Día Mundial de los Refugiados – 20 de junio
« Fui forastero y ustedes me recibieron… ». (Mateo 25, 35)
Pertenezco a la congregación internacional de las Hermanas Misioneras de Nuestra Señora de los Apóstoles, fundada en Lyon en 1876 para la misión en África. A principios de la década del 2000, llegué a Quebec para pasar un año sabático y participar en el curso «Descubrir nuestra misión» en el Centre St-Pierre. Al mismo tiempo, respondí al llamado de distintas organizaciones del distrito de Ahuntsic (CANA, San Vicente de Paúl, SNAC), quienes me pidieron que sirviera de intérprete de las personas recién llegadas de los países árabes que iba siempre en aumento. Este trabajo me permitió descubrir mi misión sirviéndoles de múltiples maneras.
Habíamos empezado a hablar en nuestros capítulos sobre la misión sur/norte después de haber vivido la misión norte/sur, desarrollada a partir del siglo XIX. Que mi patria, Egipto, haya sido la tierra que acogió a la primera familia refugiada, la Sagrada Familia, me resulta inspirador.
En 2002, por medio de una amiga egipcia, conocí a hermana Françoise Bernard, sp., quien me ayudó a finalizar mis trámites de inmigración. Así comenzó mi colaboración con las Hermanas de la Providencia, que continúa hasta el día de hoy. Poco a poco y a petición suya, me fui haciendo cargo del trabajo que ella misma había comenzado en la década de 1960 a través de SAIMOC (Servicio de Asistencia a las Personas Inmigrantes del Medio Oriente en Canadá). Este año, se conmemoran 60 años de su fundación y de su contribución a la sociedad quebequense. Debo reconocer que hablar francés y árabe jugó a mi favor al momento de establecer vínculos con la población refugiada e inmigrante de habla árabe, así como con las Iglesias orientales; aunque en mi trabajo asisto también a personas que provienen de África, Asia y América Latina.
¿En qué consiste la misión de ayudar a las personas refugiadas e inmigrantes?
En primer lugar, recibo a las personas en mi oficina, donde dedico tiempo a escuchar con compasión su historia de vida, con el fin de conocer su situación y así poder evaluar sus necesidades reales e inmediatas. Luego, las pongo en contacto con distintas organizaciones comunitarias que pueden ayudarlas con sus trámites migratorios. Convertirse en ciudadanos de pleno derecho puede tomar varios años. Durante esta larga espera, trabajamos en colaboración con otras comunidades religiosas y el voluntariado laico para satisfacer las necesidades cotidianas de las familias: aprender francés, buscar trabajo y vivienda, conseguir alimentos, muebles, y ropa adecuada según las estaciones, así como recibir apoyo financiero para comprar kits escolares, etc. También realizamos visitas domiciliarias.
Con el paso de los años, hemos forjado lazos muy fuertes con las familias, de tal suerte que compartimos sus penas, sus alegrías y la esperanza de una vida mejor. A lo largo de todo el año, intentamos facilitar su integración a su nuevo entorno de vida, mediante la celebración de determinadas fechas como la Navidad, el Día Internacional de la Mujer, o el día de la obtención de su estatus migratorio: residencia permanente, ciudadanía, etc. Compartimos con gusto los acontecimientos felices y dolorosos que dejan huella en sus vidas: nacimiento, bautismo, matrimonio, decesos, enfermedad, compra de una casa, fin de estudios universitarios…
Esta misión, que implica muchos desafíos, me llena de felicidad y de agradecimiento. En los momentos más difíciles, escucho a Jesús decirme: «cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí».
Hermana Awatef Rophail, NDA

