismos, nos redescubrimos. Cuando derribamos los miedos que nos atan y nos separan a unos de otros, atrincherados en clichés de pensamiento y de maneras preestablecidas de vivir, generamos oportunidades de compartir y recolocar la mirada sobre nuestro yo, sobre nuestros “tús” y, sobre todo, sobre ÉL.

Porque no se trata solo de pararse, se trata de ir viviendo, de hacer camino. De darnos la oportunidad de ser interpelados en lo que somos y en lo que nos define como cristianos. No vaya a ser que quien menos pensemos reconozca mejor que muchos de nosotros el paso del Señor Jesús por la vida, por la historia, por el cotidiano…

Lo mejor sería que todo saliera de maravilla, que reconocer la soberanía de Cristo en mi vida fuera un camino de éxitos y triunfos; como cuando Él multiplicaba el pan y los peces o curaba a los enfermos. Pero no. Jesús, tras la inmediata confesión de fe de Pedro, nos pone en guardia sobre lo que supone hacer de Cristo la razón de nuestro vivir: tocará sufrir, no nos entenderán, seremos rechazados, serán ejecutados, un escándalo en toda regla… y a pesar de esto seguiremos profesando esa confesión de fe.

¡Gracias Señor te doy por la vida de nuestra comunidad desde hacen 175 años!

Una hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 09 de septiembre de 2018

«Saliendo de las tierras de Tiro, Jesús pasó por Sidón y, dando la vuelta al lago de Galilea, llegó al territorio de la Decápolis. Allí le presentaron un sordo que hablaba con dificultad, y le pidieron que le impusiera la mano. Jesús lo apartó de la gente, le metió los dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. En seguida levantó los ojos al cielo, suspiró y dijo: «Effetá», que quiere decir: «Abrete. » Al instante se le abrieron los oídos, le desapareció el defecto de la lengua y comenzó a hablar correctamente. Jesús les mandó que no se lo dijeran a nadie, pero cuanto más insistía, tanto más ellos lo publicaban. Estaban fuera de sí y decían muy asombrados: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»»

Reflexión:

En nuestro mundo, en que no hay oído para los gritos de los pobres y muchos silencios deliberados intencionales y persistentes por intereses egoístas, nosotros, cristianos y cristianas, debemos escuchar, hablar y actuar. Las personas de fe se distinguen por su sensibilidad para percibir, en medio de los ruidos del mundo, la voz de Dios y consecuentemente eligen el sendero de la verdad y de la misericordia. La Beata Emilia Gamelin ha seguido integralmente esta conducta, regalando su vida integralmente en beneficio de los más pequeños. Siguiendo su ejemplo, las Hermanas de la Providencia, de ayer y de hoy escuchan el grito de los pobres, hablan y actúan.

Quien tiene oídos que escuchan y los labios que hablan la verdad tiene también ojos abiertos para los demás, manos extendidas hacia los necesitados, corazón limpio para testimoniar el amor verdadero.

Cristo dijo al sordomudo tocando sus oídos y su lengua: “effetá”, esto es, ábrete. Esta apertura física, fruto de la curación milagrosa, debe llevar a la apertura interior y espiritual. Las personas están demasiado encerradas en ellas mismas, con sus problemas de horizonte reducido. Abrirse a la fe es acoger la salvación, abandonar el recurso a las propias energías, confiar fundamentalmente en Dios, ¡ver la luz de la esperanza!

Una hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 02 de septiembre de 2018

Evangelio según San Marcos 7: 1-8; 14-15; 21-23

Los fariseos se juntaron en torno a Jesús, y con ellos había algunos maestros de la Ley llegados de Jerusalén. Esta gente se fijó en que algunos de los discípulos de Jesús tomaban su comida con manos impuras, es decir, sin habérselas lavado antes. Porque los fariseos, al igual que el resto de los judíos, están aferrados a la tradición de sus mayores, y no comen nunca sin haberse lavado cuidadosamente las manos. Tampoco comen nada al volver del mercado sin antes cumplir con estas purificaciones. Y son muchas las tradiciones que deben observar, como la purificación de vasos, jarras y bandejas. Por eso los fariseos y maestros de la Ley le preguntaron: «¿Por qué tus discípulos no respetan la tradición de los ancianos, sino que comen con manos impuras?» Jesús les contestó: «¡Qué bien salvan ustedes las apariencias! Con justa razón profetizó de ustedes Isaías cuando escribía: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me rinden de nada sirve; las doctrinas que enseñan no son más que mandatos de hombres. Ustedes descuidan el mandamiento de Dios por aferrarse a tradiciones de hombres.» Jesús volvió a llamar a la gente y empezó a decirles: «Escúchenme todos y traten de entender. Ninguna cosa que de fuera entra en la persona puede hacerla impura; lo que hace impura a una persona es lo que sale de ella. «Los pensamientos malos salen de dentro, del corazón: de ahí proceden la inmoralidad sexual, robos, asesinatos, infidelidad matrimonial, codicia, maldad, vida viciosa, envidia, injuria, orgullo y falta de sentido moral. Todas estas maldades salen de dentro y hacen impura a la persona.»

Reflexión:

No existe grupo alguno, ni siquiera la Iglesia, que pueda mantenerse sin tradiciones y sin costumbres. Pero, por buenas que sean, estas tradiciones han sido establecidas por los seres humanos, como ha sucedido con  la forma de celebrar misas, fiestas, novenas, etc.  Todo lo que un papa, un obispo, una comunidad cristiana ha hecho en el pasado puede ser cambiado por otro papa, otro obispo u otra comunidad cristiana. Y como todo esto puede cambiar, comprendemos que no es allí donde reside la esencia de la vida cristiana.

Hay algo esencial que no cambia: la enseñanza de Dios. ¿Dónde podemos encontrarla? En la Palabra de Dios. Además, a menudo no nos esforzamos mucho por entrar en el espíritu de la Iglesia, por aferrarnos ciegamente a costumbres o prácticas antiguas y dañinas.

¿Por qué tantos cristianos se sorprenden cuando la Iglesia se libera de estas prácticas obsoletas? Jesús nos da la razón al citar unas palabras del profeta Isaías: «tal vez se aferran a sus rituales porque son incapaces de “creer”». ¡Feliz semana en la alegría del Señor!

Una Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 26 de agosto de 2018

Evangelio según Juan 6, 59-69.

Así habló Jesús en Cafar-naúm enseñando en la sinagoga. Al escucharlo, cierto número de discípulos de Jesús dijeron: «¡Este lenguaje es muy duro! ¿Quién querrá escucharlo?»

Jesús se dio cuenta de que sus discípulos criticaban su discurso y les dijo: «¿Les desconcierta lo que he dicho? ¿Qué será, entonces, cuando vean al Hijo del Hombre subir al lugar donde estaba antes? El espíritu es el que da vida, la carne no sirve para nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen.»

Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién lo iba a entregar. Y agregó: «Como he dicho antes, nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre.»

A partir de entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y dejaron de seguirle. Jesús preguntó a los Doce: «¿Quieren marcharse también ustedes?» Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.»

REFLEXIÓN

¿Cómo habría reaccionado yo si hubiera estado en el lugar de los discípulos que seguían a Jesús? ¿Habría continuado siguiéndolo o acaso habría hecho como Simón Pedro, quien responde a Jesús: «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.»

Si un día, como Hermana de la Providencia, verdaderamente escogí a Jesús, ¿QUIÉN es Él para mí cuando siento que en mi interior todo se agita y me molesta? ¿Tengo una razón para alterarme en esos momentos? Reflexionando al respecto, ¿es acaso la buena solución contar con su omnipotencia y depositar en Él toda mi confianza para abandonarme a su voluntad?

Cuando en un autobús veo que una persona cede su silla a una mujer o a un hombre con dificultad para caminar… eso es para mí un acto de bondad y de delicadeza.

O bien una persona compasiva que actúa contra la discriminación, el abuso en todas sus formas y la violencia.

Estas son expresiones de amor hacia el prójimo que ilustran lo que significa «seguir los pasos de Jesús». Pero hay muchos otros pequeños gestos de bondad, de generosidad y de delicadeza que se pueden hacer y que manifiestan concretamente «el seguimiento de Jesús».

Si creemos que Jesús tiene «palabras de vida eterna» y creemos y sabemos que es el «Santo de Dios» (versículos 68 y 69), ¿cómo podría Él abandonar a su criatura, aquella que Él ha creado por AMOR y hacia la cual siente un AMOR INFINITO? Sí, Dios ama a cada persona de la misma forma, es decir, CON LOCURA…

Hermana Claudette Chénier

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Reflexión del domingo 19 de agosto de 2018

Evangelio según Juan 6, 51-58.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo.» Los judíos discutían entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer carne?» Jesús les dijo: «En verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que es vida, me envió y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí. Es te es el pan que ha bajado del cielo. Pero no como el de vuestros antepasados, que comieron y después murieron. El que coma este pan vivirá para siempre.

Reflexión:

Como prueba de su gran Amor por la humanidad, Cristo nos dio su Vida y sigue ofreciéndonos su Cuerpo y Sangre, promesa de vida eterna para la cual nos preparamos desde ya aquí en la tierra. Este es un gran misterio que debemos acoger, como inmensa es la acción de gracias que debemos ofrecer a nuestro Dios, quien a lo largo de nuestra vida terrenal nos ofrece a aquel Jesús deseoso de continuar su acción salvadora en la vida cotidiana de cada una y cada uno de nosotros.

En cada Eucaristía repetimos «Dichosos los invitados a la cena del Señor». Sin embargo, ¿somos conscientes de esta dicha? ¿Valoramos la grandeza de la generosidad de nuestro Dios? Nuestra pobreza se hace mayor ante la bondad de Aquel que, a cada instante, quiere entregarse a nosotros en su Palabra y en su Pan, por su cuerpo y por su sangre. ¡Cuán grande es el Misterio de Nuestro Dios!

Con gozo y gratitud, vayamos a la mesa eucarística y, en unión con todos nuestros hermanos y hermanas, y particularmente con quienes son perseguidos a causa de su fe en aquel Jesús que es alimento para el camino. Contemplemos este sacramento privilegiado de la Pascua de Jesús, resumen de toda su vida y de toda su misión.

En este día del Señor, elevamos nuestra alabanza de acción de gracias a Aquel que nos invita a permanecer en Él mediante esta comunión, en la cual se nos ofrecen su Cuerpo y Sangre, como un anticipo del cielo.

Hermana Marguerite Cuierrier

«Dios nos llama a su casa,

Dios nos invita a su banquete,

Día de júbilo y día de dicha, Aleluya»

Robert Lebel

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Reflexión del domingo 12 de agosto de 2018

Evangelio según Juan 6, 41-51.

«Los judíos murmuraban porque Jesús había dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo.» Y decían: «Conocemos a su padre y a su madre, ¿no es cierto? El no es sino Jesús, el hijo de José. ¿Cómo puede decir que ha bajado del cielo?» Jesús les contestó: «No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió. Y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los Profetas: Serán todos enseñados por Dios, y es así como viene a mí toda persona que ha escuchado al Padre y ha recibido su enseñanza. Pues, por supuesto que nadie ha visto al Padre: sólo Aquel que ha venido de Dios ha visto al Padre. En verdad les digo: El que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida. Sus antepasados comieron el maná en el desierto, pero murieron: aquí tienen el pan que baja del cielo, para que lo coman y ya no mueran. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo.»»

Reflexión

Yo Soy el Pan de vida

Al querer escribir esta reflexión, me di cuenta de que era muy difícil llegar y sentarme a escribir algunas ideas que me vinieran a la mente…así es que  por sugerencia de una de mis hermanas de comunidad pregunté ¿qué te dice el evangelio? Y es ahí donde escuché una reflexión que me siguió y quiero compartirles.

¿De qué me estoy alimentando? No solo físicamente, también en espíritu y mente.

Alimentarse es una actividad que requiere de responsabilidad personal sobre mi misma, lo mismo como tantas otras actividades de nuestra vida que requieren de nuestra voluntad, decisión, discernimiento, y práctica. Ya contamos con la Palabra del mismo Jesús que nos dice “Yo Soy el Pan de Vida”, pero eso no nos basta para alimentarnos…se nos ofrece el Pan, pero, es el movimiento de nuestro reconocimiento, de nuestra hambre y de nuestra pobreza , la que nos llevará a la acogida, a buscar comer ese Pan para saciar nuestra hambre.

A los judíos, Jesús los amonesta: “Dejen ya de criticar entre ustedes”, pues oírlo decir que Él era el pan del Cielo, les descuadraba lo que habían aprendido desde su juventud, las enseñanzas de siglos y siglos. Ciertamente la seguridad de que conocían a Jesús, a su familia y a su madre, les hacía actuar con la seguridad de tener la razón. Desde la mirada hambrienta y pobre de quien no puede aceptar  de que hay una posibilidad de error en su juicio, los judíos pretendían mantener la fidelidad a la ley y los profetas, de lo cual estaban orgullosos.

Me pregunto a mí  misma y las invito a preguntarse ¿Cuál es el alimento con el que estoy nutriéndome?

Cuáles son las críticas, sin siquiera darme la posibilidad a error, que sigo haciendo, al tratar de mantenerme fiel  a algo aprendido años atrás y que hoy ya no parece ajustarse a la realidad?

En los tiempos que vivimos, especialmente como Iglesia  ahora y vida consagrada, particularmente en Chile, donde hoy me encuentro,  siento que es tiempo de reconocernos hambrientas del Verdadero Alimento,  y enfrentar la realidad que nos dice que debemos cambiar, transformar nuestra “dieta alimenticia”, dejar de comer lo que nos intoxica, lo que poco a poco nos va degradando la vida.

La invitación entonces la reconocemos, la Salud  se nos ofrece: Yo Soy el Pan de Vida…la respuesta sigue dependiendo de nosotras.

Alba Letelier, sp.

 

Reflexión del domingo 05 de agosto de 2018

Evangelio según Juan 6, 24-35.

«Al ver que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, la gente subió a las lanchas y se dirigieron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo al otro lado del lago, le preguntaron: «Rabbí (Maestro), ¿cómo has venido aquí?» Jesús les contestó: «En verdad les digo: Ustedes me buscan, no porque han visto a través de los signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento de un día, sino por el alimento que permanece y da vida eterna. Este se lo dará el Hijo del hombre; él ha sido marcado con el sello del Padre. Entonces le preguntaron: «Qué tenemos que hacer para trabajar en las obras de Dios?» Jesús respondió: «La obra de Dios es ésta: creer en aquel que Dios ha enviado.» Le dijeron: «¿Qué puedes hacer? ¿Qué señal milagrosa haces tú, para que la veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, según dice la Escritura: Se les dio a comer pan del cielo.» Jesús contestó: «En verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo. Es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. El pan que Dios da es aquel que baja del cielo y que da vida al mundo.» Ellos dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.» Jesús les dijo: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed.»

Reflexión:

Las multitudes han seguido a Jesús porque Él les dio de comer. Sin embargo, deberían buscar a Jesús porque Él puede darles la vida eterna. De esta forma, pareciera que la multitud estaría en proceso de aceptar a Jesús y su misión, además, preguntaron: «¿Qué tenemos que hacer para trabajar en las obras de Dios?» Jesús respondió, deben de tener fe en el Enviado de Dios. Pero en el siguiente diálogo, la multitud revela su incapacidad para ver la verdadera identidad de Jesús. Le piden a Jesús una señal para que sepan que Él es el enviado de Dios. Qué extraño suena ya que Jesús acaba de alimentar a más de 5000 personas. ¿Qué más se espera de Él?

Cuán rápido parecen haber olvidado lo maravilloso que Jesús ha hecho por ellos. O, tal vez nunca reconocieron lo que hizo como milagro. A veces no reconocemos las cosas extraordinarias que Dios ha hecho por nosotros. Y, a veces, simplemente olvidamos y pedimos más evidencias de su amor y de su cuidado. Oramos para que Dios elimine nuestra ceguera para que podamos recibir con gratitud y alabanza todas las cosas estupendas que Dios hace en nuestras vidas.

Es por eso que es importante nombrar los maravillosos dones que Dios nos ha dado y algunas de las obras notables que Dios ha hecho en nuestro mundo. También es importante contar nuestras bendiciones porque fácilmente podemos perder el reconocimiento de todas las cosas sorprendentes que Dios hace por nosotros. Jesús dice a las multitudes que les dará algo más grande y más importante que el pan que alimentó su hambre física; él les dará el pan de la vida eterna. Tenemos este regalo de Jesús en la Eucaristía.

Oremos juntos agradeciendo a Dios por todo lo que nos ha dado, especialmente por el regalo de la vida eterna y de la Eucaristía.

Una hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 29 de julio de 2018

Evangelio según San Juan 6: 1-15.

Después Jesús pasó a la otra orilla del lago de Galilea, cerca de Tiberíades. Le seguía un enorme gentío, a causa de las señales milagrosas que le veían hacer en los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús, pues, levantó los ojos y, al ver el numeroso gentío que acudía a él, dijo a Felipe: «¿Dónde iremos a comprar pan para que coma esa gente?» Se lo preguntaba para ponerlo a prueba, pues él sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: «Doscientas monedas de plata no alcanzarían para dar a cada uno un pedazo.»  Otro discípulo, Andrés, hermano de Simón Pedro, dijo: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados. Pero, ¿qué es esto para tanta gente?»  Jesús les dijo: «Hagan que se sienta la gente.» Había mucho pasto en aquel lugar, y se sentaron los hombres en número de unos cinco mil. Entonces Jesús tomó los panes, dio las gracias y los repartió entre los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, y todos recibieron cuanto quisieron. Cuando quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que han sobrado para que no se pierda nada.» Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos que no se habían comido: eran las sobras de los cinco panes de cebada.  Al ver esta señal que Jesús había hecho, los hombres decían: «Este es sin duda el Profeta que había de venir al mundo.»  Jesús se dio cuenta de que iban a tomarlo por la fuerza para proclamarlo rey, y nuevamente huyó al monte él solo.

Reflexión:

Este milagro de Jesús por la expectación y relevancia que tuvo para los discípulos   está narrado en los cuatro evangelios. Aquí Juan comienza: « después de esto…»  y qué fue esto?  A Jesús lo vemos tratando de decir su verdad y testimonio sobre las obras de su Padre. Se acerca la fiesta de Pascua y Él sabe lo que está por ocurrir: rechazo y cruz, no creen en su Palabra. Como familia Providencia con ocasión de esta celebración de los 175 años de vida, nos preguntamos y después de esto ¿qué?.  Y al recordar esta trayectoria histórica nos desbordan las vivencias, experiencias, asombros, generosidades y desafíos que vemos reflejado en este milagro.

El Evangelista dice que Jesús se fue a la otra ribera del mar de Galilea y que mucha gente lo seguía…que es para nosotras pasar a la otra ribera ¿cuáles serán nuestros Tiberiades?  En un discernimiento con las virtudes raíces legadas de nuestra fundadora Emilia Gámelin de humildad, simplicidad y caridad al igual Jesús que levantó los ojos y vio que lo seguía mucha   gente, también vemos y somos testigos de muchedumbres interpeladoras que siguen necesitando el anuncio sanador de Jesús con el carisma amoroso y confiado en el Padre Providente. El milagro prodigioso y asombroso que sació a tantos comenzó con lo débil, frágil y simple, con los cinco panes de cebada, el pan de los pobres y tan sólo dos peces, que depositados en las manos de Jesús se multiplican, sacian y llenan de plenitud ¿cuántas experiencias tenemos en la larga historia comunitaria en esta confianza – confiada a la Providencia del Padre que jamás defrauda?

En el lugar del milagro Jesús pide a la gente que se siente, ya que había mucha hierba. Propicia trato digno, estar bien, descanso, señal de paz, compartir bienes materiales y espirituales, que llenen el corazón. Es lo que descubrimos en nuestras Fundadoras y lo ratificamos en nuestras Constituciones.

Cuando se actúa con fe y confianza en el designio amoroso de Dios hay, iniciativa, creatividad, generosidad, proactividad, y los recursos se multiplican, ya que no se deja vencer en generosidad, como lo vemos después de alimentar a tantos miles, sobran 12 canastos de los trozos del pan repartido.

Que María, madre compasiva y de la cariñosa atención nos ayude a ser humildes y generosas y aprender de su Hijo Jesús a ver las necesidades de nuestros entornos y poner los medios de lo que somos y tenemos, que el resto lo hará el mismo Jesús, llenándonos de bendiciones en gratitud.

       Hna. Ana Delia Silva A.

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Reflexión del domingo 22 de julio de 2018

Evangelio según Marcos 6: 30-34

«Al volver los apóstoles a donde estaba Jesús, le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Jesús les dijo: «Vámonos aparte, a un lugar retirado, y descansarán un poco.» Porque eran tantos los que iban y venían que no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron solos en una barca a un lugar despoblado. Pero la gente vio cómo se iban, y muchos cayeron en la cuenta; y se dirigieron allá a pie. De todos los pueblos la gente se fue corriendo y llegaron antes que ellos. Al desembarcar, Jesús vio toda aquella gente, y sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles largamente.»

Reflexión:

Lo que caracteriza a todos los cristianos es ser artífices de paz, unificadores. Es por eso que Jesús envía a sus discípulos en misión. Reunir en vez de dispersar y separar, hacer todo para evitar que las personas se separen, que los chismes se propaguen, que los celos o la ambición vengan a quebrantar los cimientos de la comunidad. Ese es el desafío diario al que están confrontadas las personas de paz.

En la celebración de la Misa, el Señor nos permite que apacigüemos nuestra agresividad, destruyendo los muros que  nos separan. Encontramos al Señor, recibimos su perdón, descubrimos la paz y las herramientas necesarias para perdonar a los que nos ofenden.

El descanso es la barca de Jesús donde por un momento nos olvidamos de cualquier otra preocupación que solo su presencia y su amor. Nutridos de Dios, Jesús cuenta diariamente con nuestros brazos y nuestro corazón. Jesús eligió gente común, del lugar, les pidió anunciar su Buena Nueva. Él no ha cambiado de método. Ahora nos llama a nosotros. ¿Estamos escuchando el llamado de Jesús?

L.L.,  Hermana de la Providencia

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Reflexión del domingo 15 de julio de 2018

Evangelio según Marcos 6:7-13

Llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Les ordenó que no llevaran nada para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni morral, ni dinero; que llevaran calzado corriente y un solo manto.

Y les decía: «Quédense en la primera casa en que les den alojamiento, hasta que se vayan de ese sitio. Y si en algún lugar no los reciben ni los escuchan, no se alejen de allí sin haber sacudido el polvo de sus pies: con esto darán testimonio contra ellos.» Fueron, pues, a predicar, invitando a la conversión. Expulsaban a muchos espíritus malos y sanaban a numerosos enfermos, ungiéndoles con aceite. 

Al igual que los discípulos de Jesús, estamos llamados a difundir la Buena Nueva. Como ellos, debemos despojarnos de todo lo que es superfluo y no guardar sino lo esencial, es decir, nuestra fe y nuestro ser, que es un templo sagrado al servicio de la Bondad.

Este acto, en teoría, puede parecer simple y fácil de lograr. Sin embargo, todo parece converger para que esta tarea sea muy ardua, y más difícil. ¿Cómo podemos privarnos de la prosperidad que nuestra sociedad nos ofrece y que está al alcance de nuestras manos? ¿Cómo podemos alejarnos de la abundancia material y quedarnos con lo primordial?

Sin embargo, aunque vivimos en tiempos bastante distintos, estoy convencida de que para los discípulos de Jesús, también fue difícil dejar lo poco que poseían para quedarse con lo mínimo e ir de pueblo en pueblo «en misión de dos en dos». Estas pequeñas comunidades nómadas nos recuerdan a nuestras hermanas predecesoras, que fueron a tierras lejanas, sabiendo muy poco acerca de las personas con quienes se encontrarían, pero llenas de esperanza que solo la caridad apremiante de Cristo puede transmitir. Deseo que continuemos nuestro camino siempre trabajando en nosotros mismos y, al mismo tiempo, dando a conocer las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo. ¡Feliz semana a todas y todos!

Una Hermana de la Providencia

 

Reflexión del domingo 8 de julio de 2018

Evangelio según Marcos 6:1-6

Al irse Jesús de allí, volvió a su tierra, y sus discípulos se fueron con él. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga y mucha gente lo escuchaba con estupor. Se preguntaban: «¿De dónde le viene todo esto? ¿Y qué pensar de la sabiduría que ha recibido, con esos milagros que salen de sus manos? Pero no es más que el carpintero, el hijo de María; es un hermano de Santiago, de José, de Judas y Simón. ¿Y sus hermanas no están aquí entre nosotros?» Se escandalizaban y no lo reconocían. Jesús les dijo: «Si hay un lugar donde un profeta es despreciado, es en su tierra, entre sus parientes y en su propia familia.» Y no pudo hacer allí ningún milagro. Tan sólo sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Jesús se admiraba de cómo se negaban a creer.

Reflexión:

A menudo, el Señor nos envía profetas inesperados que nos asombran…

Un encuentro, un intercambio, pueden ofrecernos caminos inesperados y, de hecho, son mensajes del Señor. Tengamos en cuenta que los profetas no son «adivinos» o «predicadores de desgracias, del fin del mundo». Los profetas son aquellos que anuncian la Palabra del Señor, que enseñan cuáles son las voluntades de Dios para nosotros y para el mundo. Hacen grandes cosas de la manera más sencilla y enseñan la Verdad con la inteligencia del corazón, que es la más accesible para todos. Si permanecemos atentos nos daremos cuenta de que no hay un día en que no nos crucemos con un profeta… tal vez en nuestra familia, en nuestras relaciones cercanas, en nuestro medio de trabajo, y así sucesivamente. Cualquiera que sea el envoltorio, lo que cuenta es el mensaje y que puede ayudarnos a vivir. Algo que no falla y nos permite ver quiénes son los verdaderos profetas: siempre son objeto de críticas.

Este pensamiento nos lleva a preguntarnos seriamente como cristianas y cristianos: ¿cuándo profundizaremos antes de emitir un juicio? ¿Cuándo admitiremos que tenemos algo que cambiar, que mejorar en nuestras vidas, y que los reproches que hacemos con frecuencia a los demás nos suelen regresar? Además, ¿juzgamos y criticamos a nuestros pares mucho más fácilmente que los apoyamos en sus esfuerzos y ayudamos en sus dificultades? Que el camino trazado por el más grande de los profetas ilumine nuestras vidas.

Una Hermana de la Providencia

 

Reflexión del domingo primero de julio

Evangelio según Marcos 5:21-43

Jesús, entonces, atravesó el lago, y al volver a la otra orilla, una gran muchedumbre se juntó en la playa en torno a él. 22.En eso llegó un oficial de la sinagoga, llamado Jairo, y al ver a Jesús, se postró a sus pies 23.suplicándole: «Mi hija está agonizando; ven e impón tus manos sobre ella para que se mejore y siga viviendo.» 24.Jesús se fue con Jairo; estaban en medio de un gran gentío, que lo oprimía. 25.Se encontraba allí una mujer que padecía un derrame de sangre desde hacía doce años. 26.Había sufrido mucho en manos de muchos médicos y se había gastado todo lo que tenía, pero en lugar de mejorar, estaba cada vez peor. 27.Como había oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto. 28.La mujer pensaba: «Si logro tocar, aunque sólo sea su ropa, sanaré.» 29.Al momento cesó su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba sana. 30.Pero Jesús se dio cuenta de que un poder había salido de él, y dándose vuelta en medio del gentío, preguntó: «¿Quién me ha tocado la ropa?» 31.Sus discípulos le contestaron: «Ya ves cómo te oprime toda esta gente: ¿y preguntas quién te tocó?» 32.Pero él seguía mirando a su alrededor para ver quién le había tocado. 33.Entonces la mujer, que sabía muy bien lo que le había pasado, asustada y temblando, se postró ante él y le contó toda la verdad. 34.Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda sana de tu enfermedad.» 35.Jesús estaba todavía hablando cuando llegaron algunos de la casa del oficial de la sinagoga para informarle: «Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar ya al Maestro?» 36.Jesús se hizo el desentendido y dijo al oficial: «No tengas miedo, solamente ten fe.» 37.Pero no dejó que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. 38.Cuando llegaron a la casa del oficial, Jesús vio un gran alboroto: unos lloraban y otros gritaban. 39.Jesús entró y les dijo: «¿Por qué este alboroto y tanto llanto? La niña no está muerta, sino dormida.» 40.Y se burlaban de él. Pero Jesús los hizo salir a todos, tomó consigo al padre, a la madre y a los que venían con él, y entró donde estaba la niña. 41.Tomándola de la mano, dijo a la niña: «Talitá kumi», que quiere decir: «Niña, te lo digo, ¡levántate!» 42.La jovencita se levantó al instante y empezó a caminar (tenía doce años). ¡Qué estupor más grande! Quedaron fuera de sí. 43.Pero Jesús les pidio insistentemente que no lo contaran a nadie, y les dijo que dieran algo de comer a la niña.

Reflexión:

Si la analizamos más de cerca, esta historia nos habla sobre todo de la salvación y la fe. El oficial de la sinagoga le suplica a Jesús: «Mi hija está agonizando; ven e impón tus manos sobre ella para que se mejore y siga viviendo». Y la mujer que padecía un derrame de sangre incurable se dijo a sí misma: «Si logro tocar, aunque sólo sea su ropa, sanaré». Ahora bien, esta salvación (cuya curación es el signo) presupone la fe. Esto es lo que Jesús destaca; le dijo a la mujer que tocó su ropa y que dio a conocer: «Tu fe te ha salvado». Y al oficial de la sinagoga que acaba de enterarse de la muerte de su hija: «No tengas miedo, solamente ten fe».

Solo la fe en Jesús puede llevar la salvación a la vida eterna a través de la muerte y la resurrección del Señor. El relato de Marcos revela su carácter catequético. Al leerlo de nuevo a la luz de la resurrección de Jesús, aparece como una anticipación profética de lo que Jesús ofrece a cada creyente. De hecho, le dice a la niña: «Levántate» o literalmente, «Despierta», es decir, «Resucita».

CRISTO ha vencido la muerte. Él es la fuente inagotable de nuestra ESPERANZA. Él es la Vida que anima nuestras almas. Él es Alimento de vida por su EUCARISTÍA. Él nos revive constantemente con sus múltiples perdones. ÉL es el CAMINO de la VIDA. Vino por la VIDA y la vida en abundancia… ¡Cómo no confiar plenamente en Él!

Una Hermana de la Providencia

 

Reflexión del domingo 24 de junio – Evangelio según Lucas 1, 57-66, 80

Cuando le llegó a Isabel su día, dio a luz un hijo, y sus vecinos y parientes se alegraron con ella al enterarse de la misericordia tan grande que el Señor le había mostrado. Al octavo día vinieron para cumplir con el niño el rito de la circuncisión, y querían ponerle por nombre Zacarías, por llamarse así su padre. Pero la madre dijo: «No, se llamará Juan.» Los otros dijeron: «Pero si no hay nadie en tu familia que se llame así.» Preguntaron por señas al padre cómo quería que lo llamasen. Preguntaron por señas al padre cómo quería que lo llamasen. «Su nombre es Juan», por lo que todos se quedaron extrañados. En ese mismo instante se le soltó la lengua y comenzó a alabar a Dios. Un santo temor se apoderó del vecindario, y estos acontecimientos se comentaban en toda la región montañosa de Judea. La gente que lo oía quedaba pensativa y decía: «¿Qué va a ser este niño? » Porque comprendían que la mano del Señor estaba con él. A medida que el niño iba creciendo, le vino la fuerza del Espíritu. Vivió en lugares apartados hasta el día en que se manifestó a Israel.

Reflexión

En los evangelios, Juan Bautista es una de las pocas personas de las que se habla sobre su nacimiento. Todo comenzó con el anuncio hecho a Zacarías, cuyo nombre, no olvidemos, significa «Dios recuerda». «No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada. Tu esposa Isabel te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan». El 24 de junio, el día de su nacimiento, se nos da la oportunidad de considerar la singularidad de este hombre nacido de una pareja excepcional. También es una ocasión para unirnos a la alegría de la gente de Quebec que celebra San Juan, su fiesta nacional y la fiesta de su santo patrón.

Así Isabel dio a luz a un hijo. Lo que hace cualquiera mujer de dar a luz, también lo hizo ella. ¡Gracias a ella, Juan Bautista existe! Su existencia entera está atravesada por la relación. Yo no puedo evitar pensar en todas nuestras predecesoras, Hermanas de la Providencia, que libremente han elegido «dar a luz» dedicando su vida entera a personas marginadas. Sí, «dar a luz» es dar vida; es permitir que el otro tenga una vida mejor, por ejemplo. ¿No es esta la razón de ser de una Hermana de la Providencia? Juan Bautista es la persona que el mundo ya no esperaba, el mundo le da la bienvenida y se regocija. Es el que nació como un milagro y recibió un nombre inspirado por la tradición. Él es el precursor, el hombre feliz. En este año jubilar del 175.o aniversario de la nuestra fundación, nosotras Hermanas de la Providencia estamos invitadas a mirar el pasado y recordar todos los acontecimientos que han marcado la historia de nuestra Congregación. ¿No será este el momento para que hoy acojamos la gracia de Dios en nuestra vida personal y congregacional? Juan, cuyo nombre significa «Gracia de Dios» es quien constantemente predicó la conversión. En este año jubilar, ¿podremos dejarnos transformar por la gracia y la misericordia de Dios? ¿Seremos capaces de hacer una introspección y renovar  alianza con Cristo que constantemente nos habla? Por último, como Isabel, ¿nos encontraremos lo suficientemente disponibles para dejar estallar la vida que se mueve en nosotros?

Hna. Sandrine-Aimée Tsélikémé, sp

 

Reflexión del domingo 17 de junio – Evangelio según Marcos 4, 26-34

La semilla y el grano de mostaza 

Jesús les dijo también: «Escuchen esta comparación del Reino de Dios. Un hombre esparce la semilla en la tierra, y ya duerma o esté despierto, sea de noche o de día, la semilla brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da fruto por sí misma: primero la hierba, luego la espiga, y por último la espiga se llena de granos. Y cuando el grano está maduro, se le mete la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha.»  Jesús les dijo también: «¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué comparación lo podríamos expresar? Es semejante a una semilla de mostaza; al sembrarla, es la más pequeña de todas las semillas que se echan en la tierra, pero una vez sembrada, crece y se hace más grande que todas las plantas del huerto y sus ramas se hacen tan grandes que los pájaros del cielo buscan refugio bajo su sombra.» Jesús usaba muchas parábolas como éstas para anunciar la Palabra, adaptándose a la capacidad de la gente. No les decía nada sin usar parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Mientras esperamos la «temporada de la cosecha», un proceso de crecimiento está desarrollándose. Es una ilusión pensar que nada está sucediendo. No percibimos lo que está pasando, pero en realidad la vida está creciendo. Lo que sucede en nosotros y alrededor de nosotros es a menudo de este orden: es una fuerza oculta e imperceptible que se activa sin que nos demos cuenta.

Jesús nos hizo saber también que nuestro esfuerzo para difundir el mensaje de la Buena Nueva va en la misma dirección. Él mismo, quien era un gran predicador, no consiguió fácilmente convertir a sus contemporáneos y a su propia familia. Sin embargo, con una audacia loca, creía no haber perdido su tiempo sembrando la semilla de la esperanza del Reino. Y la historia ha confirmado que tenía razón.

Esta pequeña parábola nos recuerda que mientras la vida se está destruyendo por todas partes a nuestro alrededor, tenemos que aprender a mantener la calma, a no agitarnos y a dormir tranquilos. San Pablo dijo que en lugar de construirse a uno mismo, nosotros como cristianos debemos dejarnos moldear por la gracia de Dios. El Señor es como el escultor que no apila piedra sobre piedra, sino que quita lo no sirve del bloque de mármol que trabaja. Del mismo modo, el cristiano debe dejarse modelar con confianza. También debe confiar en Dios para el desarrollo de la fe a su alrededor. La acción de Dios está presente, aunque no la veamos.

 

Reflexión domingo 10 de junio de 2018

Marcos 3:20-35

«Jesús llegó a una casa, y la multitud se juntó de nuevo, a tal punto que ellos ni siquiera podían comer. Cuando sus parientes oyeron esto, fueron para hacerse cargo de Él, porque decían: Está fuera de sí. Y los escribas que habían descendido de Jerusalén decían: Tiene a Belcebú; y: Expulsa los demonios por el príncipe de los demonios. Y llamándolos junto a sí, les hablaba en parábolas: ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Y si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede perdurar. Y si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá permanecer. Y si Satanás se ha levantado contra sí mismo y está dividido, no puede permanecer, sino que ha llegado su fin. Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes si primero no lo ata; entonces podrá saquear su casa. En verdad os digo que todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias con que blasfemen, pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo no tiene jamás perdón, sino que es culpable de pecado eterno. Porque decían: Tiene un espíritu inmundo.

Entonces llegaron su madre y sus hermanos, y quedándose afuera, mandaron llamarle. Y había una multitud sentada alrededor de Él, y le dijeron: He aquí, tu madre y tus hermanos están afuera y te buscan. Respondiéndoles El, dijo: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y mirando en torno a los que estaban sentados en círculo, a su alrededor, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque cualquiera que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano y hermana y madre.»

Reflexión:

Trata de imaginar, como yo lo estoy haciendo ahora, que formas parte de este evangelio que, a primera vista, luce controversial… A Jesús, apretujado por la gente, le es imposible probar bocado ¿Qué siento al imaginar esta escena y qué pienso al respecto? Para mi sorpresa, Jesús no pierde la calma… Lo miro de reojo… está atento. Y entre tantos requerimientos, me llama la atención que preste oído a los escribas, quienes,  con sus conocimientos, prejuicios y miedos, comentaban de Jesús: «tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios» … Me quedo expectante frente a lo que pudiese decir Jesús; después de todo, son los escribas, hombres (mujeres) de opinión, líderes en su área y celosos de su tradición ¿Recuerdas alguna vez en que personas o grupos, con sus prejuicios y miedos, te hayan evaluado? Y tú, con tus prejuicios y miedos, ¿has evaluado a alguien? Me quedo viendo a Jesús, que me mira con ternura, como sabiendo mi ignorancia mezclada con profunda admiración y respeto…Y tú ¿cómo crees que Jesús te mira?… Él me invita a acercarme y, al igual que a los demás, me explica desde la lógica más básica, que una familia dividida no puede subsistir, que su actividad, su celo, su silencio, tienen un fundamento imposible de cambiar, y esta es… ¡la voluntad del Papito! … Respiro profundo… y me doy cuenta de que Jesús me mira con nostalgia, menciona mi nombre y, sin eufemismos, me pregunta: «¿Eres tú mi hermano, mi hermana y mi madre?» ¿Qué le respondo?

Marcia Gatica sp.

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Domingo 3 de junio de 2018

«Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre» (Mc 14, 12-16, 22-26)

Evangelio según Marcos

El primer día de la fiesta en que se comen los panes sin levadura, cuando se sacrificaba el Cordero Pascual, sus discípulos le dijeron: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la Cena de la Pascua?» Entonces Jesús mandó a dos de sus discípulos y les dijo: «Vayan a la ciudad, y les saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo hasta la casa en que entre y digan al dueño: “El Maestro dice: ¿Dónde está mi pieza, en que podré comer la Pascua con mis discípulos?” Él les mostrará en el piso superior una pieza grande, amueblada y ya lista. Preparen todo para nosotros.» Los discípulos se fueron, entraron en la ciudad, encontraron las cosas tal como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.

Durante la comida Jesús tomó pan, y después de pronunciar la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomen, esto es mi cuerpo.» Tomó luego una copa, y después de dar gracias, se la entregó y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esto es mi sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por muchos. En verdad les digo que no volveré a probar el fruto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios.» Después de cantar los himnos se dirigieron al monte de los Olivos.

En adelante, aquellos que bien quieren mirar hacia el Crucificado y reconocer en él el verdadero rostro de Dios,  son los hermanos y las hermanas de Cristo; lo reconocen tal como es verdaderamente, el Dios de la ternura y la misericordia y, a su vez, pueden vivir en la ternura y la misericordia. Finalmente, de eso se trata, de vivir como seres libres, porque las peores cadenas son las que nos ponemos a nosotros mismos.

Esta es la vida nueva a la que estamos invitados y que es simbolizada por el pan; cuando Jesús dijo «Esto es mi cuerpo», tenía en las manos un pedazo de pan sin levadura, un «matzá», y así anunció una nueva forma de ser, una manera pura que significaba ser libre.

En este año del 175.o aniversario de nuestra Congregación, transmitiremos a las nuevas Hermanas de la Providencia, así como a las Asociadas y Asociados Providencia, el orgullo y el anhelo de querer pertenecer a nuestra hermosa Comunidad y de arraigarse en ella.

Durante las festividades, en la alegría de la acción de gracias, me maravillo y agradezco a Dios Providencia y a Emilia Gamelin, pues ella me hace vivir su carisma. Cada Hermana de la Providencia, dondequiera que se encuentre en el mundo, es una extensión de Emilia, quien sigue y seguirá por siempre muy viva en nuestros corazones y en nuestras vidas.

¡175 años de bendiciones!

Hermana Lise Lessard, sp.

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Domingo de la Santísima Trinidad, 27 de mayo de 2018

Todos aquellos a los que guía el Espíritu de Dios son hijos e hijas de Dios. […] que nos permite gritar: ¡Abba!, o sea: ¡Padre! El Espíritu asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Siendo hijos, son también herederos; la herencia de Dios será nuestra y la compartiremos con Cristo… Romanos 8, 14-17

Cuando oro con el icono de la Santísima Trinidad de Andrei Rublev, me llama la atención cómo cada una de las personas representadas en el icono se inclinan las unas hacia las otras. Estas tres personas distintas parecen estar comprometidas en un encuentro sagrado, que a la vez es consciente y armonioso. En su compromiso, podemos reconocer que una comunión profunda y sagrada está sucediendo.

En la capilla del Centro Internacional de las Hermanas de la Providencia, en Montreal, se halla un icono de la Sagrada Familia en el que las tres personas, María, José y el Niño Jesús, se inclinan también los unos hacia los otros, plenamente conscientes y comprometidos en un encuentro que refleja el de la Santísima Trinidad. Aquí, también vemos que ocurre una comunión y reconocemos la comunidad de amor que llamamos la Sagrada Familia.

Lo que es para mí  tan maravilloso, sorprendente y misterioso, es que el amor comunitario de la Trinidad se «hizo carne» en la vida de Jesús. Con la encarnación de Jesús, el Amor Sagrado del Dios Trinitario se vuelve uno  con toda la humanidad y con toda la creación. Este encuentro de Dios con la creación de Dios en la persona de Jesús se confirma con la efusión del Espíritu Santo que abarca todo el universo.

En nuestras vidas cotidianas, somos invitados a ser conscientes y saber que estamos inmersos en lo sagrado y que nosotros mismos, cualquier otra persona y cada aspecto de la creación refleja el carácter sagrado de Dios. A medida en que nos hacemos cada vez más conscientes de esta verdad, nos encontramos inclinándonos hacia el encuentro con lo sagrado que nos rodea y participamos en la dinámica sagrada del amor que tiene el poder de transformarnos. Así, nosotros, con nuestras hermanas, nuestros hermanos y toda la creación, nos estamos moviendo juntos hacia la comunión, reflejando en nuestras diversas y santas comunidades de vida, la misma vida de la Trinidad de Dios La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes.  2 Cor 13, 14-17

Kathryn Rutan, sp.

 

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DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Evangelio según Juan 20, 19-23

La noche de ese mismo día, el primero de la semana, los discípulos estaban reunidos a puerta cerrada en un lugar, por miedo a los judíos. En eso llegó Jesús, se puso en medio y les dijo: «La paz sea con ustedes.» Y mientras les decía esto, les mostró sus manos y su costado. Y los discípulos se regocijaron al ver al Señor. Entonces Jesús les dijo una vez más: «La paz sea con ustedes. Así como el Padre me envió, también yo los envío a ustedes.» Y habiendo dicho esto, sopló y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes perdonen los pecados, les serán perdonados; y a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados.»

Desde hace ocho días, los apóstoles han estado tristes y un poco desconcertados. El domingo anterior, vieron a Jesús elevarse y ascender al cielo y saben que ya no lo volverán a ver. Están tristes y preocupados, no saben cómo será todo por ellos ahora.

Hoy, se reúnen en el mismo lugar, dice el evangelista, probablemente el Cenáculo, para hablar de Jesús, sus enseñanzas y sus palabras durante su primera aparición. Jesús se presentó ante ellos diciéndoles: «La paz sea con ustedes» y después de pronunciar estas palabras, sopló sobre ellos y dijo: «Reciban el Espíritu Santo, él les enseñará todas las cosas». Sin embargo, todavía se sienten indefensos y temerosos; realmente no saben cómo cumplirán la misión que Jesús les dejó.

Mientras tienen todos estos pensamientos, se siente un gran viento que llena toda la habitación y los apósteles ven lenguas de fuego que se posan sobre sus cabezas. ¡Es Pentecostés! Es el Espíritu Santo que se hace oír y se deja ver. Transforma a los apóstoles, los llena de audacia, amor, fuerza y valentía. Sí, ya están listos para proclamar a Jesús, su vida, su muerte y sus enseñanzas. (Hechos de los Apóstoles 2, 1-11)

La mayoría de nosotros también recibimos el Espíritu Santo, primero en nuestro bautismo y luego en nuestra confirmación. ¿Lo recordamos? ¿Todavía pensamos en ello? ¿Queremos el Espíritu de Dios? ¿Oramos al Espíritu Santo? Cuando yo era una niña interna en una escuela, cada lunes por la mañana, antes de clase, cantábamos una oración al Espíritu Santo. Yo suelo cantarla todavía, porque me gusta mucho y, para esta semana de Pentecostés, quisiera compartir la letra con ustedes:

Oh Espíritu Santo, alma de mi alma, te adoro.

Guíame, dirígeme, consuélame, háblame,

Dime lo que debo hacer, dame órdenes.

Te prometo someterme a todo lo que me pidas

Y aceptar todo lo que permitas.

Solo hazme conocer tu voluntad.

Amén.

Hermana Pierrette Chevrette, sp.

 

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Domingo, 14 de mayo de 2018

Evangelio según Marcos, 16, 15-20

Y les dijo: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se niegue a creer será condenado. Estas señales acompañarán a los que crean: en mi Nombre echarán demonios y hablarán nuevas lenguas; tomarán con sus manos serpientes y, si beben algún veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán sanos.» Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos, por su parte, salieron a predicar en todos los lugares. El Señor actuaba con ellos y confirmaba el mensaje con los milagros que los acompañaban.

Reflexión

Hoy el domingo de Ascensión nos enseña que la presencia de Jesús, limitada hasta entonces a quienes podían acercarse físicamente a Él, tocarlo, verlo y escuchar sus palabras, se convierte en una presencia sin límites de fronteras. El misterio de la Ascensión dista mucho de ser un sueño. No se parece a nada de lo que ofrece la fundación «Sueños de Niños», que permite a un niño enfermo realizar un sueño antes de morir.

Este misterio de la Ascensión no nos aleja de la realidad humana en la que vivimos, no nos lleva a un mundo virtual, sino que nos regresa a la tierra. Actualiza el misterio de la Encarnación del Verbo: Dios con nosotros. Jesús es una presencia que forma parte del ser humano, de nuestro cuerpo de carne, de nuestro corazón y de nuestro espíritu; es una presencia que se encuentra en el corazón de la Iglesia, en nuestras comunidades de fe y en los intercambios de gestos que reconocen esta presencia en los hermanos y las hermanas que nos rodean o en quienes padecen necesidad.

«Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y ustedes me dieron de beber. Fui forastero y ustedes me recibieron en su casa. Anduve sin ropas y me vistieron. Estuve enfermo y fueron a visitarme. Estuve en la cárcel y me fueron a ver» (Mateo 25: 35-36).

Hoy día, también celebramos el día de la madre; es un hermoso día para agradecer a nuestra madre el habernos dado la vida.

Un día, mi madre se enfermó gravemente y fue hospitalizada en Sorel; ya no caminaba ni podía comer sola. Como yo conocía a un médico a quien acompañaba espiritualmente, lo llamé para preguntarle si él podría intervenir. Rápidamente contactó a uno de sus colegas, el cual ordenó el traslado de mi madre al hospital Maisonneuve-Rosemont, en Montreal. En seguida le prestaron cuidado a mi mamá. Todo el mundo me decía: «Lucille, prepárate, tu madre va a morir». Pero, en el fondo de mi corazón, tenía la certeza de que mi madre no iba a fallecer. Como bien pueden imaginar, pedí a Emilia que interviniera, ofrecí una limosna a mi querida fundadora. Mi madre se recuperó después de unos meses de convalecencia y doy gracias al Señor. Hoy, por ser día de la madre, aprovecho la oportunidad para agradecer al Señor y rendirle un homenaje a mi madre: «Mamá, te doy gracias por haberme dado la vida, por haberme hecho conocer a Dios, por haberme enseñado el amor de los más débiles, de los más pequeños y la importancia de actuar en su defensa. Cada noche, te oía orar el «Padre Nuestro» y el «Ave María», antes de que tú y papá se durmieran». «Gracias también por todos los niños que acogiste en tu hogar y que cuidaste durante muchos años.» Mi madre tiene 95 años ahora y vive  en la residencia Bourgjoli, en la ciudad de St-Hyacinthe, desde hace varios años.

Recordemos con gratitud y afecto a todas las mamás, incluidas las que se encuentran en el Cielo, confiándolas a María, la mamá de Jesús», nos dice el Papa Francisco.

En este domingo de Ascensión, Jesús desaparece de la vista de sus discípulos, pero permanece presente en lo más profundo de sus corazones. Enséñanos, Señor, a reconocer tu presencia en todos los eventos de nuestra vida. Amén.

 

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Domingo, 5 de mayo de 2018

«No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos,» (Jn 15, 9-17)

Evangelio según Juan

6.o domingo de Pascua

En aquel entonces, Jesús les decía a los discípulos: «Como el Padre me amó, así también los he amado yo: permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho todas estas cosas para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea completa. Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos, y son ustedes mis amigos si cumplen lo que les mando. Ya no les llamo servidores, porque un servidor no sabe lo que hace su patrón. Los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que aprendí de mi Padre. Ustedes no me eligieron a mí; he sido yo quien los eligió a ustedes y los preparé para que vayan y den fruto, y ese fruto permanezca. Así es como el Padre les concederá todo lo que le pidan en mi Nombre. Ámense los unos a los otros: esto es lo que les mando. »

Reflexión

Nos encontramos aquí ante unos de los pasajes más fuertes del Evangelio; si nos detenemos en él, percibimos la esencia misma del cristianismo: «Ámense los unos a los otros». Este mandamiento, que no tiene nada que ver con una orden militar, se nos da con el sentido de una «palabra de vida», como las diez palabras o los diez mandamientos dados a Moisés; en fin, estas palabras se resumen muy claramente en una: amar, amarse los unos a los otros por encima de todo, tanto como Dios nos ama.

Este amor grandioso e infinito que, por su vida, Cristo nos enseñó, es un desafío cotidiano al que se enfrentan todos los seres humanos; vivirlo requiere un corazón dispuesto a abrirse, a aceptar al otro  con benevolencia, a acogerlo cálidamente, a amar y a dejarse amar.

Así pues, dar fruto es posible solamente si nos amamos y aceptamos amar como Dios ama, con un amor sin límites y sin previo aviso. Luego si perseguimos este fin, desde ya encontraremos en este mundo un poco de la felicidad celestial de los que nos amarán como nosotros hemos de amarlos.

Por lo tanto, esta palabra de amor nos llama a reflexionar sobre las preguntas siguientes: ¿Nos encontramos realmente dispuestos a amar? ¿Nos hallamos abiertos al otro hasta el punto de amarlo, hasta el punto de dar nuestra propia vida, como Emilia Gamelin lo hizo a lo largo de su vida?

Que el Señor nos guíe en nuestro camino hacia el amor.

Una Hermana de la Providencia.

 

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Domingo, 29 de abril de 2018

Evangelio según Juan, capítulo 15, 1-8

En aquel entonces, Jesús le decía a sus discípulos: «Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Toda rama que no da fruto en mí la corta. Y todo sarmiento que da fruto lo limpia para que dé más fruto. Ustedes ya están limpios gracias a la palabra que les he anunciado, pero permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes. Un sarmiento no puede producir fruto por sí mismo si no permanece unido a la vid; tampoco ustedes pueden producir fruto si no permanecen en mí. Yo soy la vid y ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, pero sin mí no pueden hacer nada.  Al que no permanece en mí lo tiran y se seca; como a los sarmientos, que los amontonan, se echan al fuego y se queman. Mientras ustedes permanezcan en mí y mis palabras permanezcan en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán. Mi Padre es glorificado cuando ustedes producen abundantes frutos: entonces pasan a ser discípulos míos.»

Reflexión

Hoy, el Evangelio nos habla otra vez de una imagen campestre bien evocadora. Después de la del pastor, la imagen de la vid nos evoca muchas cosas relacionadas con la vida. La vid, una planta maravillosa, compleja y frágil, es sorprendentemente productiva, pero necesita mucho cuidado. Antes de ser el orgullo del labrador, requiere su amor, su energía y su atención constante. ¡Es una verdadera pasión! Pasa lo mismo con nuestros jardineros locales.

Dar frutos no significa hacer cosas extraordinarias, sino hacer bien las cosas ordinarias. «Atados a Cristo como los sarmientos a la vid, iluminados por el Espíritu Santo, podemos entonces producir un fruto abundante. El fruto del Espíritu, como nos lo decía san Pablo, “es caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo. (Gál 5,22-23)” (Padre Yvon-Michel Allard, s.v.d.)». Dios nos necesita para crear un mundo mejor, un mundo de respeto, de fraternidad y de amor. Dios necesita nuestras manos, nuestros pies, nuestro corazón en un universo a menudo despiadado ante los vulnerables. El texto de hoy nos recuerda que si estamos unidos a Cristo, como los sarmientos de la vid, recibiremos su fuerza y su vida, nos  querremos los unos a los otros y daremos mucho fruto. «El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto.»

El texto de hoy nos recuerda también que hay que mantener una constante relación con Cristo, con el fin de que nuestra fe y nuestro compromiso no se extingan, como la llama de una lámpara que arde. Gracias a la savia vivificante de la vid, las obras de bondad pueden ocurrir y multiplicarse.

La vid no se deja abandonada a sí misma, sin cuidado. Puede contar con la labor del labrador que trabaja para  purificarla, para limpiarla; no para la muerte y la separación, sino para dar más vida y más fruto. Me parece que este detalle nos invita a revisar las pruebas a las que nos enfrentamos en nuestra vivencia cotidiana.

Mucho antes de nosotras, una mujer, la señora Gamelin, dio una amplia mirada a los sufrimientos de sus compatriotas y, como la vid que extiende sus sarmientos, ella multiplicó su presencia, su apoyo, su acción, para permitirles que crecieran y se transformaran plenamente, por su vida, en un himno al Dios que hizo el universo.

«¿Tiene idea de un campo? Ya lo compró: una viña que pagó con su trabajo» (Prov. 31,16). Estamos pues entre unas manos que nos quieren. El Padre se ofrece a refinarnos, a liberarnos y a despejarnos para que demos todo el fruto esperado.

Hermana Lucille Vadnais, sp.

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Espiritualidad Providencia

Este año 2018 celebramos el 175.o aniversario de la Congregación. Con el objetivo de disponer de una herramienta común de reflexión y desde un punto de vista de la espiritualidad propia a nuestra Congregación le presentamos la reflexión sobre el Evangelio del domingo.

Domingo, 22 de abril de 2018

El buen pastor da su vida. Juan 10, 11-18

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. No así el asalariado, que no es el pastor ni las ovejas son suyas. Cuan do ve venir al lobo, huye abandonando las ovejas, y el lobo las agarra y las dispersa. A él sólo le interesa su salario y no le importan nada las ovejas. Yo soy el Buen Pastor y conozco a los míos como los míos me conocen a mí, lo mismo que el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Y yo doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este corral. A esas también las llevaré; escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño con un solo pastor. El Padre me ama porque yo doy mi vida para retomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo mismo la entrego. En mis manos está el entregarla y el recobrarla: éste es el mandato que recibí de mi Padre. »

Reflexión

El buen pastor es el que permite a quienes le fueron confiados vivir plenamente. San Juan, en su Evangelio, hace hincapié en la individualidad de cada uno y la importancia que tenemos para Dios: «Yo soy el buen pastor, y conozco a [mis ovejas] y [mis ovejas] me conocen». Cuando alguien es importante para nosotros, conocemos su nombre, ya sea un miembro de nuestra familia, uno de nuestros amigos, un colega o las personas que nos rodean. Conocer a una persona me permite amarla y respetarla, por lo tanto Jesús se describe a sí mismo como el pastor que conoce a cada una de sus ovejas por su nombre. Todas escuchan su voz y la reconocen. No hay ningún marginado entre las ovejas de Jesús. Fuerte o débil, cada una recibirá la vida en abundancia, si es que lo desea.

Sí, Jesús nuestro pastor nos confía los unos a los otros. Como él, somos invitados a dejar nuestro corral para ir al encuentro de los demás, y no es fácil. La tentación de cerrar la puerta y quedarse bien cómodos en casa, es grande. La Buena Nueva del Evangelio debe ser anunciada a los pobres y a los marginados por el mundo entero, siguiendo el ejemplo de Emilia.

Este domingo del Buen Pastor, haznos reconocer tu voz, Señor, entre los ruidos del mundo.  Tu Palabra nos revela el camino que nos lleva hacia ti, concédenos la gracia de acogerla y aferrarnos a ella para que transforme nuestras vidas; y que podamos aprovechar el 175.o aniversario de la fundación de la Congregación de las Hermanas de la Providencia, para profundizar  nuestra reflexión acerca de la Palabra de Dios.

Hermana Françoise Paillé, sp.

 

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Domingo 15 de avril de 2018

Luc 24, 35-48
[Los apóstoles], por su parte, contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Mientras estaban hablando de todo esto, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: «Paz a ustedes.» Quedaron atónitos y asustados, pensando que veían algún espíritu, pero él les dijo: «¿Por qué se desconciertan? ¿Cómo se les ocurre pensar eso? Miren mis manos y mis pies: soy yo. Tóquenme y fíjense bien que un espíritu no tiene carne ni huesos, como ustedes ven que yo tengo.» Dicho esto les mostró las manos y los pies.Y como no acababan de creerlo por su gran alegría y seguían maravillados, les dijo: «¿Tienen aquí algo que comer?» Ellos, entonces, le ofrecieron un pedazo de pescado asado y una porción de miel; lo tomó y lo comió delante ellos. Jesús les dijo: «Todo esto se lo había dicho cuando estaba todavía con ustedes; tenía que cumplirse todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos referente a mí.» Entonces les abrió la mente para que entendieran las Escrituras. Les dijo: «Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Luego debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, y yendo después a todas las naciones, invitándolas a que se conviertan.
Ustedes son testigos de todo esto.»

Reflexión 

Nos corresponde a nosotros ser testigos

Nosotros, cristianos y cristianas, somos sin duda los testigos privilegiados de la resurrección de Cristo. Fiel a su promesa, el Padre lo resucitó de entre los muertos. El sufrimiento de Jesús es igual a la recompensa de la vida eterna, luz de vida y paz, y nosotros, como los discípulos de Emaús, somos de todo ello los testigos de primera mano.

Cristo Resucitado está presente y se encuentra en medio de nosotros; sin embargo, a pesar del testimonio de las mujeres y de los dos viajeros, los discípulos no pudieron creerlo antes de que Jesús apareciera ante ellos. Solo Jesús puede confirmar la experiencia y su sentido. Jesús prueba que su experiencia no es una broma. El creyente se encuentra con el Cristo Resucitado a través de sus sentidos. Los discípulos vieron, tocaron y oyeron al Cristo Resucitado. Hoy en día, vemos, oímos y tocamos a Cristo a través de los sacramentos, en el testimonio y el servicio de los demás.

La unión con Cristo no se establece únicamente  al compartir la copa y el pan partido; una unión más grande es establecida a través de este compartir y se trata de la unión entre todos los miembros de la comunidad cristiana. Por lo tanto, somos los testigos, pero también los herederos de la fe, y nos corresponde ahora compartir la Buena Nueva, porque hoy más que nunca se necesita una Iglesia que vaya al encuentro de las personas donde estén y como sean.

No obstante, ¿hasta dónde va mi compromiso en la continuación de mi testimonio? ¿Acaso Emilia, hace 175 años, se retiró o vaciló ante la magnitud de la tarea, ante la «pesadez» del legado?

Una Hermana de la Providencia

 

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Domingo de la divina misericordia, 8 de abril de 2018

Este año 2018 celebramos el 175.o aniversario de la Congregación. Con el objetivo de disponer de una herramienta común de reflexión y desde un punto de vista de la espiritualidad propia a nuestra Congregación le presentamos la reflexión sobre el Evangelio del segundo domingo de Pascuas de 2018, por Rosalie Locati, sp.

Evangelio según Juan 20, 19-31

Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor. Jesús les volvió a decir: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «Hemos visto al Señor.» Pero él contestó: «Hasta que no vea la marca de los clavos en sus manos, no meta mis dedos en el agujero de los clavos y no introduzca mi mano en la herida de su costado, no creeré.» Ocho días después, los discípulos de Jesús estaban otra vez en casa, y Tomás con ellos. Estando las puertas cerradas, Jesús vino y se puso en medio de ellos. Les dijo: «La paz esté con ustedes.» Después dijo a Tomás: «Pon aquí tu dedo y mira mis manos; extiende tu mano y métela en mi costado. Deja de negar y cree.» Tomás exclamó: «Tú eres mi Señor y mi Dios.» Jesús replicó: «Crees porque me has visto. ¡Felices los que no han visto, pero creen!»

Muchas otras señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Crean, y tendrán vida por su Nombre.

 

Reflexión 

Segundo domingo de Pascuas

Era el primer día después de la resurrección. En el amanecer, los apósteles abrumados por el miedo, la confusión, la ansiedad, la tristeza, y tal vez por cierta culpa, se encerraron en casa. Pronto María Magdalena, llega de angustia, vino a anunciar que el cuerpo de Jesús no se encontraba en el sepulcro. Pedro y el otro discípulo corrieron para ver con sus propios ojos, pero sus esperanzas se desvanecen cuando ven una tumba vacía. Luego, más tarde en el día, emocionada y sin aliento, María Magdalena regresó a contarles una buena noticia: «He visto al Señor».

¿Pueden ustedes imaginarse lo que los discípulos deben haber pensado y sentido al enterarse de esta noticia? ¿Sería realmente posible que creer y confiar en tan increíble noticia? Tal vez sintieron un torrente de emoción, ansiedad y esperanza, de que pudieran ellos mismos también ser testigos de esto. Y sin embargo, siguieron escondiéndose a puertas cerradas, paralizados por su propio miedo personal y comunitario.

Sin previo aviso, Jesús se puso en medio de ellos. La sorpresa los estremeció. El saludo de Jesús, sencillo, tranquilizante, relajante y cálido de: «La paz sea contigo», quitó sus miedos, terminó con su tristeza y ofreció una profunda sensación de bienestar, una liberación de la tensión y de toda duda. Mientras se regocijaban, Jesús los envía a su nuevo ministerio: «Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también». Ahora deben revelar el amor de Dios al mundo y ser el rostro humano (la presencia) de la Providencia de Dios. Ellos son enviados a dar a conocer la compasión, la misericordia y el amor del Padre. Jesús promete enviar al Espíritu Santo a enseñarles, recordales el misterio de la salvación y guiarlos durante los días difíciles por venir.

Hoy es también el domingo de la Divina Misericordia. Como discípulos en un mundo de realidades caóticas y desafiantes, somos enviadas por el Padre, en nombre de Jesús, a ser agentes de sanación y liberación para las personas pobres, oprimidas y vulnerables. Estamos llamadas a vivir y modelar vidas de misericordia, reconciliación y perdón. Como manifestación de la Providencia de Dios en nuestro mundo, nuestras comunidades y nuestros ministerios, somos invitadas, como lo dijo Jesús a los discípulos en el monte a ser: «compasivas, como es compasivo el Padre de ustedes» (Lc 6,36). A través de la gracia, debemos ser liberadas de nuestros miedos personales, tocadas por la misericordia de Dios e inspiradas por el Espíritu Santo para ser eficaces, vibrantes y valientes discípulos de Jesús.

¿Qué miedos o dudas nublan mi capacidad de reconocer y dar la bienvenida al Señor resucitado en mi vida hoy?

¿Qué me libera y me da valor para hablar y actuar con pasión a aquellos que son pobres y vulnerables en la sociedad?

¿Cómo manifiesto yo la Providencia y la misericordia de Dios en mis relaciones y la vida comunitaria?

Rosalie Locati, sp.

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Reflexión sobre el Evangelio del Domingo de Pascuas 1 de abril de 2018, por Isabel Cid, sp.

Evangelio según Lucas 24 13-35

Aquel mismo día dos discípulos se dirigían a un pueblecito llamado Emaús, que está a unos doce kilómetros de Jerusalén, e iban conversando sobre todo lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar con ellos, pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿De qué van discutiendo por el camino?» Se detuvieron, y parecían muy desanimados. Uno de ellos, llamado Cleofás, le contestó: «¿Cómo? ¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no está enterado de lo que ha pasado aquí estos días?» «¿Qué pasó?», les preguntó. Le contestaron: «¡Todo el asunto de Jesús Nazareno!» Era un profeta poderoso en obras y palabras, reconocido por Dios y por todo el pueblo. Pero nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes renegaron de él, lo hicieron condenar a muerte y clavar en la cruz. Nosotros pensábamos que él sería el que debía libertar a Israel. Sea lo que sea, ya van dos días desde que sucedieron estas cosas. En realidad, algunas mujeres de nuestro grupo nos han inquietado, pues fueron muy de mañana al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, volvieron hablando de una aparición de ángeles que decían que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y hallaron todo tal como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron.» Entonces él les dijo: «¡Qué poco entienden ustedes y qué lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No tenía que ser así y que el Mesías padeciera para entrar en su gloria?» Y les interpretó lo que se decía de él en todas las Escrituras, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas. Al llegar cerca del pueblo al que iban, hizo como que quisiera seguir adelante, pero ellos le insistieron diciendo: «Quédate con nosotros, ya está cayendo la tarde y se termina el día.» Entró, pues, para quedarse con ellos. Y mientras estaba en la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció. Entonces se dijeron el uno al otro: «¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» De inmediato se levantaron y volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a los de su grupo. Estos les dijeron: «Es verdad: el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón.» Ellos, por su parte, contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡JESÚS RESUCITO!

Lo encontramos en nuestro diario vivir.

¡Aleluya! ¡Aleluya!

¡Nuestra Comunidad está viva desde hace 175 años!

Hoy el Evangelio nos dice que en la ruta de Emaús, un desconocido se acerca a personas que caminan tristes, afligidas y sin esperanzas. Este hombre les conversa, las anima y las acompaña y las personas van sintiendo en sus corazones una fuerza transformadora. Al llegar a su casa comparten la comida con el forastero y cuando él parte el pan se dan cuenta que es el mismo Jesús que han visto morir en la cruz.

Ahora reconocen que ha resucitado. La alegría es tan grande que ya no cabe en sus corazones y se van a comunicarla.

Es esta misma alegría, fruto de una comunión realizada, que Emilia transmitió a las personas pobres, humilladas, abandonadas, enfermas y afligidas que encontró en su camino. Ella aprendió con María a vivir la compasión. Ahí vivió su Pascua, así recibió la vida nueva, así fue Providencia.

¡Cuántas pascuas se han vivido durante estos 175 años de nuestra Congregación!

¡Cuántas más podemos vivir a diario inspiradas por Cristo y Emilia!

Que nuestras celebraciones sean ecos vibrantes de gratitud por este privilegio de servir dando vida nueva en todas las situaciones que encontramos.

¡FELICES PASCUAS!

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Compartimos las reflexiones de hermana Grace (Mae) Valdez, sp., sobre el Evangelio del domingo 25 de marzo de 2018:

Evangelio según Marcos 14.1 – 15.47

En esta temporada del año, nos preparamos a contemplar el significado de la pasión del Señor en nuestro propio llamado al discipulado. Quisiera proponerles tres observaciones sobre el Evangelio de hoy. Primero, ¿Quién es Jesús? «¿Eres tú el Cristo, el Hijo de Dios Bendito?» Jesús contestó: «Yo soy, y un día verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios poderoso». El «Yo soy» de Jesús clarifica que Él es verdaderamente el Hijo de Dios, que vino a nosotros, fue entregado a los soldados y a la muchedumbre, y permitió que lo crucificaran para salvarnos.

En segundo lugar, la obediencia de Jesús en la entereza de su pasión, se manifestó en silencio. Tenía suficiente capacidad como para recibir y permitir los insultos, los comentarios negativos y los sufrimientos físicos. Fue obediente a la misión del Padre y asumió las consecuencias. Obedeció no por su propia gloria, sino para salvar a toda la humanidad; Jesús, en solidaridad con nosotros, abrazó a todos nuestros sufrimientos. Mirando a Jesús, vemos también cómo deberíamos ser.   Necesitamos el espíritu de servicio de Jesús para salvar nuestro mundo. Nos enfrentamos a todo tipo de sufrimiento cuando nos rehusamos a servir, haciéndonos más importantes que otros. En definitiva, el mundo sufre a causa de nuestra desobediencia a la voluntad de Dios.

Reflexión y desafío personal: Me sentí horrorizada y herida por Jesús cuando leí, «¡Crucifícalo!» Quería entrar en la escena y gritar «¡No! ¡No pueden hacerle esto!» Seríamos hipócritas si no admitimos que somos parte de la condena y muerte de Jesús, por las acciones  de nuestra vida cotidiana. Cuando insultamos a otros o hacemos comentarios negativos, ¿acaso no impedimos al espíritu de Dios que obre en nosotros?  Cuando no somos fieles a la gracia de Dios, ¿

no traicionamos la acción de Dios en nosotros? A menudo nuestro comportamiento y valores no reflejan lo que nos comprometimos a vivir, de acuerdo a nuestro estado en de vida. Cuando no somos capaces de responder a la gracia de Dios, ¿será porque no hemos puesto a Jesús en el centro de nuestra vida? ¿No habremos ofendido a Dios cuando estamos tan enfocados en nuestro ministerio y nos hemos olvidado de pasar tiempo de calidad con Él, Él, quien es la fuente principal de nuestros dones y cualidades? Ojalá constantemente nos acordemos de las palabras de Jesús: «Siempre tienen a los pobres con ustedes y en cualquier momento podrán ayudarlos, pero a mí no me tendrán siempre. En verdad les digo: dondequiera que se proclame el Evangelio, en todo el mundo, se contará también su gesto y será su gloria (Mc 14, 7 y 9).» Acordémonos aún más de las palabras de Jesús, cuando tomamos como un hábito el usar nuestro ministerio como una prioridad, tal vez con el fin de evitar las responsabilidades que pudieran aumentar nuestras zonas de confort.

La pasión de Cristo es un desafío para nosotras Mujeres Providencia.  Al ser fieles a nuestro modo de vivir, en escucha y diálogo contemplativo, elegimos y respondemos continuamente vivir en solidaridad con los demás y especialmente con las personas más desfavorecidas a quienes servimos.

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Compartimos las reflexiones de hermana Béatrice Bouchard, sp., sobre el Evangelio del domingo 18 de marzo de 2018:

Evangelio según Juan 12, 20-33

También un cierto número de griegos, de los que adoran a Dios, habían subido a Jerusalén para la fiesta. Algunos se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron: «Señor, quisiéramos ver a Jesús.» Felipe habló con Andrés, y los dos fueron a decírselo a Jesús. Entonces Jesús dijo: «Ha llegado la hora para que sea glorificado el Hijo del Hombre. En verdad les digo: Si el grano de trigo no cae en tierra y no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida la destruye; y el que desprecia su vida en este mundo, la conserva para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Y al que me sirve, el Padre le dará un puesto de honor. Ahora mi alma está turbada. ¿Diré acaso: “Padre, líbrame de esta hora”? ¡Si precisamente he llegado a esta hora para enfrentarme con todo esto! Padre, ¡da gloria a tu Nombre!» Entonces se oyó una voz que venía del cielo: «Lo he glorificado y lo volveré a glorificar.» Los que estaban allí y que escucharon la voz decían que había sido un trueno; otros decían: «Le ha hablado un ángel.» Entonces Jesús declaró: «Esta voz no ha venido por mí, sino por ustedes. Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera, y yo, cuando haya sido levantado de la tierra, atraeré todo.» Con estas palabras Jesús daba a entender de qué modo iba a morir.

El grano de trigo

¿Habrá alguien leyéndome en este momento y que algún día se encontró con una persona que le habló de un grano de trigo durante una tarde entera? Sorprendente, ¿cierto? Entonces, vayamos a ver a Jesús y él nos dirá:

Si el grano de trigo no muere, no dará fruto; queda solo y muere. De niña, mi padre era agricultor; sembraba la mitad de su campo con trigo, y la otra con avena.  Estoy convencida de que Jesús se dejaba inspirar por el campo, especialmente por las semillas y las cosechas, para ilustrar sus conversaciones con la muchedumbre. Mi padre también cuidaba su campo, quitaba la maleza, labraba la tierra y después de haber sembrado, pasaba un rodillo para asegurarse de que las semillas estuvieran bien hundidas y el suelo bien aplanado, si no las semillas no brotarían.

El Señor nos dio el ejemplo: hay que morir para vivir, porque todos esperamos la resurrección. El Señor nos enseñó el camino. No tengamos miedo de seguir a Jesús en la resurrección, en su reino.

Mi padre no cosechaba antes del mes de octubre, porque así estaba seguro de tener  una buena cosecha; de hecho, él plantaba bien sus granos y estos morían con el fin de producir en abundancia.

Preparémonos a la resurrección, es importante, tal como la vida nueva que resulta de ello. No nos gusta la muerte, ni la enfermedad, ni el sufrimiento, pero sigamos el ejemplo de Jesús y resucitemos el día de Pascua. Busquemos a Jesús, lo encontraremos en la persona del pobre, del que sufre, del excluido, porque no hay transformación sin muerte.

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Compartimos las reflexiones de hermana Claudette Chénier, sp., sobre el Evangelio del domingo 11 de marzo de 2018:

Evangelio según Juan 3, 14-21

Recuerden la serpiente que Moisés hizo levantar en el desierto: así también tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, y entonces todo el que crea en él tendrá por él vida eterna.  ¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió al Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve el mundo gracias a él. Para quien cree en él no hay juicio. En cambio, el que no cree ya se ha condenado, por el hecho de no creer en el Nombre del Hijo único de Dios. Esto requiere un juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Pues el que obra el mal odia la luz y no va a la luz, no sea que sus obras malas sean descubiertas y condenadas. Pero el que hace la verdad va a la luz, para que se vea que sus obras han sido hechas en Dios.

¡Qué regalos de Dios son la fe, su amor y su luz! ¡Ojalá me deje transformar por ellos!

En el versículo anterior del Evangelio de Juan, para este cuarto domingo de Cuaresma, Jesús dice que el Hijo del hombre que descendió del cielo, es la única revelación verdadera del Padre. Él ahora habla de que es «levantado» en la cruz y este gesto será para el creyente «el signo de salvación» y la vida a través de la muerte y la resurrección de Cristo. ¡Qué misterio!, pero el regalo de la fe que Dios me dio en el bautismo, me permite adherirme a esta verdad, y aún más, me lleva a la vida eterna. Sí, ¡qué misterio! Dios me salva y salva a toda la humanidad al morir en una cruz. ¿Por qué?, porque Dios ama con locura a cada ser humano, sea quien sea.

Uno podría pensar que en  la elevación de Jesús en la cruz, fue revelado el amor de Dios por la humanidad y que la humanidad recibió la salvación prometida a aquellos que creen en Dios, pero, es en realidad  toda la vida y la misión de Jesús lo que da testimonio del amor de Dios. Como dice el texto del Evangelio: «Dios no envió a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él».

Creemos que la salvación depende de si una persona opta  por Cristo o no. Cuando Dios envía a su Hijo al mundo, Dios le pide a la humanidad que crea en él. Creer o no creer, es la respuesta a la pregunta de Dios y es también la respuesta al amor de Dios, que se nos da a conocer en el don de su Hijo.

Dios respeta a sus creaturas, hasta el punto de dejarlos libres para elegir aceptar o rechazar la revelación de Cristo. Quienes se alejan de la luz de Cristo, no son capaces de ver que no obran correctamente. Pero aquellos que viven en la verdad (para Juan, aquellos que vienen en la luz), son capaces de expresar su atracción hacia el Padre y demostrar con sus obras que están en comunión con Él. En la presencia de la Luz de Cristo, la decisión de creer o no creer ilumina nuestras acciones pasadas y determina nuestras acciones futuras.

Jesús – Luz, ilumina mi camino para que siempre pueda caminar más cerca de ti, siguiéndote…

Tú que vives en mí, que permaneces en mí, ven a transformarme.

Aumenta mi fe, fortalece mi esperanza y aumenta mi amor por ti y por mi prójimo.

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Compartimos las reflexiones de hermana Mary kaye Nealen, sp., sobre el Evangelio del domingo 4 de marzo de 2018:

Juan 2, 13-25

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados detrás de sus mesas. Hizo un látigo con cuerdas y los echó a todos fuera del Templo junto con las ovejas y bueyes; derribó las mesas de los cambistas y desparramó el dinero por el suelo. A los que vendían palomas les dijo: «Saquen eso de aquí y no conviertan la Casa de mi Padre en un mercado.» Sus discípulos se acordaron de lo que dice la Escritura: «Me devora el celo por tu Casa.» Los judíos intervinieron: «¿Qué señal milagrosa nos muestras para justificar lo que haces?» Jesús respondió: «Destruyan este templo y yo lo reedificaré en tres días.» Ellos contestaron: «Han demorado ya cuarenta y seis años en la construcción de este templo, y ¿tú piensas reconstruirlo en tres días?» En realidad, Jesús hablaba de ese Templo que es su cuerpo. Solamente cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron de que lo había dicho y creyeron tanto en la Escritura como en lo que Jesús dijo. Jesús se quedó en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, y muchos creyeron en él al ver las señales milagrosas que hacía. Pero Jesús no se fiaba de ellos, pues los conocía a todos y no necesitaba pruebas sobre nadie, porque él conocía lo que había en la persona.

Este es el Jesús que se describe a sí mismo como aquel que levanta las cargas pesadas de la espalda de la gente y que da su vida por sus queridas ovejas. Pero aquí sus palabras y sus acciones son muy desconcertantes. Así también, si regresamos a las historias de la infancia, el joven Jesús le respondió a su madre con aparente dureza cuando se reunieron en el templo después de su separación de dos días. Y ¿qué decir del comentario durante su vida pública? «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?» (Mc 3, 33) Jesús compasivo no siempre parece tan tierno. ¿Por qué?

El versículo en la lectura de hoy: «Me devora el celo por tu Casa» nos puede dar una pista. Jesús quería que el templo fuera considerado como un lugar sagrado de culto. En el Evangelio de Lucas, el niño Jesús dice a sus padres en el templo «¿No saben que yo debo estar donde mi Padre?» (Lc 2, 49) En el pasaje sobre la madre y la familia, Jesús no se refiere al templo, pero hace hincapié en escuchar la palabra de Dios y cumplirla (Lc 8, 21).

Hemos pasado a estar muy familiarizados con los « rescatistas». Estas personas llegan al lugar del suceso con un solo objetivo en mente: el bienestar de la persona en peligro. No prestan atención a la loza sucia en el lavaplatos o a la ropa amontonada en el rincón. Durante toda su vida, Jesús tenía un objetivo en mente, conocer y seguir la voluntad del Dios que lo había enviado. Deseaba la meta que los discípulos lograron después de la resurrección, cuando «creyeron tanto en la Escritura como en lo que Jesús dijo». Estos días de Cuaresma nos ofrecen tiempo para dejar que Jesús nos enseñe lo que es central en nuestras vidas. ¿Para qué y para quienes somos los «rescatistas?»

2a reflexión por Una Hermana de la Providencia:

Una santa ira

Una santa ira, ¿habrá alguna expresión más paradójica? Especialmente si califica un acto de Jesús quien a veces invoca su propia dulzura y nos la recomienda, por lo que debe de haber algo anormal para que Jesús se enfurezca así.

En efecto, llega al Templo y lo encuentra desfigurado, transformado en una «cueva de ladrones», alejado de su  función principal: ser una casa de oración, un lugar de encuentro con Dios. La ambición comercial de los mercaderes los ha llevado a hacer un mal uso de su noble función: proporcionar a los fieles las ofrendas que necesitan para dar culto según las prescripciones de la Ley.

Por su… santa ira, su indignación, Jesús nos dice que no debemos perder de vista las motivaciones de nuestros actos, incluso los más nobles, y ser auténticos en nuestro actuar.

Este episodio me hizo tomar conciencia de la importancia de tener un lugar privilegiado – un espacio sagrado – en donde entro en una relación con Dios, que en la medida de lo posible esté libre de toda preocupación y de propósitos distintos a honrarlo.

La liturgia cotidiana canadiense, nos sugiere: Contemplo el lugar al que suelo acudir para orar. ¿Contribuyo a mantenerlo hermoso y fiel a su vocación?

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Compartimos las reflexiones de hermana Hélène Julien, sp., sobre el Evangelio del domingo 25 de febrero de 2018:

Mateo 17: 1-9

La Transfiguración de Jesús

Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan  y los llevó a ellos solos a un monte alto. A la vista de ellos su aspecto cambió completamente. Incluso sus ropas se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo sería capaz de blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Levantemos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». En realidad no sabía lo que decía, porque estaban aterrados. En eso se formó una nube que los cubrió con su sombra, y desde la nube llegaron estas palabras: «Este es mi Hijo, el Amado, escúchenlo». Y de pronto, mirando a su alrededor, no vieron ya a nadie; sólo Jesús estaba con ellos. Cuando bajaban del cerro, les ordenó que no dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron el secreto, aunque se preguntaban unos a otros qué querría decir eso de «resucitar de entre los muertos». 

Reflexión

Es bueno que estemos aquí, en la gran familia Providencia. El Evangelio del 2o domingo de Cuaresma nos sitúa frente a una escena sorprendente: el evento de la Transfiguración (Mc 9, 2-10), que nos ofrece un mensaje de esperanza y nos anima a dejarnos transformar por el sueño de Dios.

La montaña es tan alta como eran el Sinaí y el Horeb. El hombre del Sinaí está ahí, es Moisés. El hombre del Horeb está ahí también, es Elías. La ropa de Jesús es tan blanca que resplandece; su rostro brilla como el Sol; una voz habla desde el seno de la nube. Esta nube es la del Éxodo que guiaba a los hebreos en el desierto. Todo nos dice que es Dios. ¡No nos instalemos en la montaña, sigamos adelante! Bajemos a la llanura, donde viven nuestros hermanos y nuestras hermanas. Una sola cosa importa: escuchar a Jesús para poder hacer lo que él nos dice.

Como Pedro, Santiago y Juan, vámonos a la montaña para encontrarnos con Jesús y luego ponernos al servicio de los pobres, de los necesitados; caminemos a las alturas y contemplemos a Jesús, escuchando atentamente al Hijo amado del Padre, buscando momentos íntimos de oración.

Los discípulos bajaron de la montaña «con el corazón y los ojos transfigurados por este encuentro con el Señor». Este es el camino que nosotros también podemos realizar. El redescubrimiento de Jesús nos impulsa a «bajar de la montaña», llenos del Espíritu Santo, para dar nuevos pasos de conversión auténtica y ser buenos y compasivos unos con otros, perdonándonos mutuamente como Dios nos perdonó en Cristo. (Ef 4,32)

Dejarse transformar por el sueño de Dios es acoger a los demás, acompañarlos, ser un puente como lo testimonió Emilia Gamelin a los enfermos, a los prisioneros, a los refugiados y a los pobres.

Escuchemos al Hijo amado a través de la oración, de la adoración, de la lectura de la Palabra de Dios, de la Eucaristía, del silencio y de los testimonios de vida de aquellos y aquellas que nos rodean.

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Compartimos las reflexiones de hermana Yvette Demers, sp., Vice-postuladora de la Causa Émilie Gamelin sobre el Evangelio del domingo 18 de febrero de 2018:

Reflexión

En este primer domingo de Cuaresma, san Marcos en su evangelio (1,12-15) nos recuerda que después de su bautizo, Jesús fue al desierto, empujado por el Espíritu.

Antes de comenzar su «vida pública», Jesús necesita silencio, para hablar de corazón a corazón con su Padre que le pedirá más adelante, el sacrificio de su vida para «sanar» a la humanidad.

Toda vida humana conoce sus momentos de duda, sus horas de preocupación e incomprensiones, y solamente una FE profunda y la certeza de estar siguiendo los pasos de Jesús, traerá luz y dará la fuerza para continuar caminando hasta el final.

Hace 175 años, una mujer también se dejó conducir por el Espíritu sin saber realmente adonde la conduciría: Emilia Tavernier Gamelin, nacida el 19 de febrero de 1800, en Montreal.

Esposa y madre de tres hijos, en menos de cinco años vio desaparecer para siempre lo que más quiso en el mundo: su esposo y sus tres hijos. Tenía entonces solamente 28 años de edad. ¿Por qué estos fallecimientos? A través de la oración y de la reflexión al pie de la Madre de los Dolores, Emilia encontró su camino: su marido y sus hijos pasarán a ser todo lo que la miseria oprima. Sin tardar, entró en acción.

Durante quince años, esta mujer respondió al carisma que Dios-Providencia le había confiado. Con un grupo de «damas de caridad», recorría las calles de Montreal para responder a las numerosas necesidades de la época. Sin embargo, monseñor Bourget, obispo de Montreal, deseaba confiar a una congregación religiosa, la obra tan necesaria que Emilia dirigía, para asegurar su permanencia. Emilia se encontraba en una encrucijada. ¿Qué iba a hacer? ¿Entregaría a su obispo esta obra cuya incorporación civil se había oficializado el 18 de septiembre de 1841? La oración y la reflexión continuaron siendo  sus puntos de referencia… Siempre atenta y fiel a la gracia, eligió seguir siendo la sirvienta de los pobres para el resto de su vida, bajo la autoridad de las Hermanas de la Caridad que debían llegar pronto. Ella confió y apoyó a su obispo lo con los preparativos para la llegada de las hermanas de Francia.

Sin embargo «los caminos de Dios no son nuestros caminos». A monseñor Bourget se le notificó que las Hijas de la Caridad no venían. Encontrándose en un callejón sin salida, invitó a la señora Gamelin a orar con él. Después de una hora, una decisión fue tomada: él solicitaría a las jóvenes formar una nueva comunidad canadiense. Esta nació el 25 de marzo de 1843.

De nuevo, Emilia sintió que el Espíritu la llamaba a entregarse enteramente a Dios en la vida religiosa. Comunicó su deseo a monseñor Bourget, pero este tenía dudas. Emilia reiteró su solicitud, oró, y recibió una respuesta positiva, que le significó la voluntad de Dios. Pasó a ser Hija de la Caridad, Sierva de los Pobres, Hermana de la Providencia.

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Compartimos las reflexiones de hermana Hélène Mamert Nga Amogo, sp., sobre el Evangelio del domingo 11 de febrero de 2018: 

Mc 1,40-45

Se le acercó un leproso, que se arrodilló ante él y le suplicó: «Si quieres, puedes limpiarme.» Sintiendo compasión, Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio.» Al instante se le quitó la lepra y quedó sano. Entonces Jesús lo despidió, pero le ordenó enérgicamente: «No cuentes esto a nadie, pero vete y preséntate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que ordena la Ley de Moisés, pues tú tienes que hacer tu declaración.» Pero el hombre, en cuanto se fue, empezó a hablar y a divulgar lo ocurrido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en el pueblo; tenía que andar por las afueras, en lugares solitarios. Pero la gente venía a él de todas partes.

 ¡Dejarme transformar por un encuentro personal con Jesús a través de las personas pobres con las que me encuentro en lo cotidiano!

La cita del Evangelio de Marco que se nos ofrece para nuestra meditación, en este 6.o domingo del Tiempo Ordinario del año litúrgico B, nos presenta a un hombre afectado por la lepra, una enfermedad considerada como impura por la tradición judía. A este sufrimiento, se añadía la marginalización social. Este hombre doblemente afligido manifestó su deseo de recuperar su dignidad humana y social. Inició entonces un caminar de fe que lo condujo hacia la persona que buscaba, el médico por excelencia: Jesús. Su iniciativa refleja su anhelo de ser sanado. Se dirigió directamente a Jesús, se arrodilló y dijo: «Si quieres, puedes limpiarme.» A través de estos gestos podemos ver su fe en Jesús. Además, el hombre pidió algo mayor aún: la purificación. Él quiere ser purificado. Señaló de esta manera su necesidad de sanación física, pero también espiritualmente. Esto es lo que impactó a Jesús, quien actuó sin demora; invadido por la compasión, Jesús extendió su mano, lo tocó y dijo: «Quiero, queda limpio.» Con esta acción concreta, Jesús rompe la distancia entre este leproso y Él. Le regresó lo que había perdido: la dignidad. El leproso ya sanado no pudo contenerse a pesar de la recomendación de Jesús, quien lo había invitado a guardarse para sí lo vivido personalmente.

¿No es el anonimato de este leproso el espejo de cada una de nosotras, invitadas a buscar a Jesús para gritarle nuestro profundo anhelo de sanar nuestras fragilidades y nuestras discapacidades que nos impiden ser la mejor persona que somos llamadas a ser y nos impiden ofrecer lo que tenemos de único? El proceso del leproso interpela a cada cristiano y cada cristiana, como también a cada una de nosotras Hermanas de la Providencia, a vivir personalmente el encuentro con Cristo, porque todos necesitamos su ternura. Este leproso encontró el Señor al que buscaba, y se encuentra a sí mismo por este Señor que también lo busca. Se mostró humilde, confiado y convencido de lo que esperaba.

Desde hace 175 años, nosotras Hermanas de la Providencia hemos buscado a este Señor cotidianamente. ¿No lo vemos hoy en la actitud de nuestro maestro Jesús? Él se apresura a hacer el bien y por lo tanto le manifestó su compasión al leproso. Con su mirada, rompió la barrera, transgredió la ley del aislamiento de los leprosos y actuó con gestos concretos que manifestaron el amor que tenía para esta persona y por cada persona. Tocó al leproso y le habló sin temer el contagio. La fe es un riesgo, pero es un riesgo que vale la pena tomar. La beata Emilia Gamelin eligió el riesgo, como también todas las hermanas que nos han antecedido desde hace 175 años. Hoy nosotras Hermanas de la Providencia somos invitadas por este Evangelio a dejarnos urgir por la caridad de Cristo, en todas partes y en todo.

Todos somos discípulos de Cristo. ¡Que su gracia que obra en nosotros y a través de nosotros nos acerque continuamente a Él, para que podamos actuar como Él: con humildad, simplicidad y caridad!

¡Providencia de Dios, muchas gracias te doy!

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Evangelio según Marcos, capítulo 1, 29-39

Jesús sana a la suegra de Pedro

29 En cuanto salieron de la sinagoga, Jesús fue con Jacobo y Juan a la casa de Pedro y Andrés. 30 La suegra de Pedro estaba en cama porque tenía fiebre, y enseguida le hablaron de ella. 31 Jesús se acercó y, tomándola de la mano, la ayudó a levantarse. Al instante la fiebre se le fue, y ella comenzó a atenderlos. 32 Al anochecer, cuando el sol se puso, llevaron a Jesús a todos los que estaban enfermos y endemoniados. 33 Toda la ciudad se agolpaba ante la puerta, 34 y Jesús sanó a muchos que sufrían de diversas enfermedades, y también expulsó a muchos demonios, aunque no los dejaba hablar porque lo conocían. 35 Muy de mañana, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó y se fue a un lugar apartado para orar. 36 Pedro y los que estaban con él comenzaron a buscarlo, 37 y cuando lo encontraron le dijeron: «Todos te están buscando.» 38 Él les dijo: «Vayamos a las aldeas vecinas, para que también allí predique, porque para esto he venido.» 39 Y Jesús recorrió toda Galilea; predicaba en las sinagogas y expulsaba demonios.”

Reflexión del Evangelio del domingo 4 de febrero de 2018, por Gladys Flores, sp.

«Rápidamente le hablaron al Señor diciéndole que la suegra de Pedro estaba acostada y con fiebre». Presentar a los enfermos al Señor en la oración y confiar en que serán sanados por Él, es un buen hábito que debemos practicar; tenemos que ser perseverantes en la oración sin perder la esperanza de que seremos sanados en cuerpo y espíritu por el Señor de la vida.

Y Jesús, en ese ambiente familiar del hogar de Pedro, inmediatamente se interesó por ella y la sanó. Nunca estaba demasiado cansado para ayudar y actuaba sin tardar frente a las necesidades de las personas; Él es el gran Restaurador.

La suegra de Pedro se puso en pie y los atendió; es decir, que una vez recuperadas la salud y la dignidad, empieza a servir porque Jesús no solo sana a la persona, sino que lo hace para que ella se ponga al servicio de los demás.

Al servir al Señor, aquella mujer solo estaba empleando para Él la energía que Él mismo le había concedido.

El Señor no solo nos ha librado de muchas cosas malas, sino que nos ha dado dones que debemos emplear para su servicio y el servicio a los hermanos.

Meditemos la pregunta que hizo el papa Francisco durante su encuentro con los jóvenes de Chile en el Santuario de Maipú: «“¿Qué tengo yo para aportar en la vida?”. Y cuántos de ustedes sienten las ganas de decir: “No sé”. ¿No sabes lo que tienes para aportar? Lo tienes adentro y no lo conoces. Apúrate a encontrarlo para aportar. El mundo te necesita, la patria te necesita, la sociedad te necesita, vos tenés algo que aportar»…

 

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Evangelio según Marcos, capítulo 1, 21-28

«[Jesús y sus discípulos] llegaron a Cafarnaúm. Jesús empezó a enseñar en la sinagoga durante las asambleas del día sábado. Su manera de enseñar impresionaba mucho a la gente, porque hablaba como quien tiene autoridad, y no como los maestros de la Ley. Entró en aquella sinagoga un hombre que estaba en poder de un espíritu malo, y se puso a gritar: “¿Qué quieres con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo sé que tú eres el Santo de Dios.” Jesús le hizo frente con autoridad: “¡Cállate y sal de ese hombre!” El espíritu impuro revolcó al hombre en el suelo y lanzó un grito tremendo y luego salió de él. El asombro de todos fue tan grande que se preguntaban unos a otros: “¿Qué es esto? Una doctrina nueva, y ¡con qué autoridad! Miren cómo da órdenes a los espíritus impuros ¡y le obedecen!” Así fue como la fama de Jesús se extendió por todo el territorio de Galilea.»

Compartimos las reflexiones de hermana Annette Aspirot, sp., sobre el Evangelio del domingo 28 de enero de 2018:

Jesús enseñaba con autoridad. Esta expresión me conmueve. Este hombre que enseña con autoridad, tenemos muchas pruebas de ello en los evangelios: «Nunca hombre alguno ha hablado como éste.» Jn 7,46. «Por eso cada cual trataba de tocarlo, porque de él salía una fuerza que los sanaba a todos.» Lc 6,19. Jesús cautiva a las multitudes no sólo con curaciones sino con el poder de su Palabra; y no sólo con lo que dice, sino con su mirada, su actitud, la dignidad de su persona. Él escucha, busca la presencia de los pobres y se interesa por su cotidiano, come con ellos y llora con ellos. Lo que dice está colmado de la verdad.

Marc añade que Él no enseñaba como los escribas. Los sacerdotes y los escribas, encargados de la Palabra anunciaban la venida del Mesías, pero no lo reconocían en Jesús. Ver sus milagros les exasperaba. Sin embargo, aquellos que lo oían decían: Es Él, el profeta que esperábamos. Los miembros de la sinagoga de Cafarnaúm se estaban viviendo algo nuevo. El discurso de Jesús contrastaba con lo que ellos estaban acostumbrados a oír.

El hombre atormentado por un espíritu malo fue desestabilizado por la presencia de Jesús. El poseído admitió la santidad de Jesús porque este se encontraba bajo la influencia del demonio que hablaba por su boca. Se sentía amenazado, expuesto. “¿Qué quieres con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos?”

La reacción de este endemoniado no es tan diferente de la de aquellos que se dedican hoy día a un negocio corrupto, donde la mentira, la ambición de lucro y la injusticia reinan. Temen ser expuestos, denunciados, tener que admitir su comportamiento mendaz. Quieren permanecer en su ceguera para continuar sus maquinaciones diabólicas. Obtienen beneficios. Amontonan tesoros terrestres que serán destruidos por la oxidación.

La autoridad de Jesús es liberadora, iluminadora. Si oímos la enseñanza de una persona enamorada de Dios, ella nos enseña con autoridad porque Dios se manifiesta a través de sus palabras. ¡No hemos escuchado a santos testigos de la Palabra?! Ellos y ellas transmiten lo que viven. Se trata de que el divino pasa a través del humano para anunciar sus mensajes.

Damos testimonio por lo que somos. Nuestro testimonio tiene valor según lo que hemos vivido. Enseñamos a través de nuestra manera de actuar, de la calidad de nuestra presencia, de nuestra intimidad con El que queremos dar a conocer. ¿Cómo damos testimonio de nuestra Misión Providencia? ¿Hasta qué punto somos los rostros humanos de la Divina Providencia? Este evangelio de Marcos nos invita a dejarnos acercar por Jesús, a dejarnos impregnar de su presencia, de su voz liberadora, para ser auténticos apóstoles de la Buena Nueva. De esta manera, recolectaremos tesoros duraderos.

Lecturas

Sobre el medio ambiente: Laudato si’, Carta encíclica sobre el cuidado de la casa común http://w2.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

Sobre la misericordia: Misericordiӕ Vultus, Bula de convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, http://w2.vatican.va/content/francesco/es/bulls/documents/papa-francesco_bolla_20150411_misericordiae-vultus.html

Sobre la paz: «La no violencia: un estilo de política para la paz», Mensaje para la celebración del 50a Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2017 http://w2.vatican.va/content/francesco/es/messages/peace/documents/papa-francesco_20161208_messaggio-l-giornata-mondiale-pace-2017.html

Biografías de Emilia Tavernier Gamelin

Libros disponibles en el Centro Emilia Gamelin:

Emilia Tavernier Gamelin

Biografía

Autor: Denise Robillard

Año de publicación: 1988

ISBN 2-920417-42-8

324 páginas Disponible en francés, inglés y español.

 

Madre Gamelin mujer de compasión

Biografía y estudio histórico

Por hermana Thérèse Frigon, sp., en colaboración

Año de publicación: 1984

80 páginas Disponible en francés, inglés y español.

 

Emilia Tavernier Gamelin: La Gran Dama de Montreal,

Fundadora de las Hermanas de la Providencia

Biografía

Autor: Mons. André-M. Cimichella, O.S.M, Obispo auxiliar emérito de Montreal, 1982

Año de publicación: 2002

ISBN 2-922291-82-0

77 páginas Disponible en francés, inglés y español.